JOSÉ MOURINHO, IL DUCE

Campeón de Europa

“Por favor, no me llamen arrogante sólo porque digo la verdad: soy campeón de Europa y me considero un tipo especial”. Con esta declaración, José Mario dos Santos Félix Mourinho (Sétuba, Portugal, 1963) estableció primer contacto con la exigente y crítica prensa inglesa de futbol a su llegada a Londres para dirigir al Chelsea, uno de los equipos de mayor prosapia en Reino Unido y en el mundo entero.

Res dura, et regni novitas me talia cogunt
Moliri, et late fines custode tueri.
—Virgilio

Desde 2004 Mourinho es el entrenador de futbol mejor pagado de todos los tiempos. Después del bicampeonato de la liga de Portugal y obtener la codiciada Champions League con el FC Porto, firmó contrato con el Chelsea por 5.2 millones de libras esterlinas anuales. Pero sus honorarios son perfectamente redituables: ha ganado catorce títulos en seis años, y de 389 partidos sólo ha perdido diez. José Mourinho, egresado de la carrera de Educación física, está convencido de que el futbol sublima algunos aspectos de la guerra y asume una postura filosófica existencialista en torno al deporte que, como diría Javier Marías, es la recuperación semanal de la infancia; es decir, el futbol.

El 28 de abril de este año el Internazionale de Milán, equipo que recién dejó de comandar Mourinho, ganó al Barcelona en las semifinales de la Liga de Campeones de Europa con un sistema defensivo que muchos podrían considerar como la exposición del no-futbol, para resguardar la ventaja de 3 por 1 que había obtenido el Inter en el partido de ida en Italia. Los Blaugranas, terriblemente dolidos por la derrota, y parte de la afición mundial, detestaron la manera como Mourinho había conseguido el pase a la gran final de la Champions. José adujo, en defensa de su honor, que pese a “al doble muro que les planteamos, con una línea de cuatro y una de cinco”, no había diagramado un partido defensivo. Cierto o no, el entrenador lusitano ganó una de las batallas que tanto le placen, un triunfo en el que subyacen los preceptos de Maquiavelo y la concepción de Nietzsche de moral y poder.

José Mourinho es un provocador nato, un autócrata del futbol; estratega dictatorial obsesivo del orden, la táctica, la disciplina y, sobre todo, del espíritu bélico-deportivo. Al comulgar a fortiori con los principios de Maquiavelo, el técnico lusitano se convierte en un príncipe moderno de los reinos de campos rectangulares de 120 metros de largo por 90 de ancho, con porterías en cada extremo, que hay que defender como si se tratara de la patria. Y como el hombre “veraz” de Nietzsche, superior a la media de entrenadores de futbol en cuanto a inteligencia y bondad (pero derivada del Bonus nietzscheano entendido como la acción derivada del “varón de la disputa”, “del guerrero”), Mourinho impone su propia moral: la moral del déspota ilustrado, del triunfador inexorable siempre en pos de logros, sin que importe de qué manera haya que obtenerlos, porque ganar es sinónimo de poder, y el poder acerca a los hombres a la pureza, a la nobleza, a la Göottlichen Geschlechts, la “estirpe divina”. “Egoísmo”, éste, tan caro para Nietzsche, por el que Mourinho es odiado por el rebaño, los miserables, por los espíritus vulgares incapaces del “señorío”.

Las decisiones futbolísticas de Mourinho, ergo, son irrevocables. Sólo él pudo haber ordenado un esquema defensivo en el Nou Camp frente a uno de los equipos con mejor ofensiva en el mundo. Lo que parecía un suicidio resultó una victoria nada pírrica para el técnico portugués. Y los súbditos de Mourinho, entiéndase los Tifosis del Inter, puesto que lo tienen en gran estima por sus incuestionables éxitos deportivos, no abjuraron del catenaccio al que se vio obligado a recurrir el estratega después de que expulsaron a uno de sus jugadores. Con diez hombres en el terreno de juego el Inter debió resistir los embates de las líneas enemigas, comandadas por, ni más ni menos, el mejor futbolista actualmente: Lionel Messi. Al término del partido Barcelona vs. Inter de Milán los seguidores de los Neroazzurris quedaron más que satisfechos con el triunfo, una victoria virgiliana, si se recuerda lo que Dido exclama en la Eneida: “La dureza de la situación y la novedad del reino me obligan a tomar estas medidas y a defender ampliamente las fronteras con soldados”.

Nicolás Maquiavelo escribió: “Uno de los remedios más poderosos que un príncipe tiene contra las conjuraciones es evitar el odio de las masas”; de esta manera, Mourinho está exento de conjuras para que cualquier club al que dirija le corte la cabeza. En Dios es redondo Juan Villoro expone lo que él llama “futbol espectral”, es decir, el determinismo fenomenológico de la tradición futbolística, ayudado por el azar y la fortuna. Y no hay, en este caso, equipos trágicos que truequen su destino prefigurado por un oráculo inmemorial del futbol. José Mourinho es un apóstata del futbol espectral. El Chelsea FC era un equipo gris antes de la llegada de Mourinho, incluso había descendido no sólo a la Segunda División, sino también a la Tercera, y no había conseguido ningún título verdaderamente importante desde la década de 1950. Parecía que el determinismo del que habla Villoro pesaba sobre el club londinense, pero Mourinho lo convirtió en uno de los equipos más poderosos de la Premier League inglesa y más temidos en competiciones europeas. Con el técnico lusitano en el banquillo principal del estadio Stamford Bridge, los Blues han sido uno de los pocos equipos que han conseguido un bicampeonato en la liga de Inglaterra, la más antigua, competida y espectacular del orbe.

Del método de Mourinho se conoce muy poco a ciencia cierta. Sólo es posible entrever que es un gran inspirador de jugadores. En sus equipos no han figurado futbolistas “galácticos” sino, por el contrario, jugadores que han sido considerados estrellas a la baja, como el caso de Wesley Sneijder, Samuel Eto’o, Javier Zanetti, Goran Pandev y Diego Milito, en el Inter, entre otros. De igual modo, estimula la templanza y fortaleza mental de sus pupilos, privilegiando el sentido de la colectividad sobre el individualismo. Mourinho no le apuesta al azar, no sale del vestidor de la mano de la diosa fortuna. Buen lector de Maquivelo, recuerda lo que éste consideraba un juicio vulgar: “Que las cosas del mundo están gobernadas tan profundamente por la casualidad y por Dios, que los hombres no pueden enderezarlas con su saber, o más aún, no pueden solucionarlas en absoluto. Por eso se podría juzgar que no hay por qué esforzarse demasiado y que hay que dejarse gobernar por la suerte”. Por lo tanto, Mou sólo confía en el trabajo diario, en el planteamiento estratégico non plus ultra después de haber estudiado día tras día las fallas y los aciertos de sus rivales en turno, pues sabe que “la suerte demuestra su poder allí donde no hay ninguna virtud”, y que con sólo una camiseta importante y con el dinero del club más poderoso del mundo es imposible conquistar algo.

José Mourinho no escucha las sirenas que cantan saudades. Juan Villoro, en su libro mencionado, sentencia que los portugueses, en cuestiones futbolísticas, sienten repudio por el éxito, que nadie como ellos han sabido perfeccionar el estilo de perder. Mourinho, de nueva cuenta, lo rebate con su ejemplo. Recientemente, Mou se convirtió en uno de los poquísimos técnicos que han ganado la UEFA Champions League con dos equipos, FC Porto e Internazionale de Milán, con éste además hace unas semanas ganó su segundo Scudetto consecutivo y lo erigió como la primera escuadra italiana que gana un triplete en la historia del Calcio (campeonato local, copa italiana y liga de campeones).

Ahora, el destino de José Mourinho está en España, al frente del Real Madrid. De esta manera será, ya no en sentido metafísico, el gran Satán para el Barcelona, el “anticristo azulgrana”, como ha sido llamado. Al Maquiavelo moderno, de ganarlo todo con los Merengues, ya sólo le restaría conseguir la Copa Mundial con Portugal, selección que, ha dicho Mourinho, dirigirá hasta el final de su carrera, para tener al reino del futbol conquistado y totalmente a sus pies. Mientras eso ocurre, será lícito que il Duce repita, con mansalva aristocrática, uno de sus apotegmas más famosos: “No sé si sea el mejor del mundo, pero arriba de mí no hay nadie”. ®

Compartir:

Publicado en: Destacados, El lado oscuro del balón, Junio 2010

¿Quieres apoyar el proyecto de Replicante? Aquí puedes donar desde un dólar mensual:
patreon.com/replicante

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.