Misivas a los fantasmas

Su afectísimo y atento… (epistolario) de Federico Esparza

A través de quince cartas indiscretas, personajes de diversas épocas (guanajuatenses todos, excepto José Guadalupe Posada; todos ya muertos excepto Cristina Pacheco) nos descubren frente a su correspondiente caricatura, sus entresijos más incómodos.

La caricatura tiene la particularidad de hacer coincidir en un mínimo espacio la historia, la crítica social, la contemporaneidad, el discurso visceral sobre temas o personajes y, por supuesto, el humor en su más incisiva expresión.

Retrato de Cristina Pacheco.

Nada que ver con el concepto clásico de retrato grotesco de una realidad: el buen cartón rebasa los esquemas y las definiciones, crea su propio código de juicio y lo propone con la manifiesta intención de que sea enriquecido, complementado y hasta excedido por ese observador atento que espera hallar en él la chispa que detone su dolido silencio.

Una caricatura es tan buena como su capacidad de sugerencia, tan efectiva como su sentido de la oportunidad. Esa carga de sugerencia está expresada en el “oficio” del caricaturista. Su arribo a lo oportuno, que bien podríamos llamar inspiración, es lo que marca la distancia entre lo ramplón y lo fecundo. Pero tal suerte de mímica del intelecto sobre el cómodo y silente vacío, el espacio en blanco, es tan solo ademán de sombra, sórdida mueca, si no existe una voz que le dé brillo, la interprete, la transforme en hirviente carcajada. La caricatura va siempre tras un visor ideal que caiga en el garlito de la provocación y le conceda voz. Sin esa otra mitad —el lenguaje que la califica y le aporta sentido— la caricatura es apenas esbozo tímido: el trazo de calidad lo da la cáustica historia, la agudeza, que emanan del ojo cómplice.

Retrato de Diego Rivera.

En el libro Su afectísimo y atento…, de Federico Esparza González (Ediciones Instituto Cultural de León, 2008) es el caricaturista mismo quien funge de intérprete de su propio cartón. A través de quince cartas indiscretas —literal cartonón de muchos pliegos y destinatarios—, personajes de diversas épocas (guanajuatenses todos, excepto José Guadalupe Posada; todos ya muertos excepto Cristina Pacheco) nos descubren frente a su correspondiente caricatura, sus entresijos más incómodos. Ante el espejo de la voz los papeles cambian: el dibujo se acicala, fluye hacia el retrato formal y circunspecto, mientras la caricaturización real del personaje invade los dominios de la carta.

Subamos a Diego Rivera a una proletaria pesera del Distrito Federal, que lo sorprenda una marcha de las tantas y que al bajar del chunche se esculque ya sin cartera. Escuchemos a Juventino Rosas entre la niebla de su vals “Sobre las olas” en un baile polvoriento y huizachero.

Imaginemos, por ejemplo, desde el jolgorio de esos textos, las sentidas cadencias de María Grever firmadas por la nada elegante combinación de su segundo nombre y su apellido alterno, Joaquina Torres, y de trasfondo el “Tú, y tú, y tú”. Subamos a Diego Rivera a una proletaria pesera del Distrito Federal, que lo sorprenda una marcha de las tantas y que al bajar del chunche se esculque ya sin cartera. Escuchemos a Juventino Rosas entre la niebla de su vals “Sobre las olas” en un baile polvoriento y huizachero. Divisemos a don Lupe Posada (el único de extranjia en el carteo) huyendo de su natal Aguascalientes hacia León con resmas de “El Jicote” bajo el brazo, o ya en la capital, piropeando muchachas recargado en la puerta de un taller de impresión. Ubiquemos a Joaquín Pardavé en su Pénjamo de ombligo canturreando agachado la “Negra consentida”, con acento del baisano Jalil. Veamos a Efrén Hernández personificado en su galán de cuento Serenín Urtusástegui, posando junto a aquella colección de jitomates garapiñados de besos de la amada. Salgamos al encuentro del Hidalgo risueño que baja de las huellas del libro Los pasos de López, de Ibargüengoitia. O si ya nos cansamos de tanta procesión, démonos un asomo por la barra inmortal de José Alfredo Jiménez, en donde se ofrece vida bohemia de la buena entre cocteles margarita que deshojan doloridas tonadas de provincia.

Retrato de José Guadalupe Posada.

La carta, más que acto íntimo, catarsis de emociones, es hecho de sinceración con uno mismo. Y es lo que hace Federico Esparza (1937–2010) en Su afectísimo y atento…, vaciar ante el espejo sus puntos de referencia vitales y creativos, y ya debidamente discernidos compartirlos con nosotros. Pero las cartas de Esparza han sido generadas desde un impulso inverso: lo natural hubiera sido que éstas balbucearan sus cálidos secretos al oído del cómplice elegido, de intimidad a intimidad, en el tácito acuerdo de que después de una última lectura compasiva, sin vuelta de hoja, el texto y sus probables revelaciones marcharán al olvido. En Su afectísimo y atento… ocurre diferente. Después de tal etapa de valoración se han escogido los pequeños defectos o los rasgos más triviales de los personajes aludidos y se les ha llevado al día a día de la gente común, para manifestar que aquellas figuras de bronce no lo son tanto, pues estuvieron hechas de rasgos tan humanos que es posible departir con ellas sin afectación alguna: que el Pípila —dando por aceptada su real existencia— fue un barretero de la mina de Mellado puesto por el azar en una ocasión heroica; que Hermenegiido Bustos era un sencillo capturador de rostros de la cotidianeidad con iguales urgencias que cualquier parroquiano; que don Miguel Hidalgo fue un ser excepcional, pero hombre al fin.

Retrato de María Grever.

Es en éste punto —en el olor a multitud, en el cariz cotidiano— donde nacen las misivas de Esparza para iniciar el recorrido inverso hacia el resol que las ha originado. El caricato verbal más su correspondiente complemento —la caricatura como tal del personaje— exponen las señales talladas en el tiempo por el ser colectivo, y el autor elige las que se ajustan a su propia persona y les da desarrollo en la carta: en el dibujo de cada personaje él se define, cuenta una historia ajena que es a la vez su propia historia.

Retrato de Miguel Hidalgo.

Es la multitud quien dicta la carta y perfila simultáneamente —en el incordio de lo representado— la propia caricatura de Federico Esparza González. Es él ante el espejo: todos los personajes son él mismo o quien hubiera querido ser, desde la voz jocosa de su más chingativo demonio interior. ®

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Publicado en: Libros y autores

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