Recuerdos de Julio

Y de Rania, de París, de los ochenta…

Nuestro autor, fotógrafo y ahora profuso y memorioso cronista de sus años adolescentes y de juventud, trae al presente la vez que conoció a Julio Cortázar, de quien era ferviente lector, y de las últimas fotos que le tomó antes de su muerte.

Julio Cortázar. Fotografía de César Vera.

Tuve la suerte de nacer en una familia grande, con un padre trabajador y próspero empresario textil self made y una madre que se casó muy joven y que venía de una familia de abolengo: los Romero de Terreros.

Don Romero de Terreros fue un gran hacendado con minas de plata en Hidalgo y, como altruista, donó un barco a los españoles para la guerra con Inglaterra. Llegó la Revolución y acabó con todo, y aunque habían perdido la riqueza, se mantenía el abolengo cultural en la familia, que ahora era de clase media alta, siempre dándole énfasis a la educación y la preparación académica.

Estudié en el Colegio Franco Inglés de la Ciudad de México, que era casi un castillo ubicado en los terrenos de la antigua Calzada de la Verónica. Era un colegio privado católico marista situado en un terreno muy amplio entre Melchor Ocampo, Bahía de Santa Bárbara y Marina Nacional: un espacio gigante donde pasé gran parte de mi niñez y juventud y que ahora es la horrenda Plaza Galerías. Tenía varios patios y salones construidos a principios del siglo XX para la élite de los años posteriores a la Revolución. La construcción era de estilo inglés, con salones de techos altos y grandes ventanales, dos canchas completas de fútbol rodeadas de árboles altos, además de canchas de básquetbol y voleibol. Siempre me gustó mi escuela: aprendí mucho y empecé a hacer música desde joven. Ahí estuve doce años. En casa siempre se le dio un gran valor a la literatura y la cultura.

En esa época, mientras más “ilustrado” eras, mayor era tu capacidad para navegar socialmente: una ventaja tangible, sobre todo si habías consumido la literatura de la época y podías articularla en tu discurso.

Un cuarto de la casa era la biblioteca y siempre había nuevos libros, sobre todo los de mis hermanos mayores —Daniel, Antonieta y Óscar—, que eran ávidos lectores y consumían libros a una velocidad extraordinaria: una noche, dos tardes a lo mucho, una semana y ¡boom!, lo terminaban.

A mí me costaba trabajo concentrarme; mi fuerte era la música —además era el mejor de toda la familia—, pero leer se me dificultaba, sobre todo alrededor de los diez años. Mi mamá me ayudó poniéndole pastas nuevas a una serie de libros clásicos infantiles de piratas y aventuras, y así me fui acostumbrando a leer. Ella había leído todos los libros imaginables en la biblioteca; increíble su capacidad y conocimiento literario.

Julio Cortázar. Fotografía de César Vera.

Recuerdo un libro buenísimo que después se convirtió en una serie de libros y eventualmente en una película: El país de las sombras largas, sobre el Polo Norte, y me acostumbré a leer más.

Durante una temporada que estuve enfermo en cama, a los doce años, me regalaron Papillon, de Henri Charrière, y Cien años de soledad, de García Márquez, que me gustaron muchísimo.

Recuerdo un maestro de historia que nos hacía comprar libros sobre el tema en lugar de un libro de texto tradicional; me gustaba leer los libros de historia. De hecho, él me llamaba al final del año para hacer las listas para el examen. Era cool leer; estaba surgiendo el concepto del Boom latinoamericano y así circulaba la lista de autores: Jorge Luis Borges, García Márquez, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz… Yo los leí a todos, quizá no toda su obra, pero sí algunos de sus libros. Entre ellos había un autor argentino que me gustaba muchísimo: Julio Cortázar. Leí muchos de sus libros: La noche boca arriba —con un twist genial al final—, Alguien anda por ahí, La isla a mediodía y otros relatos; años más tarde, Todos queremos tanto a Glenda, sobre la actriz que él tanto admiraba.

Recuerdo que mi hermano me preguntó: “¿Qué escena te gustó más?” “La de las modelos cambiándose”, le dije a botepronto. Daniel me explicó que la película era de un director italiano muy famoso, que era la primera que hacía en inglés y que estaba basada en el cuento “Las babas del diablo”, de Julio Cortázar.

Recuerdo haber ido con mis hermanos Daniel y Óscar al estreno de la película Blow–Up al cine Tlatelolco. Me cagaba de miedo de que no me dejaran entrar porque tenía doce años en lugar de catorce, pues era para “adolescentes y adultos”, pero como iba acompañado de mis hermanos mayores no hubo problema. La película me fascinó y definitivamente influyó para que algún día fuera fotógrafo —a mí y a miles más—, sobre todo por su creatividad y habilidad en el laboratorio. Recuerdo que mi hermano me preguntó: “¿Qué escena te gustó más?” “La de las modelos cambiándose”, le dije a botepronto. Daniel me explicó que la película era de un director italiano muy famoso, que era la primera que hacía en inglés y que estaba basada en el cuento “Las babas del diablo”, de Julio Cortázar. Por eso siempre fue un autor que me gustó mucho.

Cuando vivía en Londres, en mi departamento de Sinclair Road, tenía una ampliadora Phillips como las de la escuela del Photographic Training Centre —mi primera escuela antes de que me aceptaran en Goldsmiths—, muy avanzada, de fibra óptica de color con consola, que me regaló Rania y la tenía instalada en el baño. Sobre la tina había una tabla con bisagras que ponía para colocar las charolas de revelado, con una ranura para poner las impresiones a lavar en la tina en otra charola. Tenía un cuarto oscuro completo; podía revelar mis rollos e imprimir en mi baño. Esto fue justo antes de entrar a Goldsmiths College, después de ese verano.

Julio Cortázar. Fotografía de César Vera.

Parte de mi formación ética profesional como fotógrafo era ser proactivo. Todos los maestros y tutores de fotografía nos inculcaron crear nuestras propias fotografías de toda forma —ya fueran paisajes, retratos, moda, eventos, etc.— y empezar a hacerlo profesionalmente lo mejor posible. Por eso, cuando tuve oportunidad, hice retratos y fotos de moda que yo mismo producía muchas veces profesionalmente. Así lo hice para Vogue México durante muchos años ya en Nueva York. Debo reconocer que Carlos Somonte era un gran devoto al hacer las fotos y terminarlas al mejor nivel, incluyendo retoque con pincel y tinta especial para fotos.

Mi amigo Rodrigo, que había emigrado a París, vivía en un microestudio cerca del Centro Pompidou, que era la onda en esos días. En su baño tenía el mismo setup que yo tenía en Londres para revelar películas y una impresora con charolas. Así que, al final del verano, intercambiamos departamentos por un par de semanas: me fui a París y él a Londres.

A través de mi amiga Coco Figueroa, que tenía un departamento hermoso en París, me recomendó con su amiga la periodista Vilma Fuentes, que era la corresponsal de Notimex y en París conocía literalmente a todo el mundo.

Para mí era normal ir a París cuando vivía en Londres. Cosa curiosa: había ingleses que, en esos años antes del tren subterráneo, nunca habían cruzado el Canal para ir a la capital francesa. Por el contrario, yo ya había estado en París algunos años antes en mi primer viaje de mochilero y sabía que era el refugio de los latinoamericanos, a diferencia de Londres. Para mí se me hacía fácil tomar el tren a Dover, subirme al ferry por un par de horas y tomar el tren a París desde Calais. Lo hice tan pronto llegué a Londres y lo seguí haciendo frecuentemente durante los muchos años que viví ahí. En realidad, era como mi segunda casa, quizá emocionalmente, por la herencia natural latina y el idioma. Llegué a conocer a mucha gente; el departamento de Coco fue fundamental y muy importante en mi experiencia en Francia. Estaba en uno de los barrios más finos de París, a unas cuadras del Arco del Triunfo: un apartamento amplio de tres recámaras con ventanas grandes y mucha luz en el tercer piso.

En la primavera de 1982 ya éramos novios Rania y yo y, con el dinero que hice en mi viaje de diciembre a México, hicimos el viaje a París y nos quedamos en el departamento de Coco un par de noches. Ahí rentamos un Renault, que era muy barato, y manejamos al área de Pierrefonds, que tenía unos jardines hermosos y el castillo de Pierrefonds, con un hotelito muy moderno y funcional en la base, perfecto para una pareja. Fueron de las primeras veces que viajamos juntos fuera de Londres y fue muy divertido. Recuerdo que el hotel tenía un restaurante con cocina abierta, el fuego de una estufa grande de piedra y una viejita sentada al fondo viendo televisión en una repisa. El dueño nos dijo que no había menú, que él nos iba a servir diferentes cosas al estilo francés. Fue una fortuna: nos sirvió crudités de verduras, pan, antipastos de papa y nos cocinó una costilla de res con hueso al estilo tomahawk. Él la rebanó en la base de la estufa y nos sirvió platos con la carne acompañada de betabeles, cebollas, pimientos en vinagre y vino tinto en una jarra. Rania conservó la nota con lo que nos comimos. Podía tomar lo que quisiera porque no iba a manejar.

Al otro día visitamos el castillo y volvimos a París. Hermosa experiencia; hicimos muchas fotos que aún tengo.

Julio Cortázar. Fotografía de César Vera.

Yo había estado en Saint–Jean–de–Luz, al sur de Francia, justo al llegar a Londres en 1981. Irresponsablemente fui con Rodrigo, Carlos y María, y se tornó en un problema. La casa, que era de Dominique, estaba a cargo de su papá y sólo nos hospedó un par de días de cortesía, sólo por María. Yo me hospedé después con Rodrigo en un hotelito por un par de días más, que estuvo muy tranquilo. El siguiente verano fuimos de nuevo a Saint–Jean–de–Luz, al mismo hotelito que encontré con Rodrigo, y nos quedamos una semana muy agradable.

El hotelito era tradicional francés de verano y cada mañana nos llevaban baguettes con mermelada y chocolate, deliciosas.

Saint–Jean–de–Luz era un pueblito atunero que pescaba grandes cantidades de atún todo el año y que se activaba durante el verano como destino veraniego, con su propia industria hotelera. Estaba junto a Biarritz.

Rania estaba en la magnitud de su juventud y belleza: alta, de piernas largas, pechos pequeños, pelo largo y abundante, blanca con sutiles facciones sirias. Teníamos una rutina muy divertida y productiva.

Después de desayunar íbamos a tomar el sol a la playa, que estaba junto a un malecón, después de pasar por el puerto con los barcos pesqueros de atún vendiendo la mercancía, y donde había una calle de pequeños restaurantes de verano con menús préfixe.

Era algo hermoso: las mujeres llevaban los senos descubiertos de manera muy natural, lo que era nuevo para mí, y Rania se adaptó inmediatamente. O sea que en la playa veía el cuerpo de Rania más todas las otras chicas bañándose: un paraíso.

Varias veces entramos a alguno de estos restaurantes con Rania —ella vestida con un vestido de verano corto después de bañarse y alistarse para cenar—, y la gente le aplaudía de lo linda que se veía.

El menú era delicioso: opción de atún a la parrilla o moules marinières.

Ese verano lo hicimos en grande. Volamos de Gatwick a Biarritz en jet y de ahí volamos a París, también en jet, para llegar al departamento de Coco. Durante ese verano hubo una serie de bombas casi a diario, que traía a los parisinos muy tensos.

Julio Cortázar. Fotografías de César Vera.

Resulta que cuando llegamos al departamento de Coco en el taxi que tomamos del aeropuerto local de París (Orly), el taxista no tenía cambio y fui rápidamente a la panadería de al lado a comprar pan y cambiar el billete. Justo cuando volvía —y después de ver una pelea de enamorados rompiendo la baguette—, una patrulla de policías encubiertos se bajó junto al taxi armados y amenazaron a Rania. Cuando llegué también me amenazaron: habían denunciado una bomba en la entrada del edificio y lo que parecía era que una libanesa que hablaba perfecto francés y un latino mexicano estaban escapando en un taxi después de dejar la bomba.

Les explicamos que era al contrario: que íbamos llegando al departamento de mi amiga Coco. A esas alturas llegó el camión antibombas con sirena francesa y todo, la luz azul dando vueltas; la gente se empezaba a juntar. En realidad sí había una bolsa sospechosa a la entrada del edificio que parecía abandonada; todos aterrados esperando que explotara la bomba, cuando un viejito completamente abstraído de la conmoción cruzó y entró al vestíbulo del edificio y recogió la bolsa con las compras que había dejado ahí. Fin de la crisis.

En realidad sí había una bolsa sospechosa a la entrada del edificio que parecía abandonada; todos aterrados esperando que explotara la bomba, cuando un viejito completamente abstraído de la conmoción cruzó y entró al vestíbulo del edificio y recogió la bolsa con las compras que había dejado ahí.

Vilma Fuentes fue fantástica y me dio los teléfonos de muchos de los autores que fotografié ese verano, incluyendo a Juan Soriano, Julio Ramón Ribeyro, Jesse Fernández —el fotógrafo de la Revolución Cubana, que me contó la historia de que poco a poco los comandantes de la revolución iban desapareciendo y, aunque él era el fotógrafo consentido de Fidel, un día haciendo fotos desde un helicóptero arrojó “accidentalmente” las cámaras y le pidió al Comandante Supremo ir a Miami a comprar equipo nuevo… y escapó; de ahí se fue a Francia como refugiado político—, y sobre todo el número de Julio Cortázar, que era mi ídolo.

…and other stories…

Me atreví a llamarlo y me dio una cita para verlo en su departamento gigante en París.

Para mí era un enigma: un escritor argentino que vivía de traducir y escribir con un gran éxito.

El departamento estaba en una zona muy linda de París: edificios con grandes patios centrales, techos altos y mucha luz.

Llegué puntual con mi cámara Rollei 6×6, mi Nikon 35mm y mi trípode. Había mucha luz; él vestía una camisa como guayabera blanca, era muy alto con su clásica barba y fumaba constantemente. Tuve oportunidad de fotografiarlo en diferentes poses, sobre todo sentado, relajado, viendo a la cámara, de perfil… La sesión fue maravillosa. Él me dijo que fue una de las sesiones de foto en las que más relajado se había sentido. Cuando terminamos las fotos seguimos platicando; me atreví a preguntarle si algún día había platicado con Glenda Jackson, a la que le escribió un libro, y me dijo que no, que le daría mucha pena acercarse así a ella. Él había estado en Nicaragua promoviendo la alfabetización en esos años. También le comenté que mi novia y futura esposa Rania era ávida lectora y que yo le había recomendado a Julio Cortázar, a lo que sacó de una repisa el libro Todos los fuegos el fuego y otras historias (All fires the fire and other stories). Nuevecito el libro, abrió la página frontal y de su mano se lo dedicó a Rania y lo firmó: “Para Rania, muy cordialmente, Julio Cortázar”.

La dedicatoria de Julio a Rania.

Lamentablemente, en enero del siguiente año, 1984, Julio Cortázar falleció. Yo tomé las últimas fotografías antes de morir. La revista Proceso en México utilizó una de ellas como portada y publicó el resto de la serie.

Después de todos estos años todavía tengo el libro aquí en Nueva York; mi hijo mayor lo sacó de la repisa el otro día para ver la firma.

Cuando volví a México tenía impresiones bien hechas en papel de fibra Ilford y Agfa de gran parte del trabajo que realicé en Saint–Jean–de–Luz y París ese verano. Llevaba además obra de colegas ingleses de la maestría, muy buen trabajo, que se lo mostré a mi amigo Rogelio Villarreal, que conocí a través de Pedro Meyer.

Nosotros teníamos el estudio Encamera en esos años y empezábamos a navegar en el grupo de creadores fotógrafos, editores, etc., que empezaban a tomar fuerza en México en los ochenta. Rogelio tenía una revista que se llamaba La Regla Rota y era la revista y proyecto editorial más sólido y avanzado de esos días. Era realmente una revista profesionalmente editada, con factura profesional y muy buena circulación: una verdadera revista, la misma que se volvió muy influyente desde que se empezó a publicar. Era una revista ruda, nada suave —lo cual me gustaba mucho—, con mucha ironía y seriedad gráfica y de contenido; realmente temida de cierta forma. Tenía una sección que se llamaba “Las posibilidades del odio” y, aguas, no se tentaban el corazón con nadie. Tan importante era que tuvieron en portada a Mick Jagger con una regla rota real en las manos. Tan así de temida que un día salió algo positivo sobre Encamera o algo así y Carlos y yo bailamos con la revista por todo Encamera cantando “¡Que viva La Regla Rota, que viva La Regla Rota!

Rogelio nos publicó gran parte del trabajo, incluyendo una serie de mi amigo David que hacía collages fotográficos reales y de mi amigo Brian, que hacía serigrafía tipo Andy Warhol, muy avanzados y visionarios.

El hecho de ser publicado en La Regla Rota se volvió para nosotros un paso muy importante para crecer profesionalmente: nos dio credibilidad y respeto en la escena, que era nueva para nosotros, y fue un paso de crecimiento muy importante para nuestra futura carrera. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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