Escritura de la cárcel

Prosopopeya: la voz del encierro, de Mixar López

De la experiencia carcelaria del autor nacen estos relatos, nada condescendientes con el lector, que nunca llega a sentirse cómodo porque intuye que el siguiente acto de seducción narrativa también será un madrazo.

Mixar López.

Quizás no haya habido tiempos que ilustren de un modo más exhaustivo la idea del encierro como los que corren. Aunque el tipo de confinamiento que nos narra Mixar López en el conjunto de relatos reunidos con el título Prosopopeya: la voz del encierro (Gato Blanco, 2020), que bien podrían ser leídos como capítulos de una novela, es de otra índole, se vive bajo otros parámetros y no tiene nada de voluntario.

Mixar López es un guerrerense que pasó diez años recluido en el Centro de Reinserción Social (Cereso) de Uruapan, Michoacán, por tráfico de estupefacientes. Después de unos mandados exitosos cayó preso con las manos en la masa. Ora sí que le encontraron el queso, una buena dotación de marihuana escondida debajo de un buen número de quesos frescos que se volvieron hediondos.

En el presidio se aferró a las letras, tanto escritores clásicos como del underground chilango, para superar el hastío y trascender la monótona y siempre peligrosa estancia en prisión.

En el presidio se aferró a las letras, tanto escritores clásicos como del underground chilango, para superar el hastío y trascender la monótona y siempre peligrosa estancia en prisión. De esa experiencia nacen estos relatos, un libro retador, nada condescendiente con el lector que nunca llega a sentirse cómodo porque intuye que el siguiente acto de seducción narrativa también será un madrazo, un golpe directo al hígado.

El estilo narrativo de Prosopopeya: la voz del encierro es ágil y gangsteril, y narra la dureza de la vida dentro del Cereso, que el autor tilda de Centro Recreativo comparado con lo que él sabe de la vida en otros centros o lo que nos transmiten las películas de ficción estadounidenses.

Éste no es el libro de un arrepentido… —el mismo autor se encarga de hacérnoslo saber—, sino de alguien que maldice su mala suerte por estar en un lugar repleto de desgraciados como él… Sólo que en este caso el autor, junto a un compañero de pocas palabras y presuntamente sanguinario (nunca sabremos el crimen por el cual paga condena), descubre la riqueza de los libros tanto para pasar el tiempo como para dignificarse y ser un punto superior a la escoria circundante, meros comparsas de sus delirios de grandeza delicitiva y de una aceleración constante por el habitual consumo de drogas enervantes y un perpetuo estado de alerta por el chacaleo reinante.

La pasión por los libros es lo que salva la vida del recluso Mixar López, eso, y el ajedrez, del que se vuelve un consumado aficionado, también junto a su compañero intelectual.

En todo caso, las cárceles son obviamente lugares donde imperan la fuerza y la violencia, y donde someter a su vez es necesario para no ser sometido. A veces, tener una habilidad especial te puede exonerar del pago y en algún momento salvarte la vida.

El autor y su primera obra.

Sólo los más sensibles ven la biblioteca como una ventana de escape a la sordidez de la tragedia humana llevada a sus límites y, en concreto, un lugar que reproduce todos los esterotipos que están hundiendo a un país como México, el binomio de corrupción y extrema violencia, sazonado con la adición descontrolada a las drogas.

Violencia que el preso sufre doblemente, por parte del personal de seguridad que representa la corrupción de las instituciones y por parte de las mafias instauradas en su interior, corruptoras de la institución para ejercer libremente violencia contra los presos de clanes contrarios o de aquellos que no pertenecen a ninguno, pero que de todos modos tienen que pagar las consecuencias.

El tipo de literatura que Mixar López despliega en Prosopopeya tiene la agilidad de los relatos orales, de la autoconfesión descarnada y de la emoción presentánea que provoca el género autobiográfico en primera línea de batalla. Las historias se cuentan en un lugar, dice el autor, donde “si los guardas no entienden una situación su respuesta es golpear, golpear más y seguir golpeando”.

Este libro es importante porque pocos documentos hay que cuenten de viva voz el drama —y las escasas alegrías— de las cárceles de México, microciudades que reproducen ampliados los males del mundo de afuera

En estos relatos Mixar López da voz a un sector que normalmente no se expresa a través de las letras, a menos que no sean las de las narcomantas y notas que dejan sobre los cadáveres usadas a modo de advertencia por los cárteles del narco y la industria del crimen organizado.

Por eso este libro es importante, porque pocos documentos hay que cuenten de viva voz el drama —y las escasas alegrías— de las cárceles de México, microciudades que reproducen ampliados los males del mundo de afuera, donde campean delincuentes invisibles para una justicia corrupta. Violencia, corrupción, ausencia del Estado en el gobierno de sus instituciones y ese machismo tan guadalupano que, salvo la madre y la madre de los propios hijos, señalan a todas las demás mujeres como putas, oscuro objeto del deseo y fantasía recurrente de un reclusorio varonil.

Mixar López ha aprendido, entre otras cosas, como el oficio de escritor, que en prisión —ya sabemos que es una metáfora del mundo exterior— la seducción funciona a golpe de madrazos. ®

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Publicado en: Libros y autores

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