México, un experimento al borde del fracaso

¿La gradual y lenta caída de la cándida Claudia y su abuelo desalmado?

¿Somos un país que existe sin saber para qué existe y de ahí que no preocupe tener un marco institucional que sí funcione, sólo uno que prometa el paraíso en la Tierra, siendo que ello es imposible?

Soldados del Ejército Mexicano.
El principio de que corresponde al gobierno preocuparse de la felicidad y el bienestar físico y moral de la nación es el despotismo peor y más opresor.
—Wilhelm von Humboldt (1791)

I. Como ciudadano, no puedo dejar de ver con enojo y preocupación el rumbo que lleva el país. No me refiero únicamente a lo que se vive actualmente, el lamentable espectáculo de un país a la deriva. Me refiero también a la falta de rumbo en que hemos vivido por décadas.

Es imposible ignorar lo que sucede a diario con el espectáculo político. Es comprensible, ante esta situación, que se dejen de lado cuestiones que pueden parecer más teóricas que prácticas, como preguntarse por el origen de lo que estamos viviendo. Resulta más apremiante tratar de entender las posibles consecuencias de las decisiones y de las acciones que se toman en Palacio Nacional. Es innegable que hay días en que parece que no sólo desean derribar las casas de naipes y de ilusiones construidas por “los anteriores”, sino que ellos mismos desean derribar sus propias casas de naipes y de ilusiones, las que han construido con tanto dinero y tan poco cuidado. Hay días, los peores, en que parece que buscan tomar una decisión que resulte en un punto de inflexión, uno sin regreso o recuperación posible. Eso podría ocurrir con la decisión que se anunciará en septiembre 16 en cuanto al T–MEC, como considero más adelante.

A pesar de lo preocupante que es el presente es necesario considerar cómo es que llegamos a esto. Encuentro difícil creer que todo este daño sea sólo la consecuencia de las decisiones que se han tomado desde 2019. Se puede decir, aunque eso es un juicio que se hará con claridad en el futuro, que llegó a la presidencia uno de los hombres menos preparados para ese puesto, sin ignorar el hecho de que han llegado auténticos ineptos a la silla presidencial. ¡Si al menos hubiera seguido el ejemplo de Pedro Lascurráin el Sr. López! Es demasiado pagado de sí mismo para reconocer que no sabe gobernar. No basta su ineptitud, que en tal caso es su contribución al daño. Ha hecho lo imposible por rodearse con las personas menos preparadas para ocupar puestos en el gobierno y en no haber mostrado la menor claridad en cuanto a lo que desea lograr.

Es una invitación a reflexionar sobre un problema más importante que la interpretación que ofrezco: si no estamos de acuerdo con el rumbo que lleva el país, ¿qué hemos hecho o dejado de hacer para llegar a este punto, y qué vamos a hacer para prevenir otra crisis en la historia del país?

Al mismo tiempo, ese inepto ha sido muy claro y hábil en cuanto a algunos objetivos: destruir lo que no le gusta por medio de recortes al gasto público bajo el pretexto de la “austeridad republicana”; usar ese excedente de dinero para tener contenta a su clientela y así garantizar votos para Morena, además de mantener un fondo secreto para objetivos desconocidos, y saquear al país en beneficio suyo, de su familia y de sus amistades. Esto ayuda a entender lo que él entiende por “gobernar”, que depende del único horizonte que entiende, el electoral. No puede concebir un horizonte de largo plazo, como atestigua su desprecio por el daño y destrucción del medio ambiente y el descuido a la economía. Aunado a ello, su acercamiento a la familia de el Chapo y la carta blanca que le ha dado a las Fuerzas Armadas sólo se puede entender como una forma de consolidar su poder y la permanencia de su gente en el poder. Pero, ¿no es eso parte de la “tradición política mexicana”, salir de la pobreza por medio de la política y garantizar la continuidad por medio de la sucesión en la presidencia y del partido como uno que termine siendo de Estado y hegemónico?

Son esos elementos de continuidad con el pasado lo que me llama la atención. Es en ese sentido que no basta centrarse en las acciones en este sexenio para entender el daño presente. Estimar el daño a futuro con base en el presente puede resultar en subestimarlo. Se puede considerar que los actuales actúan como si quisieran garantizar que sea peor la pérdida de rumbo que lo logrado por sus “enemigos”. De ser cierto esto, no será posible entender esta pérdida de rumbo sin primero considerar cómo fue posible perder el rumbo antes de 2019. Si es errónea esa hipótesis, es necesario, de todas formas, entender cómo ha sido posible el debilitar o el destruir instituciones que parecían ser más sólidas. Resulta difícil entender cómo lo construido por décadas está resultando mostrar tantas debilidades ante este embate. Sólo puede entender esto con base en que lo construido estuvo mal construido. Necesitamos regresar al pasado.

Lo que sigue es una interpretación personal a partir de libros y artículos que he estudiado y que no siempre menciono o sólo menciono en forma muy general a partir del autor y a veces de año de publicación inicial o revisión. Es un ensayo, no un trabajo académico o semiacadémico. Es una invitación a reflexionar sobre un problema más importante que la interpretación que ofrezco: si no estamos de acuerdo con el rumbo que lleva el país, ¿qué hemos hecho o dejado de hacer para llegar a este punto, y qué vamos a hacer para prevenir otra crisis en la historia del país?

II. Aunque pueda parecer paradójico, los problemas actuales se remontan al cambio de rumbo que inició en los setenta y ochenta del siglo pasado. Ante los fracasos de los sexenios de Luis Echeverría Álvarez (1970–1976) y José López Portillo (1976–1982), se buscó reformar durante las presidencias de Miguel de la Madrid Hurtado (1982–1988) y Carlos Salinas de Gortari (1988–1994) a la economía y hacer un poco competitivo el mercado político (siempre y cuando no beneficiara en el reparto de curules al partido político que quedara en segundo lugar en las elecciones, es decir, al PAN). A pesar de sus limitaciones, el nuevo rumbo buscaba alinearse, aunque fuera parcialmente, con el liberalismo de la segunda mitad del siglo XX. Ese mal entendido neoliberalismo, un concepto contencioso y complicado, se tiende a asociar, erróneamente, sólo con Ronald Reagan (1981–1989) y Margaret Thatcher (1979–1990). Por esa asociación ha sido posible acusar a De la Madrid, Salinas y quienes apoyaron y apoyan esos cambios de ser “conservadores”. Que Reagan y Thatcher lo fueran, o en qué temas en particular lo eran, es algo que pasa inadvertido.

Las soluciones propuestas por esos presidentes parecían más que adecuadas. Por una parte, resultaban atractivas porque ofrecían y prometían un futuro mejor, a pesar del dolor de los ajustes que se llevaban a cabo para llegar a esa situación que se decía sería mejor, y con base en los logros que se alcanzaban en otros países. Por otra parte, y para fortuna de los reformistas, surgió evidencia en cuanto a que el país estaba transitando a una etapa mejor respecto al pasado reciente y que la medicina amarga había funcionado. Todo apuntaba a que la mejora se debía a los cambios propuestos y realizados. Además, personas reconocidas en esos temas apoyaban lo que se estaba haciendo. Algunos académicos y algunos centros de investigación incluso apoyaron con demasiado entusiasmo y con estudios ad hoc ese celo parcialmente reformista.

Existía un problema, sin embargo. Las reformas eran parciales, contradictorias y mal pensadas. No eran suficientes como para enfrentar los problemas que se vivían en el ámbito económico y político. Ni De la Madrid ni Salinas consideraron si podían ser exitosas esas reformas. Tenían que serlo. No consideraron, o al menos no con el cuidado suficiente, el reto que representaba el rumbo trazado para el país en 1917 y si lo que ellos proponían era compatible con ese rumbo. A pesar de sus conocimientos sobre derecho constitucional, ni De la Madrid consideró que lo que se planteaba en la Constitución era, y es, un rumbo contrario al liberalismo. Tal vez se pensó que el incrementalismo (Charles E. Lindblom) haría su trabajo para evitar enfrentarse con los defensores trasnochados de la Constitución, quienes en realidad defendían su espíritu progresista, por llamarlo así. Para pérdida del país, no ganó la racionalidad ni el pensamiento crítico. Ganó el entusiasmo entre quienes proponían y apoyaban los cambios.

Reyes Heroles quiso cuadrar ese ideal con uno que no se correspondía: con el socialismo, es decir, con el intervencionismo gubernamental casi completo propuesto en la Constitución heredera de una revuelta de élites, ésa que fue glorificada como revolución social. Las élites mexicanas son buenas en el marketing político, hay que reconocerlo, y buenas para caer en sus propios mitos y engaños. Como sea, el resultado es una obra interesante que no convence a pesar del talento y experiencia de su autor.

No se consideró que esas propuestas buscaban hacer compatibles dos ideologías que no lo eran, no lo son y no lo serán. Jesús Reyes Heroles (1921–1985) trató de hacerlo con su obra sobre el liberalismo mexicano (1957/1982), por lo visto una obra de referencia para toda una generación del PRI, incluidos De la Madrid y Salinas. Reyes Heroles quiso cuadrar ese ideal con uno que no se correspondía: con el socialismo, es decir, con el intervencionismo gubernamental casi completo propuesto en la Constitución heredera de una revuelta de élites, ésa que fue glorificada como revolución social. Las élites mexicanas son buenas en el marketing político, hay que reconocerlo, y buenas para caer en sus propios mitos y engaños. Como sea, el resultado es una obra interesante que no convence a pesar del talento y experiencia de su autor.

En la práctica se buscó hacer algo similar. Se pretendió conciliar opuestos sin siquiera buscar que ese conflicto generara dinámicas virtuosas, por llamarlas de alguna manera, y si es que algo así era posible. Hubiera sido posible en el Congreso, imagino, pero no con un sistema en que se privilegiaba al partido hegemónico. El resultado fue, eventualmente, el anquilosamiento que ha causado confusión entre algunos economistas (¿por qué México no puede crecer más?). Una u otra de las ideologías opuestas tendría que ganar, siendo que el juego estaba estructurado en contra del liberalismo. En otras palabras, las reformas buscaban ser liberales en un país con una constitución contraria al liberalismo. Lo irónico es que, para las primeras dos décadas del siglo XXI, parecía que había ganado el liberalismo. Eso no podía ser cierto o, de ser cierto, que pudiera ser sostenible, dado ese lastre llamado Constitución.

¿Qué puede salir mal cuando no se considera qué tipo de marco institucional y qué tipo de gobierno es compatible con el liberalismo y qué tan distante se encontraban esos dos elementos con lo que existía en el país? La respuesta breve que no dice mucho es más de lo que se quiso ver en ese momento.

El problema no se puede reducir a un choque de ideologías, empero. El privilegiar una ideología, supuestamente tan importante para el país, es un elemento importante en tanto que se traduce en un marco institucional, en unas reglas del juego, que crea un tipo específico de gobierno (división de poderes y pesos y contrapesos, como mínimo); las formas en que los agentes políticos pueden actuar; lo sencillo o difícil que sea cambiar o modificar esas reglas del juego y quién lo pueda hacer; el ámbito público y el privado; la posibilidad que se logre un gobierno de leyes y no de hombres, por recurrir a la frase original; garantías en cuanto a lo que puede hacer el gobierno y ámbitos dentro de los que no debe y no puede intervenir; el tipo de sociedad a la que se quiera llegar y los medios por los que se quiera llegar a ella; la teoría que da sustento a esos objetivos, entre otros elementos. Ese conjunto de artículos que conforman la Constitución da un sentido general al documento en cuanto al rumbo que debe seguir el gobierno. A veces me pregunto cuántos artículos deben ser modificados para que un documento con múltiples artículos adquiera un sentido diferente al que tenía antes que fueran realizadas esas modificaciones. Tal vez sea una pregunta más filosófica que práctica y por ello no se considere.

La estrategia que siguieron los reformadores fue la de modificar algunos artículos de la Constitución, sin más. Se centraron en aquellos que se relacionaban con sus reformas. No tomaron en cuenta, seguramente porque no esperaban perder el control del Congreso y menos de la presidencia, que si fue fácil para ellos el modificar ese documento que sería igualmente sencillo hacerlo en sentido opuesto para los detractores si llegaban a ser mayoría. Ahí estaba el fundamento débil, la estructura poco resistente que resultó en las casas de naipes. Se privilegió la visión de corto plazo y se dejó de lado el conjunto de interacciones entre los artículos que no eran modificados. Eran cambios cosméticos en tanto que no había algún agente externo que pudiera exigir el cumplimiento de lo que se prometía con las reformas, como es el caso del libre comercio y algunos tratados internacionales.

Traducir la ideología en una constitución es un primer paso fundamental, pero un primer paso a final de cuentas. Se requieren otros elementos adicionales, específicos y concretos, para hacer reales esos ideales, como la centralización o descentralización del poder en el gobierno; si puede representar y hasta qué grado a la ciudadanía; quién es representado; el número de partidos que puedan competir y el efecto de ese número en la composición y dinámicas del Congreso; la independencia de la Suprema Corte (y de algunas burocracias); la existencia de una burocracia profesional, que en parte depende de su continuidad a través de los cambios de gobierno, entre otros elementos.

El éxito del documento depende también del interés de la ciudadanía por aquello que se deberá hacer y por quienes actuarán en su representación e, incluso, bajo algunas condiciones, en forma contraria a las preferencias de la ciudadanía. Depende de que las leyes, la parte formal del marco institucional, sean compatibles con las normas (por simplificar, los comportamientos usuales de los individuos y que no pueden ser reglamentados) o que se considere cómo se logrará cambiar esas normas que entren en conflicto con la ideología liberal. Depende, finalmente, de que quienes se dediquen a la política respeten esas reglas del juego. Es, en realidad, un juego delicado en que ni hay garantía de éxito ni hay garantía de que los agentes respeten, sin más, esas reglas del juego.

III. Ni un cambio profundo a la Constitución ni la forma del gobierno fueron parte del reformismo delamadridista o salinista, ni en tal caso de sus sucesores. Se prefirió pegar elementos nuevos a lo viejo, sin reparar en lo que ello implicaba. No que fueran inexistentes las propuestas de “reforma del Estado”, pero proponer no es hacer y hacer no es hacerlo bien. Algunos académicos discutieron la reforma del Estado que se necesitaba más allá de lo que interesaba a los activistas, indignados y resentidos. Como tantos otros debates en la academia, fue relevante para quienes participaron en esos intercambios. Para quienes tomaban las decisiones bastaba con cambiar las leyes con base en lo modificado en la Constitución, sin considerar si por proceder así cambiaría también el actuar de quienes deseaban el poder. Ganó el legalismo y el espíritu de la Constitución. Para quienes deseaban la democracia a la brevedad bastaba con que el PRI perdiera en las elecciones, que no fuera partido mayoritario o que controlara la presidencia.

Ante esto, se puede considerar que desde el gobierno se pretendía hacer más de lo que de hecho se estaba haciendo y de lo que se podía hacer. Al mismo tiempo, se actuó en formas que ponían en duda la sinceridad de lo que buscaban lograr. Daban armas a los contrincantes.

Para quienes tomaban las decisiones bastaba con cambiar las leyes con base en lo modificado en la Constitución, sin considerar si por proceder así cambiaría también el actuar de quienes deseaban el poder. Ganó el legalismo y el espíritu de la Constitución. Para quienes deseaban la democracia a la brevedad bastaba con que el PRI perdiera en las elecciones, que no fuera partido mayoritario o que controlara la presidencia.

Por una parte, ¿cómo era compatible la economía de mercado con la llamada planeación democrática concebida bajo De la Madrid y con un gobierno interventor en todo lo imaginable, tuviera o no sentido esa intervención? En el mismo sentido, ¿cómo era compatible la democratización con la centralización de poder en el presidente, siendo que se facilitaba, por diseño constitucional, el comportamiento irresponsable por parte de ese agente, y se sesgaban los resultados electorales a favor del partido que saliera en primer lugar y en contra del que saliera en segundo lugar? ¿No era eso una negación en cuanto a la relevancia de otro tipo de mercado, el político? En tal caso, ¿cómo se podía saber que Salinas no estaba actuando en beneficio propio, negando la posibilidad de una economía de mercado? A final de cuentas, Carlos Slim, el gran beneficiario de la venta de Telmex, no era precisamente un empresario exitoso, aunque así se le viera en el país, sino un amigo cercano de Salinas.

Por otra parte, ¿cómo sabían esos políticos lo que quería el país dados los problemas que existen para agregar preferencias, como preocupa a los liberales, y no como pretenden los populistas que “conocen el pulso de la nación” a partir de mitos, cuando no mentiras, como la “voluntad general” o “la voluntad del pueblo” (William H. Riker, 1982)? ¿El pretender tener esa certidumbre los autorizaba a negar la voz a quienes no pensaban como ellos? ¿Se promovía una democracia autoritaria? Hasta suena a premonición del futuro.

Cabe recordar que quienes se separaron del PRI durante esas presidencias no fueron tomados en serio. El PAN corrió mejor suerte porque sin sus votos no hubieran sido aprobados los presupuestos de Salinas. En parte es posible entender el rechazo a quienes salieron del PRI. Es difícil tratar con gente que se autodenomina de “izquierda progresista” y que, al mismo tiempo, vive obsesionada con el pasado, cuando no es que vive en el pasado y desea que todo mundo viva en ese pasado. Como sea, no se les invitó a participar en las reformas e incluso fueron atacados y asesinados ya como integrantes del PRD. No se puede ignorar que eso, como ese intento de desafuero a López Obrador durante la presidencia de Vicente Fox (2000–2006) sólo resultó en crear enemigos y darle importancia a alguien irrelevante.

Ellos, auténticos románticos trasnochados, deseaban mantener vivo el espíritu de 1917, de ese socialismo a la mexicana que requería un entronado sexenal, el “presidente de todos los mexicanos”. En lugar de negociar y lograr acuerdos se logró crear enemigos resentidos, añorantes por el rumbo que, alegaban, se había perdido con esos dos presidentes “traidores” gracias a los “tecnócratas” y, además, neoliberales.

Por equivocadas que fueran y sean sus ideas, resulta contrario al liberalismo anular esas voces, o cualesquiera otras. Ellos, auténticos románticos trasnochados, deseaban mantener vivo el espíritu de 1917, de ese socialismo a la mexicana que requería un entronado sexenal, el “presidente de todos los mexicanos”. En lugar de negociar y lograr acuerdos se logró crear enemigos resentidos, añorantes por el rumbo que, alegaban, se había perdido con esos dos presidentes “traidores” gracias a los “tecnócratas” y, además, neoliberales. Vaya confusión, oportunidad perdida y oportunidad para la “izquierda internacional” con visión de embudo, ésa para la que todo es culpa del capitalismo (ahora neoliberalismo) y de Estados Unidos. Los ochenta que se repitieron con Fox y ahora se revierten los papeles.

En resumen, la viabilidad de lo que se proponía dependía del andamiaje de corte socialista que estaba por todas partes. El amiguismo formaba parte del paquete (¿nadie, entre esos reformadores, leyó completa esa obra fundamental de Adam Smith publicada en 1776?). El gobierno que buscaba una economía de mercado seguía siendo un gobierno intervencionista centrado en el presidente. Se habló sobre un nuevo rumbo sin que se hiciera algo por anular el viejo y su fuente de poder.

¿Cuál ha sido el resultado después de haber pretendido crear una economía de mercado y después de 18 años de pretender que México ya había superado su época de intervencionismo gubernamental y centralización del poder en el presidente? Podemos recordar y comparar un resultado del pasado con uno del presente. Por una parte, una mala decisión a inicios del sexenio de Ernesto Zedillo (1994-2000) dejó en claro la fragilidad de lo construido en el ámbito económico con De la Madrid y con Salinas, a pesar de las alabanzas de académicos, centros de investigación y la opinología que hacían pensar en la existencia de algo más sólido. Por otra parte, desde diciembre de 2018 un lobo feroz ha decidido soplar con toda su fuerza para mostrar la fragilidad de la casa de naipes de la transición y de la democratización para así derruir eso que estuvo mal construido, a pesar de las alabanzas de académicos, centros de investigación y la opinología que hacían pensar en la existencia de algo más sólido.

¿Cómo es posible que una mala decisión resultara en que se cayera el tinglado del desarrollo económico del salinismo? ¿Cómo es posible que las instituciones de la era democratizadora estén mostrando ser tan débiles? Cierto, sigue en pie el Instituto Nacional Electoral (INE), pero se le han quitado recursos, siendo que los derechos políticos han sido los derechos humanos más caros. Al mismo tiempo, la independencia de la Suprema Corte ya es más un deseo que una realidad, como lo es que los miembros del Congreso respondan a lo que es mejor para sus votantes distritales o estatales que para el partido al que pertenecen. Al menos no se ha solicitado que no aplaudan de pie. ¿Fue eso lo que solicitó De la Madrid para su cuarto informe de gobierno?

En tal caso, ¿es culpa del lobo feroz el haber soplado, soplado y soplado cuando los cerditos no construyeron bien la casa? ¿Por qué habría de ser su culpa si hay manjares adentro, no sólo los cerditos sino los recursos que manejan esos cerditos? A final de cuentas, se dejó abierta una puerta para que un oportunista aprovechara esa oportunidad ¿no? Sería tonto para el lobo feroz que busca comida dejar pasar una comida sencilla de obtener. ¿Es que nunca se consideró el oportunismo en la política nacional?

Igual que pasó con las reformas de la época de los “tecnócratas”, no se quiso ver que con la democratización se estaba construyendo una casa de naipes. Tal vez eso no importó porque el objetivo principal, lo importante, era sacar al PRI de la presidencia. Se logró y, al mismo tiempo, no se logró. Por alguna razón, se pensó que bastaba con sacar a un partido político sin considerar que las normas y algunas reglas del juego seguían siendo las mismas (promoviendo los mismos comportamientos por parte de los políticos) o que ese partido derrotado pudiera regresar con nuevo nombre, defectos y debilidades añadidas (era y no era el mismo partido, se diría desde la filosofía política tradicional). Resultaba extraño, pues, que se dijera que empezaba una nueva era. Lo que quedaba implícito es que después, de alguna manera, tal vez gracias a un deus ex machina, vendría la democratización completa, ésa tan puntual como Godot.

Parece curioso que no se modificara lo antes posible ese tipo de gobierno intervencionista y centrado en el presidente con la llegada de la democratización. Ganó, en tal caso, la supervivencia política o algo similar. En los doce años del PAN (2000–2012) resultó que, después de todo, varios aspectos de esa época autoritaria sí eran atractivos para el titular del ejecutivo en la era de la democratización. El nuevo/viejo PRI dejó en claro que, a pesar de la democratización, era posible actuar como antes de la transición sin peligro alguno. Desde el PAN y el PRI tuvieron la oportunidad de lograr cambios sustantivos. No lo hicieron porque no pudieron crear las coaliciones para ello, sin lugar a dudas, pero tampoco quisieron perder las oportunidades que lo anterior representaba para ellos. Ni siquiera se atrevieron a aplicar las leyes a políticos que se habían sentido y actuado por arriba de la ley.

El nuevo/viejo PRI dejó en claro que, a pesar de la democratización, era posible actuar como antes de la transición sin peligro alguno. Desde el PAN y el PRI tuvieron la oportunidad de lograr cambios sustantivos. No lo hicieron porque no pudieron crear las coaliciones para ello, sin lugar a dudas, pero tampoco quisieron perder las oportunidades que lo anterior representaba para ellos.

Para efectos prácticos, ¿cuál fue el resultado? Las promesas incumplidas de las reformas se tradujeron en que una parte considerable de la ciudadanía terminara decepcionada. Consideraron que valía la pena darles una oportunidad a aquellos a quienes no se les había dado esa oportunidad, a ésos del marketing basado en la Virgen Morena y en los valores tradicionales que tanto han ayudado al país a salir de su atraso. Otra parte mayor terminó decepcionada y en peligro ante la violencia. Votaron por otra promesa de reformas y de un futuro mejor gracias a una estrategia de cambio por definir, ahora claramente anclada en el pasado. ¿Votaron porque la elección de 2018 sea la última elección libre? Ésa era la realidad previa a 1995.

IV. Henos aquí, en septiembre de 2022, contemplando el mundo del intervencionismo gubernamental (con un giro peculiar preocupante); el autoritarismo renaciente que amenaza con ser algo peor; el tropiezo, si no es que el fracaso, del liberalismo tan querido de la retórica oficialista; una economía de mercado de amigos (en que, curiosamente, Carlos Slim sigue participando con éxito en México y en que sigue sin ser exitoso fuera de México). Lo más preocupante: la Constitución y las leyes son a modo. Como planteara John Ackerman, ese aguerrido cortesano de los snobs de Palacio, la democracia no tiene por qué estar limitada por la Constitución o por las leyes. En otras palabras, los caprichos del resurgente monarca sexenal ayudan a dar mayor incertidumbre sobre lo que se planee desde Palacio Nacional y sobre el futuro del país. Ya hemos estado ahí.

Estamos enfrentando las consecuencias de las decisiones que no se quisieron tomar y que podrían haber cambiado al país. Lo han comentado dos académicos, Daren Acemoglu y James A. Robinson (2012, 2019), sin que su explicación sobre la relevancia de las reglas del juego para México salga de unos cuantos círculos. Douglass North ganó el Nobel de Economía (1993) por sus contribuciones para entender ese tema, como fue el caso de Elinor Ostrom (2009), una politóloga real. Lo sorprendente es que siguen siendo nombres desconocidos entre quienes toman decisiones, en especial ahora. Las formas desacreditadas de entender la realidad son la moneda del día, una aplicación curiosa de la Ley de Gresham. ¿Por qué se insiste en ver si lo que ya se ha probado no funciona ahora sí va a funcionar? ¿Son las carencias de la educación formal o son los daños causados por la contaminación? No sé.

En ocasiones pienso que esa canción de Chava Flores sobre a qué le tira el mexicano cuando sueña debería ser parte del himno nacional o, incluso, el himno nacional. Refleja muy bien el carácter del mexicano promedio, con o sin doctorado. El pensamiento profundo en temas de política no es algo que se encuentre con facilidad en esta parte del mundo. Domina el pensamiento iluso y empírico que a veces parece profundo porque retoma o imita aspectos de quienes han logrado ese tipo de pensamiento. Es sencillo corroborar eso al leer una buena parte de lo que aparece en las páginas de opinión. El pensamiento abstracto no sale de la academia. Lo más interesante es que cuando los académicos bajan a tierra lo hacen sustituyendo esa forma de pensar profunda por opiniones y preferencias partidistas o ideológicas sin más. Se termina sin analizar la realidad y proponiendo soluciones. Aunque, siendo honestos, si propusieran soluciones no serían consideradas.

El pensamiento profundo en temas de política no es algo que se encuentre con facilidad en esta parte del mundo. Domina el pensamiento iluso y empírico que a veces parece profundo porque retoma o imita aspectos de quienes han logrado ese tipo de pensamiento. Es sencillo corroborar eso al leer una buena parte de lo que aparece en las páginas de opinión.

Encuentro difícil entender por qué no se pensó en convocar un Congreso Constituyente. Existían razones para ello. Entiendo que se pudiera alegar que no era necesario. Bajo la Constitución se había vivido la época de mayor estabilidad y desarrollo del país. Se podía alegar, recurriendo al pragmatismo burdo, que, si funcionaba, ¿cuál era la razón para cambiarla? El problema era establecer para quién había funcionado y determinar hasta qué punto podía ayudar en un mundo que cambiaba. ¿Duró tanto esa época de desarrollo y crecimiento? ¿Benefició tanto a toda la ciudadanía como para justificar que, en época de crisis, fuera necesario mantenerla? ¿Qué sentido tenía mantenerla si mostraba ser un problema y no una solución? Tal vez sean sesgos profesionales y personales, pero me cuesta trabajo tomar en serio algo que incluye “milagro” como un logro humano, como un resultado de la racionalidad en este caso influida por la Constitución. Además, hemos estado alejados por mucho tiempo de algo que pueda ser visto como “milagroso” a pesar de todas las reformas a la Constitución.

Quienes gobernaban se ataron de manos para mantener vivo algo que no permitía el crecimiento del país, en especial en temas de libertad y de derechos. Los derechos humanos son parte de la Constitución. ¿Ya por eso se puede decir que en México son una realidad? La realidad cotidiana y las acciones y decisiones de la CNDH y de la CDHCDMX muestran que no. Como sea, quienes gobernaban se ataron de manos por las ventajas que esos arreglos institucionales les daban y porque no estaban dispuestos a un conflicto abierto con los recalcitrantes. Tal vez no sea extraño, pues, que se vendieran a la idea que, sin importar el tema, el gobierno estaría presente en todo lo posible que no fuera en algunos mercados y el conteo de votos. Dejaron que la estrella de ese espectáculo siguiera siendo el presidente, uno que, por lo visto, entendería la realidad democrática, la economía de mercado y las restricciones que ello implicaba en su actuar. El modelo boy scout, por lo que parece, no pudo ante el carnal incendia–pozos.

Es aquí precisamente en este tema donde aparece un nuevo reto a la lógica. Por fin alguien en el poder se dio cuenta de que era necesario cambiar la Constitución. Por lo que se llegó a saber, la propuesta desde Palacio Nacional no buscaba crear un gobierno que funcionara y que no interviniera en todo lo imaginable; garantizara libertades y competencia; limitara al gobierno a aquello en lo que su participación tuviera sentido. No, lo que parece que se tenía en mente tenía más en común con el engendro que rige en la Ciudad de México, una pesadilla inspirada en las “ideas” de los lectores de Enrique Dussel y ese tipo de ralea que dice apoyar los derechos humanos para esconder de esa manera su agenda de intervencionismo gubernamental e igualdad forzada. No se consideró tirar por la borda el lastre del pasado, sino en hacerlo un lastre peor y folclórico. Lo que se deseaba era una “constitución moral”, una que asegurara la dirección del gobierno en todo ámbito más allá de lo económico, lo político y lo social. Era 1917 con venganza.

No podemos saber cómo hubiera sido esa constitución. Tal vez después de 2024 haya condiciones para revivir esa locura. Por lo que se discutió, parecería que se buscaba acabar con cualquier posibilidad de privacidad en nombre de hacer que todo fuera público, bajo pretexto, posiblemente, de promover la democracia directa y la participación activa de la ciudadanía bajo la supervisión cuidadosa del control gubernamental. Benjamin Constant (1767–1830), ese pensador que discutió sobre la libertad entre los antiguos y los modernos (1819/1821), hubiera estado aterrado. Los ideales de la constitución para la república de los modernos (1800–1803/1810) no son los ideales de quienes dicen ser liberales en este llamado gobierno transformador. Lo que llama la atención es que el mexicano promedio no se inmutó con el mensaje desde Palacio Nacional: queremos que sean como nosotros deseamos, no como ustedes deseen.

¿Qué esperar de gente que se dice de “izquierda”? Que no lo sean, como dicen indignados otros que se etiquetan como de “izquierda”, es irrelevante. El hecho es que, como buenas personas de “izquierda”, quieren lo mejor para nosotros. Quieren nuestra felicidad. Están dispuestos a hacer lo que sea con tal de lograrla. Considerar que esa felicidad depende de cada persona es algo inconcebible.

Fracasaron en ese intento, sin que por ello hayan desistido en crear el país de los felices infelices soñados por la mente tropical y la de sus secuaces. ¿Qué esperar de gente que se dice de “izquierda”? Que no lo sean, como dicen indignados otros que se etiquetan como de “izquierda”, es irrelevante. El hecho es que, como buenas personas de “izquierda”, quieren lo mejor para nosotros. Quieren nuestra felicidad. Están dispuestos a hacer lo que sea con tal de lograrla. Considerar que esa felicidad depende de cada persona es algo inconcebible. Es responsabilidad del Estado (gobierno), como se insiste entre quienes promueven los derechos humanos, garantizar que se logre aquello que desean las buenas personas preocupadas por nuestra felicidad. Van a hacer lo imposible con tal de lograrlo. Suena al pasado, nuevamente.

Ante este embate no es de extrañar, pues, que lo que supuestamente abriría las puertas de la democracia se desmorone lentamente. Tampoco debe extrañar que lo que se logró en cuanto a una economía de mercado también se desmorone lentamente. No había algo que le diera solidez en cuanto al diseño planteado en las épocas de entusiasmo. No había algo que le diera solidez a partir de la Constitución. Si se prefiere, no había algo que diera continuidad a través de los diferentes sexenios o administraciones, algo que limitara los caprichos del sexenio. No podría ser de otra manera. La Constitución misma no está diseñada para prevenir o contener el comportamiento oportunista y autoritario por parte de quien llegue a ser presidente. El sistema está sesgado a favor de ese individuo.

¿Cuándo se dará ese cambio que deje en claro que ya no estamos dirigiéndonos hacia donde se quería llegar con la economía de mercado y la democratización? Hay tanta preocupación por las elecciones, por las carreras de caballos y por el chisme del momento que pasa por política que hasta Claudia Sheinbaum (2018–) podría verse sorprendida ante lo que enfrente. Podría ser la presidenta, sin lugar a dudas. Sería un florero o, mejor aún, centro de mesa, pero en algún lugar de Palacio Nacional. Además, sería la primera mujer en ocupar ese puesto en el país machista, misógino, sexista y de los feminicidios que niega su jefe. La tendría fácil, sin lugar a dudas. Podría ser la presidenta que obedezca a otros poderes, esos que tienen fusiles. Podría ser una memoria ante el triunfo de quien ahora es secretario de Gobernación, Adán Augusto López, ese que gusta de violar las leyes y tratar mal a la gente. Cualquiera de esos tres escenarios podría ser el regalo de su irónico y anciano jefe.

Me adelanto a los pronósticos. Es necesario primero considerar un posible punto de inflexión.

V. Tal vez no sea necesario esperar hasta 2023 o 2024 para que el Sr. López nos dé otro tipo de sorpresas en cuanto al desmoronamiento de la democratización y la economía de mercado. Incluso podría dar una sorpresa que determine, por adelantado, lo que pueda ocurrir en las urnas en 2024. Vale la pena primero considerar algo trivial, aunque simbólico, y luego algo que tiene el potencial de no ser trivial y simbólico.

La noche del 15 de septiembre tendrá invitados distinguidos en Palacio Nacional. Debe estar seguro de que es bueno rodearse de gente ejemplar que haga honor al Día de la Independencia, ésa que fue consumada por españoles que no querían ser gobernados por liberales y que se presenta como la gesta heroica de nuevos mexicanos liberales en contra de la monarquía explotadora y extractiva encabezada por Fernando VII (1808, 1814–1833). ¿Cuál es problema de mentir cuando es toda una tradición patria de tergiversar los datos, los hechos y la historia misma?

En Palacio estará presente el pobre Evo Morales (2006–2019), el que logró se le reconociera “el derecho humano a la reelección” gracias a su incondicional Suprema Corte; aquel que las buenas conciencias de “izquierda” dicen sufrió un golpe de Estado por querer reelegirse nuevamente y más allá de los límites establecidos por la Constitución de su país y cambiada a modo para que no extrañara vivir en el lujo; ése que fue rescatado en forma heroica y con gran riesgo por la Fuerza Área Mexicana y bajo instrucciones directas del comandante en jefe e incondicional de la “izquierda” latinoamericana. No fueran incendios o inundaciones, menos falta de medicamentos, porque el comandante no se entera.

Estará, asimismo, el considerado sabio y santo José Mújica (2010–2015); un excelente presidente, sin lugar a dudas, porque no gobernó y dejó que gobernaran sus ministros; el que dejó en claro que en Uruguay sí existe un sistema político y un gobierno que no depende de caudillos porque la continuidad en el gobierno ayuda a ese desempeño; el que demostró que ser viejo e inútil no tiene por qué arruinar la solidez del gobierno o de la economía, menos el futuro de todo un país. Claro, las oportunidades para fotos sin recurrir a austeridad franciscana sí funcionaron. No habló de esa austeridad viviendo en un Palacio o con vástagos millonarios en cuestión de semanas.

¡Quién fuera Guevara! Nada mejor que destruir un país como ministro y asesinar gente para pasar a ser un ídolo de la “izquierda progresista”. Hay gays favorables al asesino de gays. Maravilloso si se vive en un universo paralelo. No cuesta trabajo imaginar la indignación si alguien se pusiera una playera con la imagen de Augusto Pinochet (1915–2006). Es indudable que para algunos fue una dictadura brutal (1973–1990). El hecho es que ya no existe esa dictadura y sí una democracia.

Como invitada estelar, imagino, estará la hija de Ernesto Guevara (1928–1967), ése que ha pasado a ser un objeto comercial en playeras, el de la mirada enojada cuando todavía era delgado y con su boina algo ridícula, paralizado en el tiempo antes de ser el obeso inútil promotor de la inestabilidad en Bolivia. Pensar que hasta en la “izquierda revolucionaria” hay clases y aristocracias. ¡Quién fuera Guevara! Nada mejor que destruir un país como ministro y asesinar gente para pasar a ser un ídolo de la “izquierda progresista”. Hay gays favorables al asesino de gays. Maravilloso si se vive en un universo paralelo. No cuesta trabajo imaginar la indignación si alguien se pusiera una playera con la imagen de Augusto Pinochet (1915–2006). Es indudable que para algunos fue una dictadura brutal (1973–1990). El hecho es que ya no existe esa dictadura y sí una democracia. No se puede decir lo mismo en cuanto a Cuba desde 1959 o en cuanto a las intenciones de Morales. Detalles, imagino, porque sólo los “buenos” son de “izquierda”.

Me queda la duda de si esos invitados son indicativos de aquello que añora lograr el Sr. López o, si no él, al menos uno de sus cercanos. No con Mujica, claro está, porque a final de cuentas él sí supo respetar los arreglos institucionales en su país.

VI. A la mañana siguiente del grito (hay que mantener las tradiciones iniciadas por el dictador, el único Don Porfirio), antes o después del desfile militar del 16 de septiembre, se espera una respuesta oficial a las acusaciones de Estados Unidos y Canadá sobre posibles violaciones al T–MEC. Se ha comentado que el 14 de septiembre estará en México el secretario de Estado, Anthony Blinken, como se ha comentado que el embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, ya no es tan asiduo a visitar y entablar pláticas en Palacio Nacional. Resulta, así, una forma curiosa de responder, día para responder y escenario para hacerlo. ¿No bastaba algo un poco menos dramático y gris?

No podemos dejar de lado que el Sr. López es feliz hablando y blandiendo la espada cuando no está en Washington, DC. Tiene algo cercano a diarrea verbal, sin que por ello se pueda decir que es un gran comunicador. Se atiene a un ideario y a repetir hasta el cansancio los mismos lugares comunes. Es incansable y sistemático en ello, lo que hace pensar que ha estudiado con cuidado las recomendaciones sobre la propaganda que aparecen en Mein Kampf (1925). Le ha funcionado, como se refleja en su popularidad tan difícil de entender (y en lo que pasa en las cabezas de quienes lo siguen apoyando). Al mismo tiempo, no es posible ignorar los mensajes tan extraños que se emiten desde Palacio Nacional. Además de extraños, son de mal gusto, vulgares e incluso aterradores, dignos de un enfermo mental, de alguien que ya perdió todo contacto con la realidad que no sea la que encuentra entre las paredes del búnker en el que vive.

El primer discurso francamente extraño, por no decir perverso, fue el de la pandemia como algo que caía como anillo al dedo. El espectáculo que siguió fue trágico por la cantidad de muertos resultado de la irresponsabilidad gubernamental ante una población irresponsable. Es imposible olvidar los malabares de un subsecretario que negaba toda la evidencia empírica y todo lo que se estaba aprendiendo sobre el virus para poder promover el mensaje de su jefe, ése que Ackerman llamó “científico”, siendo que el susodicho se considera historiador (de las garnachas, en el mejor de los casos). Es imposible olvidar las acciones y omisiones, como es imperdonable el que se haya recurrido a mensajes en que se mentía abiertamente sobre lo que se debía hacer y lo que estaba pasando. Ésa ha sido una constante: mentir con base en “otros datos” y las virtudes de la “austeridad republicana” con la que se autoriza tirar dinero a la basura. Es irrelevante que se haya desprotegido a las personas más vulnerables gracias a esa solidaridad franciscana.

Al mismo tiempo, no es posible ignorar los mensajes tan extraños que se emiten desde Palacio Nacional. Además de extraños, son de mal gusto, vulgares e incluso aterradores, dignos de un enfermo mental, de alguien que ya perdió todo contacto con la realidad que no sea la que encuentra entre las paredes del búnker en el que vive.

El segundo caso, el del 16 de septiembre, bien podría ser uno de mensajes confusos y extraños, relacionado con compromisos internacionales y en que se prefiere recurrir a la “sabiduría nativa” y a la defensa de la “soberanía”, uno de tantos conceptos contenciosos de uso corriente. En cierta forma, se puede considerar que es otra situación ideal para quien, cuando se ve acorralado, recurre a la “carta nacionalista” como comodín con el que busca matar cualquier tipo de combinación ganadora de cartas. Cumplir con acuerdos internacionales se traduce en limitar la capacidad para tomar decisiones exclusivamente desde un punto de vista nacional para tomarlas con base en criterios extra–nacionales. Pareciera que si esos criterios internacionales son aquellos promovidos por Estados Unidos que ello le causa erisipela. Por ello es que debemos preguntarnos, ¿qué puede representar ese anuncio en ese día, dados los precedentes de mentir a partir de un mundo imaginario, aunque real en su imposibilidad, para el Sr. López?

Por una parte, resulta claro lo que representa ese día como para comentarlo. No es un día neutral. Es un día adecuado para enfatizar las diferencias entre “ellos” y “nosotros”, diferencias que también podrían caer como anillo al dedo gracias a los planteamientos de Carl Schmitt (1888–1985) respecto a la política de “amigos” y “enemigos”. Es la oportunidad para hablar de aquellos que no son mexicanos y que, en ciertos países, “siempre” han buscado aprovecharse de México e incluso han tratado de destruirlo. Hay uno en particular que ha sojuzgado, al menos en el imaginario de “izquierda”, a América Latina y que hasta le quitó territorio a México, uno que ha sido peor que España. Sería un ataque que acarrearía aplausos, sin lugar a dudas, y que mostraría que ni en Palacio ni en la Cancillería hay adultos responsables a pesar de las canas.

Por otra parte, es el día del desfile militar, un acontecimiento particularmente problemático para un país que se cree democracia, más cuando ésta se encuentra en peligro. Francia tiene un desfile militar, cierto, pero les ha costado mucho trabajo lograr una forma de gobierno estable. ¿Es necesario que las Fuerzas Armadas rodeen al Sr. López el día que dé a conocer su respuesta? Es una imagen curiosa que puede mandar el peor mensaje posible. ¿Es un caso de “mexicanos al grito de guerra”? ¿Guarda relación con que el “invitado de honor” al desfile de 2021 fuera el presidente/dictador de Cuba, Miguel Díaz–Canel? ¿No acaso ese país es líder de quienes desean ver de rodillas a Estados Unidos o, en tal caso, encabezar un frente común en contra del “imperialismo” (siempre y cuando no sea imperialismo socialista)? ¿Se va a recurrir a la “carta nacionalista”, como si fuera Lázaro Cárdenas (1934–1940)? ¿Piensa nacionalizar algo que anule el T–MEC o reduzca la posibilidad de intervenciones por parte de Estados Unidos o Canadá en las decisiones que se toman en Palacio? Podría ser muy mala estrategia atacar a Estados Unidos y Canadá de esa manera, aunque ya sabemos que no saben medir consecuencias. Claro, no tienen por qué ser tan burdos. Podría ser suficiente atacar a quienes son vistos como agentes del “imperio” en México. ¿Se dará, en tal caso, un mensaje para quienes votaron en contra de la “reforma energética, ésos que fueron llamados “traidores” por los cortesanos más rastreros del Sr. López? ¿Se amenazará a académicos, opinólogos, cabecitas parlantes y críticos, algunos ya considerados “traidores” porque, se dice, promueven la agenda de Estados Unidos contra su alteza serenísima, como comentó hace unos días la llamada “Vil Chismosa”? No dejaría ser muy grave algo así, aunque un poco menos grave que un conflicto abierto con Estados Unidos y Canadá.

En el peor escenario posible se podrían estar anunciando cambios radicales al libre comercio, es decir, se estaría buscando lograr desempleo, pobreza y carestía, caída en las inversiones, el regreso de los capitales golondrinos, inestabilidad como resultado de ello (¿alguien recuerda la inestabilidad posterior a diciembre de 1994, pero ahora amplificada?). Dicen Tatiana Clouthier y Marcelo Ebrard que no habrá tal cambio. Tal vez. Independientemente de cuál de los dos escenarios ocurra, si es que pasa algo así, lo importante sería cómo podrían responder otros agentes relevantes. Ello nos lleva a considerar a los agentes más recientes en unirse a la vida política del país. La incógnita sería en cuanto a cómo reaccionarían algunos integrantes de las Fuerzas Armadas (la oposición sigue perdida), si es cierto que existen divisiones, o facciones, al interior de éstas. ¿Qué podría suceder ante un escenario tan negativo y peligroso dado que ya se les otorgaron todas las funciones policiales y participan en tantas actividades antes realizadas por civiles? La respuesta, si la hubiera, podría determinar la posibilidad de un gobierno militar o de un gobierno civil controlado por militares. De ser así, entonces las elecciones de 2024 podrían no ocurrir o podrían ocurrir bajo un resultado predeterminado desde Lomas de Sotelo y no, como se teme, desde Palacio Nacional o desde Bucareli. Ello no dejaría de ser irónico por partida doble. Al tratar de evitar un golpe de Estado, el Sr. López habría logrado uno. Al tratar de promover a su discípula favorita, la dejaría abandonada.

¿Qué podría suceder ante un escenario tan negativo y peligroso dado que ya se les otorgaron todas las funciones policiales y participan en tantas actividades antes realizadas por civiles? La respuesta, si la hubiera, podría determinar la posibilidad de un gobierno militar o de un gobierno civil controlado por militares. De ser así, entonces las elecciones de 2024 podrían no ocurrir o podrían ocurrir bajo un resultado predeterminado desde Lomas de Sotelo y no, como se teme, desde Palacio Nacional o desde Bucareli.

Si uno u otro de esos dos escenarios llegara a ocurrir entonces no habría duda alguna en cuanto a que hemos llegado a un punto en que la situación es insostenible, en que nos enfrentaríamos a la ingobernabilidad. Algo tendría que ceder. Aunque no se ha instaurado un autoritarismo abierto ni se ha buscado un regreso a la economía dirigida, parecería que es hacia el autoritarismo de antaño, ahora reforzado, hacia donde nos dirigimos. Uno u otro escenario podría aumentar el efecto de las decisiones irresponsables que ya se han tomado y una respuesta clara por parte de otros países.

Lo problemático, sin embargo, es que, aunque no ocurriera ninguno de esos dos escenarios, la inestabilidad es cada día más real y difícil de ocultar hasta para los cortesanos de Palacio. En este sentido, hay algo que no deja de ser extraño. Se ha fortalecido a las Fuerzas Armadas al mismo tiempo que se ha procedido a debilitar al gobierno por medio de recortes presupuestales y por el énfasis en atraer a gente que no tenga idea de lo que es la administración con tal de que sea leal sin más. De una forma u otra, lo que se está haciendo nos llevará a un punto de inflexión en el que el país pueda llegar a ser ingobernable porque nadie tiene la capacidad de atender las responsabilidades del gobierno, excepto, tal vez, las Fuerzas Armadas. Lo irónico es que ése puede ser el Talón de Aquiles del proyecto transformador: no hay garantía de que las Fuerzas Armadas se mantengan leales una vez que han sido compradas. ¿Cuál es la lógica de obedecer a los civiles si los militares ya hacen tanto y toman tantas decisiones sin los civiles?

Tampoco es necesario angustiarse y especular de más. A final de cuentas, bien podría ser que fuera otro día en que no se diga algo con diez mil palabras o más. Existe la posibilidad de que no sea otra cosa que el Sr. López rodeado por las Fuerzas Armadas, pretendiendo que defiende a la patria, anunciando algo que sólo en los medios oficialistas sería considerado relevante, tal vez matando con una eyaculación mental a Lord Molécula, y olvidado a los pocos días.

VII. Para entender por qué es posible la ingobernabilidad es necesario recordar un tema que causó tensiones entre México y Estados Unidos a finales de la primera década del siglo XXI. Por décadas se ha hablado de focos rojos sin que se les haya prestado la atención requerida. Entre esos focos destacan la falta de Estado de derecho, la violencia, la inseguridad y el narcotráfico. No se puede ignorar que la violencia, y no sólo la del narco, ha llegado a un punto en que ya empieza a difícil creer que sea posible gobernar algunas partes del país. No deja de ser extraño que, en forma casi repentina, se haya dejado de hablar de los linchamientos. Tal vez no se esté llegando a un Estado (gobierno nacional) fallido, pero sí a estados (gobiernos estatales y locales) fallidos. Surge la duda de cuántos gobiernos estatales o locales deben fallar para que se pueda hablar de un gobierno nacional fallido.

En 2008, en Estados Unidos se presentó un análisis sobre la posibilidad de que México pasara a ser un Estado fallido. Aparece en The Joint Operating Environment (JOE) 2008. Aunque se aceptaba en Estados Unidos una responsabilidad conjunta en cuanto a las actividades de los cárteles en México (de ahí que se les designara “organizaciones criminales transnacionales”), también se reconocía, con preocupación, que el narco había pasado a formar parte de los tres niveles de gobierno en México, incluyendo a las Fuerzas Armadas. La preocupación ante un narcoEstado (un narcogobierno) se estaba anunciado con insistencia. Ante ello, desde el Pentágono se presentó esta advertencia:

A serious impediment to growth in Latin America remains the power of criminal gangs and drug cartels to corrupt, distort, and damage the region’s potential. The fact that criminal organizations and cartels are capable of building dozens of disposable submarines in the jungle and then using them to smuggle cocaine, indicates the enormous economic scale of this activity. This poses a real threat to the national security interests of the Western Hemisphere. In particular, the growing assault by the drug cartels and their thugs on the Mexican government over the past several years reminds one that an unstable Mexico could represent a homeland security problem of immense proportions to the United States (p. 34).

Se ha sabido del poder creciente del narco, en parte resultado de una estrategia fallida. A ello se han sumado las fallas por contener la trata de personas, negocio que resulta ser un complemento perfecto para el narco y quienes participen de él en el gobierno. Ha quedado claro que el gobierno en México no está en posición de resolver problemas para los que fue creado, como la seguridad interna y la impartición de justicia. No debe extrañar, pues, la preocupación que se especifica en la página 36:

In terms of worst–case scenarios for the Joint Force and indeed the world, two large and important states bear consideration for a rapid and sudden collapse: Pakistan and Mexico.
The Mexican possibility may seem less likely, but the government, its politicians, police, and judicial infrastructure are all under sustained assault and pressure by criminal gangs and drug cartels. How that internal conflict turns out over the next several years will have a major impact on the stability of the Mexican state. Any descent by Mexico into chaos would demand an American response based on the serious implications for homeland security alone.

Este análisis causó descontento en Los Pinos. Como se debe recordar, pues se le dio cobertura suficiente en su momento, Felipe Calderón Hinojosa (2012–2018) habló con su homólogo estadounidense, Barack Obama (2009–2017), para protestar por esa caracterización en un documento oficial.

En Estados Unidos, como en México, se dejó de mencionar públicamente el tema, sin que por ello desapareciera el debate y la preocupación. Lo que debemos considerar es que, si se sigue debilitando al gobierno y fortaleciendo a las Fuerzas Armadas, ya infiltradas por el narco, y se dejan de atacar las actividades del narco para que puedan trabajar sin impedimentos, ¿qué tan posible es que ahora sí se llegue a un “Estado fallido”?

A pesar de ser preocupante, lo que se planteaba en el Pentágono en 2008 no es un escenario completamente preocupante. A final de cuentas, sería necesario incluir, ahora, el que no se está haciendo siquiera el mínimo esfuerzo para planificar contra el cambio climático y la pérdida de flora y fauna, la escasez del agua, la posibilidad de otra pandemia, reducciones en la disponibilidad de alimentos por el cambio climático, los retos creados por la guerra en Ucrania y un largo etcétera. Son demasiados temas. Basta considerar una pregunta: ¿qué pasaría si se incluyeran esos elementos en el análisis? Al menos se puede responder que desde Palacio Nacional hacen lo imposible por lograr su propio fracaso por no prestar atención a estos temas.

VIII. Cuando las decisiones de una persona son las únicas que cuentan sólo se puede concluir que en ese país no hay la menor posibilidad de libertad, garantías o derechos, menos cuando quien decide lo hace rodeado por las Fuerzas Armadas y sesgando las percepciones a favor de ser “patriota” o “no serlo” (es decir, ser “traidor”). Es un juego muy extraño el que se podría estar tramando, uno que podría tener consecuencias nefastas para el país y para quienes no estén de acuerdo con esa decisión o, en forma general, con el “proyecto de nación” que sigue siendo un misterio. Ni siquiera podemos tener la opción de resistirnos a imposiciones nefastas.

Tal vez todavía no se vislumbre que se está jugando con algo que empieza a adquirir visos de suspensión de garantías individuales y derechos. ¿Es exagerado asumir esto? Podría serlo. Sin embargo, debe considerarse que: 1. Ante la posibilidad de pérdida de garantías y derechos, no existen las exageraciones cuando ya existen indicaciones en ese sentido; 2. Desde antes de asumir la presidencia, el Sr. López dejó en claro que él está por arriba de las leyes y de la Constitución, como ya se comentó; 3. La Constitución misma es opcional cuando así se decide desde Palacio; 4. Las leyes se están usando en forma discrecional contra enemigos y la Suprema Corte no es independiente de los deseos del palaciego, lo que debería dejar en claro lo precario del Estado de derecho, precario de por sí por décadas; 5. Existe una sutileza curiosa con sus amenazas: dice que no va a reprimir, siendo que ir contra “traidores” no es reprimir, sino aplicar legítimamente la violencia contra esos “traidores”, siendo que, además, sus promesas no aplican al comportamiento de sus sucesores (esos elementos condicionales que menciona en sus discursos y que merecen un análisis detallado), y 6. El que los integrantes de las Fuerzas Armadas sigan viviendo alejados y aparte de los civiles no puede resultar en algo que promueva la libertad o los derechos de los civiles.

Regresando a lo que se comentó sobre dónde y cuándo se perdió el rumbo, ¿es necesario mencionar que varios de los puntos mencionados en el párrafo anterior ya se podían detectar en sexenios anteriores? Asimismo, si bien es cierto que si algo caracteriza este momento es la incertidumbre, ¿no acaso fue una queja parecida la que se usó contra los gobiernos que habían logrado esa incertidumbre? Hasta los desplantes de internacionalismo trasnochado no son algo nuevo.

El que ese individuo viva encerrado, alejado de la realidad, rodeado por cortesanos incapaces de decirle que está tomando malas decisiones también suena familiar. Tal vez haya cortesanos con algo de claridad mental que prefieren guardar silencio porque saben que ese individuo es un animal (político) peligroso que está al frente de todos los recursos para ejercer la violencia legítima. Nuevamente, suena familiar.

La pobreza y las limitaciones de la Constitución vuelven a ser aparentes, tanto así que ser un demente no descalifica a ese individuo de tener la obligación de arruinar el destino de millones de individuos en un territorio determinado porque quiere ver realizado su sueño de “un México mejor”. ¿Suena familiar? El que ese individuo viva encerrado, alejado de la realidad, rodeado por cortesanos incapaces de decirle que está tomando malas decisiones también suena familiar. Tal vez haya cortesanos con algo de claridad mental que prefieren guardar silencio porque saben que ese individuo es un animal (político) peligroso que está al frente de todos los recursos para ejercer la violencia legítima. Nuevamente, suena familiar. En todo esto no hay visos que sea la Constitución o las leyes las que controlen ese descontrol.

IX. Puedo resumir lo que he planteado con dos puntos. Por una parte, se quiso cambiar al país manteniéndolo atado a una Constitución del pasado. Por otra parte, todo lo que se creyó había desaparecido resultó estar vivo, aunque bajo tierra. Nos alcanzó, por fin, lo que no se veía por no ser parte del espectáculo político. Terminó minando lo que estaba sobre la tierra y que se creía más sólido. Johann Wolfgang von Goethe (1749–1832) presentó esto en forma atractiva:

Como en una gran ciudad, nuestro mundo moral y político está socavado por caminos subterráneos, sótanos y alcantarillas, sobre cuya conexión y condiciones de habitabilidad nadie parece pensar o reflexionar; pero aquellos que saben algo de todo esto encontrarán mucho más comprensible si aquí o allá, de vez en cuando, la tierra se resquebraja, el humo sale por la grieta y se oyen extrañas voces.

Pues bien, todo lo que supuestamente no estaba a la vista, aunque hiciera actos de presencia de vez en cuando gracias a ruidos y olores pestilentes a los que no se les hizo caso, ya dejó ver su cara decadente y deforme. Lo peor es que, aunque esté a la vista, no se hacen esfuerzos creíbles y de fondo por detener a ese monstruo que todos hemos contribuido a crear y en que los únicos ganadores son quienes controlan, más bien pretenden controlar, al gobierno.

Hablar de “política” en México es hablar de una cloaca, esa que se extiende por todo el actuar gubernamental sin que cause el menor conflicto. Se ha extendido a empresas, academia, las familias. ¿El gobierno proveedor de bienes públicos, como la seguridad, es una cloaca? Impresiona que no estemos matándonos a la menor oportunidad. La tragedia, farsa y tragicomedia, dependiendo del momento, es que la cloaca ha existido por décadas. Es parte de la Constitución. Es una constante. Ante ello no es extraño que, otra vez, estemos enfrentando una crisis y que, por el crecimiento mismo de la cloaca, esa crisis pueda ser significativamente mayor y peor que las enfrentadas en otras épocas. La diferencia es que ahora se pregona la buena nueva del comportamiento virtuoso como responsabilidad gubernamental. Resolver los problemas es buscar controlar a la gente.

X. Todo país es un experimento. Por lo mismo, todo país puede ser un éxito o un fracaso. En forma más realista, y fuera de los casos extremos, los países fluctúan entre éxitos y fracasos dependiendo del tema que se considere. En el agregado se les puede ver como exitosos o fracasados, sin que eso sea un cuadro muy satisfactorio. No existe el éxito o el fracaso absoluto, sino más o menos éxito o fracaso y en forma comparativa, sea respecto al mismo país en otro punto en el tiempo, con otros países en situaciones similares o respecto a los que son considerados como ejemplares. La idea misma del “Estado fallido” no deja de ser incompleta.

Las razones para explicar éxitos y fracasos dependen de las instituciones, de las “reglas del juego” y el respeto y apego que la ciudadanía, que incluye a la llamada “clase política”, tenga a ellas. La relevancia de las “reglas del juego”, leyes y normas, ayudan a explicar el crecimiento económico y las libertades, al tiempo que nos ayudan a coordinar acciones, desde manejar hasta gobernar (Brennan y Buchanan, 1987). El Estado de derecho no es un mero deseo, como tampoco lo es la existencia de una constitución que cree un gobierno que funcione, lo limite a ámbitos públicos y lo haga responsable ante la ciudadanía. Es un elemento indispensable para el éxito general de los países.

Lo que resulta extraño, al menos para mí, es que en México rara vez se considera el fracaso como un resultado posible y real. No deja de ser irónico. Pareciera que no existieran ejemplos por citar para considerar lo cerca que ha estado el país del fracaso. No parece ser un tema que se considere con la seriedad que merece. Aclaro. Lo han considerado algunos académicos y algunas personas interesadas en el tema, sin que por ello se pueda decir que preocupa al individuo promedio, a quienes se dedican a la política o sea un tema de discusión frecuente. Tal vez el fatalismo ayude a entender por qué el posible fracaso de este experimento llamado México no sea algo usual en las discusiones sobre el futuro del país. Tal vez sea la fe ciega e irracional en una deidad o en una virgen impuesta con la espada lo que explique por qué el tema no preocupa. O tal vez se deba a que éste es un país sin ideales. ¿Somos un país que existe sin saber para qué existe y de ahí que no preocupe tener un marco institucional que sí funcione, sólo uno que prometa el paraíso en la Tierra, siendo que ello es imposible?

De una u otra manera, se asume que el país seguirá ahí, se haga lo que se haga. Esto no deja de ser irónico. Lo que se logró desarrollar para dar estabilidad y posibilidades de éxito al país fue insuficiente, sin que hubiera interés en perfeccionar lo que funcionaba. De otra forma sería difícil entender los tropiezos tan graves en la segunda mitad del siglo XX. En este momento se puede dudar en cuanto a que se haya garantizado la supervivencia de este experimento en el siglo XXI.

Eventualmente, hasta los países considerados exitosos dejarán de serlo. Ello no se traduce en su colapso o desaparición, sino en irse desdibujando poco a poco hasta pasar a ser una memoria o una caricatura de lo que fueron en su mejor momento. La gloria de Gran Bretaña en el siglo XIX y parte del XX ha pasado a ser la farsa del Brexit, Nigel Farage, Boris Johnson y Liz Truss. El supuesto siglo de Estados Unidos, el ganador occidental después de la Segunda Guerra Mundial y el poder hegemónico después del colapso de la URSS en 1991, empieza a verse sobrepasado por los problemas que enfrenta, sin que Rusia o China puedan ser los sucesores hegemónicos, dados sus propios problemas. ¿Y México? Un boceto no es muy diferente respecto a algo que se desdibuja. Curioso, con grandes poderes viene gran irresponsabilidad. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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