Había belleza en todo

Ordesa, de Manuel Vilas

Una hermosa novela acerca de la memoria y el olvido, sobre la paternidad y el ser hijo, de la vejez y la juventud, y los errores que uno comete en esas etapas.

Manuel Vilas. Fotografía © ABC.

Manuel Vilas tomó el nombre de un pueblo de España para dar título a su hermoso libro: Ordesa (Alfaguara, 2019). El texto trata acerca de la memoria y el olvido, sobre la paternidad y el ser hijo, de la vejez y la juventud, y los errores que uno comete en esas etapas. Narra los recuerdos paternos y experiencias de la infancia, esas aparentes pequeñeces que nos hacían felices. Al leer me sentí movido a construir experiencias cuyos recuerdos serán lo único que nos quedará al final de esta vida, y los cuales nos llevaremos a la siguiente.

Vilas reflexiona sobre el presente y el pasado, la muerte y la vida de las personas y de los objetos. Incluso hace una crítica al sistema capitalista y educativo. El libro se estructura en ciento cincuenta y siete capítulos cortos, los que al leerlos se intuye cuando están a punto de concluir. Termina con un epílogo dividido en varios títulos. El libro también pudiera ser una compilación de aforismos. Está lleno de frases entrañables: “Fueron ellos mi paraíso, mi padre y mi madre, cuánto los quise, qué felices fuimos y cómo nos derrumbamos. Qué hermosa fue nuestra vida juntos, y ahora todo se ha perdido. Y parece imposible…

En esta reseña pretendo agrupar en categorías temáticas algunos de esos aforismos, plasmarlos textualmente y compartir algunas emociones que su lectura evocaron en mí. Acerca de la memoria, dice “que sólo se mantiene con las brasas de la sangre… La memoria, que es gratis. No existen impuestos sobre la memoria. El Estado no cobra a sus ciudadanos por recordar; o tal vez sí lo haga. Porque la memoria puede ser letal. Muchos, muchos años después vi cómo la gente elegía el silenciamiento de personas incómodas. Recordamos solo lo que nos conviene, excepto yo, que quiero recordarlo todo”.

Sobre la paternidad:“Por eso es tan importante, porque anula la duda, nunca dudas. Siempre darás tu vida por tu hijo. Todo lo restante que hay en el mundo es confusión, vacilación, perplejidad, egoísmo, indecisión, incertidumbre, ninguna grandeza. Ese padre fue fusilado, pero su hijo quedó libre. Recibir la bala por otro sin que te importe, esa es la mayor grandeza que puede depararte la vida. Recibir la bala por tu hijo es el buen misterio, no hay otro misterio más grande que ese sobre la tierra”.

Siempre darás tu vida por tu hijo. Todo lo restante que hay en el mundo es confusión, vacilación, perplejidad, egoísmo, indecisión, incertidumbre, ninguna grandeza. Ese padre fue fusilado, pero su hijo quedó libre.

“Nada que sea humano ayuda a morir en paz. La preocupación de los que van a morir son los que se quedan, es hacer el menor mal posible a los que se quedan, en dejarles todo resuelto. Dejarles resueltas las cosas a los hijos y largarse, esfumarse. Te desvaneces con paz si dejas todo resuelto a los hijos, eso es morir tranquilo… En fin, en cualquier caso, lo único obvio es que, si tienes que preguntarle algo a alguien, hazlo ya. No esperes a mañana, porque el mañana es de los muertos”.

Una bonita pregunta: “¿A qué años dejas de ir de la mano de tu madre o de tu padre?… Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. De repente, soy todo oídos. Puedo verlos. Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos. Esa lucha es la cosa más hermosa del mundo. Dios, qué hermosa es”.

Acerca de la vejez: “Los espejos son para los jóvenes. Si respetas la belleza, no puedes respetar tu envejecimiento. El envejecimiento es igualatorio. Y es divertido ver ese espectáculo: no tiene contenido moral ni mucho menos religioso, sólo es un espectáculo inesperado, muy estimulante y muy fascinante. El mundo y la naturaleza eliminan a los depredadores que, azarosamente, crearon. Nos envuelve el presente, esa rabiosa capacidad del presente para hacernos creer que la vida tiene consistencia. Hay que valorar estos esfuerzos del tiempo presente, su gran afán civilizador. Los viejos hambrientos poseen cuerpos que ya no funcionan, que sólo gastan comida, como los coches que queman aceite; coches de alto consumo y bajo rendimiento. Así son los viejos, alto consumo y bajo rendimiento, eso es envejecer”.

Hay en el texto un elogio de la pobreza y una crítica del sistema capitalista: “Éramos clase baja, lo que pasa es que mi padre siempre iba muy elegante. Sabía estar a la altura de las cosas. Pero era pobre. Sólo que no lo parecía… Una renuncia a participar en el saqueo del mundo, eso es para mí la pobreza. Tal vez no por bondad o por ética o por cualquier elevado ideal, sino por incompetencia a la hora de saquear. Ni mi padre ni yo saqueamos el mundo. Fuimos, en ese sentido, frailes de alguna orden mendicante desconocida… La alienación laboral se camufla, pero sigue estando allí, como en el siglo XIX… Es lo único que debe hacer un profesor: enseñar a sus alumnos a amar la vida y a entenderla, a entender la vida desde la inteligencia, desde una festiva inteligencia; debe enseñarles el significado de las palabras, pero no la historia de las palabras vacías, sino lo que significan; para que aprendan a usar las palabras como si fuesen balas, las balas de un pistolero legendario. Balas enamoradas. Pero yo no veía hacer eso. Están mucho más alienados los profesores que sus alumnos. pero el sistema educativo agoniza; eso es, en realidad, lo que quería decir, que el sistema educativo ya no funciona porque se ha quedado varado en el tiempo. Las fotos de mis padres, tercamente, afirman que estuvieron vivos alguna vez. Ese remoto recuerdo de ellos es más importante que el capitalismo presente, que la generación de riqueza… El negocio con los muertos abochorna, pero los muertos exigen trabajo, y el trabajo ha de cobrarse. El problema es el precio. Es asombrosa la capacidad del capitalismo para convertir cualquier hecho en una cantidad de dinero […] La conversión en un precio de todo cuanto existe es presencia de la poesía, porque la poesía es precisión, como el capitalismo. La poesía y el capitalismo son la misma cosa. Creemos que sabemos mucho del capitalismo, pero no sabemos nada. El capitalismo se basa en el abigarramiento de nuestra codicia. La codicia humana es inenarrable. Llevamos siglos narrando la codicia, y nunca la alcanzamos. El capitalismo atávico acaba siendo una forma de comunismo”.

Era la pobreza —lo pobres que éramos— lo que me hacía temblar de miedo. Y al miedo me dio por llamarlo ternura… Fuimos pobres, pero con encanto… Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero.

En el mismo sentido, Vilas reflexiona alrededor de la relación del hombre con el dinero: “Ocultamos el salario, pero es lo único confesable que tenemos. Cuando averiguas el salario de alguien, lo ves desnudo… En realidad, todo esto tiene que ver con la pobreza. Era la pobreza —lo pobres que éramos— lo que me hacía temblar de miedo. Y al miedo me dio por llamarlo ternura… Fuimos pobres, pero con encanto… Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero. Porque el dinero es más poderoso que la vida y que la muerte y que el amor. El dinero es el lenguaje de Dios. El dinero es la poesía de la Historia. El dinero es el sentido del humor de los dioses. Dios dé una buena ración de miseria a todos esos cursis que dicen que el dinero no da la felicidad… Le doy demasiada importancia al dinero por el simple hecho de tener poco”.

A lo largo del texto se nota la vena poética de Manuel Vilas, quien narra en una fusión de prosa y poesía: “La naturaleza es una forma feroz de la verdad”; “Porque tus ojos, que en este instante los recuerdo, eran buenos, y la mala suerte no debería apartarnos nunca a la hora de fijar nuestra mirada en el cielo, rindiendo agradecimientos por haber contemplado los suspiros de todos los hombres encadenados en el aire…”; “Hasta las clases menos favorecidas de la Historia reclaman un destino legendario, quieren palabras buenas, un poco de poesía”.

Lo más importante de la lectura de este libro es que me motivó a tratar de ser un poco mejor padre e hijo: Me dieron unas ganas tremendas de convivir con más frecuencia con mis familiares, de tener con ellos conversaciones más profundas. “Nadie está preparado para ser padre, ni para ser hijo”.

Durante la lectura experimenté un cierto grado de identificación con el autor, quien tiene casi mi edad. También proyecté los personajes de su padre y su madre con los míos, sus recuerdos evocaron los de los míos. “La caligrafía de tu padre siempre es importante. No hay otra caligrafía en el mundo que importe. Firmo casi igual que mi padre. Hasta mi firma es suya.” Puedo decir lo mismo que el autor.

Ana Cristina, mi hija de ocho años, en ocasiones me pregunta por qué no me ha visto llorar. Vilas dice: “y quería llorar de rabia, pero no me salía ni una triste lágrima; esa imposibilidad de llorar que asola a los hombres que han cumplido cincuenta años; ya no nos está permitido llorar, carecemos de potasio y de manganeso, el pozo lacrimal está seco. En vez de llorar, nos ahogamos en angustia”.

Dice el autor que le parece una descortesía vivir más años de los que vivió tu padre… Mi padre murió en 1993 a los cincuenta y un años. Dentro de dos años puede que yo cumpla esa edad o tal vez sea cortés. Con los hijos del autor pude visualizar que el futuro que nos depara a los padres es el olvido, a veces incluso antes de la muerte. “Nos espanta un cadáver. Nos espanta el futuro, nos espanta aquello en lo que nos convertiremos… Con la muerte de mi padre comenzó el caos, porque quien sabía quién era yo y a la postre se podía responsabilizar de mi presencia y de mi existencia ya no estaba en este mundo. Tal vez ésta sea una de las cosas más originales de mi vida. La única razón segura y cierta de que estés en este mundo reside en la voluntad de tu padre y en la de tu madre. Eres esa voluntad… La muerte de tus padres es abyecta. Es una declaración de guerra que te hace la realidad.”

La versión del libro en Kindle permite una lectura acompañada, ver lo que otros lectores subrayan: Doscientos cincuenta y ocho lectores subrayaron: “Por muy mal que te vaya en la vida, siempre hay alguien que te envidia. Es una especie de sarcasmo cósmico”. Ciento treinta y siete lectores marcaron: “El dolor no es en absoluto un impedimento para la alegría, tal como yo entiendo el dolor, pues para mí está vinculado a la intensificación de la conciencia. El sufrimiento es una conciencia expandida que alcanza a todas las cosas que han sido y serán. Es una especie de amabilidad secreta con todas las cosas. Cortesía con todo lo que fue. Y de la amabilidad y la cortesía nace siempre la elegancia”.

Trescientos veinte y siete lectores subrayamos: “la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta. Lo dijo el escritor Jordi Carrión: Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que sólo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan… Son millones, las lenguas muertas”. Vilas menciona que sus padres tenían la contraseña de un silbido especial. Después de que murió su padre, su madre jamás la repitió.

“No existe la complejidad de la vida, eso es un engaño, vanidad nada más. Sólo existen los seres queridos. Solo el amor.” Trescientos noventa y ocho fue el número de lectores que más subrayaron una misma frase: “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito…”.

“La vida les espera (dice el autor de sus hijos), y dentro de cuarenta años me buscarán. Ojalá encuentren mi amor. Ojalá pudiera protegerlos hasta el último minuto de la eternidad. Y creo que puedo hacerlo. Siempre estaré a su lado. Siempre los amaré. Como siempre fui amado por mi padre. Buscarán esas comidas de veinte minutos, y buscarán este apartamento, y buscarán mi rostro. Y no lo encontrarán, porque estaré muerto.” ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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