La descolonización de México

La reescritura de la historia

El fantasma del revisionismo histórico recorre el mundo con fuerza inusitada y México se ha contagiado de esa fiebre de corrección histórica.

Cristóbal Colón, de Joseph Cordier.

Yo no sé si Cristóbal Colón merecería tener un monumento o, para el caso, los más de quinientos obeliscos, retratos, estatuas y esculturas que tiene regados por todo el mundo, incluyendo Rusia y Japón. Tampoco sé si se trata de un héroe o de un villano.

Lo que sí sé es que hasta hace unas semanas tenía una hermosa estatua de bronce en una de las glorietas más emblemáticas de la Ciudad de México. Una estatua en la que se le ve señalando al horizonte hacia el centro de la ciudad y, bajo sus pies, las estatuas de fray Pedro de GanteBartolomé de las Casas, fray Juan Pérez de Marchena y fray Diego de Deza.

Resulta que esta estatua del escultor francés Charles Cordier llegó a las costas de Veracruz en 1875 y fue donada por el empresario y banquero mexicano Antonio Escandón; fue el primero de los muchos monumentos que engalanaron el Paseo de la Reforma. Al parecer, en aquellos tiempos los mexicanos no estábamos tan enojados con Colón. Pero ahora las cosas han cambiado: el 10 de octubre de 2020, apenas dos días antes del Día de La Raza, la estatua del genovés fue removida de su pedestal y, junto con ella, las de los cuatro frailes, incluyendo el gran protector de los indígenas Bartolomé de las Casas.

Al parecer, en aquellos tiempos los mexicanos no estábamos tan enojados con Colón. Pero ahora las cosas han cambiado: el 10 de octubre de 2020, apenas dos días antes del Día de La Raza, la estatua del genovés fue removida de su pedestal y, junto con ella, las de los cuatro frailes.

En su momento, el gobierno de la ciudad explicó que el retiro se hacía con el fin de rehabilitarlas, tras haber sufrido daños en 1992. También se dijo que más tarde se establecería la fecha de restitución de la obra. Hoy sabemos que no habrá tal restitución, ya que el monumento será trasladado a otra locación —hasta ahora desconocida— y en el sitio donde estuvo se colocará otro monumento dedicado a la mujer indígena —olmeca, para ser más precisos.

No se piense, sin embargo, que esto de remover estatuas es algo reciente ni exclusivo de México: Jorge G. Castañeda nos recuerda que, tan sólo de Colón —quizás afectado por esta práctica—, se han removido estatuas en Barranquilla, Colombia, en Baltimore, Estados Unidos, y en varias otras ciudades —Buenos Aires, La Paz, Los Ángeles, San Francisco y Caracas—, pero abundan los ejemplos de otros personajes como el de Edward Colston, un traficante de esclavos en Bristol, Reino Unido, cuya figura estuvo erigida durante 125 años en esa ciudad inglesa, su ciudad natal, y a la que hizo millonarias donaciones, o el de nuestra muy famosa escultura de El Caballito, que ha venido mudando de sitio en sitio a cada cual menos conspicuo, a lo largo de los años. No obstante, es innegable que hoy el fantasma del revisionismo histórico recorre el mundo con fuerza inusitada y México se ha contagiado de esa fiebre de corrección histórica cuya virulencia se ha manifestado recientemente con el cambio de nombre de la Avenida Puente de Alvarado por México Tenochtitlan o el rebautizo de El Árbol de la Noche Triste como Plaza de la Victoria. Y ahora, con este cambio de estatuas.

Pedro Reyes y su obra, Tlalli.

Hace apenas unos días la crónica de este proyecto parecía haber alcanzado su culminación: el monumento a Colón sería colocado en el Parque de las Américas en Polanco —ahí donde Colón todavía les cae bien y Morena no tanto—; la nueva estatua sería una enorme cabeza de una mujer olmeca de nombre náhuatl Tlalli e inspirada en las cabezas olmecas, cuyo autor es el escultor Pedro Reyes, y todos viviremos contentos y muy satisfechos con estas atinadas acciones del gobierno de la Ciudad de México.

Pedro Reyes se vio obligado a bajar la imagen y la jefa de Gobierno a declarar que se trataba apenas de “un primer bosquejo”.

Este relato lineal se fue enredando de manera sorpresiva y sorprendente: el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) declaró que el nuevo espacio que ocupe Colón se va a “definir de acuerdo con las propuestas que presente el Gobierno de la Ciudad de México” —lo cual fue una manera diplomática de decirle a la jefa de Gobierno que no es decisión suya—, así que ya no sabemos a dónde irá a dar con sus fierros. Y, luego, Reyes dio a conocer un avance de lo que ¿será? la estatua de Tlalli, una enorme cabeza de una mujer supuestamente olmeca, lo que de inmediato desencadenó una tormenta mediática desde todos los flancos. Los memes no tardaron: desde quienes la vieron como representación de Ayo, la general de las Dora Milaje de Wakandam, hasta los que la comparan con un robot o un alienígena. El periodista Rafael Cardona aseguró que superaría en fealdad a la Cabeza de Juárez, hasta ahora poseedora de ese récord. Fue tal el nivel de troleo que Pedro Reyes se vio obligado a bajar la imagen y la jefa de Gobierno a declarar que se trataba apenas de “un primer bosquejo”. También se ha criticado que la escultura de una olmeca lleve un nombre en náhuatl, que sea obra de un escultor no indígena y claro, hay inconformes con el remplazamiento de Colón.

Al final —aunque esta comedia aún no acabe de terminar—, el gobierno de la Ciudad de México ha logrado una vez más lo que sólo los políticos profesionales son capaces de hacer: enfrentar a grupos que piensan que la decisión es errónea con otros que están de acuerdo con ella, pero no con la manera en que se ejecutó y otros más que quisieran que fuera más radical.

Total y resto, parece que nadie quedará satisfecho, incluyendo a doña Jesusa Rodríguez, de quien surgió la idea. Otra caja de Pandora que al menos ahora se antoja muy, pero muy difícil de cerrar. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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