Mamelushen

Lenguaje, creación y complicidad

La lengua va arrastrando consigo nuestros exilios, afectos, locuras. En medio del invierno más terrible la lengua permite sostener los lazos, la solidaridad, el cuidado de los otros.

Judíos ortodoxos, entre 1910 y 1915, George Grantham Bain Collection (Library of Congress).

¿No les he contado la historia? No nunca, dijo mi madre dejando escapar la risa que tanto procuró contener. Parecía la señal para que todos soltáramos la carcajada, escupiéramos el café, perdiéramos la compostura. El abuelo, lejos de molestarse, se puso contento y volvió a contar la historia que desde hacía varios meses narraba todos los viernes en las cenas de su casa.

En un viaje a Londres tomó un tour a pie por los lugares más emblemáticos de la ciudad. Primero fueron a ver el Big Ben, entre el grupo notó que un hombre de su misma edad lo miraba fijamente. La siguiente parada fue en el Palacio de Buckingham; mientras intentaba poner atención a lo que decía la guía el mirón lo examinaba. Al finalizar el tour, el tipo se acercó para preguntarle en secreto: ¿Mamelushen? Entonces el abuelo contestó: ¡A shaile!

Le encantaba contar esa historia. Me acuerdo de cómo actuaba las poses del mirón entrometido, pronunciaba mamelushen (lengua materna en idish) como si fuera una contraseña secreta; el a shaile (¡qué pregunta!) del final funcionaba para liberar la tensión del relato. Después se reía a carcajadas, daba codazos en las costillas al que estuviera a su lado y terminaba por contagiarnos la risa. Mi madre nos explicó que al abuelo le gustaba contar la historia porque había viajado a Londres después de la guerra y, tras la persecución nazi, el relato simbolizaba poder moverse con libertad, volver a ser ciudadano del mundo.

Mi madre nos explicó que al abuelo le gustaba contar la historia porque había viajado a Londres después de la guerra y, tras la persecución nazi, el relato simbolizaba poder moverse con libertad, volver a ser ciudadano del mundo.

A los pocos meses de aquella cena el abuelo murió de un infarto, pero sus palabras se quedaron con nosotros. Con el tiempo fuimos incorporando las expresiones a nuestro propio vocabulario. Mamelushen se convirtió en sinónimo de contar una historia muchas veces. Ahora mis hijas y mi marido ponen los ojos en blanco y gritan la palabra como si con ello pudieran prevenir que cuente algo más de dos veces. Es inútil, me parezco al abuelo. Hace unos años empecé a llamar así a mi madre, el chat que tenemos con mi hermana se llama Mamelushen. Poco tiempo después mis hijas también empezaron a nombrarme así e iniciamos un chat llamado Mamelushen segundo. Por otro lado, a shaile se volvió referente de obviedad: ¡Qué pregunta! Claro que sí, ¡eso ni se diga! Una forma de responder a preguntas necias con gracia. Hay otras expresiones del abuelo que nos hemos apropiado: “costó tujes” (trasero) cuando algo es muy caro; una “mentada”, una pastilla de menta. Y mi favorita: “yo no pregunto” sirve para decir que no piensas entrometerte en la vida de los demás.

Son esas palabras producto de las ocurrencias, la imaginación y las anécdotas que sostienen la memoria de una familia, de un pueblo, de una nación.

Cada núcleo familiar se apropia de las expresiones del pasado y a la vez va creando nuevas. Mis padres, cuando jugaban canasta, solían anunciar los números de las cartas y agregaban una rima grosera: cinco, ¡el culo te brinco! Ocho, ¡el culo te abrocho! Mi hermana y yo, más que interesarnos por la canasta, nos divertíamos con las groserías que no se podían decir fuera del contexto del juego. Cuando peleaban, mamá llamaba a papá nazi bastard y él la apodaba Torquemada. A cualquier otra familia esta forma de comunicación podría parecerle inapropiada, pero a nosotros nos hacían reír, nos convertía en cómplices de un lenguaje particular.

Hace poco leí Léxico Familiar de Natalia Ginzburg, una novela en la que la autora reconstruye la vida de la familia en Turín durante los años del fascismo a partir de las expresiones que se decían. Entre un borrico, tener murria, dar cordel y otros deleites lingüísticos que mezclan el ladino con el piamontés, el lombardo y el triestino, Ginzburg da vida a fragmentos del pasado. Son esas palabras producto de las ocurrencias, la imaginación y las anécdotas que sostienen la memoria de una familia, de un pueblo, de una nación.

La lengua va arrastrando consigo nuestros exilios, afectos, locuras. En medio del invierno más terrible la lengua permite sostener los lazos, la solidaridad, el cuidado de los otros. Con la pandemia estamos confinados en nuestras casas y el lenguaje más que nunca es fuente de creación y complicidades, de liberación del miedo y de la angustia. Al jugar catan —un juego de mesa cuyo objetivo es acumular riquezas por medio de prácticas colonialistas (expansión y explotación de materias primas)— nos da por hablar como conquistadores españoles; entonces nos cagamos en la hostia y en la leche cuando perdemos, y ceceamos con voz de Hernán Cortés cuando vamos ganando. No creo que estemos locos, sino más lúcidos que nunca, dando la batalla mientras el mundo se vuelve irracional y a ratos pareciera desmoronarse.

Todo cambia, es inevitable. Mientras, la mamelushen nos regala la ilusión de la permanencia. Su constante renovación nos permite resistir. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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