El 13 de diciembre de 1939 tuvo lugar la primera batalla naval de la Segunda Guerra Mundial, en el Río de la Plata. El capitán del Admiral Graf Spee terminó sus días dándose un tiro en la cabeza en un hotel de Buenos Aires.

El fuego de los cañones que estaban a punto de disparar iba a robarle al sol la primera luz de la mañana. Los vigías de la cubierta habían visto dos embarcaciones pequeñas a veinte kilómetros a las cinco y media a.m. Estaban seguros de que se trataba de naves mercantes, como las que habían cazado los últimos meses. El capitán ordenó atacar, se dirigieron al interior del Río de la Plata.
Subieron el estandarte francés, el disfraz de la nave. A las cinco cincuenta de la mañana, cuando estaban frente a Punta del Este, los vigías gritaron de nuevo. Las dos embarcaciones que suponían inofensivas eran en realidad cruceros de guerra ligeros de Inglaterra, el Ajax y el Achilles. Los habitantes de la costa y quienes se hospedaban cerca de la playa ese trece de diciembre de 1939 estaban por ser testigos de la primera batalla naval de la Segunda Guerra Mundial.
Hans Langsdorff, el oficial a cargo de ese buque era marino de profesión, sabía que había caído en una trampa. Ordenó cargar la artillería y bajar el estandarte francés que usaban para aproximarse a sus objetivos antes de hundirlos, ya no tenía caso ocultarse. Izaron su propia bandera roja con una suástica en medio, eran la marina del ejército nazi, su navío el Admiral Graf Spee.
El capitán de la embarcación de la Kriegsmarine no dudó de que podría hundir a esos dos barcos ingleses y dio la indicación de acercarse. “Caer a babor veinte grados”, dijo Langsdorff cuando bajó los prismáticos. Estaba acostumbrado a ganar desde que zarpó tres años antes. El Graf Spee fue construido entre 1932 y 1936, cuando el gobierno del Tercer Reich encontró una laguna legal en el Tratado de Versalles.
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Al final de la Primera Guerra Mundial se le prohibió a Alemania tener buques de guerra de más de 10 mil toneladas, así que construyeron un navío más pequeño que un acorazado común, pero con los cañones de un barco más grande. También fue el primer crucero de combate en tener un motor diésel que le permitía alcanzar veintiséis nudos de velocidad. Lo normal eran las turbinas de vapor.
Los primeros en verlo fuera de Alemania fueron los andaluces durante la Guerra Civil española. Los pescadores y los soldados comunistas miraban al barco del Reich a la distancia, no podían distinguir la gente de la cubierta, sólo a la artillería con la que les apuntaban. Era como si el contacto visual hubiera ocurrido entre esas personas y los cañones del barco. Las órdenes del Graf Spee eran patrullar la costa sin disparar un tiro, los rojos que estaban en esas playas no tenían idea de eso.
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El Graf Spee avanzó hasta llegar a un punto donde podía disparar sin ser alcanzado por los proyectiles británicos, a dieciocho kilómetros de distancia. Abrieron fuego poco antes del amanecer. El Capitán Langsdorff lucía igual que siempre, sereno, recién afeitado, traía puesto su uniforme de oficial: un saco negro con líneas doradas al borde de las mangas, una cruz de hierro del lado izquierdo del pecho, camisa blanca y una corbata negra.
Los tiros ingleses se quedaban a unos cien metros, chocaban contra el agua y no la nave, pero el impacto habría hecho saltar o parpadear a cualquier persona menos acostumbrada al combate naval. Langsdorff echó otro vistazo a través de sus prismáticos, suponía que eso iba a terminar en menos de una hora. Los vigías gritaron de nuevo. Se dieron cuenta de que había una tercera embarcación británica, un crucero pesado, el Exeter.
El capitán ordenó cambiar la posición del Graf Spee, ahora tenía que lidiar con rivales a la izquierda y a la derecha. Estaban rodeados. El barco nazi tenía cañones pesados que sólo podían lanzar dos proyectiles por minuto; los ingleses tenían armamento más ligero, aunque podían disparar veinticuatro veces por minuto.
A pesar de que el sol no brillaba con la fuerza del medio día sentían un calor intenso, el metal de los cascos de las embarcaciones ardía por los cañonazos, los que daba y recibía. Los hombres de ambas tripulaciones estaban empapados de sudor y del agua salada que salpicaba la cubierta por el movimiento de las naves, el viento y las detonaciones.

En la cubierta del Exeter había otro capitán que tampoco tenía una sola arruga en el uniforme, sólo bajaba los prismáticos para gritar alguna instrucción. Lo único que separaba a Henry Harwood y a Hans Langsdorff eran sus banderas. Los dos habían nacido en familias acomodadas, uno en Rügen, Alemania; el otro en Londres. Sus padres eran juristas, el de Langsdorff era juez en Dusseldorf; el de Harwood, abogado en una prestigiosa firma londinense. Ambos se enlistaron en la marina contra los deseos de su familia. Era probable que los dos, sin importar en qué circunstancias de vida o país de nacimiento, hubieran terminado en la cubierta de un navío de alguna forma u otra. Tal vez porque hay gente a la que el mar la llama o porque hay hombres que sólo saben hacer una cosa.
Henry Harwood buscaba al acorazado alemán desde antes de esa batalla en el estuario del Río de la Plata, gracias en buena parte a todos los sobrevivientes. En agosto de 1939, en los días previos a la invasión de Polonia, el Graf Spee zarpó con la misión de hundir buques mercantes del bando de los aliados a lo largo del océano Atlántico. Muchos de ellos iban de América del Sur de regreso a Europa cargados de insumos. No sería una exageración decir que operaba igual que un corsario, se acercaba a los barcos franceses e ingleses con una bandera que no era la suya y velas que sólo servían de disfraz. Una vez a distancia de disparo, abría fuego hasta mandarlos al fondo del mar.
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A pesar de que los buques mercantes siempre terminaban hundidos, la tripulación no, ellos siempre salían con vida. Patrick Dove, uno de los capitanes de los nueve barcos hundidos, dio su testimonio cuando regresó a Londres: Un barco de guerra los interceptó cerca de la costa de Mozambique, sin hacer más que unos tiros de advertencia y algunos a la coraza. Cuando los abordaron se dieron cuenta de que no eran franceses, como la bandera que ondeaba en su mástil, hablaban alemán entre ellos, menos uno, el oficial que se presentó en inglés perfecto. “Buen día, capitán. Una disculpa; cosas de la guerra”, dijo Hans Langsdorff.

Cuando ya no había nadie a bordo los cañoneros del Graf Spee descargaron proyectiles hasta que no quedó nada de ese barco cargado de víveres. Patrick Dove describió sus días como agradables, el capitán del acorazado alemán lo trató como un amigo, a menudo conversaban en la cubierta o en el camarote de Langsdorff. “Fui cautivo de un caballero”, relató a las autoridades inglesas.
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Ya eran poco después de las seis de la mañana, el sol salía. Como en esa parte de América del sur había menos ciudades grandes durante el siglo XX, ni tanto humo en el aire, los amaneceres, sobre todo los uruguayos, eran de un rojo intenso. De no haber estado tan ocupados en intentar matarse tal vez lo habrían visto. El capitán ordenó disparar la batería principal de cañones contra el Exeter, las secundarias contra el Ajax y el Achilles, que eran más pequeños.
Cuando los cascos de las tres naves ya estaban dañados las explosiones caían cerca de los tripulantes. En ese punto comenzaron a morir los marineros. El Exeter estaba a punto de hundirse, también el Ajax y el Achilles. Esos tres barcos ingleses que habían sido figuras imponentes de hierro en medio del agua se convirtieron en masas de humo y fierros retorcidos en medio del mar. Unos tiros alemanes más habrían sellado su suerte, pero Langsdorff ordenó la retirada.
Uno de los proyectiles ingleses llegó a la caldera donde se preparaba el diésel que el Graf Spee usaba para moverse. El daño ya había cruzado de la línea de lo superficial a lo profundo. El capitán Langsdorff no era un hombre ingenuo, sabía que comandaba una embarcación de combate de un país que inició una guerra para conquistar el mundo y que planeaba exterminar a una etnia. Todo aquello se hizo más obvio cuando lo alcanzó un bombazo.
Uno de los proyectiles acertó a unos metros del centro de mando. No hirió de gravedad a Langsdorff ni causó un daño irreparable en el sistema de navegación del Graf Spee, pero sí marcó el costado del capitán con metralla. Dos de sus marinos lo ayudaron a levantarse, ya no estaba seguro de lo que pasaba. Estar cerca de una explosión no fue muy distinto a haber recibido un golpe en la cabeza, sus oídos zumbaban, pudo ver cómo se movían los labios de sus subordinados, pero no entendía nada. No logró levantarse al primer intento, sus piernas no respondían.
Hasta la fecha nadie está seguro del por qué eligió retirarse, unos creen que fue una decisión que tomó por estar desorientado tras la explosión. Tal vez un capitán, que no ejecutaba ni a sus prisioneros, no soportó perder a tantos miembros de su tripulación en combate. Esa mañana murieron treinta y seis de sus camaradas.
El Graf Spee fue rumbo al puerto de Montevideo, no tenía suficiente diésel para volver a Alemania. Lo primero que hicieron al llegar fue enterrar a los muertos, tratar a los heridos y liberar a los prisioneros; Patrick Dove, el capitán que capturaron cerca de Mozambique, era uno de ellos. Luego de evaluar los daños se dieron cuenta de que necesitarían al menos dos semanas para reparar el acorazado. Uruguay era un país que se había declarado neutral en la guerra, pero los dueños de muchas vías férreas, compañías de agua y gas eran ingleses. Esos empresarios, junto con la presión diplomática de Londres, hicieron que sólo los dejaran permanecer ahí tres días.
Langsdorff decidió irse a Buenos Aires; antes de hacerlo escuchó su radio. El ejército alemán había intervenido los canales de comunicación ingleses para enterarse de todo lo que hablaban entre ellos, como que una armada de barcos británicos estaba a punto de llegar a rematar lo que quedó del Graf Spee después de esa batalla.
Cuando Langsdorff escuchó eso ordenó a los miembros de su tripulación desalojar el navío, salvo por unos cuantos. Mientras esos marinos colocaban explosivos el capitán hizo un último recorrido por su nave antes de volver a tierra. Sin el humo y el caos del combate podían apreciarse los rayones, los agujeros en la coraza del buque que unos días antes pudo haberse confundido con un monstruo del océano Atlántico. La explosión con la que se hundió al Admiral Graf Spee se pudo ver desde la costa de Montevideo ese diecisiete de diciembre de 1939.
La noticia llegó a Londres, el telegrama confirmaba que el plan había funcionado. Las fuerzas británicas habían descubierto que el ejército de Hitler había intervenido algunos canales de radio poco antes de la Batalla del Río de la Plata, en lugar de inhabilitarlos los usaban para transmitir mensajes falsos para engañar a los alemanes. La armada que iba neutralizar al buque nazi no iba a llegar jamás, no existía.
Al llegar al puerto argentino las autoridades militares llevaron a los heridos a ser tratados, a Langsdorff y a sus oficiales al Hotel Naval. En su cuarto bebió, fumó y redactó tres cartas. La primera fue para su familia, la segunda para el embajador alemán, la tercera para el almirante Erich Raeder, jefe de la marina alemana. “Para un comandante que tiene sentido del honor, se sobreentiende que su suerte personal no puede separarse de la de su navío”, escribió en la que iba dirigida al almirante.
Cuando terminó las cartas Hans Langsdorff se envolvió en la bandera de la marina nazi y se dio un tiro en la cabeza. El Graf Spee se hundió en Río de la Plata, su capitán en un hotel de Buenos Aires. ®
