JFK: Un asesinato y mil teorías

La mafia, los comunistas, la ultraderecha…

Vistas las cosas en perspectiva, el veredicto de la Comisión Warren fue acertado, por más que se quiera poner en duda la culpabilidad del sospechoso. Por mucho que se especule sobre la ausencia de pruebas, lo cierto es que existían de forma abrumadora y todas apuntaban al único detenido.

Jackie y John F. Kennedy, los años felices. Foto © Library of Congress.

Dallas, 1963. John F. Kennedy llegó al Parkland Hospital tan mal herido que un equipo de cirujanos, con los doctores Perry y Clark al frente, nada pudo hacer para salvarle la vida. Sin embargo, el doctor Charles A. Crenshaw diría que él fue el protagonista de aquel fallido intento. Naturalmente, aprovechó para escribir su propio libro con una teoría conspiratoria basada en datos que poco tenían que ver con la realidad.

La familia del presidente está destrozada. Los agentes del Servicio Secreto, también. Han fallado estrepitosamente. Uno de ellos, Clint Hill, sufrirá una depresión nerviosa por la vergüenza de no haber evitado el magnicidio. Hill, como sus colegas, se resistía a aceptar los hechos.

Según la Comisión Warren, JFK fue víctima de un único asesino. No hubo conspiración, ni nacional ni extranjera. El culpable era Lee Harvey Oswald, un antiguo miembro de los marines, de simpatías comunistas, que habría actuado impulsado por su desequilibrio emocional. Seguramente, lo que le empujó a la acción fue el delirio de grandeza que le hacía suponer que iba ocupar un lugar en la historia, sin que le importara que el motivo fuera bueno o malo. Su propia esposa, Marina, pensaba que ése había sido su móvil, aunque no admitió que, tal vez, la forma en que ella lo humillaba en público pudo haberlo empujado a cometer un disparate con el que hacerse valer.

Esta personalidad problemática hace altamente improbable que actuara por cuenta de algún servicio secreto extranjero, como algunos llegaron a conjeturar. No es probable que ninguna organización de inteligencia quisiera confiar en alguien con un grado tan alto de inestabilidad psíquica, un pobre diablo enemistado con su familia y con problemas para conservar un empleo. Por eso mismo resulta inverosímil que la CIA o el FBI pretendieran utilizarlo como infiltrado en la URSS, donde trabajó un tiempo. Su estancia al otro lado del Telón de Acero se debía a una simpatía ideológica genuina.

Nos hallaríamos, pues, ante un caso de erostratismo, un mal que, este caso, parece tener una clara raíz genética. Su madre, Marguerite, en lugar de mostrar tristeza por el suceso estaba encantada de ser el centro de atención y poder vender su historia a los medios. Por fin había dejado de ser un ser anónimo sumido en la insignificancia. “Soy una persona importante”, afirmó ante la prensa. No obstante, no toda la culpa era suya. Los periodistas alimentaron su comportamiento excéntrico, encantados de que les proporcionara continuos titulares. Mark Lane, llamado a convertirse en uno de los principales artífices de la literatura sensacionalista sobre el tema, tampoco dudó en conceder crédito a aquella matrona con ansias de notoriedad. Nada de eso resultaba extraño en el fondo. Sí era peculiar, en cambio, que intelectuales progresistas de la talla del filósofo Bertrand Russell o el historiador Hugh Trevor Roper se tomaran en serio a Lane, al que apoyaron con la constitución de un Comité en Gran Bretaña. No eran conscientes del respaldo a un investigador sin ética profesional que no tenía escrúpulos en acosar a los testigos o en distorsionar sus palabras. Según su hipótesis, Oswald era inocente. Los culpables fueron varios francotiradores.

Además de testigos, la policía contaba con el arma homicida, un rifle italiano adquirido por un sujeto que decía llamarse “A. Hidell”. Ése era el seudónimo de la persona que había comprado también la pistola que Oswald llevaba en el momento de su captura.

Vistas las cosas en perspectiva, el veredicto de la Comisión Warren fue acertado, por más que se quiera poner en duda la culpabilidad del sospechoso. Por mucho que se especule sobre la ausencia de pruebas, lo cierto es que existían de forma abrumadora y todas apuntaban al único detenido. En primer lugar, están los testigos que pueden identificarle, como Warren Reynolds, un hombre que lo vio correr armado por Patton Avenue. No obstante, el hecho de que Reynolds sufriera una tentativa de asesinato suscita las comprensibles especulaciones. En realidad, el incidente nada tiene que ver con el asesinato de Kennedy. Todo se redujo a la agresión perpetrada por el vendedor de un automóvil que la víctima rehusó comprar a falta de papeles en regla. Además, ¿por qué iba a querer nadie eliminar a un hombre que no había visto nada diferente a otras personas que también presenciaron los hechos? En cuanto a las diversas desapariciones sospechosas de otros testigos, una mirada atenta nos revela que no hubo nada siniestro, sino desgracias como las que acontecen todos los días a todo tipo de personas. El conductor William Whaley, por ejemplo, murió en un accidente. Guy Banister sufrió un ataque al corazón. Lo importante es que la mayoría de los que tenían algo que aportar sobrevivieron sin ningún problema y pudieron comparecer, en 1978, ante el House Select Committee cuando volvió a investigarse el caso.

Además de testigos, la policía contaba con el arma homicida, un rifle italiano adquirido por un sujeto que decía llamarse “A. Hidell”. Ése era el seudónimo de la persona que había comprado también la pistola que Oswald llevaba en el momento de su captura. Por si este indicio fuera insuficiente, el magnicida llevaba también un carnet con la misma identificación falsa.

Algunos han dudado de que tuviera la puntería necesaria para dar en un blanco tan difícil. Lo cierto es que, como el antiguo marine que era, estaba entrenado para ser un buen tirador; poseía, más aún, la calificación de “tirador de primera”. Eso significaba que no llegaba a la completa excelencia pero que tampoco era una mediocridad absoluta. Su hermano Robert, que también había servido en el mismo cuerpo y sabía, por tanto, lo que implicaba manejar un arma, declararía que contaba con la capacidad necesaria para matar al presidente. Disponía, además, de la ventaja de la lentitud con que avanzaba la comitiva de Kennedy.

El caso parecía cerrado, pero todo se complicó cuando, al cabo de un par de días, un tal Jack Ruby disparó al detenido a pocos centímetros de distancia, sin que los agentes que lo custodiaban pudieran impedirlo. Las cámaras de televisión, mientras tanto, captaban la dramática escena. Ruby, propietario de un cabaret de mala muerte, tal vez fuera un mafioso de bajo nivel. O tal vez no. Frank Sheeran “el Irlandés”, conocido por una famosa película de Scorsese, contó en sus memorias que había oído decir que el capo Sam Giancana lo había utilizado como correo. Le encomendó repartir los sobornos para sacar de la prisión a otro jefe de la mafia, Santo Trafficante. No obstante, en otro lugar del libro el propio Sheeran admite que se trataba sólo de un “rumor”.

Por su parte, Robert Lacey, biógrafo del gángster Meyer Lansky, confesó que había buscado las pruebas que relacionaran a Ruby con el crimen organizado. No pudo encontrarlas.

Desde entonces, inevitablemente, las teorías conspiratorias se han multiplicado. Es humano que así fuera. ¿Cómo aceptar, sin más, la absurda muerte de un hombre tan atractivo en la flor de la vida? Su hermano Bobby, sumido en el desconsuelo, estaba convencido de que había existido un complot. ¿Cómo no iba estarlo cuando conocía de sobra todos los trapos sucios de la administración, como los intentos para asesinar a Fidel Castro? En público, sin embargo, declaró que creía que no había más responsable que Oswald. Mientras tanto, encargó su propia investigación a un experto en la mafia, Julius Draznin, incapaz, tras un año de trabajo, de encontrar ningún indicio de la implicación del crimen organizado.

¿Pretendía Ruby silenciar a la única persona que podía arrojar luz sobre el asunto? La respuesta no es tan evidente como parece a primera vista. Si Oswald quiso matar a Kennedy en el marco de una conspiración, ¿cómo es que también estuvo implicado en el intento de asesinato del general Edwin Walker, un fanático de ultraderecha? La coincidencia resulta llamativa porque Kennedy y Walker nada tenían que ver. Eso refuerza la hipótesis de que actuara para llamar la atención, sin que le importara demasiado la identidad de la que iba a ser su víctima.

Ruby declaró que, como admirador de los Kennedy, deseaba que la primera dama se evitara el mal trago de tener que regresar a Dallas a testificar. Por eso había eliminado a Oswald, al que no conocía previamente. Ni siquiera al confesarse con su rabino, poco antes de morir, afirmó lo contrario. El hecho es que, al dar su versión de la historia, no hizo más que llamar la atención y hablar sin parar. Un hombre así carecía de la discreción necesaria para guardar el secreto si hubiera formado parte de una red conspiratoria. Según Gerald Posner, un tipo así era el menos indicado para hacer este tipo de trabajo sucio. No obstante, resulta llamativo que en el momento de conocer el atentado no reaccionara con particular emoción. Fue después cuando empezó a actuar de una manera febril, inmerso en un delirio paranoico.

Si Oswald quiso matar a Kennedy en el marco de una conspiración, ¿cómo es que también estuvo implicado en el intento de asesinato del general Edwin Walker, un fanático de ultraderecha? La coincidencia resulta llamativa porque Kennedy y Walker nada tenían que ver.

Hay quienes creen que Oswald fue inocente. Entre quienes le creen culpable son legión los que no aceptan que actuara solo. Se afirma, por ejemplo, que poco antes del atentado estuvo en la Ciudad de México, donde visitó las embajadas de la Unión Soviética y de Cuba, con la intención de desertar a la isla caribeña. Una novelista mexicana, Elena Garro, exesposa del poeta Octavio Paz, aseguró que había oído hablar al cónsul cubano, Eugenio Azque, acerca de la necesidad de matar al presidente de Estados Unidos. Había que llegar a ese extremo para proteger la revolución cubana, amenazada por JFK. Según Garro, Oswald era amante de una chica mexicana llamada Silvia Tirado.

Estas especulaciones sobre la implicación de potencias extranjeras podían conducir a caminos insospechados y peligrosos. ¿Qué sucedería si se demostraba que los cubanos o los soviéticos estaban detrás de la muerte de Kennedy? Si algo así llegaba a probarse, seguramente la consecuencia más inmediata podía ser una guerra. Eso, con las dos superpotencias en medio, hubiera implicado necesariamente la utilización de armas atómicas. Pero resultaba altamente inverosímil que los rusos estuvieran detrás de una acción tan espectacular a pleno día. Ellos preferían los métodos discretos. Además, Kruschev había lamentado sinceramente la muerte de Kennedy, en parte porque había llegado a apreciarle, en parte porque lo necesitaba para fomentar la distensión. En cuanto al régimen de Fidel Castro, ¿para qué iba a conspirar contra JFK si un nuevo mandatario, fuera quien fuera, iba a endurecer la política hacia Cuba? El propio Fidel manifestó este temor al New York Times: “Estoy convencido de que cualquier otro sería peor”.

La CIA y el FBI habrían destruido muchas pruebas antes de que pudieran ser examinadas por los hombres que encabezaba Earl Warren. Las notas que tomaron los patólogos militares durante la autopsia, por ejemplo, desaparecieron de los archivos.

Desde entonces, los intentos por demostrar que la Comisión Warren no dijo la última palabra son prácticamente infinitos. Philip Shenon, en la introducción de su libro, explica que un antiguo investigador de la Comisión le animó a profundizar en aquella historia. La escena tiene un indiscutible sabor a thriller: en 2008 este desconocido llama por teléfono a Shenon para ofrecerle su colaboración a cambio de anonimato. El tiempo pasaba y había que aprovechar que aún quedaban testigos vivos: “Ya no somos jóvenes, pero muchos de los que formamos parte de la comisión aquí seguimos y ésta podría ser nuestra última oportunidad de explicar lo que en realidad ocurrió”. ¿En qué consistía esta verdad? La CIA y el FBI habrían destruido muchas pruebas antes de que pudieran ser examinadas por los hombres que encabezaba Earl Warren. Las notas que tomaron los patólogos militares durante la autopsia, por ejemplo, desaparecieron de los archivos. También se evaporó el borrador inicial del informe forense. El propio Warren no habría sido inocente en este proceso de ocultamiento al estar menos interesado en establecer la verdad de los hechos que en proteger el legado de su amigo, el presidente difunto. Lo que sí es seguro, en cualquier caso, es que idolatraba a Kennedy. Cuando se produjo el asesinato dijo que se sentía como si hubiera perdido uno de sus propios ojos. La tragedia, para él, equivalía a sumergirse en una pesadilla.

No obstante, es posible que se eliminaran datos importantes por razones que nada tenían que ver con el magnicidio. Un examen médico completo habría puesto en evidencia que el presidente asesinado sufría la enfermedad de Addison, de forma que hubiera quedado en entredicho la imagen de salud y fortaleza que tanto le gustaba proyectar ante la opinión pública.

La rumorología no conoció ningún límite. En realidad, no podía ser de otra manera. Si la Comisión Warren escuchaba a cualquiera que pretendiera saber algo, iba a perder muchísimo tiempo con todo tipo de lunáticos. Si no lo hacía, enseguida aparecerían voces que clamarían contra la supuesta eliminación de evidencias. Hicieran lo que hicieran, y por más honestos que quisieran ser, los investigadores no podían ganar: había demasiada gente interesada en que la teoría de la conspiración se impusiera. Los más cínicos buscaban ganar dinero con una teoría fantasiosa. Suponían, con razón, que la gente no iba pagar una revista o un libro para que le explicaran una verdad prosaica, sino para encontrar emociones fuertes. A otros, en cambio, no les movía la rentabilidad económica. Investigaban para sentirse parte del gran drama americano.

A partir de algunos datos dispersos Thomas Buchanan apuntó a la derecha texana como origen del asesinato. Industriales y petroleros habrían urdido un plan para desembarazarse de un presidente incómodo: “Ellos tenían móviles más importantes para ese crimen que cualquiera de los que se han atribuido a Oswald”. Estos motivos obedecían, presuntamente, a un conjunto de razones. Los propietarios de industrias veían amenazados sus beneficios económicos por la política de desarme que impulsaba la Casa Blanca. Por otra parte, pensaban que Johnson les ayudaría a mantener sus ventajas fiscales. Kennedy, en cambio, se oponía a estos privilegios.

Buchanan concluía su libro sin dar ningún detalle concreto. El autor del magnicidio, en su opinión, era “un millonario de Texas cuyo nombre es X, un hombre cuya talla, peso, edad y aspecto físico ignoro por completo”. Este magnate estaba convencido de que la desaparición del presidente beneficiaba al país y repercutía de forma positiva en sus intereses particulares. Pero lo más fantástico de la tesis del autor no era este aspecto, sino su convencimiento de que el culpable había actuado para “aliviar su aburrimiento fatal”. Como ya no le quedaba ningún reto en Texas, deseaba poner a prueba su poder. Dicho en otros términos: el responsable del asesinato, más que defender unos intereses se enfrentaba a una especie de crisis existencial.

La teoría resultaba endeble, pero eso no impidió que Buchanan encontrara eco en la prensa. Mientras se presentaba como un sagaz detective, jugaba al populismo al denunciar la red de ocultamiento en la que estarían implicados los policías municipales y federales. Puesto que aquellos que tenían la obligación de proteger al presidente no habían cumplido con su tarea, el difunto mandatario sólo contaba ahora con la vigilancia de sus conciudadanos: “Nosotros, el pueblo, somos la única guardia con que cuenta ahora Kennedy. Vele, pues esta guardia”. La cita, como podemos comprobar, parece sacada de una película de Frank Capra. Frente a la corrupción de los poderosos, sólo queda la esperanza en los honrados estadounidenses de a pie.

Otro de los que aprovecharon para hacer populares fue un oscuro fiscal de Nueva Orléans llamado Jim Garrison. En su opinión, Oswald no sería comunista sino alguien muy cercano a David Ferrie, un ardiente anticastrista, y a George de Mohrenschildt, un inmigrado ruso anticomunista. Por tanto, su estancia en la Unión Soviética solamente admitía una explicación: había sido reclutado por el gobierno de Estados Unidos para llevar a cabo una misión como agente doble. Más tarde lo habían incriminado por la muerte de JFK pero ni siquiera habría llegado a disparar contra él.

Lejos de ser un investigador concienzudo, era un excéntrico incapaz de aportar una teoría concreta. Lo mismo hablaba de una conspiración de homosexuales que apuntaba a la CIA, a los castristas, a los anticastristas, al Departamento de Justicia o al Departamento de Estado.

Pero Ferrie muere poco después de ser implicado en el caso. ¿Por causas naturales, tal como parece a primera vista? Garrison está convencido de que lo han matado con una sustancia indetectable, pero, pese a este revés, no está dispuesto a rendirse. Sin embargo, tras muchas pesquisas, el único sospechoso contra el que puede apuntar es el empresario Clay Shaw, al que acusa de participar en la conspiración para matar a Kennedy sin pruebas que respalden su teoría. En el juicio, por eso mismo, sufrirá una derrota humillante. Uno de los testigos, Perry Russo, admitirá que mintió al declarar que había pasado una velada con Shaw y Oswald. Inventó la historia, según dijo, para ayudar a Garrison porque estaba convencido de que apuntaba en la dirección correcta. Mientras tanto, la revista Life retira su apoyo al indómito fiscal, después de haber llegado a un acuerdo con él para publicar una exclusiva sobre su investigación. A su vez, el Saturday Evening Post ofrece una visión igualmente crítica sobre el proceder de Garrison, al que acusa de encarnizamiento. Pero, para un teórico de la conspiración, la oposición de la prensa sólo significa que está en lo cierto: ¡La CIA y el FBI tratan de silenciarle manipulando a los medios de comunicación! Finalmente, el jurado declara a Shaw inocente tras menos de una hora de deliberación.

Garrison, según un amplio consenso, se extralimitó en sus funciones. Lejos de ser un investigador concienzudo, era un excéntrico incapaz de aportar una teoría concreta. Lo mismo hablaba de una conspiración de homosexuales que apuntaba a la CIA, a los castristas, a los anticastristas, al Departamento de Justicia o al Departamento de Estado. Kennedy, según afirmó en un libro, pagó con la vida su intento de poner fin a la Guerra Fría. Por eso sus propios servicios secretos lo eliminaron. Si se hubiera investigado la conspiración habría salido a la luz que pensaba retirar a Estados Unidos de Vietnam. Cuesta ver, sin embargo, qué verosimilitud pueda tener esta tesis cuando sabemos positivamente que el inquilino de la Casa Blanca no tenía intención de retirarse de Asia si no había una victoria militar de por medio. Tampoco estaba dispuesto a enfrentarse a la CIA, por atractiva que sea la idea romántica del estadista que luchaba por limitar el desmesurado poder de las cloacas del Estado; el presidente, en su afán de transparencia, se habría ganado la enemistad de gente como Allen Dulles o Richald Helms.

Seguramente por su propia extravagancia, las televisiones se rifaban a Garrison: tal vez fuera un vendedor de viento, un demagogo, pero aportaba espectáculo. Ahí estaba el quid de la cuestión. Esta falta de rigor no impediría, sin embargo, que en 1991 el cineasta Oliver Stone lo convirtiera en el inmaculado héroe de la película JFK, siempre dispuesto a buscar la verdad en medio de una muy densa telaraña de intereses inconfesables.

Ante una pieza cinematográfica magistral como la de Stone, que el público tomó más como un documental que como lo que realmente era, un ejercicio de política–ficción, ¿quién va a creer en los trabajos documentados? El auténtico Garrison, con el circo mediático que le rodeaba, ejerció una influencia nefasta al desacreditar las investigaciones serias. Sus admiradores no repararon, por ejemplo, en que nada hizo para perseguir al padrino Carlos Marcello, un candidato mucho más serio que Clay Shaw como instigador del asesinato de Kennedy. Marcello, de creer a Garrison, era simplemente un hombre de negocios local.

Entre todas las teorías que pretendían tener la razón, una de las más disparatadas es la que dice que Lyndon Johnson estaba detrás del crimen para allanar así su camino a la Casa Blanca. Como él era texano y los hechos habían tenido lugar en Texas, no faltó quien se apresurara a establecer un vínculo entre ambos datos. Las pruebas, por supuesto, brillaban por su ausencia, pero hubo quien recordó un comentario humorístico que en el contexto del magnicidio adquiría una apariencia sombría, la del anuncio de la desgracia. En el momento en que Claire Booth Luce, la esposa del fundador la revista Time, le preguntó en 1960 por sus razones para aceptar la vicepresidencia, Johnson respondió con desenfado: “Claire, ya lo consulté: uno de cada cuatro presidentes ha muerto en funciones. Soy un apostador, querida”. Hizo más comentarios similares, cierto, pero es obvio que ésa es una base muy endeble para ponerlo en el punto de mira. Sobre todo cuando lo cierto es que sus propios paisanos, los texanos de extrema derecha, lo odiaban y no tenían reparos en escupir sobre él. Consciente de que existían habladurías insidiosas en su contra, trató de disiparlas colocando al frente de la Comisión de Investigación a Earl Warren, un hombre al que todos respetaban por su integridad personal.

Ningún teórico de la conspiración ha sido capaz de encontrar la prueba definitiva, pero no es probable que desaparezcan las especulaciones sobre quién mató a Kennedy. Cualquier explicación, aun la más fantasiosa, parece preferible a aceptar que el absurdo pueda cambiar la historia. Y, sin embargo, los autores más capaces que han investigado el magnicidio se han estrellado contra una realidad mucho más prosaica que la de la ficción. A Norman Mailer le hubiera encantado que existiera un complot, pero tuvo que reconocer, honestamente, que esa hipótesis carecía de cualquier fundamento. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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