Lucía, fantasía de color

El amor a Lucía le entra por el intelecto y después cosquillea su entrepierna, pocas veces atraviesa su corazón. Salvador es una de esas pocas veces.

Todos beben en la fiesta, que es celebrada en un pequeño estudio de arte, saturado con pinturas terminadas e incompletas en las paredes, acostados los cuadros sobre los muebles o sobrepuestos en las esquinas. Son el marco cálido de los asistentes, que ya medio ebrios mecen la copa y hacen bailar al vino tras el cristal; granate, rosado, blanco o marrón, los tonos o clases se pierden en las bocas anestesiadas que ríen y gozan y hablan de todo menos de arte.

Es el estudio de Lucía, que la semana pasada vendió su primera colección a un precio altísimo para estar al comienzo de sus veinte y tener poco conocimiento del mundo artístico. Fueron cinco obras surrealistas pintadas al óleo y realizadas durante el último año. Esos meses en los que el mundo se inundó de contagios, muertes y crisis Lucía los pasó pintando sobre su soledad en colores naranjas, rojos, rosas como el mundo que ya no existía afuera y que nunca lo hizo más que en sus obras, siempre ajenas de su presente. Ahora su realidad es el fin de una pandemia y el inicio de su carrera, así que organizó una fiesta y preparó todo para recibir invitados a los que desconoce mientras éstos desfilan borrachos por los pasillos de su nuevo estudio.

A pesar de que Lucía tiene talento, en el gremio no se entra sin tener un paracaídas, y ella lo tiene. Está a su lado, con una sonrisa intrigante en la boca y una media de cerveza oscura en la mano, porque el vino le parece para simulados presuntuosos. Los dos omitieron el brebaje de pseudoartistas y se refugiaron en una esquina del lugar, a unos dos metros de los pies bailarines. Salvador observa a su aprendiz hacer trazos cortos sobre el blanco lino, la percibe nerviosa cuando toma pintura naranja de la tabla redonda que carga en la mano izquierda, pero al minuto, cuando el pincel toca la superficie, es guiado por su mano que sabe de caminos sin trazos de carboncillo. A Salvador todavía le sorprende el atrevimiento de ella para pintar así, sólo con el impulso y la idea en la cabeza. Él nunca lo logró, temía arruinar un lienzo de miles de pesos o una pared recién preparada para un mural. Le falta la osadía y el derroche de Lucía, que desde abajo lo mira, sus ojos castaños impares, urgentes de la aprobación y certeza de su mentor. Esa guía sí la necesita.

—Debes de hacer los trazos más delicados, no tan decididos —recomienda Salvador, tiene la vista en la pintura fresca.

Lucía observa sus orejas, pequeñas y envueltas en su pelo negro, suelto hasta los hombros. Tiene el impulso de pasar sus dedos por sus mechones lacios, que caigan espesos en su rostro, robarle la atención a su obra y ponerla en ella, en sus labios que desgajan sus dientes, en sus ojos transparentes que él atravesaría con una mirada si por un instante se detuviera a mirarla, por primera vez a ella y no a su obra.

A Salvador lo conoció primero por su arte, dos años atrás. Fue en una exposición pública de la ciudad dedicada a los artistas jóvenes del estado. Lucía acudió para conocer las obras locales, para entender lo que hacían los autores contemporáneos y sus modos, esperanzada de hacer relaciones con el gremio y conocer a alguna pintora o pintor reconocido y presentarse, mostrar su portafolio desconocido de estudiante de Artes Plásticas repleta de ilusiones y aguardar por una mágica llamada.

A pesar de que esa tarde nadie la encontró, sucedió algo mejor. Había entre las obras una en particular que la saturó de emociones, era un cuadro de Salvador, surreal como lo que ella pintaba, pero mejor, con una técnica magistral que le recordó a la obra de Max Ernst, su artista favorito. En el lienzo estaba el rostro del presidente del país, degradado a cerdo gigante, con pezuñas y manos, nariz y hocico, caminando de puntillas sobre un corral que él mismo cerraba con sus patas y del que también quería huir. Lucía se enamoró de su obra al ser ésta exactamente lo que soñaba pintar, pues, como ella, él también utilizaba colores cálidos e intensos y ambos tenían similitudes en las formas, pero las suyas eran pinturas sin seriedad, no aportaban nada a la sociedad, más que ser extrañas y provocar emociones. Salvador hacía en la ciudad, con todo su trabajo e ingenio, lo que ella siempre quiso hacer. En ese momento a Lucía le pareció tener una revelación, se sintió menos sola en el mundo.

En el lienzo estaba el rostro del presidente del país, degradado a cerdo gigante, con pezuñas y manos, nariz y hocico, caminando de puntillas sobre un corral que él mismo cerraba con sus patas y del que también quería huir. Lucía se enamoró de su obra al ser ésta exactamente lo que soñaba pintar.

Desde entonces lo quiso, a través de su trabajó lo admiró. Al tiempo se inscribió a uno de sus talleres de pintura y él la descubrió, una joven estudiante de buena mano y técnica a pesar de tener poco tiempo de ser instruida en la academia. Se llevan ambos cinco años de diferencia, pero a él le parece uno, meses tal vez, por su estilo maduro y su disciplina. Por desgracia, esa admiración mutua solamente Salvador la conoce.

Lucía siempre gusta de las figuras de autoridad, no es algo nuevo. En la universidad podía permanecer en las clases y mojarse sobre el pupitre mientras miraba a su maestro de teoría del arte pasar diapositivas. Algo tiene el poder que la llama, se siente un lienzo en blanco listo para ser colmado de tonos y abstracciones por las manos de la experiencia. El amor a Lucía le entra por el intelecto y después cosquillea su entrepierna, pocas veces atraviesa su corazón. Salvador es una de esas pocas veces.

De Salvador Lucía sabe poco, sus ojos son un abismo para ella. Desconoce lo que pensará él sobre el amor y la pasión, la lujuria y el cariño, pero tiene la teoría de que alguien que pinta con semejante sensibilidad no mantiene sentimientos turbios o crueles, que alguien capaz de transmitir emociones a través del arte tiene la empatía más desarrollada y que difícilmente podría herir a otros. Salvador no podrá amarla, pero tampoco herirla.

Esa fiesta, con todos sus invitados fantoches, son parte del plan. Hoy es la noche en que al fin Lucía hará suyo a Salvador. No le parece posible esperar unas semanas más, porque en esos tiempos de fin del mundo las ganas deben de saciarse rápidamente, no esperar al día siguiente para sorprenderse con otro virus mortal.

Salvador está a su lado, es el momento, pero Lucía no encuentra el instante. Piensa en colocarle la mano en la espalda, acariciarla sutilmente con sus dedos, quizá clavar un poco las uñas para hacerle saber su capricho. Las miradas no funcionan, ya le ha dedicado miles de intensos descaros y él, ni un asomo, siempre parece no detectarlas. Considera también susurrárselo al oído, decirle que trasladen la conversación a la otra habitación, que la mata su camisa azul de puntos blancos y el aroma de su perfume. Pero eso tampoco es una opción.

El pintor da instrucciones, la mano de Lucía es guiada por su voz mientras su mente se encuentra en búsqueda de una estrategia. Deslizan sus dedos el mango de madera, sus ojos en los labios de él, que son un misterio debajo de su bigote. Luego baja su mirada hacia su cuello, vasto lienzo para su boca sedienta, y entorna la mirada en su pecho cubierto, imagina lo que habrá debajo al reventar los botones…

—Lucía, detente, para allá no va el trazo —le advierte Salvador, sorprendido de su errática absurda que casi tiñe el cielo.

—Perdón —dice Lucía, avergonzada y temerosa de haber sido demasiado transparente y de estar a punto de llegar tan lejos cuando Salvador sólo la mira como a una niña—. Ahora vuelvo, iré a revisar algo afuera —añade, ensordecida por su locura, en búsqueda de aire fresco, de noche y cielo estrellado que apague el día veraniego y chiflado de su cuerpo insolado y extasiado.

Lucía enciende un cigarrillo en el patio, el humo atraviesa la noche y la tiñe de gris. Muere de la pena por estar a punto de perder el control con Salvador y declararle sus deseos, ¿qué cara hubiera puesto él al escucharla así de intensa y resuelta? Inhala el humo una y otra vez para que la nicotina ateste sus pulmones y hiele con calma su sangre avivada, lo suelta como ansiando dejarse ir, a sí misma con su desquicio y enredos de piel, como intentando liberar a su mente del dominio que Salvador tiene sobre ella sin saberlo.

Lucía quiere estrechar su cuerpo con el de él, envolverlo en sus brazos, penetrarse con Salvador, saturados los dos de pasión, goce, gratitud. Eso, o debía de castrarse a sí misma, cesar las noches de autoplacer con Salvador al inicio y final de su clímax.

Está agradecida con él por encontrarla, por haberle dado forma a sus bocetos, por encaminar su pincel y apreciar su obra y buscarle clientes, montar una exposición pese a estar el mundo rebasado en ruina y vender su primera colección, todas pinturas cursis, pero al final suyas, que después de una infancia y juventud de indecisiones al fin encontró su propio estilo. Lucía quiere estrechar su cuerpo con el de él, envolverlo en sus brazos, penetrarse con Salvador, saturados los dos de pasión, goce, gratitud. Eso, o debía de castrarse a sí misma, cesar las noches de autoplacer con Salvador al inicio y final de su clímax, desviar sus pensamientos para intentar recuperar la cordura. Pero, ¿cómo?, si su cuerpo vibra al oír su voz y al sentir la pintura acrílica de sus obras en la yema de los dedos.

Decide que por esa noche será todo, que el agradecimiento se lo hará saber con un Zippo nuevo para que fume con clase, o con un libro de Magritte dedicado con cariño y amor de fondo. Que mejor mirará hacia otro lado, en donde más hombres de evidente interés saciarán su deseo sin dejar el alma en el proceso. Rendida, de sus labios escapan hilos finales de humo, siente el impulso de dejarse llevar ahí, sobre la pared a su espalda, de inundarse de caricias ella sola para apaciguar su locura. Pero al momento ve las ventanas sin cortinas, el lío de cuerpos y ojos que la observarán. Mejor se lo deja al destino, a la suerte o la casualidad; parará de buscar pistas en Salvador y estará atenta a las del mundo: si algo único ocurre en medio de ese apocalipsis en el que a ella absurdamente sólo le importa acostarse con Salvador, será la señal de la vida para dejarse llevar con su mentor. Pero Lucía está segura de que nada especial sucederá esa noche.

Apaga el cigarro en la pared, suelta la final bocanada de tabaco mientras mira el cielo y en sus pupilas se refleja un verde repentino. Es una ola suave que emerge de la nada, como una lluvia cósmica que del limón pasa al menta, al intenso azul rey y a sus gamas disipadas, convertidas en morado, lila y rosa sutil. Se extiende el cielo nocturno de colores, oculta a las pocas estrellas y parece tocar los techos de las casas vecinas. Después, como un remolino se alimenta de sí mismo, y de reversa se difuminan los colores, desapareciendo el astro tornasol.

Lucía parpadea, incrédula de haber visto una aurora boreal en ese cielo contaminado, escenario apenas de las estrellas y ahora lo era de un fenómeno astrológico, en esa ciudad chica en la que acontecimientos como ese no se esperan porque simplemente nunca han sucedido, ni siquiera geográficamente es posible. Lo duda un instante, observa los rostros distraídos de los invitados; nadie más que ella lo notó, y podría, podría ser su juicio medio arruinado, influenciado por las emociones de encontrar la señal que estaba esperando, o podría ser el mundo a punto de acabar, una alarma de despedida, de adiós, hasta nunca, te regalo este espectáculo para deslumbrarte. Como haya sido, el suceso único es la señal que esperaba para regresar a la fiesta, tomar el pincel y desbocarse en el lienzo.

Salvador la observa, a su mano como siempre decidida, pero ahora apasionada, como si estuviera poseída su muñeca y vomitara colores e información para no ahogarse. Cuando aleja el pincel se revela la pequeña obra de centímetros en una esquina inferior del cuadro, como un secreto de ambos para que ningún ojo se pose sobre éste. El semblante de Salvador se congela al encontrarse con la mirada de Lucía, que muerde su labio inferior. Después, se asoma una sonrisa en la boca de él, y cedido, toma el pincel entre sus dedos para responder la sugerencia descarada de su alumna. Al pecho erizado que dibujó Lucía, Salvador lo rodea con una mano masculina que lo apretuja. Ella se ruboriza cuando la pintura está terminada. Él completa el color de sus ojos impares porque a los suyos les sobra intensidad.

Lucía lo guía hasta su habitación, a los minutos, escucha en el pasillo los pasos de él, que la sigue a unos metros mientras ella cree ver auroras boreales proyectadas en el techo, más señales que le gritan corre, arrójate al abismo que son sus ojos, desbarata tu piel entre sus manos. Señales por doquier, el techo parece un serpenteo de azules reflejado en las palmas de Lucía, en sus zapatos negros temblorosos, embriagados de alcohol y pasión. El pasillo vuelto una discoteca technicolor para los dos.

La puerta se cierra a espaldas de Lucía. Su cuerpo se estremece cuando con sus dedos fríos Salvador sube su vestido de terciopelo y acaricia su piel que arde. Su sangre hierve y brota de sus poros el vapor que la asfixia y se evapora con los besos del pintor en su cuello, con la huella que dejan sus dientes en sus hombros, desnudos por las manos hábiles de él antes de poder suspirar Lucía. Ella revienta la camisa de botones de Salvador y besa sus pezones que se apartan de su lengua. Salvador se niega con un gesto, y Lucía se pregunta si acaso será el primero de muchos límites. Ella no los tiene cuando se trata de él, podría usarla como una muñeca de trapo, penetrar todos sus orificios con su hombría mientras sus rodillas se revientan en la alfombra, tener el cuerpo partido bajo sus manos, las costillas sangrantes y su boca y ojos escupiendo dolor, no lo detendría porque dejarlo ser y ver sus ojos incendiados es lo que quiere. Exceder sus propios límites y al mismo tiempo conocer los de él.

Salvador está sobre ella, Lucía desarmada, derramada bajo su cuerpo demandante y sus ojos gritando mientras mira que toda la habitación oscura de pronto se ilumina, se tiñen de morado y verde las paredes, el techo parece un cielo en tormenta de rayos pigmentados y arcoíris fluvial en su piel. En los ojos de él ya sólo ve la joven escalas de azul y amarillo tornados en verde, sus dedos dejan visos rojos en sus piernas que aprieta con furia. Salvador quisiera robarle el aire con un beso, con su mano en su cuello grácil, a un empuje de sus dedos sobre la garganta ceñida de ella y sus ojos que reciben a la muerte en medio de un mar pantone.

Para sorpresa de él, la joven asalta su dominio y de pronto lo tiene postrado, bajo sus pechos desnudos, sus pezones tibios tocando su ombligo, su boca y lengua sobre su intimidad, exige la boca de Lucía los gemidos colmados de él, y atraviesan su garganta gritos agudos, de menos macho, de pintor minimizado a nada por estar a merced de una niña y al mismo tiempo enaltecido, su mano cínica sobre la coronilla necia de ella, forzada, atascada, ahogada su garganta en saliva y espuma, fluidos, esperma que se traga gustosa, agridulce en su garganta como el dolor que siente en el trasero al voltearla el pintor como un objeto y golpearla con fuerza, oleadas de placer y pena hacen ceder a sus brazos al borde de la cama, su cuello en la húmeda almohada ruborizada, sus senos presionados contra la colcha. La parte en dos su miembro cuando la atraviesa, punzadas de dolor la invaden porque en casi un año sus poros no habían respirado testosterona. La monta como a una perra en brama, hinchada del goce y revestida de rojo, llorando mientras él se ve en el espejo, goza la escena agotado del derroche y disfruta a Lucía mojada, toda ella y sus pliegues de fácil deslizar.

Salvador huele a almendras dulces y azúcar morena. Hasta ahora es cuando Lucía experimenta lo que es prendarse del aroma natural de alguien, así que guarda en su memoria olfativa toda su esencia porque la noche está por acabar y su mentor tiene ya un pie en la alfombra, quien antes de marcharse le presenta un contrato de libertad porque en ese momento de su vida no puede dar más, y se lo explica.

Cuando terminan y conectan sus corazones acelerados, sobre ambos cae un rocío que a Lucía le parece verde, pigmentos de aurora boreal sobre ellos que también son un suceso, el de la fiesta, la noche, en la vida de Lucía. No en la de Salvador, que mil aventuras ha tenido como esa y tendrá. Ella se aparta, cada cabeza en una almohada para no tentar al amor al que aún no perdona, pero él le pide que se acueste sobre su pecho barnizado y ella obedece. Juega con su barba toda la noche, mientras lo oye hablar de técnicas pictóricas y del poco talento que tienen los invitados de la fiesta, que para ese momento ya se marcharon a hacer espectáculo a la calle. Salvador le dice que adora su cuello, su figura que oculta con maldad debajo de kilómetros de tela. Lucía nunca había recibido un cumplido acerca de su cuello, así que regresa el detalle y le dice lo guapo que es, lo bellos que son sus ojos, lo suave que es su pelo y lo bien que huele su piel, que podría extraviarse en ella y no querer encontrarse jamás.

Salvador huele a almendras dulces y azúcar morena. Hasta ahora es cuando Lucía experimenta lo que es prendarse del aroma natural de alguien, así que guarda en su memoria olfativa toda su esencia porque la noche está por acabar y su mentor tiene ya un pie en la alfombra, quien antes de marcharse le presenta un contrato de libertad porque en ese momento de su vida no puede dar más, y se lo explica. Lucía tampoco quiere más, sólo más noches como esa, un amor casual permanente. Pero firma el contrato porque en la hoja no ve letras grandes ni pequeñas, sólo colores.

Cuando Lucía despierta al día siguiente se siente cósmica. Toda ella es una aurora boreal incesante, la cama es el cielo, el techo es la cama porque la habitación es una ola de colores vibrantes que conecta a los objetos, incluida ella. Desde muy temprano pinta su nueva realidad sobre el lienzo. La noche coloreada que la sedujo horas atrás, los ojos de abismo violeta de Salvador, las verdes formas del techo reflejadas en su piel dulce. Su técnica es ahora una mezcla de surrealismo y abstracción, no hay paletas que respetar ni márgenes del lienzo, porque pinta el aire, las paredes, los cuadros a los que les faltan auroras boreales y alma. Es la ilusión de su corazón vuelta arte, Lucía parece ya no percibir otra cosa. El mundo podría pasar por otra crisis y ella moriría intoxicada, saturada de sensaciones tornasol.

Aunque no deja de pensar en Salvador, mantiene ocupadas sus ansias de él mientras se abandona a la creación. La joven Lucía pinta metros y metros de lino, desgasta la tabla de madera con la insistencia del pincel, derrocha pintura y los pomos ultrajados se acumulan en el suelo, son docenas de tintes vaciados que le dieron vida a su nueva colección, esa señal ahora recurrente en sus días es la protagonista de todos los cuadros, que reviven la aurora boreal una y otra vez, a través de los ojos de Salvador, en el aire que todavía conserva el pigmento de sus cuerpos entrelazados. 

Se reencuentran siempre en la noche, la fragmentan durante un par de meses, y la aurora se extiende en el corazón de Lucía, satura el cáncer de colores también su cerebro. Goza sus encuentros con Salvador, ya no necesita beber vino porque permanentemente está drogada, en una infinita alucinación. El humo del cigarro que el pintor fuma hace tiempo que dejó el color plomo por el menta, que envuelve a su piel en movimiento y hace de su dermis un pedazo de arcoíris, ya su cuerpo carece de contornos porque con el aire se revolvió.

No ve otra cosa Lucía más que lo que desea mirar. Salvador lo sabe, reconoce el amor en los ojos de una mujer mientras la besa. También sabe que el contrato que Lucía firmó a ciegas dice en letras pequeñas que pronto acabará, cuando las miradas y caricias ella no pueda contenerlas y terminen volviéndose palabras. Pero no le importan a él las pistas de su sonrisa enamorada o su derroche de besos, él podría no verlas con tal de extender la fecha del fin. Salvador sabe que cuando el amor se materializa en palabras es mejor huir. No es que se acueste siempre con sus alumnas, incluso evitó cederse a Lucía, a sus miradas atrevidas con mezcla de inocencia, a sus faldas cortas sugestivas y atenciones evidentes, pero, ¿quién era Salvador para negarse a esa joyita de veintitantos?

Lucía comienza a ver miradas en donde no las hay, caricias, cariño, quizá amor es lo que vislumbra en los ojos de su mentor. Salvador no lo sospecha, lo sabe; pero no le importa, la deja ser, a Lucía con su vehemencia que le grita amor y él ignora, porque, como ella, él también quiere conocer sus fronteras.

Una noche ambos conocen los límites del otro. Conversan en la cama, el afecto es una onda rosa que permanece en el aire y a la que Salvador ignora. Lucía debió sospechar desde el principio que su mentor no estaba siendo paciente esa noche. Se lo dijeron las agujas en sus ojos que pincharon a su piel impenetrable cuando ella le habló de su pasado y él la desairó. En donde él encontraba excesos que lo estaban ahogando Lucía sólo miró fantasías en los ojos de Salvador. Ya hace tiempo que ella se había lanzado al abismo sin paracaídas.

El pintor se encarga de hacer dolorosa la caída de Lucía cuando ella le dice “me gustas mucho” y él mira el fondo de “te quieros” y compromisos, de falta de aire y caos mental.

—También me gustas mucho… —expresa Salvador, y la aurora boreal se extiende en el corazón de Lucía, que ya todo lo ve como la noche estrellada de Van Gogh—, pero no como para dejar de hacer mis cosas para verte, ni para hacerlo todos los días. Me gustas como para verte una vez al mes.

Silencio total. El cielo colorido se derrama en las paredes, Lucía ve que el hongo de la tristeza se extiende por toda la habitación y se siembra como llaga en su pecho. El fenómeno vibrante se consume a sí mismo, devora sus colores y deja en la habitación un mutismo fúnebre.

—Tú me gustas como para extender el tiempo por ti —confiesa Lucía, que se revuelca en los pomos de pintura vacía que intenta estrujar para que rinda el contenido. Pero los envases ya los derrochó y no le queda nada, así que comienza a vomitar colores por los ojos, lágrimas pigmentadas tiñen su cara y al rato brotan las cristalinas. ®

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Publicado en: Narrativa

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