¿Qué es la caja de los sueños? ¿Si la encuentro —se pregunta Ixchel— mis sueños se harán realidad? ¿Mamá sabe en dónde buscarla? Si la encuentra, se pregunta la pequeña, su hermana dejará de gritar y podrá dormir bien por las noches…

Ixchel observaba atenta cómo su mamá limpiaba el cuerpo de su hermana mayor, prestaba especial atención para que, cuando llegara el día en el que fuera lo suficientemente adulta, ella lo hiciera. Por las noches le costaba dormir, los gritos y quejidos de su hermana, aunque estaban presentes casi todo el día, le cortaban toda oportunidad de descansar. Ojalá ella pudiera soñar en las noches, pensaba hasta que el cansancio la vencía.
Una mañana su mamá la despertó más temprano de lo habitual.
—Levántate, Chel. Ya casi nos vamos. Ahorita vas por agua para enjuagarte la cara.
Adormilada, se sentó en el catre, subió sus manos para que su mamá pudiera cambiarla. La vistió con unos pants rosas, una playera blanca y una sudadera. Con destreza la peinó con una cola de caballo de donde se asomaban unos cuantos cabellos pequeños.
Su mamá se fue a atender los gritos de su otra hija. Mientras tanto, Ixchel tomó sus tenis blancos a los que ya se les comenzaban a separar la suela, los más nuevos. Salió rápidamente, tomó una cubeta maltratada de metal y caminó una calle hacia abajo por donde pasaba el río. Llenó su cubeta y regresó tan rápido como pudo. Iba dejando un rastro de agua que caía cuando sus pequeñas piernas golpeaban el recipiente. Cuando llegó se lavó la cara con prisa.
En la sala vio que su hermana dormía y escuchó que su mamá, afuera de la casa, hablaba con la vecina.
—Ellos le dicen la caja de los sueños, sepa por qué, me lo dijo m’ija, pero dicen que es como si hiciera milagros.
—Ojalá, vecina. Que eso es lo que me hace falta.
—Va a venir don Mario por ustedes, ¿vea?
—Sí, vecina. Nos ofreció su camioneta, dijo que a las siete.
—Pues vayan con Dios y que la encuentren.
Además de Ixchel, su mamá y su hermana, iban otras ocho personas. Todos se encontraban en la caja de carga de la camioneta, tapados con chamarras sucias, parecía como si estuvieran encogidos intentando no dejar pasar el frío. Ixchel observaba sus rostros, a ella le parecían personas tristes: no hablaban entre ellos, ni siquiera se miraban. Cuando alguno se daba cuenta de que lo observaba intentaba no hacer contacto visual con ella. Temía que su hermana se despertara, a veces con las sacudidas de la camioneta, a veces con las personas que tosían o estornudaban muy fuerte.
Recordó la plática que había escuchado en la mañana. ¿Qué es la caja de los sueños? ¿Si la encuentro mis sueños se harán realidad? ¿Mamá sabe en dónde buscarla? Si la encuentro, mi hermana dejará de gritar y podrá dormir bien por las noches y jugará conmigo afuera, también seré más grande para poder ayudar, pensaba mientras tomaba del brazo a su madre. De repente la camioneta se detuvo, observó cómo unos hombres uniformados y con armas se acercaban a la camioneta a hablar con el conductor. En su curiosidad trató de asomarse y uno le clavó la mirada. Ixchel se asustó. Su mamá, al notarlo, la pegó hacia ella y la tapó hasta la cabeza con el rebozo que llevaba puesto. Escuchaba hablar a algunas personas, pero debido al miedo que sentía comenzó a cantar una canción en su mente, se tapó sus oídos con sus pequeñas manos, intentó no escuchar nada más proveniente de afuera del rebozo hasta que el sueño la venció.
Habían pasado unas horas cuando la camioneta detuvo su camino. Con delicadeza su mamá despertó a Ixchel, ella, con los ojos entrecerrados, la vio sonreírle. El conductor se bajó y se acercó a la tolva para abrirla y ayudar a bajar a las personas. El lugar al que llegaron estaba lleno de polvo, las personas que bajaban comenzaban a caminar hacia la misma dirección. A lo lejos se veían unas carpas de color azul, aún quedaba un buen tramo que recorrer a pie para llegar a ellas. Cuando su mamá bajaba con cuidado de la camioneta el grito de su hermana espantó a todos los que aún estaban cerca. Ixchel se acercó para intentar calmarla, inútilmente.
—Vamos, Chel. Ahorita que lleguemos allá va a dejar de gritar.
El rostro de Ixchel se iluminó.
Su mamá, con ayuda del conductor se amarró a su hija en la espalda con el rebozo. Los gritos le retumbaban en el oído, pero no le importaba. Tomó a Ixchel de la mano y caminaron hacia las carpas.
Cuando estuvieron más cerca se escuchaban gritos, llantos, quejidos. A Ixchel no le parecía una orquesta tan ajena. Veía cómo personas con cubrebocas, guantes y una especie de gorrito en sus cabezas iban de un lado al otro. Salían de una carpa y entraban a otra, llevaban con ellas cajas o maletines. Notó que su mamá intentaba hablar con alguno de los hombres con gorritos, pero la mayoría sólo le decían unas cuantas palabras y rápidamente seguían su camino. Su hermana no dejaba de llorar y gritar.
Ixchel estaba distraída con el movimiento que había en el lugar, algo la fascinaba. De repente, su fascinación se convirtió en incertidumbre cuando vio que su mamá, de pie, encorvada, cargando a su hermana, comenzó a llorar. Asumió que no podía hacer nada para detenerlo, así que sólo se acercó a ella, tomó su mano y la frotó en su mejilla.
El momento se vio interrumpido cuando una chica se acercó a ellas y las guió hacia el interior de una de las carpas. Adentro Ixchel observó que había unas camas muy altas que se veían incómodas y unos muebles pequeños color plateado con manteles cortos y azules en donde había cubiertos y tijeras. La chica ayudó a la mamá de Ixchel a acostar a su hija en una de esas camas. Ixchel estaba de pie cerca, observaba cómo le quitaban cuidadosamente la ropa a su hermana. La mujer se quitó los guantes y se puso otros que sacó de una cajita de cartón. De una de las mesitas tomó unos trapos que mojó, cuando tocaron la piel de su hermana se escuchó un grito que asustó a todos los presentes. La chica se levantó, de un estante tomó una caja pequeña, color blanco y rojo, de ella sacó un frasquito que rompió de la parte de arriba e introdujo un objeto filoso en él. Lo acercó a su hermana y lo clavó en su brazo, segundos después se quedó dormida. Ixchel estaba emocionada por lo que había pasado; habían encontrado la caja de los sueños.
Una vez dormida comenzaron a limpiar su piel. Sesenta por ciento de su cuerpo estaba quemado, escuchó decir a la chica. No sabía qué era lo que significaba, pero Ixchel sabía que ése era un número muy alto porque aún no podía contar hasta ese. Miraba con atención cómo pasaban los trapos blancos por la piel. El ritual perfecto ahora que no se movía ni se resistía.
De repente unos ruidos como cuetes sonaron afuera de la carpa. Su mamá y la chica con guantes se exaltaron, envolvieron en unas cobijas azules a su hermana, la cargaron y se la llevaron a una mesa un poco más grande que, por fortuna, tenía un mantel mucho más largo; la colocaron debajo y su mamá cargó a Ixchel y la llevó al mismo lugar.
—No vayas a hacer ruido, Chel. Sales cuando ya no se escuche nada.
Ixchel asintió. La chica de los guantes se acercó a ella con una caja de los sueños y se la dio mientras le sonreía.
—Viste cómo la puse, ¿verdad?
Ixchel no dijo nada, sólo la miró y tomó la caja con sus manos. Después el mantel le prohibió mirar hacia otro lado.
La caja no pesaba mucho, tenía un seguro que luego se encargaría de investigar cómo abrir. Vio que su hermana dormía plácidamente y se sintió alegre. A pesar del ruido de los cuetes afuera y los gritos, Ixchel no tuvo miedo; uno de sus sueños se había cumplido: ahora era suficientemente grande. ®
