La tribu inadecuada

Casas vacías, de Brenda Navarro

Casas vacías nos convierte en testigos de una doble pérdida. Difícil no sentir empatía por las dos madres que protagonizan esta historia, no cuestionarnos sobre los lazos que creamos para sentir que formamos parte de algo.

Brenda Navarro. Foto tomada de El Cultural.

“Nunca quise ser madre, ser madre es el peor capricho que una mujer puede tener”, afirma con violencia, y una buena dosis de dolor, la protagonista de Casas vacías (Sexto piso, 2019), la primera novela de Brenda Navarro.

Cuando comencé a leer esta novela, que originalmente publicó Kaja Negra en 2018, no pude soltarla. La leí de un tirón en una tarde de domingo. Por supuesto que influyó la historia, que de inmediato te envuelve en la vida de dos mujeres que tienen una visión distinta y extrema sobre ser madre. Como lector quieres saber qué pasará con las protagonistas, cómo enfrentarán la pérdida y el dolor, te preguntas si lograrán recuperar la vida que soñaron.

Hay una tensión narrativa que va soltando sus hilos a lo largo de las páginas, para unir cada hebra al final en un entramado perfecto. Por otro lado, la prosa de la autora es ágil y directa: oraciones cortas, diálogos concisos, frases contundentes que marcas con tinta para volver a ellas (“pero el amor no se esfuma, el desamor no se elige”; “a veces la verdad se te queda incrustada nomás, y ahí la tienes, aunque no sirva para nada”; “¿qué tirada de dados les ha tocado para tener una vida normal?”).

Desde el comienzo sabemos que estamos frente a la historia de una mujer cuya vida está rota irremediablemente: su hijo Daniel, de tres años y con autismo, desapareció durante un paseo en el parque. Y en México, como sabemos, cuando la gente se esfuma no reaparece.

En medio de la cuarentena, haciendo home office y con los hijos confinados en casa desde hace meses, la reflexión sobre la maternidad que plantea la autora se vuelve más punzante. También hay una sacudida a nuestras ideas sobre la privacidad, la intimidad, el cuerpo, el lenguaje, la incapacidad de conectar con el otro.

Desde el comienzo sabemos que estamos frente a la historia de una mujer cuya vida está rota irremediablemente: su hijo Daniel, de tres años y con autismo, desapareció durante un paseo en el parque. Y en México, como sabemos, cuando la gente se esfuma no reaparece. A la tragedia de la pérdida se suma la culpa, porque la madre no vio a dónde se fue su pequeño por estar al pendiente de su celular, de los mensajes del amante que ponía fin a la relación.

¿Dónde está Daniel?, se pregunta su madre, hecha un ovillo de lágrimas y rencores, ajena a su esposo y a su hija adoptiva. Los lectores sabemos la respuesta: se ha convertido en Leonel, el hijo más hermoso de una mujer que siempre ha soñado con ser madre en medio de las carencias y el desamor.

Casas vacías nos convierte en testigos de una doble pérdida. Difícil no sentir empatía por las dos madres que protagonizan esta historia, no cuestionarnos sobre los lazos que creamos para sentir que formamos parte de algo y que nuestra vida tiene un propósito en el mundo. A propósito de ello, aparecen en el libro estos versos de Wislawa Szymborska: “¿Y si hubiera nacido / no en la tribu debida / y se cerraran ante mí los caminos?” De hecho, los poemas de la escritora polaca son una constante de la novela, pues preceden cada capítulo.

¿Cuál es la definición de “desaparecidos”? A lo largo de la novela encontramos las sutilezas, y las historias, que hay atrás de cada sinónimo que ofrece la autora: “ocultos, marchados, escondidos, desvanecidos, evaporados, faltos, deshechos, desintegrados, ausentes, disipados, eclipsados, evadidos…”. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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