La Iglesia que luchó contra Franco

…y las mujeres cristianas

Los grandes medios de comunicación sólo hablan de temas relacionados con la fe cuando hay algún escándalo de por medio, como el de los curas pederastas. A los curas obreros, en cambio, nadie les presta la menor atención.

Franco y Hitler. Foto © Agencia EFE.

Hagamos un experimento. Vamos a tomar a media docena de personas al azar y vamos a contar una vieja historia: en Moratalaz, Madrid, existía, en los últimos tiempos del franquismo, una parroquia con la siguiente indicación en la entrada: “Casa del pueblo de Dios”. La expresión aludía, de forma cristalina, a las casas del pueblo socialista. Su sacerdote, Mariano Gamo, organizaba a las asambleas en las que animaba a los feligreses a debatir de cualquier cosa, ya fueran asuntos locales, nacionales o internacionales. ¿Nos creería nuestro improvisado público? Seguramente expresaría, como mínimo, una gran extrañeza. La incredulidad se multiplicaría cuando explicáramos que no se trata de un caso aislado.

Ha pasado ya medio siglo desde la gran explosión estudiantil del mayo francés. Las historias generales de este fenómeno, por desgracia, no suelen tener en cuenta la gran contribución de los católicos progresistas. En España este ninguneo se produce corregido y aumentado, favorecido por el laicismo más bien primitivo de la izquierda. En cambio, Francia, el país laico por excelencia, cuenta con unos estudios religiosos florecientes. Sólo hay que pensar en la revista Codex, consagrada a la historia del catolicismo. Pese a centrarse en un ámbito especializado, posee formato de quiosco, con buen papel y abundantes ilustraciones en color, tal como requiere una publicación destinada al común de los lectores. Algo similar, al sur de los Pirineos, cae de lleno en el dominio de la ficción científica.

Los grandes medios de comunicación sólo hablan de temas relacionados con la fe cuando hay algún escándalo de por medio, como el de los curas pederastas. A los curas obreros, en cambio, nadie les presta la menor atención. Por eso resulta tan innovador el Coloquio Internacional que se celebró en Madrid entre el 18 y el 19 de octubre del año pasado, bajo la coordinación de tres primeras espadas de nuestra historia religiosa: Feliciano Montero, Joseba Louzao y Julio de la Cueva. ¿Su objetivo? Pensar la interacción entre Iglesia e izquierda en torno al 68, concebido no tanto como una fecha concreta sino como un proceso que desarrolla a lo largo de los sesenta.

El antifranquismo no hubiera sido igual sin las parroquias que dejaron sus locales para actividades clandestinas. Un sacerdote llegó a esconder documentos comprometedores en el sagrario porque la policía franquista no iba a atreverse a husmear allí. Otra contribución decisiva fue la de movimientos como la JOC y la HOAC, escuela de formación para tantas personas que se involucraron en organizaciones políticas, sindicales o vecinales. El método de la Revisión de Vida, basado en ver–juzgar–actuar, condujo al descubrimiento de la realidad social y el compromiso por su transformación.

Rafael Díaz–Salazar desgranó la cultura política de estos creyentes, en íntima relación con su religiosidad, sin la que no es posible entender nada. Mientras otros veneraban a Cristo Rey, ellos creían en Cristo Obrero. Jesús era una figura opuesta al orden establecido, por lo que seguirle implicaba desafiar las injusticias del poder. Surge así un estilo de ser cristiano alrededor de principios como la comunión de bienes, en un sentido fuertemente anticapitalista. A su vez, Nigel Townson destacó cómo el Concilio Vaticano II debilitó la jerarquía tradicional de la Iglesia. Había llegado el momento de que los laicos hicieran oír sus inquietudes.

El antifranquismo no hubiera sido igual sin las parroquias que dejaron sus locales para actividades clandestinas. Un sacerdote llegó a esconder documentos comprometedores en el sagrario porque la policía franquista no iba a atreverse a husmear allí.

La “puesta al día” del catolicismo ibérico suscitó, en medios franquistas, una reacción defensiva. Pedro Carlos González Cuevas analizó en su ponencia las críticas del integrismo contra los cambios. El Concilio abogaba por la libertad religiosa, para inquietud de los que creían que por ese camino se iba a la desintegración de la comunidad nacional, puesto que español y católico debían ser sinónimos perfectos. Como mucho, el Estado podía ser tolerante con el error. Era evidente que los nuevos vientos que llegaban desde Roma cuestionaban la legitimidad del régimen nacional–católico, pero no faltaron intentos de mostrar lo contrario. Para el obispo Guerra Campos el Vaticano II no rompía con la tradición: el franquismo no tenía que sentirse interpelado. Por su parte, desde las páginas de ABC, el ideólogo Gonzalo Fernández de la Mora criticó a figuras progresistas de la talla de González Ruiz, Díez–Alegría o López Aranguren. A su juicio, la fe debía ser un asunto estrictamente individual, no una aventura comunitaria.

El diálogo, más tarde colaboración, entre cristianos y marxistas recibió una destacada atención en el coloquio. No en vano en su época fue una cuestión que hizo correr ríos de tinta y suscitó grandes esperanzas acerca de una fe comprometida con la transformación radical de las estructuras sociales. ¿Cómo valorar todo aquello en perspectiva histórica? Jordi Amat propuso una síntesis tan brillante como certera: “El diálogo fue una prorroga antes de la secularización”.

Surgió, en repetidas ocasiones, la pregunta por la cuantificación: ¿Cuántos creyentes se incorporaron al PCE o formaciones de extrema izquierda? Aunque no existe un cálculo ni siquiera aproximado, todo hace pensar que no fueron muchos. No podía ser de otra manera puesto que se trató de un fenómeno tardío, de principios de los setenta. De todas formas, también se apuntó la necesidad de partir de una óptica más cualitativa. Todos los participantes tenían presentes a una figura carismática, Alfonso Carlos Comín.

Durante los últimos estertores del franquismo todavía existía entre la militancia cristiana una fuerte reticencia al comunismo, tal como señaló Julio de la Cueva. Entre las organizaciones apostólicas obreras existía la tradición de una fuerte tendencia en este sentido porque muchos entendían que no se debía desvirtuar el sindicalismo con una dependencia del poder político. El PCE, mientras tanto, dejaba atrás el tradicional anticlericalismo de los tiempos de la guerra civil. El cambio de postura obedecía a la preocupación por evitar los errores de la Segunda República, que se había alienado a las masas con una desacertada política religiosa. Si en 1951 la Pasionaria todavía veía a la JOC como una especie de sindicato amarillo, poco años después, a través de la Política de Reconciliación Nacional, se propugna la alianza con el mundo católico, ahora convertido en el aliado principal del partido. Incluso se llega a admitir que el Estado, en la democracia restaurada, financie a la Iglesia, en consideración a los sentimientos de tantos fieles.

Se repitió en la época, una y otra vez, que se trataba de una apuesta estratégica, no táctica. ¿Fue así? El profesor De la Cueva recordó que, en una fecha tan tardía como 1967, Carrillo todavía postulaba que la religión se extinguiría cuando el ser humano no estuviera sometido a la opresión del capitalismo. Por otra parte, el PCE haría todo lo posible para atraerse a sus filas a católicos como Comín. ¿De buena fe o con ánimo de instrumentalizarlos? No existe una respuesta en blanco o en negro, pero seguramente la segunda posibilidad está más próxima a lo que sucedió.

En aquellos momentos el mundo obrero era muy masculino, muy impermeable a la acción de las mujeres. Era el hombre el que iba a las reuniones del sindicato o del partido mientras ellas debían quedarse en el hogar, dedicándose a las tareas del hogar.

No obstante, fue la extrema izquierda, más que el PCE, la que atrajo a los cristianos. Enrique Berzal mostró cómo, en la efervescencia ideológica del momento, se soñaba con suprimir el derecho de propiedad y eliminar la distinción, a través de los Consejos, entre representantes y representados. También se discutía la legitimidad de la violencia, como se hacía a principios de los setenta en todo el mundo. Se creía que el recurso a la fuerza podía justificarse si tenía como objetivo la liberación humana. Todo era muy radical, aunque también muy confuso, puesto que se mezclaban a la ligera conceptos anarquistas, leninistas y trotskistas. Además, como señaló Berzal, los grandes objetivos no iban acompañados de una mención a los medios que se emplearían para materializarlos.

Mónica Moreno Seco aportó una perspectiva de género al recuperar del olvido a las militantes cristianas y su lucha para hacerse oír. En aquellos momentos el mundo obrero era muy masculino, muy impermeable a la acción de las mujeres. Era el hombre el que iba a las reuniones del sindicato o del partido mientras ellas debían quedarse en el hogar, dedicándose a las tareas del hogar. Con este punto de partida, el hecho de que una joven tuviera que salir del hogar para desempeñar una responsabilidad en la JOC, la HOAC o cualquier otro movimiento constituía en sí mismo un gesto revolucionario. Tampoco fue poca cosa que estas mujeres reivindicaran su identidad de trabajadoras como una condición permanente, no limitada a su periodo de soltería.

Este camino hacia la igualdad estuvo plagado de dificultades. Las militantes se quejaron a menudo de que tenían el enemigo en casa, en forma de padre o novio. Frente a la dependencia que sufrían en el entorno doméstico la militancia les proporcionaba un espacio de libertad. Las organizaciones católicas estaban en aquellos momentos segregadas en una rama masculina y otra femenina. Cuando se planteó la fusión las mujeres fueron las primeras en resistirse, conscientes de que por este camino iban a perder autonomía. Tenían razón. Mónica Moreno señaló que las hoacistas, al pasar al movimiento mixto, perdieron su visibilidad.

La sensibilidad de clase no siempre iba acompañada de sensibilidad feminista. Los hombres de izquierda se sintieron muchas veces amenazados por las reivindicaciones de sus compañeras. Tanto era así que la prensa de la HOAC se sintió obligada a puntualizar que la importancia del apostolado de las mujeres no disminuía la hombría de los militantes. ¿Pesaban los prejuicios heredados de una religión misógina? José Ramón Rodríguez Lago indicó que las limitaciones respecto a la cuestión de genero también eran propias de la izquierda laica, donde la prioridad era la lucha proletaria, no la igualdad entre los dos sexos.

La sensibilidad de clase no siempre iba acompañada de sensibilidad feminista. Los hombres de izquierda se sintieron muchas veces amenazados por las reivindicaciones de sus compañeras. Tanto era así que la prensa de la HOAC se sintió obligada a puntualizar que la importancia del apostolado de las mujeres no disminuía la hombría de los militantes.

La Iglesia española llegó a los setenta en medio de una fuerte división entre tradicionalistas y renovadores. Al final, según Pedro Carlos González Cuevas, no ganaron ni unos ni otros. Fue el centro el que se impuso, bajo la dirección del cardenal Tarancón, artífice de la desmovilización del catolicismo militante, tanto de izquierda como de derecha. En plena era de la sociedad de consumo y la secularización la gente ya no estaba por grandes utopías sino por disfrutar de la vida y del bienestar económico. La jerarquía eclesiástica, en un intento de que todo cambiara para que todo siguiera igual, como decía el príncipe de Lampedusa, optó por deshacerse de un franquismo que se había convertido en un lastre.

Sin una visión comparativa corremos el riesgo de suponer que la secularización afectó sólo al mundo católico. Díaz–Salazar puntualizó que también se dio un retroceso de las ideologías seculares tras el “alcoholismo ideológico” de 1968. Aquel era un universo “sólido”, en el que todavía cabían las certezas fuertes. Después vendría el mundo “líquido”, en el que todavía andamos, tan bien teorizado por Zygmunt Bauman.

Con la transición llegó el momento de que muchos rentabilizaran su paso por la oposición en forma de cargos políticos. Muchos cristianos no quisieron entrar en ese juego, como manifestó un antiguo militante presente entre el público del coloquio. Un famoso abogado que lo defendió en los últimos años de la dictadura le dijo que el PSOE era un partido joven, donde uno podía escalar mucho. Planteada así la cuestión, decidió que prefería irse a otra parte. Esta muestra de coherencia no resultó inusual entre creyentes: también hubo curas obreros que permanecieron treinta años trabajando, por ejemplo, en la construcción. Nigel Townson subrayó que, por el contrario, no fueron pocos los revolucionarios ateos que acabaron cómodamente integrados en el capitalismo. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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