La eternidad de las pantallas

El scroll infinito…

Casi sin darnos cuenta dejamos de teclear y empezamos a deslizar nuestros dedos para recorrer el mundo virtual. Pero a más de una década de aquella fascinación inicial el asunto es menos “técnico” de lo que parece y deja al descubierto una intensa batalla por nuestra atención que incluye hasta ingenieros arrepentidos.

El primer scrolling ocurrió a la vista de todos: lo hizo el propio Steve Jobs durante la presentación del iPhone en 2007. Era el principio del fin de los teclados físicos. Pero Jobs estaba haciendo un scrolling que hoy nos resulta totalmente rutinario e intrascendente: deslizaba el dedo sobre su agenda de contactos.

Aunque con nuestra de mirada de 2020 apenas podamos separarnos de la aparente trivialidad de aquel instante vale la pena detenernos un poco. Alessandro Baricco en The Game apunta que aunque

ahora todo nos parece bastante normal (…) ese día, cuando, una vez abierta la lista de contactos [Steve Jobs] hizo un pequeño gesto (…) y la lista comenzó a correr armoniosamente hacia arriba para luego desacelerar como una canica que rodaba cada vez más despacio hasta detenerse, en fin, en ese preciso momento se oye cómo un estremecimiento sube entre el público, algo como un aplauso de niños, un temblor de infantil maravilla: os juro que incluso hay alguien al que se le escapa un grito.1

Lejos de aquella algarabía, el scrolling despierta actualmente connotaciones menos ingenuas. La fascinación por la interfaz se ha evaporado por completo y ahora “scrollear” es un verbo que puede asociarse con el pozo sin fondo de la procrastinación o con las conductas de quienes no quieren (o no pueden) salirse del abrumador flujo de datos con el que convivimos.

Pequeñas recompensas

No importa si scrolleamos el timeline de noticias y virales de Twitter o el paisaje ultraestetizado de Instagram, según algunos investigadores, el mecanismo que subyace no es muy diferente al de las clásicas máquinas tragamonedas. Natasha Dow Schüll, psicóloga y profesora de la Universidad de Nueva York, dice que “Internet es la máquina tragamonedas más grande del mundo y el smartphone, la más pequeña”.

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Aunque en el scrolleo de redes no haya victorias ni derrotas explícitas, Schüll identifica como “ludic loop” (bucle lúdico) a “aquella zona de confort a la que se ingresa cuando se realiza una actividad repetitiva que ofrece recompensas ocasionales”. En otras palabras, no importa si dos de cada tres posteos de tu timeline te parecen irrelevantes: tus ojos y tu dedo seguirán surcando la pantalla en busca del tercero que sí te genere una recompensa (y lo mismo vale para las stories de Instagram, aunque sea un deslizamiento “horizontal”).

Al infinito y más allá

Por supuesto, no se trata de caer en simplificaciones con ribetes sombríos. La magia que en 2007 maravilló a los seguidores de Apple resolvió lo que, en palabras del propio Jobs, el mouse ya había hecho antes respecto de las computadoras de escritorio.

Trece años después de aquello el paisaje tecnológico se ha reconfigurado lo suficiente como para que broten nuevas inquietudes. Eufemismos como “diseñar la experiencia de usuario” dejan en segundo plano que plataformas y dispositivos necesitan cada vez más de nuestra atención. Lo limitado ha dado paso a lo (potencialmente) ilimitado y el scrolling cumple su papel en ello. La periodista Eleanor Cummins ilustra la cuestión al remarcar que

a diferencia de muchas otras formas de entretenimiento, por ejemplo las películas, los teléfonos inteligentes no tienen un punto final finito. Las películas muestran créditos al cabo de unas dos horas, pero puedes deslizar, tuitear o jugar hasta que mueras.

La afirmación de Cummins, de todos modos, merece un matiz: los contenidos audiovisuales de Netflix muestran créditos pero también incentivan consumos de larga duración. Es la “caza” de nuestra atención con otros métodos y empezó en 2012. Pero volvamos al scrolleo de redes y teléfonos.

“Yo lo inventé pero…”

Las horas que pasamos conectados se amontonan y la complejidad del asunto debería disuadirnos de la búsqueda de “culpables”. Dicho esto, podemos empezar por admitir que tenemos en nuestras manos dispositivos cuyas funciones no fueron pensadas al azar y que nos movemos en redes cuyo éxito depende esencialmente de nuestra atención.

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El propio creador del scrolling infinito Aza Raskin ha dicho que el truco está en que el cerebro nunca tenga “la oportunidad de ponerse al tanto con nuestros impulsos”. La biografía profesional de Raskin, por cierto, metaforiza el desencanto con aquellas tecnologías que resultaban tan prometedoras hace apenas una década. Trabajó en Firefox y fue jefe de experiencia de usuario de Mozilla hasta que fundó la compañía Massive Health. “Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos”, dice Raskin. Por cierto, no es el único integrante de lo que el periodista Axel Marazzi ha llamado el dream team del remordimiento: exempleados de las grandes corporaciones en vías de deconstrucción.

Una montaña de tiempo

De aquel momento cero con Steve Jobs en el escenario y las ovaciones retumbando en el Moscone Center de San Francisco hemos pasado a un presente menos entusiasta. Así y todo, sigue siendo difícil negar el encanto de la simplicidad: es demasiado fácil desplazar nuestro dedo por una pantalla y ver pasar la vida: alguien cambió de trabajo en LinkedIn, los tíos acaban de postear sus fotos de vacaciones en Facebook, los influencers de Instagram insisten en hechizarnos con su vida prefabricada y un nuevo trending topic nacional divide por enésima vez los caldeados ánimos de Twitter.

De aquel momento cero con Steve Jobs en el escenario y las ovaciones retumbando en el Moscone Center de San Francisco hemos pasado a un presente menos entusiasta. Así y todo, sigue siendo difícil negar el encanto de la simplicidad: es demasiado fácil desplazar nuestro dedo por una pantalla y ver pasar la vida…

Pero también es escandalosamente fácil olvidar todo aquello en apenas un par de horas. Scrollear como autómatas deja un sabor agridulce con notas de aturdimiento y pequeñas lagunas mentales: alguien dijo algo en Twitter pero no conseguimos recordar quién y en Instagram la fugacidad de las stories tampoco colabora. La memoria parece no salir ilesa al transitar la opulencia vertiginosa de datos.

Que nuestros dedos tocando pantallas sean una nueva forma de experimentar el mundo no encierra, en sí mismo, ninguna catástrofe. En cualquier caso, no hay casualidades detrás de esas largas horas un tanto robadas a nuestra frágil atención. Previsiblemente, no todos sucumbimos a las pantallas con la misma intensidad. Hay, sin embargo, promedios muy ilustrativos: aquí dicen que “scrolleamos un Everest por año”: más de 8,000 metros de fotos, noticias, gifs, posteos, publicidades, videos, más fotos, más noticias, más gifs, más publicidades, más videos… ®

Nota
1 Alessandro Baricco, The Game (2019), Barcelona: Anagrama, Colección Argumentos, primera edición, p. 136.

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Publicado en: Ciencia y tecnología

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