La crónica de una amistad

Estrella de dos puntas, de Malva Flores

La lectura de este libro me causó la sorpresiva impresión de que estas dos figuras intelectuales, en política (y en la relación de ésta con la literatura), eran unos moralistas, en el sentido de moralina, de asumida superioridad moral.

Octavio Paz, Luis Echeverría y Carlos Fuentes.

Acabo de terminar Estrella de dos puntas. Octavio Paz y Carlos Fuentes. Crónica de una amistad (México: Ariel, 2021). La leí de corrido, sin marcador en la mano, sin subrayar, sin apenas reparar en la bibliografía y en las muy abundantes notas.

Van mis impresiones y apuntes sueltos, de memoria y a vuelapluma.

¡Qué trabajo tan acucioso! Prácticamente todo lo atribuido a los dos personajes en cuestión está sustentado en documentos, y no sólo de la copiosa correspondencia entre ambos.

Paz y Fuentes dominaron la vida intelectual de la segunda mitad del siglo XX literario mexicano, dejando al resto como diádocos, epígonos, satélites y rebeldes expulsados. No tenemos a nadie equivalente en el siglo XXI a esas poderosas personalidades —y no sé si eso es bueno o es malo.

El mundo literario mexicano tiene las mismas aficiones gastronómicas de la dinastía Urano–Cronos–Zeus: los hijos y los padres se devoran con singular alegría. La pareja en cuestión se inició grillando jubilosa a sus antecesores con apenas excepciones. Despedazaban con fruición a próceres intelectuales del calibre de Jaime Torres Bodet, Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Daniel Cosío Villegas, Salvador Novo… Hasta el mismo Alfonso Reyes sufrió algún raspón. En esos menesteres Fuentes era estridente y Paz contundente. A su vez ellos lo pagaron con creces. Las generaciones posteriores, sobre todo Monsiváis y sus jóvenes turcos de La cultura en México les pegaban dentelladas a la menor ocasión y provocación. No les dejaban ir una viva, cierta o falsa.

Al mismo tiempo, ambos fueron muy generosos con las noveles y posteriores promociones de escritores, a quienes apoyaron en múltiples casos, destacando el magisterio de Paz.

Compartieron una pertinaz pasión crítica y una actividad cultural que trascendió fronteras. Brincaron la Cortina de Nopal. Compartieron también el deseo frustrado de codirigir una revista que materializara lo anterior.

Octavio Paz se transformó a partir de su “renuncia” —puesta a disposición–retiro–jubilación— a la embajada en la India por lo del 68. Aplicando a partir de ahí y con pocas excepciones —Fuentes fue una de ellas— el estricto rasero de que un intelectual no puede servir a un régimen moralmente nefasto. Juicio muy discutible, y más considerando que los regímenes políticos nacionales —anteriores, posteriores e incluidos los que él sirvió— fueron dejando un administrado pero copioso reguero de sangre.

Compartieron una pertinaz pasión crítica y una actividad cultural que trascendió fronteras. Brincaron la Cortina de Nopal. Compartieron también el deseo frustrado de codirigir una revista que materializara lo anterior. Paz sí lo consiguió por su lado con Plural y Vuelta, venciendo todo tipo de obstáculos con esa férrea voluntad editorial que lo distinguió siempre.

La lectura de este libro me causó la sorpresiva impresión de que estas dos figuras intelectuales, en política (y en la relación de ésta con la literatura), eran unos moralistas, en el sentido de moralina, de asumida superioridad moral. Política y moral tienen una relación accidentada. Comte–Sponville, en su Diccionario filosófico (2003), dice que la política es la gestión de las relaciones de fuerza y el poder, el control de los conflictos, la búsqueda de la paz a través de la convergencia de los intereses lícitos entre los imperfectos y falibles humanos. La política es el arte de obtener, utilizar y compartir el poder: es una pragmática, no una teología moral. Ambos personajes se involucraron en cruzadas políticas que les costaron muy caras. Paz con mayor fortuna postmortem que Fuentes, cuya figura se va caricaturizando en un frívolo guerrilla–dandy, el Pimpinela escarlata que tanto le gustaba.

En resumen, este volumen me dejó la impronta de que en esta fallida amistad Octavio Paz era el sólido y sustantivo al final de las cuentas, y con todo y sus errores. Carlos Fuentes era adjetivo: una sucesión de brillantes y brillosos adjetivos, pirotecnia verbal y frivolidad, rutilante reflejo de reflejos, impostura y apostura, sexo y humor… que no es poco. ®

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Publicado en: Libros y autores

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