La Generación Inútil

o el amor a la insuficiencia crítica

La crisis es el momento en donde una circunstancia toca fondo. ¿Cómo es posible, pues, que el país entero se encuentre siempre —al menos durante cuatro décadas— a punto de llegar a un límite tan infinitamente hondo?

Vive le Mexique.

Vive le Mexique.

La crisis nacional por la que atraviesa México se ha convertido en un ente deontológico de características extraordinarias, asombrosas y sobrehumanas. Ya el maestro Salvador Elizondo, en sus cátedras universitarias, a finales de los años setenta, comentaba el carácter mítico y paradójico de la eterna crisis. “No me explico”, decía el Grafógrafo, “cómo puede durar tanto una crisis, cuya definición tiene que ver, estrictamente hablando, con un momento clave de ruptura, de quiebre”. Es decir, la crisis se define, efectivamente, como una fase de cambio (favorable o desfavorable) sobrevenida en el periodo de la manifestación aguda de una afección; un momento decisivo y peligroso en la evolución de las cosas; una falta, una carencia, la escasez, el conflicto o la tensión que presagia a un rompimiento. Coloquialmente hablando, la crisis es el momento en donde una circunstancia toca fondo. ¿Cómo es posible, pues, que el país entero se encuentre siempre —al menos durante cuatro décadas— a punto de llegar a un límite tan infinitamente hondo?

Éticamente hablando, los profesionales de la política, las finanzas, la administración y las ciencias sociales, en general, se han convertido —en el México de hoy y de los últimos cuarenta años— en críticos especializados en el análisis de la crisis. Se critica —desde distintas palestras y en todos los foros— lo crítico de una situación “extremadamente crítica”. En este paraíso tautológico la esencia del país entero se difumina en un discurso eternamente redundante. Alarma, por decir lo menos, el pasmo en el que han caído las recientes generaciones gobernantes, y no me refiero exclusivamente a quienes han detentado el poder en las últimas décadas sino, en general, a todos los mexicanos, sin excluir, de uno y otro género, de cualquier nivel social y de todos los orígenes. Nacionales nacidos durante el tercer cuarto del siglo pasado: la Generación Inútil.

Se trata no sólo de una generación incapaz de enderezar el rumbo de una barquilla que lleva más de treinta años dando vueltas, enloquecidamente, sin llegar a ningún puerto; se trata, en concreto, de una generación consciente de que “la situación social es terriblemente crítica”, pero de una generación con valores insuficientes para modificar el camino que conduce al despeñadero abismal.

Y es que, ¿de qué otra manera puede llamarse a millones de seres humanos unidos por una mexicanidad rabiosa, convencidos de que “como México no hay dos”, amantes —hasta casi el ridículo— de sus tradiciones “ancestrales”, de las costumbres que “nos dan patria” y de la complacencia en el heroísmo del “ya merito”?

Se trata no sólo de una generación incapaz de enderezar el rumbo de una barquilla que lleva más de treinta años dando vueltas, enloquecidamente, sin llegar a ningún puerto; se trata, en concreto, de una generación consciente de que “la situación social es terriblemente crítica”, pero de una generación con valores insuficientes para modificar el camino que conduce al despeñadero abismal. Es una generación de habitantes de un país rico, generoso, inexorable, pero acostumbrado a las caídas verticales; en picada, a bordo de un tobogán eterno. Una generación sostenida por la fe, la desesperanza o la indiferencia, capaz de acuñar términos como “restauración del tejido social” y capaz de creerse, también, un alma tejedora, de sastre, costurera y hasta modista de altos vuelos; una generación rota entre un pasado amoroso y cálido, un presente inasequible, inexistente, y un futuro sorpresivo y azaroso, como la caída de un cometa o el triunfo en la ruleta rusa.

Esta racionalidad desencajada, esta emocionalidad sin sensibilidad, esta máscara movible gradada en el ámbito de la pusilanimidad, es el cuerpo sin ser del ser insuficiente del mexicano. Creador de la retórica de la grandilocuencia, artífice de la poética del sinsentido, este ser, en interminable rebeldía, se manifiesta y corporifica en los pelados, ninis, agachados, relajientos, nacos, creídos, apretados y pedantes que pueblan el territorio nacional, incluidos los tres poderes federales, los estatales, todos los municipales y las áreas del poder económico, financiero, religioso, social, cultural, académico y artístico del país, sin generalizar, pues, categóricamente a todos, pero sin excluir absolutamente a nadie, tampoco. Samuel Ramos se refería ya a la preocupación del pensamiento filosófico mexicano por el ser del hombre de México y por la identidad del mexicano en su obra, de 1934: El perfil del hombre y la cultura en México. Leopoldo Zea, en su prólogo a Dos ensayos sobre México y lo mexicano, nos refiere que al aparecer la obra de Ramos fue ninguneada y “tildada de ser un libro que denigraba al mexicano y su cultura”.

Keep calm and...

Keep calm and…

Emilio Uranga elabora a partir de la categoría de accidente un concepto radical en la humanidad; para él la fragilidad y la zozobra nos revelan como accidente. Coincide con los existencialistas y, en ellos —nos dice Jaime Vieira—, “descubre una comprensión de la esencia humana más allá de la categoría de sustancia y a partir de las nociones de finitud, ambigüedad, insuficiencia y apertura”. El ser accidental es un ser temporal que va a morir. Esta noción antigua y radical muestra que la finitud humana no significa, únicamente, que el hombre es un ser limitado, sino que su temporalidad tiene un término estricto e incierto, y que sólo dentro de este espacio existencial puede hallar y conquistar, para sí, una significación. El ser accidental es un ser eventual e injustificado, contingente. Tiene la tarea de hacer–se a sí mismo y no cuenta con una justificación absoluta, sólo con decisiones auténticas e inauténticas.

La suficiencia no es sustancial sino que brota de la misma insuficiencia: “Toda meta es contingente y toda vida es aventura”, añade Vieira. Poder hallar contenido o satisfacción está íntimamente ligado, el mexicano, a la idea de imposibilidad, de insustancialidad y falta: escasez y carencia. Su ser accidental es un ser abierto al mundo y a los otros seres y, al mismo tiempo, es un ser contradictorio y multilateral; oscila y da saltos desde optimismo hasta el pesimismo. Mantiene abierta la posibilidad de mutar de una perspectiva a la contraria, del interior al exterior, del sí mismo al otro. Es un ser constitucionalmente inacabado. Se trata de una incompletud definitiva y no provisional, sino constitutiva. A un ser temporal únicamente la muerte puede darle unidad.

Psicológicamente, la muerte es una ilusión y sólo ella confiere la unidad ontológica de nuestro ser mismo. “La muerte convierte a la vida en aventura. En la aventura, en efecto, la escena inicial sólo es tal porque la escena final le ha conferido ese sentido”, nos recuerda Emilio Uranga en su ensayo “Dos teorías de la muerte”, de 1949. Y es que la necesidad de comprender y de comprenderse, la necesidad de referirse a sí mismo y a los demás así como el empeño en ser y significarse no se agotan con la vejez, sino con la muerte. Finalmente, el mexicano es un ser accidental que no se basta a sí mismo: es insuficiente —como todo humano—, y su mortalidad lo destroza, lo deshace, lo desgarra y lo dispersa.

La Generación Inútil no está sola, pues su incompletud es ontológica. La insuficiencia no se trata de una simple falla o de un defecto de su personalidad: todo ser humano sufre de esta accidentalidad y la lleva a cuestas mientras proyecta su propia autoconstrucción… y muere. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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