Juego trágico norteño

El lenguaje del juego, de Daniel Sada

Adriana Jiménez, viuda de Daniel Sada, recuerda al escritor amante del beisbol que nunca se perdía una Serie Mundial, el que disfrutaba el futbol tanto como el ajedrez y además escribía doce o trece horas diarias, y habla de su última novela.

Daniel Sada

A menudo los lectores se preguntan qué tanto tiempo dedica un escritor a la realización de sus obras. Habrá libros de biógrafos que expliquen descomunales periodos de creatividad o algunos lapsos de descanso en algunos autores, inclusive existen autobiografías donde los propios artistas hablan de sus métodos, vicios, virtudes y cábalas; pero estos materiales siempre estarán bajo la sospecha de que carecen de la puntualidad y minuciosidad detallada que puede ofrecer un compañero de vida sobre las andanzas de un escritor. Este es el caso de Adriana Jiménez, viuda de Daniel Sada, quien habló del último libro del recientemente fallecido autor norteño: El lenguaje del juego.

Editado por Colofón y la Universidad Autónoma de Nuevo León, el presente material muestra a la intemperie una historia común del norte de México: el narcotráfico y sus daños colaterales. Aunque, como en toda obra maestra, el eje central del libro es lo importante: una pizzería, la familia mexicana que la funda y atiende y el miedo común de los habitantes del norte de un país llamado “Mágico”, ficticiamente, por Sada —todo esto narrado de un modo formal ya inconfundible, el de Daniel Sada.

Jiménez comenta que en Daniel Sada siempre existieron varios hombres, pues convivía el amante del beisbol que nunca se perdía una Serie Mundial, que disfrutaba el futbol tanto como el ajedrez y además escribía doce o trece horas diarias. Y escribir no significaba en la vida de Sada simplemente esfuerzo físico, ni tampoco se veía reflejado todo de una vez, sino que algunas historias las escribía en su mente, dice Jiménez; historias que verían la luz tal vez diez o más años después. Era un hombre que tomaba apuntes de todo, a cada capítulo lo titulaba aunque en la edición final estos títulos no aparecieran. Un hombre que entre párrafos y dialogizaciones se daba su tiempo para escribir algunos versos, pues siempre se consideró ante todo un poeta, prueba de esto es su libro póstumo de poesía editado por la UANL, El amor es cobrizo.

Hace doce años

Sada tenía la idea de este proyecto desde hacía tal vez diez años, aunque se mostraba reacio a escribirlo con la esperanza de que sobre el país no se volcara una olla hirviendo de descabezados, colgados, ejecuciones y otras manifestaciones del llamado crimen organizado.

“Lo postergó sabiendo que en un momento dado tenía que hacerlo. Finalmente entró en el proyecto después de su último libro de cuentos pero con esa reserva; él era muy reacio a las etiquetas, a formar parte de grupos y en este momento la etiqueta de la narcoliteratura es algo que aparece fuertemente en el panorama de las letras mexicanas”, dice Jiménez.

El proceso de escritura de esta última novela fue muy fluido, pues como se había comentado ya tenía la novela en su cabeza. La descomposición de una familia norteña a partir de que el narcotráfico penetra en su hogar. El norte de Sada es un espacio sagrado, único y misterioso: mágico.

El hombre y el escritor

Sada contaba con un método muy minucioso para escribir, pues tenía a la mano diversos cuadernos donde iba dándole forma a las estructuras narrativas. Inclusive dibujaba en aquellos cuadernos y hacía uso del I Ching para delinear el carácter de sus personajes.

Este libro, según Jiménez, tiene un alcance más accesible para el lector, puesto que sin ser un libro “fácil”, palabra odiada por el propio Sada, tiene un lenguaje sencillo, al contrario de obras como Casi nunca o Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, con tantos giros verbales, arcaísmos y neologismos en sintonía. En El lenguaje del juego se observa su búsqueda: una velocidad en la escritura rítmica.

Dice Jiménez que Sada no mezclaba proyectos, sino que se volcaba directamente a uno en concreto y si surgían algunas ideas sobre uno u otro a la par hacía uso de aquellos cuadernos antes mencionados.

“Su día de trabajo era largo, entre diez y doce horas de escritura continua. Ya después de eso era convivir mucho con su hija y conmigo. Le gustaba ver mucho el beisbol, el futbol americano. Íbamos al cine los fines de semana”, cuenta su esposa.

Pero no siempre fue igual. Durante sus últimos días enfermo su jornada laboral se redujo apenas a seis horas diarias. Un hombre extraordinario.

Velocidad

Este libro, según Jiménez, tiene un alcance más accesible para el lector, puesto que sin ser un libro “fácil”, palabra odiada por el propio Sada, tiene un lenguaje sencillo, al contrario de obras como Casi nunca o Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, con tantos giros verbales, arcaísmos y neologismos en sintonía. En El lenguaje del juego se observa su búsqueda: una velocidad en la escritura rítmica.

“Es un libro muy ameno, tan ameno como en su momento se consideró A una de dos. Es un libro intenso, no implica los enormes desafíos que otros libros de Daniel implican en el lector. El manejo métrico es muy astuto porque no se nota que sigue midiendo. Continúa con los registros de octosílabos, trabaja bastantes alejandrinos y eneasílabos pero no se nota”, dice Jiménez, entusiasmada. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2012

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