IBM y el Holocausto

Cómputo y administración criminal

En este libro se narra la historia de la alianza estratégica entre el gigante de la industria de la computación, International Business Machines (IBM), con la Alemania nazi.

Máquina clasificadora de IBM, exhibida en el Museo del Holocausto de Estados Unidos, Washington, D.C. Fotografía: William Philpott/Liaison.

IBM y el Holocausto. La alianza estratégica entre la Alemania nazi y la más poderosa corporación norteamericana es un libro que describe cómo el régimen de Hitler clasificó a sus víctimas con material de la firma estadounidense. Es una obra escrita por Edwin Black (1950), publicada en 2001 (Nueva York: Crown Publishers; México: Atlántida). A grandes rasgos, la trama va sobre la ‘increíble’ historia que da cuenta de la alianza estratégica entre el monstruo de la industria de la computación, International Business Machines (IBM), con la Alemania nazi. Un romance que se inició en 1933, tan pronto como Hitler llegó democráticamente al poder en medio de una crisis alimentada por las humillaciones sufridas por parte de las grandes potencias europeas victoriosas en la primera parte de la gran contienda, interrumpida entre 1918 y 1939, periodo en el cual el país sufrió una severa crisis económica y política, entre hiperinflación, estanflación, amenaza de revolución comunista, entre otras cosas, y continuando posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial. Este matrimonio alcanza sus momentos más entrañables cuando el Tercer Reich se aventuró a la conquista y expansión ‘necesaria’ para que la raza aria pudiera disfrutar del espacio vital (Lebensraum), que requería como mínimo para poder desarrollar al máximo sus potencialidades de vida que otras razas menos desarrolladas históricamente le habían venido impidiendo.

Ante la publicación del libro, IBM tardó en emitir su punto de vista, justificándose por no conocer el contenido de la obra. Cuando lo hizo, se trató de un documento interno que leyeron 307 mil empleados de la compañía en diversas partes del planeta, en el que anunciaban que

Próximamente se publicaría un libro, [y afirmando que] las máquinas tabuladoras Hollerith fueron utilizadas por el régimen nazi y en el que se especula sobre las actividades de la subsidiaria de IBM en Alemania en aquella época. Reconocemos que el tema es importante y muy doloroso para muchos ibemeros, sus familias y el conjunto de la comunidad mundial […] La compañía IBM […] facilitaría toda la información en su poder para aclarar sus relaciones con el nazismo. Gran parte del libro está basada precisamente en la correspondencia corporativa de la empresa, entregada desde hace años a las bibliotecas especializadas.

Black, apoyado en una gran cantidad de documentación, demuestra cómo la IBM organizó y conoció siempre el papel que su trabajo desempeñaba en la destrucción de vidas en los campos, comenzando desde la localización y ubicación de los judíos antes de ser capturados y posteriormente trasladados a donde serían internados. Lo cual abarca lo que el autor denomina las “seis fases del Holocausto: identificación, exclusión, confiscación, gueto, deportación y exterminio”, contando con la siempre oportuna y buena disposición de la gestión de Thomas Watson, Sr., CEO, el cual operaba en un comienzo desde su oficina de Nueva York, y más tarde directamente a través de subsidiarias europeas.

La filial alemana de IBM en la década de los años treinta se llamaba Deutsche Hollerith Maschinen GmbH (Dehomag), y era la subsidiaria más fuerte e importante de 2 Big Blue. Durante la guerra funcionó como una rama de IBM, no obstante que el régimen nazi era el encargado de nombrar a sus directivos, mientras que Alemania era presa de un bloqueo internacional. Afirma Black que “IBM siguió suministrando componentes y tecnología a Alemania no porque sintiera simpatía por los nazis, sino porque aspiraba a un dominio mundial del mercado informático”. Al término de la guerra Dehomag cambió su nombre por el de IBM–Alemania.

IBM, a través de filiales y subsidiarias, colaboró en la creación y desarrollo de las tecnologías que hicieron posible programas de identificación y catalogación desde principios de la década de los años treinta, lo cual no se detuvo incluso una vez concluida la guerra que finalizó en 1945 con la rendición de Alemania y Japón.

Para ello, IBM, a través de filiales y subsidiarias, colaboró en la creación y desarrollo de las tecnologías que hicieron posible programas de identificación y catalogación desde principios de la década de los años treinta, lo cual no se detuvo incluso una vez concluida la guerra que finalizó en 1945 con la rendición de Alemania y Japón. La empresa estadounidense se fijó la tarea de identificar a los prisioneros de guerra que el partido nazi esclavizaba antes y durante la guerra, judíos en su mayoría. Tarea monumental y compleja que verificaba Hitler de manera obsesiva y meticulosa a través de sus administradores, muchos de ellos entre los tomadores de decisiones más importantes del régimen. Lo anterior, además de censar la mano de obra, el traslado y la reubicación de reclusos en campos de exterminio, de concentración y en guetos, incluía la confiscación de bienes, la deportación, explotación laboral y la administración eficaz de la aniquilación industrial que programáticamente se propusieron los nazis paralelamente a la guerra que emprendían.

El trabajo consistía en recabar datos, muchos de los cuales requerían cruzar variables diversas de modos relacionales igualmente distintos para la toma de decisiones, además del trabajo administrativo que el régimen compulsivo de la muerte se planteaba. Lo anterior representaba una labor exhaustiva y acuciante de organización colosal, que sólo ‘computacionalmente’ podía llevarse en los tiempos y formas que los nazis se lo habían propuesto. En la década de los años treinta las computadoras aún no existían, pero se comenzaba a computar, a ordenar datos de una manera más específica. La computación vería su alumbramiento en esos campos de la muerte. La tecnología de las tarjetas perforadas de Hollerith funcionaba como un sistema de correlaciones básico que permitía a Hitler y sus administradores automatizar de manera más eficaz y óptima la persecución de los enemigos del sistema nacionalsocialista. ¿De qué otra manera habrían podido los nazis ubicar de forma tan rápida y precisa cuántos judíos europeos había por país, región, pueblo, comunidad, colonia, calle; es decir, en dónde se encontraban y a qué se dedicaban los judíos europeos que se propusieron como objetivo aprehender?

Edwin Black (Chicago, 1950), historiador y periodista.

La tecnología IBM ofreció a los nazis la solución al problema cuya respuesta anhelaban encontrar oportunamente. El hecho es que se usó la tecnología de IBM para organizar desde la identificación de los judíos a través de censos, registros y programas de rastreo de antepasados hasta el manejo de los ferrocarriles y la organización del trabajo de esclavos en los campos de concentración. IBM y su subsidiaria alemana diseñaron uno a uno los complejos procedimientos, anticipándose a las necesidades del Reich. IBM no se limitó a vender las máquinas, sino que facilitó una amplia colaboración y ayuda técnica, convirtiéndose en el único proveedor de los millones de tarjetas perforadas que Hitler necesitaba: IBM y el Holoc.

Afirma Black que “fue IBM quien ayudó al Tercer Reich a crear el Holocausto Industrial, de alta velocidad y de seis millones de personas [muertas]”. Estos seis millones que se refieren sólo a la cifra de judíos que murieron en los campos.

IBM y su subsidiaria alemana diseñaron uno a uno los complejos procedimientos, anticipándose a las necesidades del Reich. IBM no se limitó a vender las máquinas, sino que facilitó una amplia colaboración y ayuda técnica, convirtiéndose en el único proveedor de los millones de tarjetas perforadas que Hitler necesitaba.

Las afirmaciones anteriores, a partir de lo que presenta Black en su libro, no pretenden asegurar ni mucho menos que sin IBM el Holocausto no se habría llevado a cabo, ni tampoco que fueron ellos quienes lo ejecutaron, pero resulta innegable ante tanta evidencia pasar por alto la importante participación que tuvo la empresa en los atroces hechos realizados por el régimen nazi en contra de los judíos y otras minorías durante los años que funcionó como partido–gobierno. Los escuadrones de la muerte, llamados también ‘tropas de asalto’ [Einsatzgruppen], de cualquier manera, habrían asesinado atrozmente a los judíos de Europa del Este en los graneros, en pozos, en los bosques, en barrancos, al interior de las iglesias o los cementerios, entre otros lugares, como sucedió en los casos de Bielorrusia y Estonia, esta última nación a la que los nazis llegaron a denominar “estado libre de judíos” [Staatsjudenfrei]. La particularidad que IBM le añade a la inmensa matanza perpetrada por ese régimen es la de las magnitudes industriales con que ésta se llevó a cabo: velocidad, optimalidad, racionalidad y eficaz administración, entre otras ‘curiosidades’ asociadas a la planificación, la organización y la ejecución administrativa del Holocausto. La programación de las actividades concernientes a la llegada, estancia y exterminio de la población esclavizada en los campos fue realizada de manera excelsa en gran parte gracias a la colaboración y los servicios prestados por esta empresa estadounidense en crecimiento y en tiempo récord: un verdadero caso exitoso de ‘administración científica’. No había tiempo que perder en la purificación del mundo proyectado por la ideología nazi.

En casi cada uno de todos los campos de concentración y de exterminio que levantaron y funcionaron durante la administración nazi existió un empleado con conocimientos técnicos instalando, dando mantenimiento, capacitando personal, entrenando en el funcionamiento óptimo del sistema a base de tarjetas, instrumentado para los clientes de IBM, conocido como el Hollerith Abteilung. Luego de forjar su empresa Tabulating Machine Company y ganar una posición monopólica, arribaría al mercado la competencia que crearía máquinas más rápidas y económicas, bajo la dirección de Willy Heidinger, dueño de Dehomag. La compañía de Hollerith sería entonces vendida a Charles Flint, que le ofreció el mando a Thomas J. Watson, un exitoso vendedor a quien se le ubica más fácilmente como el fundador de IBM, y aceptara en junio de 1937 una medalla directamente de Hitler, la cual fue creada para extranjeros “que demostraron ser dignos del Reich alemán”. Watson Jr., de hecho, había sido diagnosticado como sociópata y narcisista, carente de moral y, tratándose de objetivos comerciales, no dudaba en recurrir al crimen para alcanzar sus metas, habiendo sido condenado luego de ser acusado de malos manejos en contra de la caja registradora nacional, esto apenas un poco antes de que se convirtiera en la cabeza de la IBM, abriéndole las puertas de la prisión luego de que su condena le fuera anulada.

“Watson”, afirma Black, “recibió un porcentaje de cada transacción del Reich y en 1937 fue honrado por Hitler en Berlín en una grandiosa ceremonia de premiación”; destacando que “las tarjetas perforadas originales de IBM no sólo entregaron recuentos totales a los nazis, sino que también entregaron información de los contados. Así, la era de la información no nació en Silicon Valley, sino en Berlín en 1933”. Afirma también que “Thomas J. Watson visitó Alemania regularmente entre 1933 y 1939, [además] puedo demostrar que estuvo en 1941 para organizar el traslado de algunas de sus máquinas a Rumania”. Afirma Black que “IBM incluso diseñó la campaña de exterminio por mano de obra de Alemania, en la que las habilidades se combinaron con las necesidades de trabajo esclavo y los judíos fueron llamados a trabajar hasta la muerte”.

Tarjeta clasificadora de IBM.

El libro cuenta cómo, después de que IBM perdiera el control sobre las operaciones en Alemania en 1941 y Watson devolviera su medalla, la misma tecnología se siguió usando en Auschwitz y otros campos nazis a los efectos de registrar los ingresos y hacer un seguimiento de los trabajos forzados. Cada ser humano internado en los campos contaba con una ficha informática personalizada. Ésta consistía en una tarjeta perforada producida por IBM, lo más avanzado en la época en materia informática y pensamiento computacional. Lo anterior permitía clasificar a cada interno a partir de variables diversas ‘multicategoriales’, por ejemplo, si el sujeto en cuestión era judío, su número clave era el 8; si era homosexual, el 3; si era gitano, el 12, etc., por lo que un mismo sujeto podía tener varios números–clave. Con esas tarjetas perforadas y la información que se perforaba en ellas, el objetivo ya no era sólo contar personas en una habitación, sino también a cuántos hombres, cuántas mujeres, cuántos judíos, cuántos no judíos, cuántos tenían pelo rubio o negro, cuántos eran banqueros, curadores de arte, profesores o sastres, cuántos nacieron en Berlín, en Amsterdam o en Varsovia, entre muchos otros rasgos. Esas tarjetas perforadas, valga la reiteración, fueron fabricadas por IBM en los Estados Unidos, haciéndole la vida más fácil administrativamente al régimen hitleriano para identificar, localizar y clasificar a millones de víctimas. Lo anterior, cobra relevancia debido a que los directivos de la IBM sabían perfectamente cuál era el uso que se le estaba dando a esta tecnología en los campos por parte de los nazis.

Cada ser humano internado en los campos contaba con una ficha informática personalizada. Ésta consistía en una tarjeta perforada producida por IBM, lo más avanzado en la época en materia informática y pensamiento computacional. Lo anterior permitía clasificar a cada interno a partir de variables diversas ‘multicategoriales’, por ejemplo, si el sujeto en cuestión era judío, su número clave era el 8; si era homosexual, el 3; si era gitano, el 12, etc., por lo que un mismo sujeto podía tener varios números–clave.

En 1993 Black visitó el Museo del Holocausto de Washington en donde se puede apreciar la foto de un ordenador de IBM, cuyo empleo sirvió para elaborar el censo alemán de 1933. Se trata de una de las tantas máquinas (Big Blue) creadas por Herman Hollerith en 1890 para la Oficina del Censo de Estados Unidos. Se trata del punto histórico en el cual Black reconoce haber intuido la importancia que podría tener investigar y estudiar la relación existente entre la empresa estadounidense y el régimen nazi. Lo cual, después de más o menos ocho años y de la colaboración de casi un centenar de personas, Black reunió el material suficiente para transcribir lo que resultaría en una gran cantidad de evidencias acusatorias sobre la relación proactiva e insoslayable entre la empresa de la computación y el régimen dirigido por Hitler.

Apenas un par de años después de la publicación del libro, Michael Hausfeld, abogado prominente —entre otros de los abogados estadounidenses que intercedieron a favor de la firma— exigió ante un tribunal federal de Brooklyn (Nueva York) que Big Blue compensara económicamente a cinco clientes suyos supervivientes de los campos de exterminio, aduciendo el argumento de que “Hitler no hubiera podido identificar y detener de forma tan eficiente a judíos y otras minorías, para utilizarlos como esclavos y finalmente exterminarlos, sin la ayuda de IBM”.

La idea de las tarjetas perforadas ya estaba en la mente de Herman Hollerith desde finales del siglo XIX, entonces empleado de la Oficina de Censos de los Estados Unidos, el cual concibió un concepto de tarjetas cuyas perforaciones fueran estandarizadas en un sistema binario y utilizadas para representar diferentes tipos de información de los censados, como ocupación, género, nacionalidad y otros. El mismo nacimiento de los ordenadores puede situarse a partir de la década de los años veinte, estando ciertamente en un principio no destinados para la destrucción humana o la administración de la muerte, sino para ayudar a mejorar la precisión de la calibración de máquinas industriales, cámaras de fotografía, como el recordado “Posógrafo de Kaufmann”.1 La era de la información se avecinaba junto con otros grandes adelantos tecnológicos, entre ellos la industria de la computación y los microordenadores, por lo que se necesitaban métodos de organización, contabilización y segmentación que contribuyeran a mejorar la productividad que requerían la industria pesada, como la metalúrgica y la siderúrgica.

Dice Black que es a partir de unos años más adelante cuando se da el acercamiento de IBM a la reciente victoria electoral de Hitler en 1933, cuando los nazis establecen en Dachau, en las afueras de Múnich, un campo de prisioneros políticos. En donde en menos de tres meses más de 60 mil personas fueron internadas por diversos motivos. A pesar de que algunas empresas inicialmente intentaron boicotear la voluntad de Hitler y el partido nazi, IBM, a través de su subsidiaria Dehomag, no se sumó al boicot y continuó colaborando con los alemanes. En 1933 se anunció la realización de un censo, con la intención de los nazis recién llegados al poder de identificar a los habitantes para separar violentamente a los judíos, gitanos, homosexuales, comunistas y otros grupos de personas que eran reconocidas como ‘enemigas del pueblo alemán puro’. Para ello, la participación de Dehomag fue de invaluable ayuda, logrando la catalogación de 41 millones de prusianos. Black señala que IBM financió a Dehomag e incluso Watson viajó a Alemania para supervisar su reciente reinversión en la subsidiaria alemana. Durante ese mismo año IBM construiría su primera fábrica en Berlín, a través de fortalecer la relación financiera con el régimen nazi. La Dehomag fue rápidamente nazificada para operar fuera de Alemania en las zonas ocupadas, para cooptar fábricas y aportar sus crecientemente afamadas y demandadas tarjetas perforadas, convirtiéndose el gobierno nazi en el segundo cliente de mayor importancia para IBM en todo el mundo en ese momento; situación que no cambiaría hasta después de 1945.

El censo de 1933 mostró cómo las tarjetas perforadas y financiadas por IBM y desarrolladas por Dehomag contribuyeron de manera significativa a la identificación y tabulación de los “enemigos internos” del nazismo, los cuales, al ser judíos en su mayoría, fueron rápidamente aprendidos por la precisión de la tecnología de IBM, que hacía cruzamientos entre los datos captados por el censo para detectar anomalías en declaraciones y comparar rasgos sanguíneos y diferencias étnicas. Por lo que “de 600 mil judíos estimados, los datos específicos de las tabulaciones indicaron que el número verdadero eran 2 millones aproximadamente”. Para 1935 la Ley por la Protección de la Sangre Alemana fue sancionada para quitarles la ciudadanía alemana a los judíos y prohibir el entrecruzamiento sexual con la raza aria. Otros censos regionales utilizados por los alemanes dentro y fuera de su país llegarían en los años siguientes, valiéndose también de la novedosa y avanzada tecnología de la empresa estadounidense, tratando de estimar por lo general de la manera más precisa posible la cantidad de judíos que podían ser “ghettizados”.

Los campos de concentración se multiplicaban y crecían conforme avanzaba la guerra, sobre todo a partir de la reunión (Wannseekonferenz) en la que se estableció el objetivo conocido como la “Solución Final” (1942), que en realidad hoy sabemos ya estaba en camino, por lo que la tecnología de IBM sería de gran ayuda en los departamentos de Hollerith asignados para proveer servicios de tabulación en cada centro de detención.

Edwin Black llegó a denunciar a IBM de intentar esconder su participación, ya sea borrando archivos o impidiendo su revisión. Al momento también aparecieron periodistas, organizaciones de derechos humanos y muchas otras instituciones con evidencias, cartas, documentos, fotografías y otros tipos de documentación buscando denunciar a IBM por haber sido un pilar y no un agente secundario en el Holocausto.

Bajo Watson, IBM siempre se mostró entusiasmada con el régimen de Hitler y dejó en claro que la empresa era “la empresa de soluciones”. De hecho, IBM ofrecería cualquier solución que los nazis necesitaran, incluida la Solución Final. Así, cuando Hitler quiso saber cuántos judíos residían realmente en Alemania, IBM contrató a miles para ejecutar un censo racial puerta a puerta. Ahora Hitler tenía los nombres y lugares judíos. IBM creó sistemas para tabular esos datos personales contra bases de datos profesionales y de empleo, así como instituciones financieras para ayudar a Alemania a empobrecer sistemáticamente a los judíos. Los datos de ubicación se utilizaron para organizar la transferencia masiva de judíos desde sus hogares a los guetos. Los trenes cargados de prisioneros eran ya resultado de la administración nazi–IBM. Esos trenes funcionaban con tarjetas perforadas de IBM, con puntualidad en sus horarios, gracias a la sofisticada programación de IBM. Todos los datos de trabajo y prisioneros de todos los campos de concentración se enviaron a un centro neurálgico central en el Edificio T en Oranienburg conocido como Sección D–II y alimentado por máquinas IBM con cableado personalizado.2

Todo lo que hizo IBM fue personalizado, específico y adaptado para atender las necesidades que precisaban los nazis. El registro médico, físico y biomédico también se realizaba con el uso de las tarjetas perforadas. Afirma Black que

Cada persona que tuviera más de doce años tenía que llenar la hoja de censo por duplicado, para luego dar sus huellas digitales. La mitad de la forma era sellada y devuelta como la nueva forma de identificación de la persona capturada. Sin ella, les dispararían. Con ella, serían deportados.

Al hacer esto, IBM y sus subsidiarias hicieron fortunas. ¿Dudaban al interior de la IBM de lo que estaba pasando en Alemania y los países ocupados? La IBM contradice la evidencia que Edwin Black muestra en su libro afirmando que la empresa desconocía gran parte de la información sobre lo que ocurría en los campos, pues mucha de ésta se destruyó ahí mismo. Al momento del lanzamiento del libro hubo varios encuentros entre representantes legales de la firma y el autor del libro. Edwin Black llegó a denunciar a IBM de intentar esconder su participación, ya sea borrando archivos o impidiendo su revisión. Al momento también aparecieron periodistas, organizaciones de derechos humanos y muchas otras instituciones con evidencias, cartas, documentos, fotografías y otros tipos de documentación buscando denunciar a IBM por haber sido un pilar y no un agente secundario en el Holocausto, pues sin sus tarjetas perforadas la organización no hubiera podido ser tan macabramente efectiva. Hasta ahora IBM ha logrado esquivar todas las acusaciones que se le han hecho en torno al tema.3

Las conclusiones de Black, como era de esperarse, han suscitado un intenso debate que continúa entre especialistas en el Holocausto. Algunos historiadores avalan la tesis de Black acerca de la cercanía y complicidad que IBM y su subsidiaria alemana desempeñaron durante el régimen nazi. Otros prefieren optar por relajar la tensión que existió en la relación de participación que tuvo la tecnología IBM con el Holocausto. Carol Makovic, portavoz de IBM, dijo “Que la documentación sobre las actividades de la compañía en la Alemania nazi es incompleta y de ninguna manera concluyente”, [además de] “que IBM considera que el régimen nazi fue algo lamentable” [Según un mensaje interno de la compañía informática, la IBM alertó a sus empleados sobre la aparición del libro y dijo] “que si la obra muestra nueva y verificable información que permita avanzar en el conocimiento de esa trágica era, IBM lo examinará y pedirá a reconocidos eruditos e historiadores que hagan lo mismo”.

Lo que resulta indiscutible es que la tecnología de Hollerith ofreció a los nazis una poderosa herramienta de control social. Pocas semanas después del ascenso de Hitler al poder (1933), el director de la subsidiaria alemana de IBM, Willy Heidinger, proclamó que “las máquinas ayudarían al Führer a mantener la ‘pureza’ y la ‘salud’ de la política alemana”. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial (1939) IBM ya entregaba —de acuerdo con Black— a la Alemania nazi más de mil millones de tarjetas perforadas anualmente, antes de que en junio de 1940 las relaciones amistosas entre IBM y la Alemania nazi se deterioraran, llevando a Watson a devolverle a Hitler la medalla que le había ofrecido, argumentando que ya no podía seguir apoyando “la política de su gobierno”, pasando a manos de Heidinger y el partido nazi el control de la subsidiaria alemana de IBM (Dehomag) en 1941. Si bien no hay pruebas contundentes de que IBM supiera que las máquinas de Hollerith se utilizaban en lugares como Auschwitz, Black sostiene que “la empresa lucró con las actividades de su subsidiaria Dehomag”. ®

Notas
1 Véase “El Posógrafo de Kaufmann: retro ordenador portátil de 1920 para que salga bien la foto”.
2 Véase “10 Empresas que colaboraron con los nazis”.
3 Sobre este asunto se recomienda dirigirse a este video a partir de este link que al parecer alguien tiene interés en que no sea visto.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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