¿Que si conocí al Jimmy?

Vivir en el barrio no es fácil, hay un chingo de tentaciones

¿Que si yo conocí al Jimmy? ¡Claro, güey! Buen amigo, buen futbolista, buen padre con sus hijos, por eso mismo me da más tristeza y coraje la forma en que pasó sus últimos días, casi sin poder moverse.

Asalto en una combi en el Estado de México. Captura de video en redes sociales.
…no necesito saber el futuro. Lo reconozco en el aire.
— Adrián Román, La noche del Sandunga

I

El Jimmy dio vuelta en la primera calle, buscando un atajo que lo sacara de la zona de peligro. Sentía miedo, las piernas no le respondían, la cabeza parecía que le iba a estallar, su mente le ordenaba que corriera en una sola dirección y que no se detuviera. Antes de llegar a la avenida el primero de los sujetos casi le había dado alcance, párate cabrón, párate hijo de la chingada, le gritaba.

II

¿Que si conocí al Jimmy? ¡Claro que lo conocí! Desde que era un morrito, desde que su familia llegó a vivir al barrio, desde que vivía en la casa de la esquina. ¿Te acuerdas que todo el día se la pasaba jugando futbol con un balón ponchado? Yo me acuerdo rebién porque por esas fechas se inauguró el deportivo y se formó el equipo de la cuadra, en donde el Jimmy era el goleador. Yo visitaba el barrio seguido, ya ves que ahí vivía mi morra. Para entonces su jefe ya se había ido para los Estados Unidos, y ya nunca regresaría.

¿Qué si fui amigo del Jimmy? ¡A güevo que sí! Yo veía que sus tíos venían a visitarlo seguido, también eran buenos para el fut, lo que tenían de rudos lo tenían de talentosos. Como les gustaba el box pues nadie se metía con ellos ¿no? Mira esta foto, es cuando fuimos campeones, ¿te acuerdas?, ese día el Jimmy dio un partidazo, y eso que todavía era un morrillo. ¿Te acuerdas de nuestros rivales? Eran más viejos que nosotros, ñores mañosones de esos que tienen mucho tiempo jugando juntos, que saben mover la pelota, tocar con precisión, dosificar el desgaste, ¡pero aun así nos los chingamos!     

¿Que el Jimmy creció y que se volvió un desmadre? ¡Pues claro, güey! No sé si me entiendas, pero vivir en el barrio no es fácil, hay un chingo de tentaciones, las viejas, el alcohol, la mota, eso hace perder a cualquiera. Al principio el Jimmy se la llevaba tranquila, quería irse por el buen camino, como lo hemos querido hacer todos alguna vez ¿no? Jajaja. Su jefa lo metió a la Francisco Villa, la que está aquí el lado; después se fue a estudiar la secundaria a San Pablo, pero ni la terminó, ya era un chamaco desmadroso, ¿tomar clases? ¡ni madres! Ya le gustaba el cotorreo de la calle y el rocanrol, por eso mismo no terminó la secun, porque lo expulsaron. Lo mero chingón era estar con la banda de la cuadra para cotorrear a todas horas.

Fue entonces cuando se juntó con su ñora y tuvo su primer chavito, bien feliz que se le veía con su morrito, ¿te acuerdas que lo llevaba al campo? Para entonces ya tenía más gastos y por eso se metió a trabajar en el bicitaxi, en donde agarró una condición física cabrona.

Pero, ¿qué crees? Que aun así el Jimmy trataba de hacer bien las cosas, por eso empezó a vender clarasol, quitasarro, cosas de limpieza, a eso se dedicó un buen rato, también por esas fechas empezó a pintar topes para ganarse una feria extra. Fue entonces cuando se juntó con su ñora y tuvo su primer chavito, bien feliz que se le veía con su morrito, ¿te acuerdas que lo llevaba al campo? Para entonces ya tenía más gastos y por eso se metió a trabajar en el bicitaxi, en donde agarró una condición física cabrona porque mira: jugaba entre semana, jugaba los sábados, jugaba los domingos, y todavía en la tarde tenía cuerda para agarrar un rato el bicitaxi.

Pero entonces quién sabe qué le pasó. Empezó a tener muchas broncas con su chava, broncas bien fuertes, con gritos, empujones, amenazas, y era algo bien extraño porque la neta es que el Jimmy nunca se atizaba, ni faltaba con el gasto, ni andaba con otras viejas, sus broncas se las llevó al campo. ¿Cómo te explico? No sé si me entiendas, mira, se volvió bien enojón. A cada rato se alebrestaba, discutía con el árbitro, con la porra, con sus propios compañeros. Bien fácil que se hacía de palabras con los contrarios, más de una vez estuvo a punto de iniciar una batalla campal porque empezaba de aferrado.

¿Que se volvió del grupo de los lacras? Mira carnal, ¿tú que hubieras hecho? En su casa seguían las discusiones y fue inevitable que su ñora lo abandonara y se llevara a los chavitos. Cuando menos se dio cuenta el Jimmy se había quedado bien solapa, más triste que un perro. Ya no tenía cerca a sus chamacos (ya había nacido el segundo), que eran su adoración, yo creo que eso nunca pudo asimilarlo. Era un madrazo fuerte. ¿Tú qué hubieras hecho? El Jimmy había perdido todo lo que quería en este mundo, ya no sentía nada, todo había perdido valor ante sus ojos; la vida, la muerte, ya no significaban nada, ya todo era igual, daba lo mismo que fuera domingo o que fuera viernes, daba lo mismo lo mismo que fuera blanco o que fuera negro, daba lo mismo que fuera bueno o que fuera malo. ¿Para qué portarse bien? ¿Para qué luchar? Te digo que el barrio es bravo, tiene la facilidad de acabar con cualquiera.

Y sí, la verdad es que se empezó a juntar con la banda lacrosa. Lo primero fue quitar celulares, arrebatarlos y correr como alma que lleva el chamuco para que no lo apañaran. Ya después era robar de todo. ¿Era el odio lo que lo impulsaba? ¿Era el desamor por lo que le había perdido? No te lo podría explicar. Los últimos días ya ni yo lo reconocía.

III

La noche que sucedió, Jimmy tenía cuatro días sin llegar a su casa, una de ellas se había quedado a dormir en la calle. Como que presentía algo, algo que estaba formándose, como una nube de polvo densa, de formas puntiagudas, como de navajas. Jimmy había decidido que iba a ser su último atraco, ya me lo había dicho. A lo mejor se cambiaba de barrio, a lo mejor empezaba otra vida.

Buen amigo, buen futbolista, buen padre con sus hijos, por eso mismo me da más tristeza y coraje la forma en que pasó sus últimos días, casi sin poder moverse. No mames, yo no sé para qué me haces tantas preguntas, nada más haces que me entristezca.

Esa noche lo acompañaban dos lacrillas, los tres se sentaron en la banqueta, junto a una barda, a un lado de la parada de combis, un lugar oscuro, como los que abundan por acá. Jimmy se cubrió el rostro con el gorro de su chamarra. La víctima llegó minutos más tarde, era una ñora gorda en una motoneta nuevecita. Sería un trabajo sencillo: cerrarle el paso, sujetarla fuerte, aventarla a un lado, tomar la moto y largarse, doblar en la primera calle a la derecha, la más oscura, no detenerse a pensar que era sentido contrario, hacerlo rápido, largarse. Todo parecía que iba bien, el Jimmy era el encargado de echar aguas, así que los dos lacrillas le cerraron el paso a la ruca y rápidamente la sujetaron del cuello sin darle tiempo a pensar, si darle tiempo a que gritara. Todo iba saliendo bien cuando de repente, dando la vuelta apareció el auto en donde viajaba la familia de la ñora, cuatro chavos jóvenes, fuertes, de los que hacen ejercicio en el gimnasio, habían ido a alcanzarla. Las luces del auto iluminaron la calle. El Jimmy sintió la luz en la cara como un fogonazo. Sintió la cara caliente, como si la luz de los faros le hubiera quemado, ¡fue la señal para que él y los lacrillas comenzaran a correr en chinga hacia la avenida a toda velocidad! Uno de los sujetos empezó a perseguirlo con furia, otros dos se lanzaron a ayudarle. El Jimmy dio vuelta en la primera calle, buscando un atajo que lo sacara de la zona de peligro. Sentía miedo, las piernas no le respondían, la cabeza parecía que le iba a estallar, su mente le ordenaba que corriera en una sola dirección y que no se detuviera. Antes de llegar a la avenida el primero de los sujetos casi le había dado alcance, párate cabrón, párate hijo de la chingada, le gritaba. El Jimmy sintió que cerca de su cabeza había pasado un objeto, posiblemente una piedra, que fue a caer delante de dónde él corría. Al cruzar la avenida aceleró su carrera y concentró todos sus sentidos en dar vuelta hacia la derecha: si pudiera llegar al camellón podría alcanzar la otra colonia y en esas calles los perdería. Uno de sus perseguidores, al verlo dar vuelta cortó para salir por atrás, pero Jimmy dobló allí mismo, en los regateos siempre le había ayudado su juego de piernas. La persecución siguió entonces en las calles de la otra colonia. Jimmy tenía ventaja porque eran calles que conocía bien, sabía dónde estaban asfaltadas, dónde se ubicaban los baches y los postes. Uno de los sujetos se lanzó a correr por una calle lateral, imaginando que Jimmy doblaría en la siguiente esquina. En esto acertó porque metros más adelante Jimmy dobló en la misma dirección que su perseguidor. Jimmy, sintiéndolo venir, aceleró su carrera y el otro en su intento de atravesársele tropezó con un tope y fue a caer duramente en el asfalto, uno menos. Los otros dos continuaron la cacería. La calle estaba más oscura. De pronto a Jimmy se le ocurrió que llegando al fraccionamiento de condominios saltaría la reja y estaría a salvo. Si llegaba antes que ellos ya no lo podrían alcanzar, era un albur pero tenía que correr el riesgo. Pensando esto se precipitó a su ejecución zigzagueando constantemente, dando largos pasos cuando había un bache, con lo que consiguió por fin acercarse a su meta. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la reja advirtió que los dos sujetos se le habían atravesado. Jimmy frenó su carrera, el corazón parecía que iba a salírsele del pecho, buscó la acera más cercana, se puso de cuclillas y encogió el cuerpo. Los golpes le empezaron a llover sobre la cara, uno de ellos le cerró el ojo derecho, una patada le rompió una costilla. Al taparse la cara con las dos manos vio que el tercer perseguidor venía hacia él desde el fondo de la calle, con una velocidad endiablada. Los nuevos golpes dieron, una y otra vez, en la quijada, la frente y la nariz del Jimmy; la sangre le obligó a cerrar los ojos. La golpiza duró varios minutos, los minutos más largos en la vida del Jimmy.

¿Que si yo conocí al Jimmy? ¡Claro, güey! Buen amigo, buen futbolista, buen padre con sus hijos, por eso mismo me da más tristeza y coraje la forma en que pasó sus últimos días, casi sin poder moverse. No mames, yo no sé para qué me haces tantas preguntas, nada más haces que me entristezca. ¿Tienes un cigarro? ¿no? Ni modo, yo creo que ya me voy, ya es bien tarde, hace un montón de frío; yo creo que no tarda en llover. ®

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Publicado en: Narrativa

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