Los narcos se van a convertir en empresarios

Entrevista a José Reveles, autor de Mirando a los ojos de la muerte

Ahora los grupos criminales siguen siendo grupos criminales y continúan dominando territorios del país en los “vacíos de poder”.

José Reveles.

Uno de los periodistas mexicanos más importantes de las últimas décadas es José Reveles, que ha publicado el libro Mirando a los ojos de la muerte. Lo mejor de Pepe Reveles (México: Fondo de Cultura Económica/Universidad Iberoamericana, 2019) en el que se presentan 29 de sus crónicas publicadas entre 1989 y 2015, en el que se tratan, principal pero no únicamente, los problemas originados por el crimen organizado en el país.

De ese cuarto de siglo de periodismo resumido en el volumen cabe destacar lo que afirma el autor en uno de los textos y que vale como advertencia sobre su trabajo: “Antes de continuar, hay que admitir que ninguna historia —y menos las relacionadas con la peor delincuencia a la que México se ha enfrentado en décadas— es tan lineal como se pinta en la versión oficial ni como la simplifican muchos medios”.

Sobre ese libro charlamos con Reveles (Ciudad de México, 1944), quien estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y ha sido profesor de la Cátedra Miguel Ángel Granados Chapa de la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha trabajado en medios como Excélsior, Proceso, Filo Rojo, El Financiero y Variopinto, entre otros. Autor de una decena de libros, en dos ocasiones ha recibido el Premio Nacional de Periodismo: en 2001 en la categoría de reportaje y en 2018 por su trayectoria.

—¿Por qué publicar un libro como el suyo, una reunión de textos publicados en ocho libros en un cuarto de siglo, desde 1989 hasta 2015?

—Porque hay un interés por parte del Fondo de Cultura Económica de retomar algunas crónicas que a algunos les han gustado porque consideran que son buenas. Yo siempre he estado muy cerca de la Brigada Para Leer en Libertad, y he presentado mis libros allí y se han vendido los que incluso ya no están en las librerías. No es que no se vendan mis libros, sino al contrario; lo que pasa es que compran stocks de editoriales que se van a deshacer de libros, los van a hacer pedacitos porque ya no los pueden tener en circulación. Ya no les conviene a las editoriales porque tienen que pagar almacenamiento por libros que ya no volverán a sacar al mercado.

En mi caso, le dan preferencia al autor para que adquiera ejemplares de esos libros que se harán pedacitos, por lo que los puedes comprar baratos. Descubrí eso con mi libro de Las historias más negras de narco, impunidad y corrupción en México, que salió al público en 149 pesos. Cuando yo le dije a la editorial que necesitaba que me vendiera algunos libros pero más baratos, la encargada me contestó que si le compraba todos me los daría a un precio increíble. Eran 1,100, y me los puso en ganga absoluta: a seis pesos el ejemplar. Los compré todos, y luego los andaba regalándolos o poniéndoles un precio muy bajo, 40 o 50 pesos. En reuniones de un círculo de estudio han sido por cooperación voluntaria.

Agarré esa política con ese libro, y luego con Las manos sucias del PAN, El affaire Cassez, Narcofosas y falsos positivos y, más recientemente, con Échale la culpa a la heroína.

Ésa es una prerrogativa que tenemos como autores, y sirve porque a uno le interesa que lo lean: mientras más nos lean, mejor. Para eso escribes, ¿no? Finalmente, los libros son como los perecederos en el súper: se echan a perder o se considera que ya no deben estar en el aparador y los sacan. Dicen que la librería más grande de este país es una cafetería, y los espacios para los libros los están achicando. Es Sanborns; eran unos estantes muy grandes, pero se van haciendo chiquititos, y sólo queda un pequeño espacio para cobrarlos, mientras estamos invadidos de guayaberas, tequilas, mezcales y, además, compites con libros de superación personal. Te van arrinconando, es una realidad.

Pero, afortunadamente, gracias a las ferias y a las promociones se puede llegar a decir que México no es un país de gente que no lee. Sí hay muchos lectores: si puedes vender 50 mil ejemplares de un libro, es que se lee.

—En general, los textos reunidos en el libro dan su visión de la guerra contra las drogas excepto algunos, como los dedicados a la Quina y al final los de las vacas. En un texto de 2010 decía que parecía delinearse una clara intención de concentrar el poder en un solo grupo hegemónico: el de Sinaloa. ¿Qué ha pasado?

—Cuando escribí eso fue en el sexenio de Felipe Calderón, cuando los datos estadísticos de la autoridad indicaban que, de las listas de los más perseguidos de México, que eran como 140, de los que, decía, ya llevaban detenido al 133. Y luego hacían otra lista. En esas listas y en las capturas estaban primero otros grupos, y aunque Sinaloa era, sin duda, el grupo más poderoso del tráfico de drogas, estaba en el cuarto lugar de aprehensiones. Dije: “Aquí hay gato encerrado”.

Eran tiempos en que la autoridad decía: “el Chapo es muy inteligente y por eso se escapa. Está rodeado de varios círculos de seguridad, y cuando vamos a llegar pues recibe algún aviso de gente que traiciona a la corporación”. Alguien llegó a decir que era como Bin Laden, perdido en un territorio de 100 mil kilómetros cuadrados.

Había muchos pretextos que contribuyeron a hacer el mito del Chapo, más allá de que algunos piensan que ni siquiera era el mero capo sino que era como un gerente administrativo, el que exhibía su nombre mientras otros hacían el negocio, como el Mayo, Nacho Coronel o Juan José Esparragoza. Más allá de si esto es o no cierto, la verdad es que Chapo sí es un tipo inteligente.

El Chapo tenía con él a sus gerentes de rutas, de mercado, de precios, de lavado de dinero. Era un tipo que no terminó la primaria, pero que estaba rodeado de gente que sí sabía. Entonces hizo preguntas a los traficantes falsos, enviados del FBI. Y luego les dijo: “¿Y por dónde quieres que te la mande?, ¿por dónde te conviene que te envíe la cocaína?

Descubrí que unos agentes del FBI se disfrazaron de mafiosos italianos, y en esa caracterización usaron a un primo del Chapo para llegar hasta él, primero con sus testaferros, con su gente en Estados Unidos, en Europa, hasta que un día lograron estar a la mesa con él.

Ellos narran que siguieron fingiendo que eran traficantes y que querían inaugurar una nueva ruta de la cocaína en Europa, por lo que las preguntas eran muy concretas. El Chapo tenía con él a sus gerentes de rutas, de mercado, de precios, de lavado de dinero. Era un tipo que no terminó la primaria, pero que estaba rodeado de gente que sí sabía. Entonces hizo preguntas a los traficantes falsos, enviados del FBI. Y luego les dijo: “¿Y por dónde quieres que te la mande?, ¿por dónde te conviene que te envíe la cocaína? Te la puedo mandar desde Colombia, Panamá, Brasil, Perú, Centroamérica, México. ¿De dónde la quieres?”

Pero luego decidieron que el envío entraría por uno de los puertos del sur de España, casi en el estrecho de Gibraltar, porque por allí entran 9 millones de contenedores al año y es imposible registrarlos todos. Iban a hacer la prueba con una tonelada, pero al final fueron 300 y tantos kilos; pero ya los estaba esperando la Policía y allí capturaron al primo del Chapo y a otros. Así lograron embaucar a Guzmán Loera. Pero aquí lo que importa es describir cómo operaban.

El Chapo sí era un operador y no era un tipo que estuviera fuera del negocio. Lo describen como un tipo con visión hacia el futuro, muy pragmático, con una inteligencia concreta, con una genialidad que no tiene que ver con valores como el bien y el mal, la moral. Así me lo describió la persona que le hizo el examen psicológico, el director de las cárceles federales, quien lo recibió en La Palma después de que lo capturaron en Mazatlán.

Es un tipo que, si ves una de las actas que firmó, tiene una letra vacilante de persona de primero o tercer año; no escribe con fluidez su nombre. Pero es genial: tiene 138 de IQ, con una visión que casi te puede predecir lo que va a ocurrir, como un jugador de ajedrez que programa las próximas jugadas.

Es un personaje de leyenda que hizo el gobierno, y la prensa también, aunque en la realidad sí lo es.

Pero el Cártel de Sinaloa tuvo durante muchos años cuatro capos principales: el Mayo Zambada, Nacho Coronel, Juan José Esparragoza, el Azul, y Joaquín Guzmán Loera. Luego se sumó Dámaso Pérez Núñez, el Licenciado, quien le había ayudado a escapar de Puente Grande y se hizo su compadre porque su ahijado es el Minilic. Eso hizo que entrara en el juego grande de los posibles herederos; quiso pelear el liderazgo y empezó a tomar la plaza de Baja California Sur. Pero se topó con que también quiso entrar el Cártel Jalisco Nueva Generación y se generó la violencia que allí no existía. Así es como se dan los movimientos.

El Cártel de Sinaloa tiene evoluciones e involuciones. Tiene peleas con otros grupos y de repente se reconcilia con ellos; incluso cuando fue asesinado, junto con su esposa, Rodolfo Carrillo Fuentes, se culpó al Chapo de perpetrar esa muerte a plena luz del día en una plaza comercial. Pero con el tiempo se reconcilió con el Cártel de Ciudad Juárez pese a haber pasado por la muerte de un familiar.

Eso antes no ocurría, pero como que el bussines estuvo por encima de todo. Eso le ha dado a Sinaloa una capacidad de expansión, de control de territorios en el país y de conquista de mercados internacionales, con presencia en 55 países, según datos de Edgardo Buscaglia. Además, Roberto Saviano dice que no se puede entender el salvamento de los bancos de Europa y de la crisis económica de Italia sin el dinero del Cártel de Sinaloa. A la mejor exagera, pero sí te da idea de que sí es un grupo globalizado, transnacional, cuyo dinero ni siquiera está en México.

Otros que andaban en Italia, según el libro de una compañera reportera, eran los Zetas, especialmente vinculados con la Ndrangheta, en la zona donde agarraron al exgobernador de Tamaulipas, Tomás Yarrington.

Roberto Saviano dice que no se puede entender el salvamento de los bancos de Europa y de la crisis económica de Italia sin el dinero del Cártel de Sinaloa. A la mejor exagera, pero sí te da idea de que sí es un grupo globalizado, transnacional, cuyo dinero ni siquiera está en México.

Sinaloa es el grupo más sólido en el país, pero siempre amenazado por otros: se han querido meter los Zetas, el Golfo y Ciudad Juárez. Cuando ocurrió el crimen contra los LeBaron, según el Ejército los autores de la masacre fueron de la Línea, que son de Ciudad Juárez; las autoridades de Chihuahua pensaron que eran los Salazar, que son de Sinaloa. Pero no es posible que en un caso tan dramático y tan terrible del asesinato de tres mujeres y de seis niños (otros lograron salvarse), el Ejército lo atribuya a un grupo y el fiscal de Chihuahua al antagónico. Eso te habla de que anda mal la inteligencia.

—Pero ha habido grupos que han intentado diputarle el dominio al Cártel de Sinaloa. ¿Cómo se han desarrollado?

—La delincuencia organizada en México se pudrió muy rápidamente y fue empeorando. El punto de inflexión se dio a partir del surgimiento de los Zetas, militares de élite que traicionaron al Ejército y se fueron con Osiel Cárdenas. Traían las técnicas kaibiles, el entrenamiento para arrasar aldeas, de combate contrainsurgente, las que aplicaron a grupos criminales y por eso crecieron rapidísimamente, tanto que en menos de diez años se independizaron.

Ellos tenían fama desde Calderón, que fue quien nombró a algunos policías del norte del país que les daban cobertura, los Polizetas. Los Zetas eran muy temibles: tomaron todo el Golfo desde la frontera con Estados Unidos y hasta el Caribe, Quintana Roo y Campeche, y se pasaron hasta Centroamérica porque anduvieron por el Petén.

Ese poderío ha aminorado; no es que hayan sido efímeros, pero hubo tantas subdivisiones que ya no son necesariamente los dominantes en esa ruta porque han sido desplazados por el Cártel del Golfo, por ejemplo, y en la parte norte de Veracruz, en Tamaulipas, porque surgió con mucha fuerza el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Cuando la DEA emitió una alerta contra el Cártel Jalisco Nueva Generación ya estaba afianzado en México, y dicen que era el grupo más enriquecido y más activo en México, más que Sinaloa, en cuanto a crecimiento exponencial. Según esta versión de la DEA, que me parece muy lógica, en vez de irse a competir por el mercado de Estados Unidos, ellos prefirieron ir a vender cocaína y metanfetaminas a Europa, África, Asia y hasta a Australia. Así se fortalecieron, porque el precio es casi el doble o triple en algunos lugares de aquellos confines, y por eso ahora pueden disputarle la hegemonía a Sinaloa; no lo han logrado pero pueden hacerlo.

Lo anterior depende de muchas cosas: si Nemesio sigue vivo, si no lo capturan, etcétera. Pero lo importante es que él y los Cuinis, los González, son sus parientes políticos. Se emparentaron los clanes, y al casarse hicieron un grupo muy compacto. Los González son 18 hijos, por eso les dicen los Cuinis: un cuini es un teporingo que se reproduce a lo bestia. Varios de ellos estuvieron en Colombia, donde se entrenaron y vinieron ya bien adiestrados, y por saben tanto del negocio.

—En el libro hay un capítulo titulado “Militares contra militares”, en donde se ve que los Zetas no fueron los únicos del Ejército en incorporarse al narcotráfico. Parece que hasta eso se ha militarizado.

—Claro, pero ellos son los más famosos. A mí me parece que militarizar la lucha antinarco ha sido un error porque es muy fuerte la tentación y se pueden corromper los militares también, pues son seres humanos.

Ha habido varios generales encausados, por lo que no estamos inventando nada. Varios oficiales se hicieron líderes de los Zetas, que sí egresaron del Ejército (la palabra Zeta la utilizaban ellos como soldados y después como desertores). No sólo eso: siendo Zetas seguían convenciendo a soldados y a oficiales de que se les unieran.

Cuando entraron los marinos al quite también se sospechó que le habían entrado al negocio, pero por lo menos fueron muy represores.

Ha habido varios generales encausados, por lo que no estamos inventando nada. Varios oficiales se hicieron líderes de los Zetas, que sí egresaron del Ejército (la palabra Zeta la utilizaban ellos como soldados y después como desertores). No sólo eso: siendo Zetas seguían convenciendo a soldados y a oficiales de que se les unieran, y fueron ampliando el poderío de los Zetas a costa del Ejército.

Pero desde tiempos de Fox se decía que habían desertado 150 mil soldados, una bestialidad. También hay un dato que daba el general Galván: más de 500 mil mexicanos participaron en actividades del narcotráfico (y creo que se quedó corto).

Pero es importante la participación del Ejército para el triunfo de los grupos delincuenciales. Todos contratan kaibiles para que les entrenen a su gente o han ido a Guatemala a prepararse, curiosamente con los manuales que armaron los gringos.

—Usted hace una anotación que dice que distingue a México de Colombia: manda a su gente a prepararse y ellos les pagan, y en México parece que el Ejército los prepara y luego los narcos los contratan.

—Sí, el gobierno los prepara. Eso me lo hizo ver Luis Astorga, que dice que no es que México se esté colombianizando, y una de las diferencias que hacía entre los dos países era quién pagaba el entrenamiento de los sicarios. Él dice que en Colombia lo pagan los cárteles, que contratan a veteranos de guerra y los preparan, mientras que en México los prepara el gobierno y, ya bien preparados, ya nada más los compran los grupos delictivos.

No hay operación del narco sin anuencia, connivencia, complicidad, encubrimiento de la autoridad, y varios expolicías y exmilitares están dentro. Otros estudiosos dicen que también están metidos empresarios, si no ¿quién lava el dinero?

—Usted es muy crítico del papel de las fuerzas de seguridad, de las fuerzas armadas en esta guerra. ¿Ve algún punto positivo a la intervención del Ejército y de la Marina en el combate al narcotráfico?

—Siempre se dice que las fuerzas armadas son la última instancia en la que se puede confiar. Esto de alguna manera es cierto en la medida en que tienen mucha más disciplina que las policías, por ejemplo, pero en el momento en que se desarrollan en esta actividad se vuelven sumamente peligrosas para la población.

Tengo ejemplos: hay campesinos de la sierra de Guerrero, hacia la Costa Grande, que son prisioneros de sus propios poblados porque allí se asentó la delincuencia organizada, y no pueden salir ni a comprar comida ni medicamentos. Cerraron el centro de salud, las escuelas: no hay nada más que delincuencia. Es un vacío de poder.

Los campesinos de allí tienen que esperar a que vayan por ellos la Policía estatal, la Marina o la Guardia Nacional para poder salir del poblado. Van treinta o cuarenta camiones a bajar a la gente; lo curioso es que los devuelven, porque la gente no se va de sus lugares de origen. Entonces están resistiendo, pero están en esa situación.

“Vino el Ejército pero no le hizo nada a los delincuentes. Entró en nuestras casas y se robó lo que pudo: celulares, aparatos electrónicos, animales”, me contaron chavos de Ciudad Juárez, que también decían que en cuanto llegó el Ejército empezaron los cateos indiscriminados, y en medio año iban 4 mil. ¿A qué entraron a las casas? A robar. Botín de guerra.

Cuando llega el Ejército toma los vehículos, los vales de gasolina, los viáticos y la hace de Policía al patrullar la ciudad. Entonces las policías pierden su razón de ser: van y checan tarjeta, pero ¿qué hacen? Pues se dedican a hacer lo que saben: secuestran, extorsionan, cobran piso.

Los soldados llegan a degenerarse de esa manera porque los meten en sustitución de los policías. Un activista de derechos humanos, Gustavo de la Rosa, decía algo que me parecía muy fuerte cuando fui a la caravana de Sicilia a Ciudad Juárez. Comentaba que cuando llega el Ejército toma los vehículos, los vales de gasolina, los viáticos y la hace de Policía al patrullar la ciudad. Entonces las policías pierden su razón de ser: van y checan tarjeta, pero ¿qué hacen? Pues se dedican a hacer lo que saben: secuestran, extorsionan, cobran piso. Al sustituirlos con los soldados se convierte a esos policías en delincuentes. El remedio, peor que la enfermedad.

En otra investigación menciono que desde que llegó el Ejército en 2008 a Ciudad Juárez, de 150 ejecuciones fueron subiendo cada año hasta llegar, en 2011, a más de 3 mil porque estaba allí el Ejército, desgraciadamente.

—¿Cuál fue la responsabilidad de Estados Unidos en esta guerra? Usted dice que ese gobierno se llevó muy bien con la Secretaría de Marina.

—Estados Unidos es el que dicta hasta las formas de cómo hacer las cosas. Siempre ha dictado la política, y decidió que México fuera su Central de Abastos porque la mayor parte de las drogas que consume va de aquí: metanfetaminas, mariguana, heroína y cocaína. Tiene la droga asegurada para sus adictos. Por eso controla lo que México hace.

No importa si son demócratas o republicanos: siempre trabajan para sus intereses y para sus consumidores, y modulan el mercado internacional. Decidieron que iban a consumir heroína mexicana porque les queda muy lejos la del triángulo asiático y les eleva mucho los costos. La de aquí es baratita y buena, y también la blanca ya se produce aquí. De las cinco toneladas de cocaína que llegaron a calcular en la frontera, ahora ya andan en tres dígitos: el cálculo de lo que produce México anda arriba de las cien. La cifra que México manejó siempre, y también las Naciones Unidas, eran 12 mil hectáreas dedicadas a la amapola en el país; pero yo demuestro, con los informes de la Sedena y los presidenciales, que eran más porque no puedes destruir todo lo que no hay, por lo que me atreví a calcular 20 mil o 25 mil hectáreas. Y resulta que el último informe de Estados Unidos sobre droga da 41 mil 500 hectáreas; o sea, estamos entre ocho y diez veces más que hace diez años.

¿Cómo es posible eso? Porque lo propició Estados Unidos y lo permitían el Ejército y la Policía Federal. De hecho ese delito no se estaba persiguiendo, y ahora menos porque hay una política de no persecución.

Creo que no vamos hacia una solución del tema ni con la despenalización, porque va a tardar, los narcos se van a convertir en empresarios y Estados Unidos ya no va a necesitar la mariguana mexicana porque tienen más ellos y de mejor calidad.

—¿Qué ha pasado con la narrativa que los gobiernos han hechos sobre el narcotráfico? Usted dice que “ninguna historia es tan lineal como se pinta en la versión oficial”.

Por lo menos la concepción de no estar confrontando con las armas al narcotráfico ha cambiado un poco, pero desgraciadamente eso se puede ir de las manos en la medida en que es una decisión unilateral, y los grupos criminales siguen siendo grupos criminales y siguen dominando territorios del país.

—La actual narrativa sí es diferente porque por primera vez en muchos años se habla de la no confrontación, e incluso se burlan de la frase de Andrés Manuel de “abrazos y no balazos”. Por lo menos la concepción de no estar confrontando con las armas al narcotráfico ha cambiado un poco, pero desgraciadamente eso se puede ir de las manos en la medida en que es una decisión unilateral, y los grupos criminales siguen siendo grupos criminales y siguen dominando territorios del país en los que Buscaglia llama “vacíos de poder”. Así, hay rutas que como ciudadano común y corriente no se pueden seguir, de tarde–noche ya no se puede, y hasta de día peligras.

Sí hay una presencia territorial de la delincuencia que, si antes era combatida y provocaba muchísimos muertos, ahora la están tratando de convencer de que las cosas se hagan en paz. Pero no veo muchísimo movimiento ni tampoco se está negociando con los grupos; creo que los arreglos se están haciendo más en los planos regional, estatal y municipal.

Los delincuentes están volviendo a someter a presidentes municipales: les pagan campañas y luego cobran en especie. Los grupos criminales han evolucionado y han llegado a tener maquinaria para construir, y ha exigido a municipios poderosos darles obras. Pero no nada más los narcos: en Monclova, Coahuila, hay una planta de Altos Hornos de México en la que la maquinaria que se empleó era de los Zetas. Eso es un fenómeno más novedoso: los criminales organizados le han entrado a los negocios aparentemente legales.

—Usted recupera una declaración de Buscaglia: “El corazón de la delincuencia son los políticos”. ¿Cuál ha sido la relación de los gobiernos con el narcotráfico?

—La alternancia para mí fue de colores en Los Pinos, porque lo que prometió Vicente Fox no lo cumplió; como decían en broma pero en verdad, sacó al PRI de Los Pinos pero luego lo volvió a meter. Fox no tuvo la grandeza para cambiar la política del país a pesar de que mucha gente lo apoyó para empezar a derruir el viejo edificio de la corrupción y de los negocios turbios de los políticos con los narcotraficantes.

Dice Buscaglia que a partir de entonces se empezó a feudalizar el país, de tal manera que el gobierno federal ya no tuvo todo el control de los gobiernos estatales y les permitió moverse libremente a un grado exagerado, de tal manera que tenemos un fenómeno de que muchos gobernadores endeudaron a sus ciudadanos hasta por décadas por miles de millones de pesos. Ése es uno de los resultados.

Parte de la descomposición tiene que ver con que se perdió el control central que tenía el PRI y que el PAN dilapidó porque no tomó el control federal efectivo. Al contrario, ahora este gobierno quiere recuperar eso que se fue; sin embargo, está empeñado en la austeridad y en el mantenimiento de la economía para que no se vaya para abajo. ®

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Publicado en: Libros y autores

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