Gus Rodríguez

Los privilegios del juego y la lectura

Puedo rastrear la historia de mi obsesión por la lectura y sé, con toda certeza, que ésta empezó en las páginas de una revista fundada por Gus Rodríguez.

Gus Rodríguez. Foto tomada de FB @ElGusyRodriguez

Nadie quiere ver partir a sus héroes de la infancia. La noticia sobre la muerte de Gus Rodríguez me ha resultado devastadora, incluso en medio de una pandemia en la que miles han muerto sin haber siquiera recibido un justo abrazo del adiós.

A Gus Rodríguez no lo conocí en persona, pero lo vi, lo leí y disfruté de su humor por televisión. Su mente inquieta lo llevó a destacar en diferentes oficios: publicista, guionista, comentarista, comediante, periodista, creativo. Sin embargo, fue quizás más reconocido por el papel que desempeñó en la historia de los videojuegos en México. Su aportación fue tal que se convirtió en el rostro más visible de la comunidad de videojugadores en el país, o, mejor dicho, fue en torno a él como se formó esa comunidad. Para muchos adultos jóvenes, como yo, su pérdida es lamentable. Llamarle pionero, dentro de una industria que prácticamente estaba dando sus primeros pasos, es lo menos si queremos hacerle justicia a su carrera.

La revista Club Nintendo y el programa de televisión Nintendomanía fueron dos productos impulsados por Gus Rodríguez en la década de los noventa, y en los cuales se hablaba de los temas de actualidad de ese universo: sus contenidos estaban dedicados exclusivamente a la marca japonesa, y eran producidos con su licencia y apoyo.

Ambos, revista y programa de televisión, estuvieron dirigidos a una audiencia muy joven, lo cual le dio a Gus Rodríguez el privilegio de estar en contacto con ellos a lo largo de su crecimiento como videojugadores.

Club Nintendo apareció a finales de 1991. Fue una revista mensual de circulación nacional (editorial Televisa), y si mal no recuerdo, llegó también a algunas partes de Latinoamérica. A su vez, Nintendomanía salió al aire unos años después, en 1995. El programa se transmitía los sábados por la mañana en televisión abierta (TV Azteca). De esta manera, y por varios años, Club Nintendo y Nintendomanía hicieron mancuerna y se consolidaron como la indispensable fuente de información sobre los videojuegos en México. Pensar únicamente en ellos como muestras del periodismo de videojuegos me parece algo injusto, pues su dimensión social abarcó un mayor trecho. Ambos, revista y programa de televisión, estuvieron dirigidos a una audiencia muy joven, lo cual le dio a Gus Rodríguez el privilegio de estar en contacto con ellos a lo largo de su crecimiento como videojugadores. La noticia de su fallecimiento se esparció con velocidad en las primeras horas del sábado 11 de abril. El suceso fue ampliamente comentado en redes sociales y una increíble cantidad de mensajes mostraban cuán querido y respetado fue Gus Rodríguez. Se me hinchó el corazón, y creo que sabía por qué.

La formidable carrera de Gus Rodríguez provocó un explosivo efecto colateral en mi vida. Desde luego que no estaba en sus planes, ni tampoco preví lo que a continuación voy a contar. Gran parte de mi infancia y adolescencia se me fueron leyendo Club Nintendo, y mis domingos se me fueron comprándola. Disfrutarla, devorarla, esperar a que saliera la siguiente edición y acudir a distintos puestos de revistas en su búsqueda se convirtió en mi primera experiencia real como lector. En la lectura hay gozo, expectativa y desencanto. Con esa revista lo aprendí mes con mes. Mi pasión por los videojuegos ha quedado en evidencia a estas alturas y Gus Rodríguez fue en parte responsable de ello, pero sólo en parte. Mi hermano, mi padre, mis rivales de juego, mis fantasmas y las caricaturas que vi en mi niñez seguramente hicieron también lo suyo. Y así como la historia universal está plagada de enigmas, nuestra propia biografía esconde de igual forma sus misterios. Soy videojugador, aunque la memoria no me alcanza para definir un antes y un después. Desconozco, y no quiero averiguarlo, cuándo y por qué comencé a jugar. Sin embargo, con la lectura sucedió algo muy distinto. Extrañamente puedo rastrear la historia individual de mi obsesión por la lectura y sé, con toda certeza, que ésta empezó en las páginas de una revista fundada por Gus Rodríguez.

En un mundo repleto de información, en el que estamos expuestos a miles de datos irrelevantes y en cuyo futuro no hay respuestas claras, contar con este tipo de certezas es otra forma de privilegio. Al pensar en ello sentí como si se hubiera activado una especie de súperpoder, pero no en mí. Con asombro, vi que Gus Rodríguez se había convertido en un gigante dentro de mi historia. Descansa en paz. ®

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Publicado en: Televisión y videojuegos

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