López Obrador y el PRI

¿Qué tan diferentes son?

El presidente Andrés Manuel López Obrador publicó el 11 de octubre de 2020 en sus redes sociales esta foto tomada en 1979, a bordo de una lancha sobre el río Usumacinta. Entonces era director del Instituto Nacional Indigenista de Tabasco.

AMLO es priista. Es un tipo de priista: el priista populista y “mocho”. Un neo–neopriismo. Más nuevo pero más viejo… El PRI es el tronco, AMLO es una rama —una muy retorcida.

La centralización, tarde o temprano lleva al conservadurismo.
—Jesús Reyes Heroles

Hay comentaristas a quienes les molesta mucho que se diga que AMLO es priista. Como algunos confiesan, al declarar que se les “retuercen las vísceras”, su posición y reacción son viscerales. También priistas, de algún modo y en alguna medida. Son refutables.

En primer lugar: nunca he dicho que el PRI sea equivalente a un 100% de mal histórico. Si alguien me dice que el priato fue un mal absoluto me opongo. Lo he hecho. Diría y digo rápidamente que no. Llama la atención que algunas vísceras comentaristas no se atreven a hacer lo mismo sobre López Obrador aunque es cierto que tampoco es un mal absoluto, un mal perfecto, sin fisuras, total, lo que no significa que no sea muy negativo y criticable (si es un bien relativo, lo es sólo porque no es cierto que el 100% de sus decisiones ni el 100% de las acciones de su gobierno sean malos; la parte que es un mal relativo es mayor a la que conforma un bien relativo). De ahí sigue que es absolutista la crítica antiAMLO de quienes se quejan de críticas relativas —y empíricas y analíticas— al sistema priista. El problema de uno y otro no es un supuesto carácter absoluto de su maldad o su inconveniencia para México sino la mayoría fáctica de errores grandes y efectos negativos de su producción. La dominación priista no fue ni un bien absoluto ni un bien relativo mayor que el mal relativo como agregado histórico. El priato es muy criticable.

Entre los “argumentos” de aquellos defensores priistas están que “el partido canalizó la lucha por el poder”, tras la violenta y caótica Revolución. ¿El “partido de la Revolución” debió ser aplaudido ayer y debe ser aplaudido hoy porque anteayer fue un canal para la lucha por el poder? Para algunos ése siempre ha sido su justificante. El hecho de referencia es cierto y a un tiempo lo convierten en falacia: haber “cancelado”, es decir, no haber continuado algo propiamente revolucionario como la matazón extrema entre políticos es un logro… coyuntural. Muy importante, pero no justifica lo que sigue a la no–matazón intrafamiliar. No justifica la falta de democracia por décadas, las muchas décadas posteriores, ni las persecuciones, represiones y también matazones de gente fuera de “la familia revolucionaria”, entre muchas otras cosas que no son justificables a lo largo del tiempo.

En los cincuenta el priismo reprime a los trabajadores ferrocarrileros que protestan, encarcela a Demetrio Vallejo y a David Alfaro Siqueiros (a éste sólo por criticar al presidente López Mateos) y asesina a Rubén Jaramillo y su familia; en los sesenta reprime y asesina a estudiantes, también en los setenta.

El “argumento” que se refuta es una interesante pero finalmente errónea especie de telejustificación: un intento de justificar a distancia temporal: decir que el PRI está justificado en los años cincuenta por lo que significó el PNR en 1929, y lo mismo para los sesenta y setenta. El pero es poderosamente histórico e históricamente poderoso: en los cincuenta el priismo reprime a los trabajadores ferrocarrileros que protestan, encarcela a Demetrio Vallejo y a David Alfaro Siqueiros (a éste sólo por criticar al presidente López Mateos) y asesina a Rubén Jaramillo y su familia; en los sesenta reprime y asesina a estudiantes, también en los setenta. No es necesario poner más ejemplos, que los hay, en abundancia. La tele–justificación es astuta, si es intencional, pero falsa. Fracasa.

El complemento reflexivo lo aporta Luis Medina Peña:

el PNR nace como un partido de cuadros que, si bien integra a la creciente clase política civil posrevolucionaria, deja al margen a los movimientos sindical y campesino ya en auge. Pero éste no era su principal defecto. También requería de una personalidad fuerte en su cúspide —de nuevo el caudillo— que garantizara el arbitraje entre los diversos grupos e intereses que en él confluían. De ahí esa peculiar figura, el Maximato, según la cual el árbitro político es el expresidente Calles y el encargado de la administración pública federal el presidente de la República. En otras palabras, un dualismo político que lleva la situación a extremos insostenibles: la renuncia de Pascual Ortiz Rubio, presidente constitucional.1

No se mueren más los políticos en conflictos presidenciales, pero tampoco se mueren los conflictos, y la democracia nunca nace —pasa de no ser posible a ser pospuesta, y pospuesta de nuevo, para nunca darse bajo el PRI predominante.

Para defender al PRI “clásico” separándolo de AMLO recurren a frases como “el PRI era institucional”. Lo mismo que tantas veces dijeron los jerarcas priistas, como Beatriz Paredes, a quien le gusta repetir que “el PRI creó instituciones”. Noticia: prácticamente todos los gobiernos crean algunas instituciones. El presidente López Obrador también. Al aprobar leyes, reformarlas o (re)fundar organismos gubernamentales, se crean instituciones o se modifican. No hay en eso el mérito que dicen los priistas. Defienden sin filo los filopriistas. Lo que más importa es la calidad de lo creado y el cómo de la creación. El obradorismo no sólo destruye y no sólo crea: destruye sin razón pública, intenta destruir más de la misma manera, y crea con mala calidad, sin calidad prodemocrática.

Hay otro problema involucrado: la idea sobre las instituciones. Dichos como el de Paredes y otros implican que las instituciones son las organizaciones estatales de “gran escala” (estatales o nacionales), incluyendo las de “gran éxito” (muy relativo) como el IMSS. En ese sentido, el presidente Vicente Fox, con menos poder y tiempo que el priismo,2 también fue co–creador de “instituciones” como el IFAI, el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública, hoy INAI, odiado antidemocráticamente por AMLO, creador del Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, hijo del SAE o Sistema de Administración y Enajenación de Bienes. El problema es un error de visión y análisis sobre lo institucional. El IMSS y el IFAI son organizaciones, en estos casos público–estatales, y por eso conglomerados institucionales, más que instituciones. Su rendimiento público, así como el hecho de ser muy superiores al INDEP u otra creación obradorista, son un problema distinto. Entonces, ¿qué son las instituciones? No son lo mismo que las grandes organizaciones del Estado; pueden ser estatales o puramente sociales, y políticas, económicas o estrictamente civiles, así como pueden ser exitosas o fracasadas, funcionales o disfuncionales, más o menos eficaces, de incentivos y consecuencias no intencionados o intencionados, duraderas o no. Las instituciones son las reglas formales e informales que se dirigen a normalizar intercambios políticos, económicos o sociales. Por tanto, las instituciones pueden ser leyes, artículos constitucionales, rutinas burocráticas fundamentales, acuerdos elitarios, etc.

Si el “argumento” es —mediando el enojo antiAMLO y proPRI— que López Obrador viola las instituciones vigentes del régimen político mexicano, o que viola la ley y la Constitución, a diferencia de los gobiernos priistas… también es falso. Cierto que AMLO viola la ley, falso que viole todas las leyes y todo el tiempo. Es una tontería decir o implicar tal cosa, y es innecesario decirlo para criticar mucho y bien al actual presidente. Simétricamente: cierto que López Obrador no viola la Constitución al 100%, falso que no la viole, la viole poco o irrelevantemente.3 En cuanto al PRI, la violación a la ley era mucha, como indica la mucha corrupción que lo caracterizaba. E indudablemente violaba el orden constitucional: la Constitución decía democracia, el PRI hacía autoritarismo, la Constitución decía federalismo, el PRI hacía centralismo, la Constitución decía libertad de expresión, el PRI limitaba la libertad de expresión y castigaba la crítica “excesiva”, la Constitución decía división de poderes, el PRI fusionaba y confundía poderes del Estado. La indivisión de poderes, en el sentido de la subordinación al poder Ejecutivo, fue una de las marcas máximas del priato. Puede haber indivisión de poderes sin PRI pero no había PRI sin indivisión de poderes.

López Obrador en la presidencia quiere y busca destruir instituciones democráticas–pluralistas, no para que exista un vacío absoluto de formalidades sino para que existan las formalidades que él guste o que a él convengan.

Así, dicho todo esto de otro modo, que el PRI hegemónico no era “antiinstitucional” es una verdad/mentira a medias: dejó de ser caudillista cuando dejó de ser PNR, pero no dejó de ser relativamente antiinstitucional. Téngase en mente que, por un lado, el caudillo es necesariamente informal como figura pero la acción del caudillo puede no ser absolutamente antiinstitucional formal; puede serlo, pero también es posible que algunas, y sólo algunas, de sus decisiones sean favorables a instituciones formales, a crearlas o seguirlas. Un ejemplo es Plutarco Elías Calles, quien al fundar el PNR parece altamente “institucional” pero de hecho es parcialmente antiinstitucional porque es él quien como “Jefe Máximo de la Revolución” decide en última instancia; no se imponen sobre él la nueva organización partidista y sus reglas formales, ni la presidencia constitucional a cuyos titulares deja (el caudillo) cierto espacio de decisión.4 Por otro lado, el político y la política antiinstitucionales pueden no ser caudillistas pero pueden ser relativamente antiinstitucionales: contrarios a ciertas instituciones formales, no a todas. Este último es el caso priista histórico y el obradorista actual. López Obrador en la presidencia quiere y busca destruir instituciones democráticas–pluralistas, no para que exista un vacío absoluto de formalidades sino para que existan las formalidades que él guste o que a él convengan. Más adelante se volverá al tema del caudillo… Por ahora anotemos que caudillaje y centralización no son sinónimo; la centralización puede ser caudillista o no, relativamente formal o absolutamente formalista o burocrática.

Apareció, más arriba, una constante priista: la centralización política. De antecedente revolucionario y tipo caudillista cuando es PNR, de tipo presidencialista cuando es PRM y PRI. Y como dijo un priista distinguido y distinto, Jesús Reyes Heroles, “la centralización, tarde o temprano lleva al conservadurismo”. No cabe duda de que el PRI fue, a final de cuentas, políticamente conservador. Asimismo, hay datos que vinculan esa centralización política con la centralización económica público–privada y con el fracaso social del PRI, esto es, su instalación de fondo en el conservadurismo: por ejemplo, hacia 1960, más de 50% de la producción agrícola se daba en menos de 15% de la tierra privada, y en 1963 el 10% de los más ricos tenía 50% del ingreso total. Eran los años “dorados” de la economía “milagrosa” —¿para quién?5

¿Y quién puede decir que López Obrador no está metido en una campaña permanente para realizar su proyecto de centralización del poder?

Para terminar el punto, viene bien repetir que la Constitución es contenedor y fuente de instituciones. Por lo que hay que repetir que tanto el PRI como AMLO veían/ven como un estorbo a muchas instituciones, sin violar todas y creando algunas otras.

Lorenzo Meyer miente: AMLO sí lleva a cabo una militarización de varias actividades del Estado, pero mentirían también quienes digan que esa militarización lo convierte o lo convertirá en un caudillo tal cual. No. “Andrés Manuel” no es el líder personal de cada militar, el ejército mexicano no es suyo personalmente. Intenta comprarles un apoyo aumentado, pero las fuerzas armadas nacionales siguen siendo leales al titular de turno del poder Ejecutivo federal como jefe de Estado.

Otra afirmación filopriista–antipejista es que “los presidentes del PRI eran caudillos pero sexenales porque los limitaba el partido”, lo que según los afirmantes no sería el caso de López Obrador. Relacionado con la cuestión institucional, es un “argumento” inconsistente. El presidente de la república priista no era un caudillo propiamente, ni un caudillo sexenal, como no era un “emperador” krauziano ni exactamente un dictador, era un presidente no democrático y demasiado poderoso de una república muy burocrática y no realmente democrática. Así que algunos se contradicen al primero decir que el PRI “era institucional” —con una visión muy atrasada sobre lo que son las instituciones— y luego que el presidente priista era un caudillo. ¿Por qué no lo era? Porque un caudillo es un líder militar absoluto que se vuelve líder político o un líder político absoluto en un momento cuyo liderazgo tiene una base militar más o menos personalizada; en ambos casos, la otra condición definitoria del caudillaje es la informalidad de éste o la existencia del caudillo como tal independientemente de un proceso de institucionalización formal–estatal. Calles, como ya se dijo, fue un caudillo entre 1929 y 1933 porque era el gran líder del PNR y de la clase política sin ser presidente del partido ni presidente de la república. López Obrador es un presidente de origen democrático, proyecto autoritario y desempeño autoritario, no un presidente caudillo.

Lorenzo Meyer miente: AMLO sí lleva a cabo una militarización de varias actividades del Estado, pero mentirían también quienes digan que esa militarización lo convierte o lo convertirá en un caudillo tal cual. No. “Andrés Manuel” no es el líder personal de cada militar, el ejército mexicano no es suyo personalmente. Intenta comprarles un apoyo aumentado, pero las fuerzas armadas nacionales siguen siendo leales al titular de turno del poder Ejecutivo federal como jefe de Estado. El problema de la militarización obradorista es real pero otro y no es motivo de este texto.

Reiteremos: a diferencia del cacique, el caudillo no necesariamente es una figura local y necesariamente tiene relación directa y personal con la fuerza militar (el cacique es necesariamente local y puede o no tener relación con lo militar); la característica compartida por caudillos y caciques no es otra que ejercer un poder que no depende de instituciones públicas formales o no proviene de formalidades del Estado. No fue el caso de los presidentes mexicanos a partir de Lázaro Cárdenas y no es el caso de López Obrador, cuyo poder fuera del obradorismo depende de la presidencia, del hecho de ser el presidente legal de México. Se puede hablar de AMLO como caudillo sólo metafórica o eufemísticamente. Este presidente quiere instituciones estatales que lo favorezcan, a él primero y al obradorismo después. Tal vez desee ser un caudillo pero no lo es, ni me parece que pueda serlo. Lo es metafóricamente en Morena, ya que es su líder absoluto, mas ese liderazgo no tiene dependencia alguna de “la fuerza”.

¿Qué tan diferentes son López Obrador y el PRI? Repitamos parte de lo que hemos desarrollado: el PRI no hizo todo mal pero hizo más mal que bien; lo mismo vale para López Obrador. Respecto a la institucionalidad pública formal, i.e. leyes y Constitución, el PRI fue absolutamente leal en la retórica, relativamente leal en los hechos y, por tanto, relativamente antiinstitucional; López Obrador también.

Nada de lo anterior significa que el PRI haya sido institucional–democrático ni que merezca la defensa que le hacen. Porque la limitación que el partido “imponía” al Ejecutivo no fue exactamente la que dicen: el PRI ponía su hegemonía —conseguida y protegida con el presidencialismo y sus gobiernos— al servicio del presidente, por lo que ambos protagonistas podían (en acuerdo) hacer lo que quisieran con la Constitución; de ahí el hiperpresidencialismo o presidencialismo metaconstitucional. Sí, el presidente no era nada sin el partido, pero el partido representaba el acuerdo de subordinarse al presidente, quien era el jefe máximo y directo del partido, el que tampoco hubiera sido lo que fue sin el presidente, es decir, sin el tipo de presidente que inicia Cárdenas contra el verdadero caudillismo (sin democratizar nada). Más que una acción limitante “consciente” y sistemática, “natural” o frontal e incondicional, era un acuerdo de reciprocidad desde la asimetría autoritaria presidencialista. La única limitación que ocurría exactamente como dicen algunos comentaristas es la que señalé en Replicante sobre el intento reeleccionista de Alemán: si el presidente quería romper los acuerdos priistas presidencialistas —si quería aún más de lo que el PRI le sostenía, o si quería que el PRI lo “limitara” aún menos—, el conjunto de fuerzas presidencialistas frenaban diciendo “no, un presidencialismo aun mayor no”.

Concluyamos. ¿Qué tan diferentes son López Obrador y el PRI? Repitamos parte de lo que hemos desarrollado: el PRI no hizo todo mal pero hizo más mal que bien; lo mismo vale para López Obrador. Respecto a la institucionalidad pública formal, i.e. leyes y Constitución, el PRI fue absolutamente leal en la retórica, relativamente leal en los hechos y, por tanto, relativamente antiinstitucional; López Obrador también. Los presidentes priistas no fueron caudillos sino presidentes muy poco limitados por la ley, el texto constitucional y por su partido; eso es lo que quiere López Obrador, ya que eso es lo que podría. Representa una posible regresión hacia la edad “de oro” del PRI, el autoritarismo presidencialista con partido hegemónico. La indivisión de poderes definía al priato y a nuestro presidente lo que más le duele, estorba y enerva es la división poderes. Son muy poco diferentes. Muy poco. Las diferencias son específicas y pocas. Por ejemplo, el PRI era laico y solía ser laicista, lo que es el énfasis en la defensa del Estado laico. López Obrador no es laicista. Sí es más populista de lo que el PRI fue en el conjunto de su tiempo.

Se sostiene la conclusión global: AMLO es priista. Es un tipo de priista: el priista populista y “mocho”. Un neo–neopriismo. Más nuevo pero más viejo… El PRI es el tronco, AMLO es una rama —una muy retorcida. ®

Notas

1 Medina Peña, Luis, “Visita guiada a las elecciones mexicanas”, Estudios de Política y Sociedad, BUAP, núm. 2, enero–octubre 2005, p. 108.
2 71 años en la presidencia, 1929–2000, 51 como partido hegemónico estricto, 1946-1997.
3 Al respecto, he argumentado aquí que este presidente tiene un pensamiento aconstitucional que se desdobla en anticonstitucional.
4 Regrese a la cita de la nota 1…
5 En 1962 la tasa combinada de subempleo y desempleo era cercana a 40%. Más datos numéricos económicos en esta nota.

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Publicado en: Política y sociedad

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