La incomodidad de vivir

La perra, de Pilar Quintana

Pilar Quintana no se conforma con esbozar un mal rato, ella nos lleva al máximo estrés de las situaciones incómodas. La historia avanza y nada mejora. La perra se transforma en una carga.

Crecer en medio del desierto nos hace tener la ilusión de que el mar es el destino paradisiaco por excelencia. Encontrar la playa, ver las olas, disfrutar el paisaje. Vaya error creer que la felicidad es un lugar, cuando en realidad cada sitio contiene su propio infierno. El mar es, también, un titán que come niños, que llena todo de salitre y bochorno, que enmohece lo que toca. Es un ser que ruge con fuerza. Una pesadilla constante.

Pilar Quintana. Foto © Radionica.rocks

Pilar Quintana le da vuelta al atractivo turístico del Pacífico, para enfocar en su novela La perra (Random House, 2017) las tragedias constantes en la vida de Damaris: una mujer estéril, de bajos recursos, que vive en una pequeña población colombiana y que está casada con un pescador; ella adopta una cachorrita para satisfacer sus anhelos maternales y sobre ese argumento gira la historia.

La pobre mujer sufre hasta el máximo, desde su infancia hasta el final de la novela. Se ve rodeada de la precariedad económica sacando fiado en la tiendita la comida del día, de la orfandad, de la muerte de su primo pequeño al que se lo llevó una ola y por quien tuvo que recibir, de forma abnegada, azotes durante treinta y tres días como castigo.

La vida de Damaris es una serie consecutiva de malos ratos. Su matrimonio está fracturado por la imposibilidad de tener hijos. A pesar de que Rogelio —su esposo— demuestra un amor incondicional, sobreponiendo las preocupaciones de la mujer a su cansancio, no llegan a construir una relación sana del todo. Duermen en habitaciones separadas y se hablan poco.

Entonces la perra llega como el estandarte que rescatará a Damaris de su soledad. Ella la cría como a la hija que siempre deseó, la lleva dentro de su brasier mientras es cachorrita y, cuando crece, le separa comida de su propio plato a pesar de no tener alimentos suficientes. La bautiza como “Chirli”, el nombre de una Miss Universo con el que había soñado desde la infancia para usarlo en el bautizo de su primogénita. La llama así y luego se avergüenza de haberlo hecho.

¿Deberíamos apenarnos por realizar un sueño que no daña a nadie?

La idea de un “perrijo” está viralmente relacionada con la idea de señoritas fresas que visten a sus pomerianos con ropa llamativa y los llevan del paseo a un centro comercial o a restaurantes pet–friendly. Parece algo sensato mientras las dueñas tengan con qué pagar. Pero si somos pobres, la idea se vuelve embarazosa y preferiríamos no mirar hacia ella.

Pilar Quintana no se conforma con esbozar un mal rato, ella nos lleva al máximo estrés de las situaciones incómodas. La historia avanza y nada mejora. La perra se transforma en una carga. Un agravio. Damaris no consigue prosperar en nada. Sólo va arruinándose más. La soledad en la que vive es asfixiante. Sin hijas, sin compañero, sin amigas. No tiene con quien conversar ni manera de arreglar sus problemas.

Pero a veces la vida no es más que eso: una incomodidad eterna. El querer huir y no poder. El estar atrapada sin estarlo. El no encontrar la forma —o la valentía— para emprender otro camino. No hay puerta de escape. No hay plan alternativo. Sólo queda continuar y esperar que un día se acabe. A veces también necesitamos recordarlo. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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