La guerra y el colapso del Estado

El mundo es un lugar peligroso

No es casual que las guerras proliferen en países donde no existe la democracia, allí donde gobernantes dictatoriales imponen su voluntad sin restricción. En Estados con libertades, en cambio, la gente tiene la posibilidad de cambiar de políticos cuando éstos no se ajustan a sus deseos.

Kennedy y Kruschev durante la Guerra Fría.

Kennedy y Kruschev durante la Guerra Fría.

Durante la Guerra Fría las contiendas en cualquier parte del mundo se interpretaban a partir de la rivalidad entre el capitalismo estadounidense y el comunismo soviético. Tanto Washington como Moscú destinaban ayuda militar a sus aliados. Tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, el llamado mundo bipolar dejó paso a la hegemonía en solitario de Estados Unidos. ¿Cómo afectó este cambio a las guerras del Tercer Mundo? En algunos casos fue un elemento pacificador, como en Etiopía o Camboya. En otros países, al cesar el sostén financiero de las superpotencias, los beligerantes tuvieron que subsistir con sus propios medios, lo que se tradujo en un expolio aún mayor de la población civil o en el florecimiento de actividades ilegales como el narcotráfico.

La economía, estúpidos

¿Cómo explicar conflictos tan sangrientos? Algunos analistas inciden en la importancia primordial de los factores económicos. África, escenario de la mayoría de guerras del mundo, parece confirmar su tesis por el desastre que ha sufrido en este ámbito desde la independencia, con unos niveles de pobreza en continuo incremento. Lo angustioso de la situación se debería, supuestamente, a la herencia envenenada de colonización occidental.

Algunos analistas inciden en la importancia primordial de los factores económicos. África, escenario de la mayoría de guerras del mundo, parece confirmar su tesis por el desastre que ha sufrido en este ámbito desde la independencia.

Esta manera de plantear las cosas omite el protagonismo de las élites nacionales en la opresión de sus pueblos. Occidente, dice el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, “es un chivo expiatorio muy cómodo del que se sirven los dictadores corruptos”. Los tiranos, obviamente, tienen entre sus prioridades satisfacer los intereses de sus grupos oligárquicos, no remediar el hambre de sus conciudadanos. “Cuando hay problemas en África los europeos reaccionan más rápido que nosotros mismos”, señala, autocrítico, el intelectual congoleño Jean-Bosco Botsho (La Vanguardia, 22 de julio de 2003).

Es responsabilidad de los gobiernos africanos haber dilapidado ayudas ingentes procedentes de Europa y Estados Unidos. Una corrupción generalizada ha impedido que los ciudadanos de a pie se hayan visto beneficiados, pero la desintegración de algunos Estados y los conflictos bélicos también han contribuido. ¿Cómo distribuir la ayuda en un territorio inmerso en combates continuos, sometido a la depredación de los señores de la guerra?

Niña soldado en Sierra Leona, a principios del 2000.

Niña soldado en Sierra Leona, a principios del 2000.

Aunque también es cierto que la corrupción no es sólo culpa del que se deja corromper, también del que corrompe, como nos recuerda John Le Carré. El célebre escritor denuncia el caso de la República del Congo, donde el gobierno de Kabila permite que las multinacionales estadounidenses expolien impunemente la riqueza nacional (Magazine de La Vanguardia, 28 de marzo de 2007).

Raíces políticas

La economía, sin embargo, no lo explica todo. Según el diplomático y arabista José María Ridao, el quid de la cuestión no se encuentra tanto en los niveles de renta como “en el modo de concebir y ejercer el poder”. Para el filósofo Pascal Bruckner las causas de las masacres de Argelia, Chechenia o Ruanda “están menos vinculadas a cuestiones financieras o económicas que a fanatismos raciales, religiosos, imperialistas, de identidad”. En su opinión, los pensadores progresistas se equivocan cuando reducen problemas complejos a un solo motivo.1 Si todo consistiera en una confrontación entre el gran capital y las masas oprimidas, acabar con el sufrimiento humano sería sencillo.

“Zimbabue fue una democracia temprana con el primer Mugabe, y pese a sufrir sequías tan devastadoras como Sudán o Etiopía, en cambio allí la gente no moría de hambre porque había mucha más justicia.”

No es casual que las guerras proliferen en países donde no existe la democracia, allí donde gobernantes dictatoriales imponen su voluntad sin restricción. En Estados con libertades, en cambio, la gente tiene la posibilidad de cambiar de políticos cuando éstos no se ajustan a sus deseos. Existe, por ello, menos posibilidad de que ocurra una catástrofe, tal como señala el premio Nobel de economía Amartya Sen: “Zimbabue fue una democracia temprana con el primer Mugabe, y pese a sufrir sequías tan devastadoras como Sudán o Etiopía, en cambio allí la gente no moría de hambre porque había mucha más justicia” (La Vanguardia, 29 de junio de 2004).

Pero Eric Hobsbawm rebate esta teoría y cita el caso de Colombia, un país con una tradición insólita (en América Latina) de gobierno democrático, donde, sin embargo, el número de personas muertas y expulsadas de sus hogares se cuenta por millares. A juicio de este famoso historiador, “el bienestar de los países no depende de la presencia o ausencia de un único tipo de orden institucional, por muy recomendable que sea desde el punto de vista moral”.2

El colapso del Estado

En muchos de esos estallidos bélicos asistimos al hundimiento del Estado, incapaz de ejercer el monopolio de la violencia legítima o de garantizar a sus ciudadanos los servicios públicos. Le sustituyen diversas redes de poder, ya se trate de organizaciones guerrilleras, estructuras tribales o mafias dedicadas al tráfico de drogas. Curiosamente, si antes la política internacional intentaba prevenir la amenaza del excesivo fortalecimiento de un país, ahora se encuentra frente a los efectos perversos de la ausencia de poder en los denominados “Estados fallidos”. Predominan, sobre todo, en el África subsahariana, donde varios territorios aparecen dominados por los llamados “señores de la guerra”. Según un informe del Banco Mundial, 16 de los 26 “Estados frágiles” del mundo pertenecen a África, entre ellos Sudán, Liberia, Angola y Somalia. Por Estado frágil entendemos a los que sufren graves y complicados problemas internos, o atraviesan inciertos periodos de transición. Todos ellos son terreno abonado para el narcotráfico, el terrorismo o el comercio ilegal de armas.

Tropas francesas en Mali, 2013.

Tropas francesas en Mali, 2013.

Este tipo de países también existen en América Latina, Asia, Europa del Este y Oriente Medio, regiones en las que diversas instancias desafían la autoridad de los gobiernos centrales. El de Colombia puede servir como ejemplo representativo: situémonos en Llorente, una localidad de dos mil habitantes, convertida en el paraíso de la cocaína, el aguardiente y la prostitución. El miedo se instala en el día a día hasta el punto de que nadie ocupa cargos públicos por miedo a que le vaya la vida en ello. La policía, por su parte, no se atreve a intervenir en situaciones de peligro porque sabe que los delincuentes llevan ventaja. Así las cosas, la gente se acostumbra a los asesinatos como un elemento más de su paisaje cotidiano. Mira y calla. Es muy difícil permanecer al margen del aluvión de dinero fácil que fluye gracias al mundo de la droga, por lo que el concepto de ley se convierte en papel mojado. Cualquiera puede ser, en cualquier momento, blanco de la mafia.

No hay que pensar, sin embargo, que en situaciones como ésta reine la total anarquía. Las redes que compiten con el Estado imponen el orden a su manera, sin reparar en lo drástico de los métodos. En Colombia, la guerrilla por un lado y la mafia por otro pueden conseguir que en un pueblo no se produzcan robos o que los hombres no golpeen a las prostitutas.

Para el diplomático peruano Oswaldo de Rivero, el caos de lo que él llama “Estados inviables” obedece a factores como la explosión demográfica y la ausencia de una tradición cultural que favorezca el desarrollo. En apoyo de su tesis menciona un dato expresivo: Latinoamérica, pese a sus numerosos escritores y artistas, sólo ha tenido un premio Nobel en Ciencias en todo un siglo. El fracaso económico acaba conduciendo al colapso político y así, estados como Colombia, Angola o Somalia, entre otros, se vuelven ingobernables. ®

Notas
1 José María Ridao, La elección de la barbarie, Barcelona: Tusquets, 2002, p. 21; Pascal Bruckner, Miseria de la prosperidad, Barcelona: Tusquets, 2003, p. 66.
2 Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Barcelona: Crítica, 2007, p. 104.

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Publicado en: Marzo 2014, Paisajes de guerra

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