¿Quién inventó a Lana del Rey?

(sobre la nostalgia de una vida pop)

Una simple búsqueda reveló que Lana no existía, sino que era el disfraz que Lizzy Grant, una acaudalada veinteañera de Nueva York, se ponía para jugar a la chica mala, la “Nancy Sinatra Gangsta”, como la bautizaron sus managers con el fin de venderla en un empaque adecuado.

Fue una mirada, asistida por unos abultados labios y rondada por granosas películas de super 8, lo que indujo a una curiosa narrativa. Una mirada que buscaba con ansiedad y cachondeo a un receptor desconocido desde su prisión de bits y pixeles, que pese a su belleza de hielo se lamentaba por ser ignorada ante la superioridad de entretenimiento que posee un videojuego. Ese atisbo, vértigo de una presencia y una voz difícil de ignorar, inició la caza por un misterio viral a la altura y evocación de Hichtcock: ¿quién era esa mujer que se hacía llamar Lana del Rey?

A diferencia de los viejos tiempos en donde la resolución requería de tiempo e intrincadas vueltas de tuerca, hoy en día las casas de espejos y respuestas las suministra Google en cuestión de segundos. Así fue como esa inquietante mirada fue rápidamente desmitificada, decantando el misterio de Lana del Rey al terreno de la controversia por su “sorprendente” falta de autenticidad.

Una simple búsqueda reveló que Lana no existía, sino que era el disfraz que Lizzy Grant, una acaudalada veinteañera de Nueva York, se ponía para jugar a la chica mala, la “Nancy Sinatra Gangsta”, como la bautizaron sus managers con el fin de venderla en un empaque adecuado.

Una simple búsqueda reveló que Lana no existía, sino que era el disfraz que Lizzy Grant, una acaudalada veinteañera de Nueva York, se ponía para jugar a la chica mala, la “Nancy Sinatra Gangsta”, como la bautizaron sus managers con el fin de venderla en un empaque adecuado. Ante esa luz, sus videos, otrora nostálgicos e intrigantes por su manufactura casera, ahora parecían ser una estrategia bien planeada de algún hipster ilustrado, quizá ejecutivo de la obsoleta, pero gigante, compañía disquera que en realidad la ampara.

Resuelto el “misterio”, twitteros, blogueros y demás autoridades del simulacro, quienes nunca se atreverán a lanzar la primera piedra, de inmediato arremetieron en contra de ella, reclamando la estafa inherente en esos labios hinchados y pestañas postizas: ¿Cómo se atrevía esta chica rica a jugárselas de mala? ¿Quién se lo autorizaba? ¿Por qué posar como reina indie cuando es un producto aparentemente manufacturado por Interscope?

La verdad es que Lana/Lizzy a nadie engaña, el que mira busca algo que no tiene y lo encuentra en ella, sea realidad o no. Ese es justo el contrato que se firma cuando se entra en la vida pop, pero éstos son tiempos difíciles aun para ello, pues la cultura popular actual reclama al héroe mítico del pop fantasía a la vez de realidad. Una ecuación un tanto difícil de sobrellevar.

Lana del Rey

Su imagen e identidad, calculadas al extremo, evocan a esas mujeres hitchcockianas etéreas e imposibles, que puestas a merced de la inevitable confrontación con el plano de la realidad ven esfumarse no sólo a su esencia, sino a su verdadero ser, desertándolas al desprecio y al maltrato por no corresponder a aquel espectro de la fantasía que inicialmente las colocó en el plano de lo visible. El quiebre con la fantasía da paso a una insoportable realidad. Una realidad que hoy en día es cuestionable por la amplia habitación que en ella preserva el simulacro. ¿Qué era entonces lo que esperaban aquellos que se sintieron defraudados?

Ciertamente un fenómeno predominante de esta primera década del siglo es lo retro. Lo nuevo viene coronado por la referencia, el reciclaje, el sampleo ad infinitum. El suceso de la novedad reside en la sensación de remembranza que cimbra al cuerpo: un “esto ya lo he visto”, especie de déjà vu consciente para un mundo que no sabe bien a bien cuál es su parada ulterior. En ese aspecto, Lana del Rey resulta ser la encarnación de una nostalgia por una fantasía, no la fantasía en sí y es justo allí donde reside su éxito y su contemporaneidad. Quién o quiénes se la estén inventando definitivamente saben lo que están haciendo y el cuento de Lana/Lizzy continuará en los siguientes meses, cuando su disco sea finalmente lanzado y la imagen completa tenga que arriesgarse a la distancia de la comodidad y el sigilo del fragmento. Acosada por paparazzi, entrevistadores y blogueros que revelen nuevos capítulos de su verdadera historia, el misterio simulado de Lana del Rey y la nostalgia por esa fantasía tendrán que probar su resistencia ante lo efímero de los tiempos.

Aunque la verdadera narrativa, curiosamente la que sale de foco gracias al predominio de la imagen, es la que pertenece al escucha. Si Lana del Rey realmente existe es en el plano etéreo de lo musical. El elemento que perdura y trasciende a Lana/Lizzy es acaso el mayor fantasma que la habita: su voz. Presencia de otro mundo, manifiesto de queja y ansiedad de un ser deliciosamente incompleto que busca encarnarse en una diva vintage o acaso, por las coronas de flores que gusta de ponerse en la cabeza, en una monja coronada por el santo evangelio del pop. ®

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Publicado en: Aquí no es aquí, Enero 2012

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