Lecciones de estilo

Esbirros, de Antonio Ortuño

Esbirros, de Antonio Ortuño, es un libro de cuentos emocionantes y técnicamente fascinantes, de tal manera que, así como es entretenido leerlos dejándose llevar por la fuerza de la trama y el estilo, también lo es analizarlos y diseccionar sus mecanismos.

El último libro de Antonio Ortuño (Zapopan, 1976) se llama Esbirros y se publicó en este año de nuestro señor 2021. Consta de una nota liminar y once cuentos. Los lectores asiduos de Ortuño reconocerán por lo menos cuatro de ellos, que ya habían aparecido en publicaciones anteriores. Reconocerán también sus personajes recurrentes: burócratas pusilánimes, serviles y medio borrachos, sin otra pretensión que una mirada esclarecida, desengañada y honesta. Personajes desafectados, cínicos, completamente desprovistos de ideales y, por lo tanto, a veces, hasta tiernos.

Esbirros (Páginas de Espuma, 2021) es muy distinto al volumen de cuentos que publicó Ortuño en 2017, La vaga ambición, por el cual recibió el V Premio Ribera del Duero. Varios críticos —e incluso el autor— han recalcado la amoralidad y la abyección de Esbirros como la principal diferencia entre ambos. Parece que la intención es presentar este libro como un ejercicio de transgresión y libertad artística ante un entorno aburguesado de corrección política. Tal vez lo sea. Para mí eso no es lo que hace este libro interesante y valioso.

Los cuentos de Esbirros comparten con La vaga ambición una reflexión profunda sobre la escritura y los recursos del cuento. Si son diferentes es porque en el nuevo libro Ortuño teoriza y reflexiona sobre el cuento sobre la marcha, en el juego de la trama, la voz y el punto de vista, en vez de recurrir al tono libresco y metaliterario de La vaga ambición.

“Escriba”, por ejemplo, es un cuento–palimpsesto en el cual un copista intenta escribir la crónica de un día en la casa de un señor y sus hijos mientras ellos intentan hacer que él consigne la versión que más conviene a cada uno. Es una lucha extraña por el control de la historia, de la Historia. A la vez, es un ejercicio en el que se ponen en juego aspectos técnicos como la verosimilitud, los tiempos de la narración y el valor lingüístico de la deixis.

Lo que une las tres series de fragmentos es la polisemia del verbo levantar, cómo en México se levantan por igual denuncias, piedras y personas sin que nada cambie, sin que haya el menor asomo de justicia.

Ortuño lleva este mismo trabajo retórico a los cuentos que dedica a la sempiterna crisis de violencia que se vive en México y, específicamente, en Guadalajara. En “Tiburón” se intercalan la historia de un forense dedicado a destapar fosas clandestinas, la de un tipo que no puede dormir por la ruidera de sus vecinos y decide pedirle ayuda a un oscuro amigo apodado “Tiburón”, y escuetos reportes de personas desaparecidas, de esos que hemos leído unas 80 mil veces en los últimos quince años. Lo que une las tres series de fragmentos es la polisemia del verbo levantar, cómo en México se levantan por igual denuncias, piedras y personas sin que nada cambie, sin que haya el menor asomo de justicia.

“El horóscopo dice…” es un cuento notable porque conlleva una crítica al sentido común que justifica los discursos y estrategias de seguridad de los últimos tres gobiernos. Según ese sentido común, primero aumenta el crimen, luego, en consecuencia, aumenta la presencia policiaca y militar en una zona; si vuelve a aumentar lo primero, es lógico y necesario que aumente la segunda. Varias instituciones académicas y organizaciones civiles han argumentado que en realidad la situación ha funcionado a la inversa, y que ha sido la militarización de la seguridad pública la que ha llevado al aumento de la violencia. El cuento de Ortuño no tiene argumentos, referencias ni apelaciones morales o políticas, sólo dramatiza esa inversión lógica en la estructura narrativa del relato.

George Saunders escribió que el género al que más se parece el cuento es el chiste. Un chiste vive o muere según la efectividad de su última línea, a diferencia de la novela o el poema, que pueden redimirse por lo que pasa a la mitad. O sea: el chiste tiene la obligación de hacer reír en el punchline, de lo contrario es un mal chiste y quien lo contó es un imbécil. De la misma manera, el cuento también depende de ese instante de reconocimiento en que el sentido del cuento se deja sentir de golpe, el famoso knock–out de Cortázar.

Mis cuentos favoritos de Esbirros son los que funcionan sobre todo como variaciones sobre esa estructura clásica que confía en el final para lograr la efectividad del relato. A primera vista, parece que “El rastro de la nieve en tu sangre” sólo retoma el título del cuento clásico de Gabriel García Márquez; hacia el final, queda claro que la parodia es más extensa, que ambos son dramas médicos sobre gente que llega tarde. Al inicio de “Gusano” se traspone una escena de Arthur Conan Doyle a un hotel de Oaxaca; después de una borrachera entre diplomáticos y una serie de evocaciones infernales el cuento se convierte, para mí, en una especie de adivinanza paródica (verbigracia: un chiste) cuya respuesta es Malcolm Lowry. “Carajo, dijo el cónsul. Tápese, ingeniero. Tápese, por favor.”

Esbirros es sobre todo un libro divertido. Un libro de cuentos emocionantes, legibles y técnicamente fascinantes, de tal manera que, así como es entretenido leerlos dejándose llevar por la fuerza de la trama y el estilo, también lo es analizarlos y diseccionar sus mecanismos, como si fueran —porque lo son— piezas magistrales de relojería. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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