Recuerdo de Alepo

Tantas formas de llegar a casa

Los cristianos rezan el rosario cuando se escucha desde los parlantes de la calle el canto musulmán. No importa a qué dios hablarle, en Alepo todos rezan. Y si es de noche, no será difícil confundir los murmullos de los fieles desde cualquier balcón.

1.

Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otro mar;
buscaré una ciudad mejor que ésta […]
No hallarás otras tierras ni otros mares.
La ciudad irá contigo a donde vayas”.
—Kavafis

Me acosté sobre las piernas de mamá y tras la ventana sólo vi pinos y pinos moviéndose a la velocidad del automóvil. Sentí el olor a cedro y la sensación de que todo estaba bien en esa noche seca. Cuando todavía no sabía lo que era la necesidad de evocar un momento de paz, lo tuve. Y ese instante que creyó ser efímero se tornó recurrente. Por qué ése, de todos los recuerdos de mis viajes con mamá vuelve a evocarse, no lo sé. Dónde estaban mis hermanos y mi papá ese día, no lo sé, porque siempre viajábamos juntos. Pero así está. Es un recuerdo de soledad compartida y de caricia en mi rostro de niña, dejándose arrullar por la mano de una madre con miedo, tristeza y alegría, y por el aire caluroso que entraba por la ventana abierta de ese auto en 1997.

Vista de Alepo. Foto © Yanin Gulam.

Estábamos llegando a Alepo, recorriendo en carretera la ruta desde Damasco, después de casi dos días de viaje en avión. Argentina y Siria quedan muy lejos. Así medía la distancia mi mente infantil, sabiendo que había tardado en llegar: dos libros terminados, muchas miradas por la ventanilla viendo el sol, después las estrellas y el sol otra vez, lápices de colores gastados y algunos crucigramas imposibles de terminar. Siempre persistente en mis intentos por acabar ese juego inacabable, supe que habíamos tardado mucho.

Es que sí. Argentina y Siria quedan muy lejos. Yo sentía paz acostada en ese auto, somnolienta, por dormirme. Mi mamá iba a temerle a esa casi llegada. Al minuto antes de dibujar la sonrisa de alegría, de sentir eso y de sentir, por otro lado y además, todo lo que puede sentir alguien que vuelve, pero que vuelve un ratito para irse otra vez.

Estando en Roma, unos dos años después, un señor me escuchó jugar en un café con mis primos. Hablábamos en español. Me miró con tanto cariño y tristeza que lo miré también. Nos preguntó con acento porteño de dónde éramos y le respondí. No dejó de observarnos hasta que nos fuimos, y a mí me dio mucha pena. Reconocí la actitud y la mirada. Fue una casi llegada de un señor desconocido. Por un momento fuimos eco de la tierra que lo acunó. Quien vio una casi llegada alguna vez, la reconoce siempre, aun siendo niño, aun sin saber lo que es el desarraigo ni eso que los portugueses llaman saudade. En Siria no sé cómo le dicen, pero tiene olor a cedro y se parece a la caricia de mamá.

* * *

Iba a empezar el momento del reencuentro, cuando los adultos dicen que todo está bien, que están felices, pero lloran. Como si lagrimear de felicidad no arrastrara una tristeza, la tristeza de saber que ese momento es fugaz. ¿Por qué llorarán sino los que están felices? ¿Llorarían si el momento fuese a durar para siempre? Sea como sea, cuando un adulto llora, los niños sienten miedo. Empezaba el reencuentro y los besos y abrazos de mi abuela, tías y primos. Había que dar dos besos a cada uno y saludar a todos. Había que excusarse con una sonrisa por no hablar casi nada de árabe, resultado de una madre que quería aprender español. Había que tratar de entender el ruido de palabras entre frases familiares. Los adultos lloraban de alegría y había que entender.

Por un momento, se pausaron las tarjetas postales navideñas que llegaban en abril, los videocasetes con los últimos comerciales y música de allá, como decíamos en casa. Por unas dos semanas ya no habría más operadora incapaz de comunicarse, esperas en el teléfono, facturas abultadas por hablar veinte minutos, búsqueda de promociones para llamar al exterior. Y por suerte, ya no recibiría llamados de gente hablando en árabe y yo sin saber qué decir cuando mis papás no estaban en casa. Sentir pena porque habían llamado y justo no estaban.

Pero cada tres, cuatro años, cuando se podía, todo eso se ponía en pausa. Había una casi llegada, después una llegada y quince días de encuentro familiar. Mi mente de niña sabía que iba a viajar al otro lado, al exótico y extraño pero conocido Oriente. Desarraigo aprendido, identidad partida, raíces repartidas. Sin tener claro cuándo se vuelve o cuándo se llega a casa, comenzaba una historia de viajera itinerante: nunca conforme, siempre buscando y con la certeza de ser de donde nos quieren, sabiendo que eso implica no ser y ser, de un lugar y de muchos.

* * *

En la casa de mi abuela había un balcón, y todo lo demás no importa. Alepo en un día de verano mira y vive para afuera. Hace calor, un calor que recuerda con sus vientos calientes que se está cerca del desierto, que el aire acondicionado es un lujo de pocos, que los ventiladores no funcionan cuando se corta la luz, y que eso es seguido, que los balcones sirven para sacar el colchón y dormir afuera. Quizás el árabe busca el aire, y el aire —siempre amable, nunca solitario— le retribuye el favor devolviéndole la vida que ha sabido tener y que amó: cerca de las estrellas, fumando arguile, con el viento del desierto arrullando las historias que bien sabe contar. Refranes, música y pistachos. La vida en comunidad. Ser nómade ahora es ir del living al balcón. Se cena sandía porque es fresca y barata. Se miran las infinitas antenas de los edificios linderos en lugar de televisión, que no se puede ver desde afuera. Se mira a los otros. Los cristianos rezan el rosario cuando se escucha desde los parlantes de la calle el canto musulmán. No importa a qué dios hablarle, en Alepo todos rezan. Y si es de noche, no será difícil confundir los murmullos de los fieles desde cualquier balcón.

Se hace de día y las antenas de televisión siguen allí, bajo el sol radiante. Cada tanto se corta la luz. Recuerdo dejar de jugar con mis primos y volver al lado de mamá cuando eso pasaba, y entonces mis tías se ponían a cantar su ingeniosa canción para niños que decía mafi mai, mafi cahraba (no hay agua, no hay luz), mientras sonreían y aplaudían para los más chiquitos. Pasaban unos minutos y todo volvía a empezar. Nosotros, los niños, jugábamos a entendernos, a enseñarnos las letras y los números del uno al diez —mis primos en árabe, ellos en español, mi prima que vivía en Estados Unidos en inglés—. Jugábamos a las escondidas y nos creíamos grandes cuando nos dejaban salir a comprar gaseosas, que vendían en bolsitas de plástico. A veces, cuando teníamos suerte y a nadie le tocaba agasajar a los invitados viajeros con un banquete árabe —competencia de quién es más hospitalario en el país más hospitalario del mundo— podíamos, los niños, cruzar a comprar comida. Y era nuestra comida preferida: shawarma con papas fritas.

Comerciante. Foto © Yanin Gulam.

La casa de mi abuela estaba en el corazón del barrio cristiano de Alepo, enfrente de la plaza con juegos para niños y a una cuadra de la iglesia principal. Lo recuerdo así porque ésa era la indicación para que los taxistas puedan ubicarse en una ciudad donde las calles no tienen nombre y no sobran las iglesias. Vivir en un primer piso y tener balcón para ese entonces era un privilegio, de los pocos que había en un país con pretensiones de socialismo igualitario, y casi sin ascensores.

Finalizaban los noventa y recién empezaban a aparecer los rastros de la globalización en Siria. Circulaban camiones repartidores de Pepsi y enfrente de la casa había abierto un local de Benetton, que era toda una novedad pero que no duró mucho. Quizás había algo de presencia extranjera que se empezaba a rechazar, quizás los cristianos sintieron que no podían usar tanta extravagancia en un país con noventa por ciento de musulmanes, donde el trato era amable y cordial pero hasta ahí: las mujeres cristianas no podían usar pollera por arriba de la rodilla ni mostrar los hombros. Como poder podían, pero el decoro y el recato —de musulmanes y cristianos por igual— no lo permitía. Sea como sea, Benetton se fue. Quedó el local de shawarmas, que después de la guerra fue a parar a Canadá, pero eso es otra historia.

2.

Camino por las calles del arrabal moruno.
Mi sensibilidad occidental se descentra,
como el panorama de un sueño de opio.
—R. Artl

Abruma saber que hay que contarlo con 27 letras y cinco sentidos. En la puerta del lugar de todos los lugares debería existir un cartel que implore a aquel que entra: elija un sentido y guíese por él. Cerré los ojos por cinco segundos, por ser una niña mitad turista con sobreestimulación. Aroma a café, a cardamomo, canela, menta, jamaica, sudor, rosas, detergente, carbón de manzana, sandía, metal, lavandina, especias sin nombre, todas las especias, jabón, bosta de caballo, perro mojado, anís, tierra, cilantro, limón, sahumerio. Olor a carne. Olor a es suficiente. Olor a dame más.

Abrí los ojos y me vi con la cabeza echada para atrás, como quien no se anima a dar ese paso, o como quien toma envión porque sabe que ya no querrá retroceder. Me vi recorriendo calles que se hacían callejones hasta volverse laberinto. Vi toldos en el techo, agujereados para que entre el sol, o eso creí. El juego de luz y sombras del mercado me dejó perpleja. Yo iba un paso adelante de mis hermanos, y a cada rato me daba vuelta a mirarlos, con los ojos como platos, compartiendo la emoción. Vi musulmanas con burkas de todo tipo: algunas de negro de pies a cabeza, otras sólo con pañuelos estampados cubriendo su pelo. Todas mirando, todas comprando, ninguna sola. Vi caballos y burros caminando decididos, exigiendo el paso. Vi los gestos del que sabe vender y del que regatea, entre sonrisas cómplices de un pacto ancestral que no se rompe y se exige: el árabe es comerciante por naturaleza, vocación y emoción. Se disfruta la disputa más que el desenlace, porque al final siempre se compra y se vende, y porque Dios así lo quiere. Vi alfombras preparadas para el siempre inminente rezo musulmán. Vi señores de barbas largas y camisón blanco. Vi niños riendo y trabajando. Vi ojos hermosos y maquillajes para pintarse las cejas. Vi todos los productos que olí, y esta vez parecieron más exuberantes. Los colores de las telas acaparaban la mirada. Vi joyas plateadas y doradas. Vi a mi mamá regateando, tan feliz. Me pregunté por qué en Rosario no había un mercado, y de dónde sacaba este pueblo tanta vida.

Escuché murmullos y hombres gritando. Supongo que decían “entren a mi tienda”. Escuché el paso de hombres y animales y el rozar de los cuerpos entre la multitud. Un hombre se ríe y a los lejos alguien canta. Mi mamá que dice que le gusta esto, que el mercado de Alepo es mucho mejor que el de la capital, que éste es auténtico, que vamos a comprar anillos y que elija algo para mí, que todo es tan barato…

Entramos a una tienda que refutaba el refrán, porque todo lo que brillaba era oro. Jugamos a la búsqueda del tesoro sobre el pequeño mostrador. Las joyas estaban sueltas y revueltas, y supuse que aquello añadía más valor a la tarea de encontrar el premio. Busqué sin saber bien qué, y encontré algo que me pareció perfecto: un anillito que tenía un delfín hecho de cristales diminutos. No quería llevármelo, sino sólo contemplarlo, y lo hice con absorta sorpresa. También había delfines en esa tierra árida y mágica. Sonó el canto musulmán de la tarde, el tercero del día. Desde los parlantes decía, como siempre dice, que Alá es grande, y quizás en esa tienda, también bueno, bonito y barato. El dueño nos dejó con los vasos de gaseosa con el que siempre recibía a sus clientes y se fue adentro a rezar. Nos dejó también con todas las joyas enfrente y solos. El señor se habrá lavado la cara, luego las manos y los pies. Habrá apuntado su alfombra hacia la Meca. Se habrá arrodillado, con la cabeza y las manos sobre el suelo. Tal vez habrá recordado que sólo treinta años atrás todavía colgaban a acusados por delitos graves en la plaza principal, y si alguien robaba se le cortaba la mano. Tal vez íbamos a ser su primera venta del día, y entonces le habrá agradecido a Dios. Habrá dicho de memoria que no hay Alá más que Alá y que Mahoma es su mensajero.

En los pasillos del mercado hubo de pronto más silencio, y miré divertida a los burritos para ver si ellos también se decidirían a rezar. Terminó el llamado de oración y con él la calma. Lo caótico volvía a empezar. De nuevo el comerciante ofreciéndonos café o gaseosa y las joyas que seguían en su lugar. El gusto de la Sprite en mi garganta. El delfín de cristal. El aroma a sahumerio, a menta, a cardamomo. La música de fondo, las telas, el sudor…

En Siria al mercado le llaman mdine, y su traducción debería calificarse como intenso, que da vida, que no se detiene, que tiene entrada pero no salida. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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