Historia y televisión

Un Mad Men en época Fringe

Así como ocurre en las series televisivas Mad men y Fringe, así como lo escribieron James Ellroy y Jonathan Litell, así es como la ficción puede ser la mejor forma de aproximarnos a la historia.

La Segunda Guerra Mundial. El mundo norteamericano en 1960. Las elecciones de 2000 en Estados Unidos. La ciencia descrita por la ficción en el cambio de siglo XX a XXI. Temas que recuerdan lapsos históricos, pero que se encuentran empapados de enfoques contemporáneos. Los eventos del pasado desacralizados, volviéndose propiedad de un número de gente que supera a la academia, a los especialistas. Las historia analizada, revisada, si afán docto. Sin miedo a cometer excesos subjetivos. Afortunadamente.

Dos series de televisión. Dos libros. Y en todos ellos la palpable relación del presente con su pasado. Pero sobre todo el presente enfocando al pasado. Resaltando algunos rasgos, a algunas fobias y filias contemporáneas. El pasado haciendo relucir las obsesiones y nostalgias del presente.

Morales lejanas

En Mad Men, serie ideada por Matthew Weiner, se reconstruye el norteamericano mundo de la publicidad ubicado en los alrededores de 1960. 1 Atestiguamos el arranque de un tipo de empresa que inauguraría un estilo de vida: el orbe de los publicistas. Trabajo que, a través de la creación de necesidades, impondría en lo que queda del siglo XX una manera de vivir. La construcción del nuevo ideal de consumo. El neurótico y por ello inalcanzable querer ser del hombre moderno. Sin embargo, esa no es ni la única ni la más importante información histórica que se puede acariciar en esta serie. El encanto que le ha provocado a varios cientos de seguidores en el mundo, tal vez tenga que ver con referencias más sutiles. Más íntimas. En cincuenta años han cambiado muchas cosas. Y han cambiado para muchas personas. La familia, el papel de las mujeres, de los hombres. Las situaciones que se recrean en Mad Men, están cargadas de sutilizas que nos hacen sentir el paso del tiempo. Mad Men es una burbuja temporal que nos hace hincapié en la manera en que la vida cotidiana ha cambiado. Es el mundo antes de la revolución sexual, de la paulatina liberación femenina, de la sensibilización de los hombres. Es la historia de una sociedad carente de pedagogía, que veía a los hijos como molestas reproducciones de los adultos, aunque más salvajes y en donde la enseñanza de la disciplina era el pretexto perfecto para someter. Un mundo que nos señala cómo las cosas pueden cambiar en tan poco tiempo, al menos para ciertas franjas sociales. Así, Mad Men estimula conmociones. Nostalgia y recelo son dos de los sentimientos que la serie puede provocar.

El papel del hombre, atomizado en Don Draper —director creativo de la agencia y personaje principal de la serie—, es tanto víctima como victimario. En la serie, los hombres son duros. A pesar de tener infancias terribles y pasados sombríos, simulan tener el control todo el tiempo. El espectador del presente suele conmiserarse de ellos cuando observan su dolorosa simulación. Las flaquezas que sus personalidades, producto de ausencias y falta de cariño, son ignoradas. No está permitido ser débil, por más vidas terribles que se hayan tenido. Aguanta. No te rompas. No te doblegues. Al mismo tiempo, el espectador del presente los detesta cuando imponen su testosterona. Gritos, groserías, desprecios que son la norma. Peleas de gallos entre ellos, sanguinaria imposición hacia las mujeres, hacia los subalternos. Gélido desdén hacia los hijos.

Sin embargo, también sucede lo contrario. Los personajes masculinos pueden provocar una nostalgia que pocos hombres contemporáneos aceptarían, por más que la sientan. La añoranza de esos hombres recios que pertenecían a épocas determinantes. Terminantes. Nada de negociar los papeles: las mujeres se dedican al hogar, o a ser secretarias —y a acceder a propuestas que conduzcan al amantazgo con sus jefes—. Los hombres a trabajar, proveer a sus familias y a tragarse cualquier debilidad por más indigesta que resulte. No hay medias tintas. No hay extensas discusiones con la pareja sobre falta de cariño, de sensibilidad, de tiempo dedicado a los niños. Nada de sicología que analice y tome por asalto las grescas familiares. Orden brutal y ahorro de tiempo. La felicidad es discusión aparte. Discusión más siglo XXI. Y aunque muchos de los espectadores masculinos sientan esa melancolía, no pueden aceptarla públicamente: la corrección política que apenas existía en 1960, es un artilugio muy recurrido en el presente. Es otra forma de someter los sentimientos reales y disfrazarlos de normalidad. Pero el encanto prohibido está ahí. La nostalgia por lo feroz. Baste decir que Mad Men ha logrado 17 nominaciones Emmy, convirtiéndose así en la serie más nominada del 2010.

El lapso histórico que Mad Men retrata no es un orbe seguro. Aquellos que tienen nociones mínimas de historia, saben que algo gordo está a punto de ocurrir. La década de los sesenta está a punto de irrumpir y el orden de las cosas se trastocará. Estos primeros atisbos de cambio, se notan en los personajes femeninos. Peggy Olson es una secretaria que deviene en ejecutiva creativa. Trabajo realizado normalmente sólo por hombres. La relación entre Peggy y Draper realiza una espiral histórica. A ella le cuesta tanto trabajo su nueva posición como a Draper le costó despegar a partir de sus carencias. Peggy, entonces comienza a hacer lo mismo que Draper: tragarse las inseguridades, congojas y frustraciones. Comienza a volverse dura. Una mujer pública que renuncia a su vida privada —niega a un hijo que sólo interferiría en su carrera—. Un mujer que asiste a table dances porque ahí se cierran varios de los tratos de la empresa. Que simula naturalidad en medio de un entretenimiento “sólo para hombres”. Un atisbo del porvenir, en donde los papeles de uno y otro sexos alternarán. Betty Draper es otro paradigma femenino a ojos del los espectadores de su futuro —de nuestro presente—. Una esposa modosita quien poco a poco se harta de su vida ordenada y en extremo aburrida. Los amantes se vuelven una opción para ella. Descubrir las mentiras de su esposo también. Aquí hay una liberación que no sucede bajo los efectos de la ideología. Es más básico y real. Una especie de “si tu lo haces, ¿por qué yo no?” Sentimientos que con toda probabilidad las feministas políticas supieron encausar bien e incluso sacarles provecho.2

Mad Men es una burbuja temporal que nos hace hincapié en la manera en que la vida cotidiana ha cambiado. Es el mundo antes de la revolución sexual, de la paulatina liberación femenina, de la sensibilización de los hombres. Es la historia de una sociedad carente de pedagogía, que veía a los hijos como molestas reproducciones de los adultos, aunque más salvajes y en donde la enseñanza de la disciplina era el pretexto perfecto para someter.

Y en lo anterior se encuentra una nueva máxima del análisis histórico, este sí por completo académico. Mientras la historiografía del siglo XIX insistía en interpretar los hechos del pasado a partir de la ideología —entender las revoluciones desde un matiz marxista, por ejemplo—, en el siglo XX, teóricos de la historia como Jacques Rancière sugieren que en esas revueltas, la vida cotidiana se impone. El hartazgo por una situación habitual es el detonante y no un conjunto de ideas bien estructuradas. Las sediciones hechas por hartazgos, no por tener conciencia social. Esto sin duda sacude varios de los preceptos políticos e históricos aún el día de hoy, pero creer que los grandes eventos son resultado de grandes estructuras mentales, es demasiado falso y árido. Tal vez esa explicación funcione para intentar dar orden al pasado desde el presente, pero también nos alejan de la propia realidad. Nos otorgan un matiz un tanto acartonado. Mad Men hace lo contrario: expone situaciones, no las capitaliza desde cotos políticos o ideológicos. Literatura antes que convencimiento. Observar antes que determinar. La comprensión que, llegados a al fin del siglo XX, se vuelve un recurso más solicitado, como el ablandamiento de los hombres duros de antaño. Así, los seguidores de la serie pueden sacar sus propias conclusiones desde su individual perspectiva.

La batalla de los sexos no es el único referente histórico en Mad Men. El consumo de alcohol, de cigarrillos, o las tendencias homosexuales, son otros parámetros históricos que encantan y atraen. El homosexualismo es un tabú irremediable. Un personaje masculino con esas tendencias, es negado. Sin embargo, en la sutilidad se encuentra la aportación. La relación que el hombre tiene con su propia homosexualidad, funciona de la misma manera que las flaquezas que Don Draper debe aguantar y disimular. Además, al estilo de Betty Draper, presenciamos una paulatina aunque tortuosa aceptación. El final para este hombre es terrible y nos vuelve a remitir a una temporada casi ajena: un poderoso cliente de la agencia descubre la inclinación homosexual en el que ahora es su subalterno. Intenta ligárselo y, ante la negativa, decide retirar su proyecto hasta que lo corran. Y eso es lo que pasa.

Mientras ciertas tendencias son desterradas otras, a diferencia de nuestro presente, son alentadas. Los ríos de alcohol que corren, episodio tras episodio de Mad Men, emborrachan al espectador. El alcoholismo no es enfermedad: es parte de la vida normal. Beber es consumir. Beber, entonces está bien. Las buenas conciencias de hace cincuenta años beben sin parar. Es un cliché de esos hombres modernos con el hígado destrozado. No es privativo de círculos bohemios o decadentes. El alcohol es estimulante. Sirve también para soportar la negación de la debilidad. Un par de personajes son alcohólicos, pero a nadie le importa. Les ofrecen martinis y whisky a manos llenas. ¿Perdición por alcohol? ¡Eso son remilgos de niñitas endebles! Y con los cigarrillos sucede lo mismo. Sin embargo, en este último caso, ya se divisa la reglamentación del futuro. La campaña publicitaria que la compañía realiza para Lucky Strike, está teniendo problemas. Los médicos han comenzado a señalar que fumar es malo. La publicidad encuentra entonces maneras para minimizar esa preocupación. En Mad Men no hay nada de “dejar de fumar, reduce importantes riesgos en la salud”. Y eso, aceptémoslo, también genera nostalgia. La añoranza de las épocas en las que las buenas conciencias no tenían como blanco al alcohol, al tabaco. Con el comunismo estaban bastante ocupados. Nostalgia de bares, cafés y estaciones de autobuses en donde se podía fumar. Pero más allá de eso, estas sutilidades, nos indican cómo los detalles cambian en un periodo de tiempo tan breve. No hace falta entonces recrear la época isabelina, el virreinato o las guerras intestinas del XIX. La historia contemporánea mantiene una capacidad de sorpresa que logra su sortilegio gracias a que aún podemos palpar en nuestro presente, las consecuencias directas del cambio. Prendemos un cigarrillo —que sabemos es nocivo— y recordamos ese pasado inmediato en donde aún se podía fumar en el bar, en tu casa, incluso frente a niños, y nadie pegaba el grito en el cielo. Mad Men se convierte en memorabilia compuesta por el transcurso de nuestros comportamientos. Un afiche para coleccionistas que no necesita de expertos, porque a casi todos les dice algo. Porque recuerda de una manera eficaz la manera en la que hemos cambiado en tan poco tiempo.

Traumas revisitados

Jonathan Litell

Pocos eventos tan brutales como la Segunda Guerra Mundial. Pocos episodios históricos como aquel, que ha aceptado una interpretación casi única. Con claros bandos entre “buenos” y “malos”. Una receta moral basada en esa forma ideológica de ver la historia. Toda interpretación alterna que se aplica a la Segunda Guerra Mundial, suele ser recibida con altas dosis de polémica. Si con Mad Men recibimos una dosis de pasado que confrontamos con nuestro presente, con el libro Las benévolas (2006) de Jonathan Litell, podemos ver una interpretación del pasado a través de los ojos de un sentir muy contemporáneo.

Las benévolas es el primer libro de Litell. Le valió el Premio Goncourt y el Gran Premio de Novela de la Academia francesa 3, pero al mismo tiempo, la novela apareció rodeado de un coro de voces histéricas. La creación de la polémica por haber revisado a la Segunda Guerra Mundial desde un coto nihilista. La extensa historia se regodea en datos y episodios históricos. Sin embargo, más allá del recuento, hay un propósito constante: dar un enfoque diferente de los hechos por todos conocidos. Y para lograr esto último, la introducción que bajo el título de “Tocata”, hace el autor, resulta macizo como un golpe a la moral consabida. “Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió”, nos pide el personaje. “No somos hermanos tuyos, me replicaréis y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro.” Ironía, cinismo, malestar. El personaje que nos habla es un ex nazi. Sin embargo, el autor que lo creó le otorga el cruel desenfado de las generaciones nihilistas. De las sociedades a las que no les “importa un bledo”, al mismo tiempo que se encuentran saturadas de información y juegan a no tener tabúes. Muy atrás han quedado los papeles inamovibles de hombres y mujeres. Ahora todo es relativo, expugnable y analizable desde ópticas que no se sometan a camisas de fuerza morales. Bajo esta óptica, el personaje no trata de convencernos ni de la maldad ni de la expiación de los nazis. El presente se entromete con el pasado y otorga nuevas formas para que la historia haga el recuento de los hechos. Va una extensa cita del repugnante y a la vez seductor personaje:

En este programa [el T-4, de exterminio de los nazis], a los enfermos, seleccionados mediante disposiciones legales, los recibían unas enfermeras profesionales que registraban la entrada y los desnudaban; unos médicos los examinaban y los llevaban a un cuarto cerrado; un operario abría el gas; otros, limpiaban; un policía extendía el certificado de defunción. Cuando, después de la guerra, interrogaron a esas personas, todas dijeron: “¿Culpable yo?”. La enfermera no mató a nadie, se limitó a desnudar y a tranquilizar a unos enfermos, gestos habituales en su profesión. El médico tampoco mató a nadie; sencillamente confirmó un diagnóstico. El peón que abre la llave de gas, quien se halla más próximo al asesinato, realiza una operación técnica bajo el control de sus superiores y de los médicos. […] ¿Quién es culpable, pues? ¿Todos o nadie? ¿Por qué iba a ser más culpable el operario encargado del gas que el operario encargado de las calderas, el jardín o los vehículos?4

Así, Litell no consiente jamás con posturas que se dicen benévolas y que sólo sirven para alimentar más guerras. Un avance de mentalidad tenue, pero que resulta determinante si deseamos pasar de la época del descreimiento a la de una construcción que no ceda ante los embustes del pasado. Un certeza que ya desembarazada de los moldes añejos, se pregunta una y otra vez cuántas guerras se han creado a partir de discursos de izquierda y derecha.

La interpretación que el personaje hace de su pasado, cuestiona el episodio histórico, pero también nos da información del presente desde el que se hace el análisis. Que sea un nazi quien hable y quien establezca esa estructura de análisis en la que El Gran Enemigo se diluye para repartir responsabilidades entre todos, sólo puede suceder pasado un tiempo del episodio. Una vez que el dolor de las heridas también se ha diluido, incluso olvidado. Este olvido que provoca un sano distanciamiento, al evitar los discursos morales inequívocos y rotundos —nazis completamente malos, judíos completamente víctimas—, también contiene un riesgo. El olvido del dolor puede llevar con mucha facilidad a la repetición. Sin embargo, más allá de peligrosas emulaciones, la postura de Jonathan Litell tiene más que ver con un sano descreimiento. De esos que más que demoler u olvidar, eligen un empezar renovado que critica los vicios y errores del pasado. Sobre todo los de óptica. Así, Litell no consiente jamás con posturas que se dicen benévolas y que sólo sirven para alimentar más guerras. Un avance de mentalidad tenue, pero que resulta determinante si deseamos pasar de la época del descreimiento a la de una construcción que no ceda ante los embustes del pasado. Un certeza que ya desembarazada de los moldes añejos, se pregunta una y otra vez cuántas guerras se han creado a partir de discursos de izquierda y derecha.

Litell nació en 1967, pertenece por completo a la Generación X que el escritor canadiense Douglas Coupland clasificó. Aquella que vive en medio de un exceso de información, de una nostalgia por el amor, de un acérrimo descreimiento. Pero una generación también que, a pesar de tantos tótems derrumbados, se mantiene idealista, aunque no tenga nada que ver con las izquierdas o derechas políticas que poblaron casi todo el siglo XX. Por ello su libro causó tanto escozor. En la polémica también se lee un cambio generacional. De mentalidad. Permuta contemporánea. Que un nazi declare que la culpa de la Segunda Guerra Mundial la compartimos todos, es un edicto polémico a la vez que doloroso. Pero la realidad del autor nada tiene que ver con su personaje nazi. Litell es judío, y durante largas temporadas intentó remediar su infecta realidad como pudo. Obsesionado con la guerra de Vietnam, se lanzó en campañas humanitarias hacia Bosnia-Herzegovina, Chechenia, Afganistán y el Congo. Luego dejó todo ello para sentarse a escribir Las benévolas en 2001 y con 21 años.

Zzzzzzz: en busca de un misterio

Varios especialistas y pensadores han tratado de ubicar el origen de la publicidad y la mercadotecnia. Varios aterrizan el inicio con Hitler. El dictador que supo venderse bien. Que convenció no sólo a un país, sino a buena parte del mundo que era imprescindible. Varios años después esa maquinaria publicitaria se diversificó. Echó raíces en casi todos los países del mismo mundo. El período histórico de la segunda mitad del XX es, sobre todo, la de un mundo cargado de publicidad. Y ello ha condicionado a varias generaciones. Sociedades que consumen entusiastas —como la retratada en Mad Men, o como el ideal que se diseñó durante el Milagro Mexicano–, generaciones obsesionadas con las marcas –como las juventudes de los ochenta—, hasta llegar a un sitio diferente: generaciones indigestas de publicidad. La publicidad no tiene ética. Por lo mismo, elimina tabúes con tal de que su efectividad se vigorice. Y eso logró nutridas franjas sociales que, sin tabúes, pueden repensar muchos eventos históricos. No sólo la Guerra Mundial que dio a luz a la mercadotecnia, sino eventos más recientes. Un análisis que, despojado de lineamientos ideológicos duros, experimenta nuevas visiones descarnadas o reveladoras. Las benévolas, de Jonathan Litell es buen ejemplo, pero no es el único.

El escritor norteamericano James Ellroy sabe de obsesión por el consumo. En su pieza de autoconfesión “Mi vida como golfo” compilada en su libro Destino: la morgue (2007), nos narra su adicción a los tabloides, a los espectáculos deportivos, al alcohol y a las pastillas. Ellroy no es de la generación Mad Men. Sus desproporciones las vivió de manera aislada, lejos del éxito ideático. Ellroy tampoco es generación X: nació en 1948. No se inclinó por las expediciones humanitarias. Todo lo contrario: en su juventud sin dinero y lleno de deseos, se colaba en casas ajenas para beber licores y robar ropa interior de chicas a las que conocía. Sin embargo, tras esa vida de excesos —que por otra parte jamás justificó bajo la bandera del underground—, tras haber vivido todo y visto todo, le quedó una personalidad muy generación X. Sin tabúes. Ellroy no defiende al alcohol como ingrediente de la sociedad de consumo, pero tampoco lo ataca como un puritano de finales de siglo XX. Ellroy nos dice del alcohol:

El impulso alcohólico es la necesidad de ver lo que no se puede ver cuando se está sobrio. Es igualitario. Libera. Atraviesa todas las barreras de clase. Te sitúa en un contexto que confunde y te lleva a jugar contra la banca. Te libera de tu aislamiento y vuelve a atraparte en él. Es el impulso del amor descuidadamente promiscuo.5

Visión descarnada. Sin tabú. Nada de “bebe para pertenecer”. Nada de “di no a las drogas”. Visión tal vez molesta por real. Y los libros de este autor no se estacionan en los excesos. Su fuerte es el retrato de la sociedad norteamericana de los cuarenta, cincuenta, sesenta. Resalta las contradicciones que los tipos duros de Mad Men desean obviar. Ellroy aplica la misma visión temible a la política más contemporánea en su texto “El padre, el hijo y el espíritu del hermano”. Las elecciones del 2000 en Estados Unidos se vuelve el episodio histórico a analizar para este nihilista consumado. Bush contra Gore. James Ellroy es sanguinario. Nos dice de aquél proceso:

El chalaneo del discurso nacional. Atragántate con los detalles y pasa por alto el presuntuoso hecho de que la política presidencial es el Campeonato Mundial de las Peleas de Gallos para macarras y que el consenso se compra con una andanada de propaganda solapadamente disfrazada de libertad de expresión.6

Una ventaja que la ausencia de tabúes tiene, es la desacralización de los eventos que la publicidad insiste en hacernos creer importantes. Todo se toma en una dimensión más justa: el alcohol y sus efectos, la verdadera importancia de la política. El nihilista que es Ellroy no se deja intimidar por los “políticos como superestrellas”. No compra los discursos supuestamente diferenciados entre los contendientes. Litell es a la Segunda Guerra, lo que Ellroy es a los procesos políticos norteamericanos. Entonces, nos dice: “las elecciones de 2000. Bush contra Gore. La buena noticia es que uno de los dos perderá. La mala es que otro ganará”. La responsabilidad de la guerra se reparte entre todos. La victoria de un candidato también es culpa de todos. La política desde su versión publicitaria adormila a Ellroy. Y probablemente a buenos segmentos de las generaciones nacidas a partir de los sesenta. Como el propio autor señala, los discursos le provocan un extenso “Zzzzzzzzz”. Las recetas publicitarias no convencen al cínico. Al que lo ha vivido todo. El misterio de esa alquimia que es nulo. Gana la izquierda, gana la derecha. ¿Y?

Así, en medio de despojos de tabúes: las opciones políticas gastadas, las ideologías sin impacto en las interpretaciones históricas, de algún lado tendría que salir el liberador misterio. No resulta sorpresivo entonces la propuesta de la serie Fringe creada por J. J. Abrams, Alex Kurtzman y Roberto Orci 7. Fringe, clara heredera de propuestas televisivas como los Expedientes X, es una generadora de misterios. Pero el sitio de donde proceden esos misterios, puede leerse como un giro contemporáneo de óptica, muy cercano a Litell o Ellroy. A finales del siglo XIX la ciencia dura, entronizada por el positivismo, tenía un enorme apetito: deseaba develar misterios. No más brujas, no más diablos y demonios. Las fobias, las filias comenzaban a deslavar añejos mitos y se tornaban patrimonio de los científicos. Cien años después, tenemos demasiados misterios rotos. No hay encanto en el saber absolutamente todo. En que todo sea analizable y comprendido. La serie Fringe, entonces, propone una salida resguardada en la ficción: la ciencia, en vez de aclarar misterios los crea. La ciencia —o la visión que de ella se hace—, mantiene su potencial para lograr sorpresa. Es el pivote que nos salva del aburrimiento de la vida ordinaria: sea para develar misterios, como a fines del XIX —no son brujas, es necrofilia, ¡qué interesante!—, o para crearlos a finales del XX —un zombie creado a partir de un tipo de sangre corrompida genéticamente, ¡qué interesante!

No creo que lo anterior se deba a que la ciencia sea el elemento salvador de nuestro tedio. Sino a que más bien es un elemento al que le vertimos nuestras esperanzas. Las esperanzas de un sitio mejor, ya sea para esclarecer misterios o para crearlos. En este sentido, la ficción que establece el concepto de ciencia tal vez sea más importante. La ficción que dota a la ciencia de su supuesto poder restaurador. Así, analizando la literatura de hoy que se aboca al pasado, respetando la visión de su propio entorno, podemos lograr crear o develar misterios. No transar con los vicios fenecidos, tal vez crear nuevos, como los que James Ellroy sostuvo en su negra temporada de ladrón, pero con la esperanza de que estas innovaciones creativas tengan el propósito de llevarnos a mejores sitios, o al menos, como los nihilistas creemos, hacer más habitable el desahuciado mundo que nos tocó vivir.®

(Publicado originalmente en Posdata)

1. Weiner también fue el escritor de la quinta y sexta temporada de Los Soprano, la mítica serie que trastocó no sólo a las producciones televisvas, sino también a las cinematográficas. Fue por escritores como él, que los contenidos para la pantalla chica tuvieron tanta calidad como para imaginarlos como una estupenda opción más allá del pueril entretenimiento. Para verlos incluso como valiosa propuesta literaria, por su aguda dramaturgia. Tanto así que varios productores de cine han visto a la televisión como una nueva zona preferente para desarrollar proyectos. Televisa, por cierto, no tiene nada que ver.

2. Baste revisar el volumen De espacios domésticos y mundos públicos (2010, INAH, Colección Claves para la historia del siglo XX mexicano) en donde Martha Eva Rocha, Anna Rivera Carbó, Enriqueta Tuñón Pablos y Lilia Venegas Aguilera analizan algunas de las revueltas feministas ocurridas en el siglo que acaba de desaparecer. En cada uno de los casos las mujeres líderes supieron encausar un hartazgo o una carencia y dotarlos de sentido político.

3. Litell es norteamericano, vive en Barcelona, pero Las benévolas fue escrito en francés. El autor es un ciudadano muy finales de siglo XX, para quien las fronteras se rebasan con naturalidad, casi con imperiosa necesidad.

4. En las benévolas (2006, RBA, Barcelona), p. 27.

5. En destino la morgue (2007, Ediciones B, Barcelona), p. 11.

6. Idem, p. 14.

7. Tal vez no resulte como estupenda promoción de la serie el hecho que sus creadores hayan escrito también las nuevas películas de las añejas caricaturas Transformers. Sin embargo, con este dato, al menos podemos ubicarlos dentro de una franja generacional bastante concreta.

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Publicado en: Destacados, Nuevas miradas a la televisión, Septiembre 2011

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