La sociedad y la política

Historia de un divorcio

En países como México existe una exigua cultura política, lo cual obliga a que cuando se habla de sociedad civil se considere que nos estamos refiriendo a un número de población muy acotado, lo cual se traduce en un problema no menos grave, ya que algunas minorías podrían terminar padeciendo las decisiones, muchas veces aciagas, de unas mayorías abúlicas.

El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.
—Ambrose Bierce

La era de Pericles © Philipp von Foltz

En un fanzín del famoso movimiento Tepito Arte Acá1 se publicó hace tiempo un singular y jocoso concepto sobre política: “Es el arte de comer mierda sin hacer gestos”. Por su parte, cuando se le preguntó al boxeador mexicano Efrén “Alacrán” Torres qué opinaba sobre política, sin titubear y de forma ingeniosamente socarrona respondió: “La mejor izquierda es un gancho al hígado”. Sabiduría popular que, sin tanto rodeo ni rebuscamiento, describe a la perfección lo que para mucha gente representa la política. Por otro lado, encontramos toda una serie de concepciones que sobre ésta se han hecho, desde Platón y Aristóteles hasta Bobbio, pasando por Maquiavelo, Proudhon y Kropotkin, sólo por mencionar algunos; evidentemente, desde un análisis más complejo y estructurado, y a veces también hasta innecesariamente solemne.

La polis griega, específicamente en Atenas, fue concebida como un sitio donde lo social encontraba un espacio específico de expresión, de diálogo, de discusión de la política: un espacio público y común. Comprensiblemente en la actualidad no tendría por qué ser de la misma manera, ya que las condiciones —culturales, económicas, etc.— son muy distintas en las sociedades contemporáneas occidentales, mas este cambio exige una transformación evolutiva, revolucionaria, en donde la sociedad pueda hallar resueltas de manera más plena sus demandas. Sin embargo, las actuales instituciones políticas, paridas de una “prometedora” modernidad, sólo se han interesado en propiciar y mantener una escisión de la dualidad políticosocial.

De hecho, “el discurso habitual se refiere a lo social y a lo político como si se tratara de esferas o campos distintos y separables. Al mismo tiempo, tal discurso no quiere prestar atención al hecho, evidente, de que esa distinción es el producto de un particular proceso histórico de representación de lo social inherente a su institucionalización. Dicho de otra manera, la separación entre lo social y lo político es parte de una estrategia política, de una estrategia de las clases dominantes”.2 Empero, estas instituciones —como los ya muy desdibujados partidos políticos— son, paradójicamente, las mismas que buscan afanosamente un respaldo de la sociedad; fundamentalmente a través del escrutinio, el cual de manera palmaria ha sido el más socorrido y trepidante mecanismo para legitimar a las “democracias” modernas.

Sin embargo, en este proceso de deconstrucción de la política

las selecciones individuales se encuentran restringidas en todas las circunstancias por dos conjuntos de limitaciones. Un conjunto está determinado por la agenda de opciones: el espectro de alternativas que se nos ofrecen. Toda elección implica “elegir entre”, y rara vez quien elige puede decidir el conjunto de opciones disponibles. El otro conjunto de limitaciones está determinado por el código de elección: las reglas que le indican al individuo por qué debe preferir una opción por encima de otras, y cuando su elección ha sido acertada o desacertada. Ambos conjuntos de limitaciones se combinan para establecer el marco dentro del cual opera la libertad de elección individual.

Durante la fase clásica de la modernidad, el principal instrumento para establecer la agenda de elección fue la legislación. Desde el punto de vista del individuo como elector, la legislación es primordialmente un poder de preselección. Los legisladores eligen ante de que les llegue el turno de hacerlo a los individuos. Los legisladores reducen el espectro de opciones disponibles para los individuos: algunas opciones, posibles in abstracto, están excluidas del espectro de las posibilidades prácticas o están asociadas con sanciones punitivas suficientemente severas como para tornarlas demasiado costosas y, por lo tanto, impracticables y nada atractivas para un elector común. La legislación, en otras palabras, divide el campo de disponibilidad práctica del terreno de las posibilidades abstractas; el primero cobra una forma diferente (sobre todo, menos amplia) que el segundo.3

De tal suerte que —y a pesar de que los regímenes reformistas o progresistas suelen afirmar que se ha conseguido alcanzar un grado de transformación evolutiva en la política y, por ende, una depuración de las democracias— las elecciones sólo han logrado poner en evidencia las contradicciones que representa la democracia representativa.

Empero, estas instituciones —como los ya muy desdibujados partidos políticos— son, paradójicamente, las mismas que buscan afanosamente un respaldo de la sociedad; fundamentalmente a través del escrutinio, el cual de manera palmaria ha sido el más socorrido y trepidante mecanismo para legitimar a las “democracias” modernas.

Así, ¿puede la democracia directa o participativa hacer más efectiva y fehaciente la relación entre la política y lo social? En principio aseguraría de manera más efectiva la relación entre el sujeto y el objeto del poder; sin embargo, si observamos los modos en que típicamente se expresa esta democracia —como lo son la asamblea abierta, el referéndum, la iniciativa, el veto, el plebiscito y la revocación— resulta difícil responder de manera asertiva. En países como México existe una exigua cultura política, lo cual obliga a que cuando se habla de sociedad civil se considere que nos estamos refiriendo a un número de población muy acotado, lo cual se traduce en un problema no menos grave, ya que algunas minorías podrían terminar padeciendo las decisiones, muchas veces aciagas, de unas mayorías abúlicas.

Sin duda, “existen muchas definiciones de la política. Para su término medio es el ‘arte de lo posible’. De hacer posible, desde un extremo realista, lo que meramente hay; o de hacer posible, desde el idealista, lo imposible mismo. Pero si atendemos al término medio de las experiencias vividas, no de la teoría, la política parece más bien el arte de ‘hacer imposible lo posible’”.4 ®

Notas
1 Movimiento cultural popular, “emergente y contestatario”, surgido a principios de los años setenta en el barrio de Tepito de la Ciudad de México.

2 Eduardo Colombo, “De la polis y del espacio social plebeyo”, en La sociedad contra la política, Montevideo: Nordan Comunidad, 1993, p. 25.

3 Zygmunt Bauman, En busca de la política, Buenos Aires: FCE, 2001, p. 81.

4 Norbert Bilbeny, Política sin Estado, Barcelona: Ariel, 1998, p. 33.

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Publicado en: Mayo 2012, Política y sociedad

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