¿Liberales contra conservadores?

AMLO entre el presente y el pasado

No estamos viviendo un conflicto político y social entre un bloque liberal y un bloque conservador. El obradorismo no es la actualización del “bloque” liberal y los críticos y opositores al obradorismo no forman un bloque conservador.

I

Empezando por el mismo López Obrador, muchos obradoristas quieren leer el presente de México en los años 1854–1867 (revolución de Ayutla–Reforma–República restaurada) y aun al revés. Pero es un sueño. Un sueño comprado por la obediencia al jefe. Y lo de AMLO, en relación con el siglo XIX mexicano, es teatro.

Por ignorancia o no, pero teatro. No estamos viviendo un conflicto político y social entre un bloque liberal y un bloque conservador. El obradorismo no es la actualización del “bloque” liberal y los críticos y opositores al obradorismo no forman un bloque conservador: ni es un bloque —como no lo eran antes los liberales— ni todos son conservadores. De hecho, el obradorismo no es un liberalismo y existen cinco similitudes o coincidencias entre aquel partido–movimiento y el conservadurismo decimonónico. Por extensión, el mero hecho de no aplaudir por todo a López Obrador no convierte a nadie en conservador.

II

En uno de los episodios de “La Hora de Opinar” del pasado agosto el escudero obradorista Gibrán Ramírez afirmó que el obradorismo es posneoliberal, capitalista, igualitario, democrático y, como desembocadura, liberal “social”. La pintura es mejor que otras que ha pintado anteriormente, pero es falsa: el obradorismo incluye elementos populistas (más allá de lo igualitario), autoritarios (más allá del populismo) y nacionalistas (dentro de la cultura “histórica” del priismo revolucio–rancio).

Juárez, de la “segunda” a la “cuarta” transformación…

Tiene algo de posneoliberal, pero no tanto como en la leyenda; efectivamente es capitalista, en primer lugar porque no es un anticapitalismo; tiene algo de igualitario, dadas algunas intenciones redistributivas, las cuales aplaudo pero sobre las que no hay que adelantar conclusiones; tiene algo de democrático, pues no ha prescindido de las elecciones democráticas y contiene posibilidades o espacios para la participación. Pero también, como ya señalé, revuelve componentes antirrepresentación y propresidencialismo personalizado, una idea de guiñol político sobre el pasado nacional, retórica desproporcionada y costosa contra las autoridades electorales, y consultas populares que en cierto sentido no lo son.

El obradorismo no es liberal. No puede serlo. No para ayer y no para este momento. Cuatro razones:

1) Conserva o ajusta elementos neoliberales. Según el anfitrión de “Gibrán” en Televisa, Leo Zuckerman, el neoliberalismo “viene del liberalismo”. Pero ¿qué significa exactamente “viene”? Algo puede venir de algo más y alejarse, o venir de eso y continuarlo, o terminar por negarlo, incluso degenerar o corromperlo. El neoliberalismo no es el liberalismo, y viceversa.

2) El obradorismo es, muy evidentemente, opuesto a la división de poderes. Se supone que no es opuesto a la división del poder económico y a la separación entre poder político y económico; sí se opone a la división de poderes políticos del liberalismo, a la que éste por cierto no se reduce: no hay ninguna razón para que el liberalismo sea división–separación del poder político pero no del poder económico. Desde mi perspectiva analítica (primero) y liberal (después), el liberalismo es y tiene que ser una cadena procesal: división política del poder político – división/separación institucional de poderes – división estatal del poder económico – separación entre poder político y poder económico.

3) Tanto el discurso como la acción obradoristas son antisociedad civil. Lo están siendo. No críticos de la sociedad civil, como yo lo he sido de algunas de sus partes, sino enemigos de la sociedad civil en general. En esa sociedad el obradorismo ve a varias de sus “némesis”.

López Obrador, a su modo, sigue rechazando la legalización del aborto, del matrimonio civil igualitario y de las drogas estúpidamente prohibidas.

4) La finalidad del obradorismo no es la libertad de los individuos como individuos, sea por mejora o maximización, lo que es la finalidad del liberalismo. Tengo que insistir: ya que sin ser antisocial tiene como valor intrínseco a la libertad individual, la finalidad del liberalismo es la libertad del individuo como tal. No sólo de los individuos empresarios ni de los individuos ricos, ni principalmente de ellos, tampoco sólo de los individuos pobres, y menos sólo de “los buenos X” o “el pueblo” indefinido. El obradorismo se concentra en los obradoristas, en el pueblo que no define y le gusta implicar la terrible noción de “los buenos mexicanos”.

Un además relacionado: López Obrador, a su modo, sigue rechazando la legalización del aborto, del matrimonio civil igualitario y de las drogas estúpidamente prohibidas.1

Así: el obradorismo no es un liberalismo.

III

El presidente López Obrador cree que está (re)viviendo el famoso megaconflicto sociopolítico entre liberales y conservadores. Aunque eso no es cierto, sí lo es que hay cinco similitudes, o parecidos, entre AMLO y esos conservadores:

1) Defender y reivindicar al ejército previamente existente. Dos eran las columnas de los conservadores del XIX, la Iglesia y el ejército. Este ejército era, en 1854, caudillista–santanista; por eso Juárez y Melchor Ocampo incluso desearon que el ejército desapareciera. El actual no es caudillista. (¿Se le quiere volver obradorista? Quizá, pero cabe confiar en que, así como no resolverá nada sobre narco y violencia narca, no tirará por la borda su llamada “lealtad a las instituciones”). Mi punto es que ambos no sólo son ejércitos sino ejércitos del antiguo régimen, real o supuesto. Aunque no les guste a los obradoristas cómo suena, su jefe reivindica y defiende un cuerpo militar correctamente leal a lo que en su incorrecta imaginación partidista es el “antiguo régimen” de la “no transición”.2

2) No ser laicistas. El conservadurismo decimonónico tenía una oposición absoluta al Estado laico y al laicismo, López Obrador no. Pero este presidente tampoco los defiende, protege ni fortalece. Desde luego no los ha honrado. Ver en AMLO al nuevo Juárez no es ver. Es ridícula ceguera. Basta recordar los todavía recientes desfiguros en torno a un tal Hermano Naasón, así como las inconsistencias y riesgos de la colaboración presidencial con la organización religiosa Confraternice. ¿No existe la intención y propuesta de darles concesiones públicas/estatales de radio y televisión a grupos evangélicos? Etcétera de pejeconservadurismo… En marcado contraste, los liberales que AMLO dice admirar en su momento legislaron contra el poder “temporal” clerical, creando desde una Ley Orgánica del Registro Civil hasta otras muy conocidas leyes de reformismo laicista, pasando por una prohibición a los funcionarios de asistir con ese papel a eventos religiosos.

Basta recordar los todavía recientes desfiguros en torno a un tal Hermano Naasón, así como las inconsistencias y riesgos de la colaboración presidencial con la organización religiosa Confraternice. ¿No existe la intención y propuesta de darles concesiones públicas/estatales de radio y televisión a grupos evangélicos?

3) Rechazar y atacar al federalismo. Antes y ahora el federalismo ha sido más o menos disfuncional. Ni el de ahora ni el de antes puede ser objetivamente calificado como fracaso total. No ha sido un fracaso absoluto. Y hoy no es irreformable ni insalvable. Obviamente, mejorarlo no es intentar concentrar poder en la presidencia… Viajemos en la prensa hasta pertinentes citas de un periódico liberal y uno conservador sobre el federalismo en los 1850: El Siglo Diez y Nueve, con la pluma de Francisco Zarco: “Si fiado en pérfidos consejeros decretáis la ruina del sistema representativo y las libertades locales, decretaréis vuestra propia ruina y la de la patria”; El Universal, por el otro lado: “Póngase una administración a la ridícula farsa de la federación y esa anarquía nos traga sin remedio”. Y no olvidemos lo que Lucas Alamán, el máximo ideólogo del conservadurismo de la época, dejó escrito en una (historiográficamente) célebre carta de 1853 a López de Santa Anna:

Estamos decididos contra la federación: contra el sistema representativo por el orden de elecciones que se ha seguido hasta ahora; contra los ayuntamientos electivos […]. Creemos necesaria una nueva división territorial, que confunda enteramente y haga olvidar la actual forma del Estado y facilite la buena administración, siendo éste el medio eficaz para que la federación no retoñe.

¿Alguien pensó en ciertos “superdelegados” como semilla o riesgo?

4) Ser mayoritaristas. El mayoritarismo no necesariamente es (pro)democrático. En el obradorismo creen que ser mayoría les da autorización para hacer lo que sea, donde sea y como sea, y que toda decisión de AMLO es necesariamente democrática por el origen electoral democrático del presidente (logrado bajo el mismo sistema electoral del supuesto “antiguo régimen”). Les falta razón. También les faltaba a los conservadores de antaño: creían que su tipo de mayoría social —la católica, militante o reactiva— significaba más de lo que significaba en realidad, esto es, democracia parcial a modo. El citado Alamán no era demócrata pero sí católicamente mayoritarista, por lo que llegó a pensar en el partido conservador como “el partido nacional”. Como la mayoría de los mexicanos eran redonda y cuadradamente católicos, Alamán creía que las ideas de los conservadores–religiosos–clericales eran las correctas y las que debían gobernar México: ellos eran la mayoría social profunda. Esta línea de pensamiento alcanzó extremos hasta “unanimistas” durante las discusiones sobre el proyecto de artículo 15, sobre libertad de conciencia y cultos, del Congreso Constituyente de 1856–1857. En resumidas cuentas, los conservadores se oponían diciendo que era debida la obediencia al pueblo y que el pueblo mexicano era católico. Para ellos, permitir la práctica legal de otras religiones, o no prohibir la intolerancia religiosa, era ignorar y golpear al pueblo. Pueblo al que ignoraban y golpeaban en otros aspectos de la vida. Hipocresía, sí, pero no sólo: hipocresía mayoritarista, populista, con base en unos cuantos hechos populares —los conservadores no buscaban beneficiar directamente a “el pueblo” pero sí tenían conexiones populares, las de la religión.

5) Descalificar como estrategia. Los liberales, como conjunto, no intentaron prohibir la religión católica ni desaparecerla. Prohibirla como religión y prohibirla como religión de Estado no son la misma cosa, y desaparecer con la ley la pareja religión oficial–Estado religioso no es desaparecer en la sociedad la religión católica. Lo que esos liberales atacaron, con toda razón y justicia, fue el poder “temporal” de la Iglesia, del clero católico, por excesivo, irracionalista e ilegítimo. Buscaban favorecer la libertad pública y privada. No obstante, en el discurso conservador aparecieron siempre como ingenieros del exterminio total de “la religión verdadera”. El periódico La Verdad los llamó en 1855 “obreros de los infiernos”. Cuando convino, presentaron el contraataque liberal como cosa antipopular. Sin embargo, las cosas ciertas son dos: a) que la intolerancia religiosa de los conservadores era, como dijo el gran Ignacio Ramírez, uno de los tizones mal apagados de la Inquisición, y b) que la estrategia conservadora era, dado todo lo anterior —punto 4 y lo caminado del 5—, descalificar, polarizar políticamente, exagerar, simplificar, estigmatizar y autovictimizarse. Todo lo que hace López Obrador. Eso es lo único en que no tengo duda de que el presidente del 2019 aprendió del siglo XIX.

Hemos visto cinco similitudes fácticas entre López Obrador y los conservadores decimonónicos. No son indistinguibles, no están en una misma y única bolsa, pero ni son absolutamente diferentes ni lejanos en algunos temas. En varios temas se parecen. López Obrador no sólo no es liberal sino que tiene mucho de conservador.

IV

Para rebatir la existencia de esos cinco elementos los obradoristas tendrían que convocar eso que su jefe ignora para “revivir” la lucha “liberales contra conservadores”: el contexto. Tendrían que decir “el contexto es diferente”. Pues sí, exactamente: el contexto es diferente. Y por eso no existe hoy el mismo conflicto que existió ayer. No existe salvo en la retórica obradorista, en la mente de AMLO. Como el contexto y los actores son distintos, el significado de esas coincidencias o similitudes es distinto. El significado específico y agregado. Eso es lo que yo señalo, no lo que señalan el presidente y el obradorismo. Simultáneamente, no ignoro los parecidos, que existen, y que ignoran AMLO y sus repetidores. Ellos se contradicen.

Así como no se trata de identidades —igualdad total entre una y “otra” cosa—, que no signifiquen exactamente lo mismo no significa a su vez que no sean similitudes o una especie de coincidencias. Lo que no existe, en la realidad social presente, es la mera repetición o reedición del conflicto decimonónico. Por los contextos históricos y porque AMLO es un falso liberal. Es decir, otra vez, hay algunos parecidos entre el López Obrador actual y los conservadores pasados. Esos parecidos, por ser eso, no significan ni liberalismo ni una equivalencia general más allá del liberalismo. Los parecidos entre tales actores (AMLO y conservadores del XIX) significan… algo parecido: unos y otros, en sus respectivos contextos con sus respectivas características individuales, por conveniencia personal y grupal van contra la realización público–social del liberalismo verdadero. Son parecidos pero diferentes, distinguibles pero parecidos.

V

Afortunadamente, en el periodo 1854–1867 ganaron los liberales. Derrocaron al dictador Santa Anna, crearon una república, hicieron en distintos momentos leyes que en efecto reformaron la historia del Estado, intentaron una Constitución de vanguardia, vencieron militarmente tanto a los conservadores como a los ilegítimos invasores franceses, y restauraron la república perdida por unos años. No fueron perfectos ni quedaron invictos, pero ganaron. Ganaron el argumento general y el poder por más tiempo que los conservadores. Pero no por siempre. Desafortunadamente, la derrota político–cultural de los conservadores nunca fue perfecta, completa ni definitiva; también desafortunadamente, hoy en otros conflictos y batallas tampoco están ganando los liberales: en Morena no está el liberalismo y tampoco en todos sus opositores. ®

Notas

1 Véase más aquí.

2 Algo más aquí.

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Publicado en: Política y sociedad

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