Retrato de la incomodidad

Dinero para cruzar el pueblo, de Rodrigo Ramírez del Ángel

No diré que fue una lectura agradable o entretenida, pero creo que hay un valor enorme y fundamental en textos que nos hacen sentir ese nivel de empatía con personajes ficticios.

Estación Tlaxpana de Petromex, 1935. Fotografía anónima, tomada de Relatos e Historias de México.

¿Qué buscamos en lo que leemos? Si se trata de algún estudio periodístico sobre la realidad de la trata de blancas, me parece evidente al menos un objetivo importante de la lectura: informarse, de una forma o de otra, sobre las realidades del mundo en que vivimos. Lo mismo, creo, vale para aquellos de nosotros que nos sentimos fascinados por el true crime, documentales de temas difíciles o similares ejemplos de no–ficción. Hay muchas más dinámicas en juego, pero para el punto que quiero tratar me gustaría enfatizar que es uno de tantos motivos.

¿Qué pasa con la literatura que es, nos guste o no, finalmente una forma de ficción creada adrede, con intención del autor, y que específicamente busca tratar los temas del abuso? Estoy consciente de mi cobardía cuando reconozco que no tengo problema en leer historias macabras sobre demonios o asesinatos, pero que siento mucha más pausa al tratar una historia sobre el abuso sexual.

Recuerdo las palabras de un amigo cuando hablábamos de una novela sobre este tema e intentó explicarme por qué la había abandonado: “No necesito esto en mi vida, en este momento”. No dudo del tremendo valor de quienes buscan tratar estas cuestiones y la necesidad de hacerlo, pero tampoco creo que quienes las buscan evitar estén inherentemente equivocados. Más aún si es una novela completamente ficticia, escrita por un hombre. Así que termino cuestionándome qué es lo que me deja o qué es lo que busco al leer por voluntad propia una historia de ficción que quiere analizar las realidades del abuso. En este caso me enfoco en mi propia experiencia en la lectura, ya que no me siento cómodo hablando de la que tendría una persona diferente a mí.

Es hasta la segunda mitad de este corto libro cuando se empiezan a explorar más a fondo las razones de estos traumas y cuando la humanidad de sus disfuncionales protagonistas empieza a relucir.

Dinero para cruzar el pueblo (Conarte, 2020) es una novela escrita por el veracruzano Rodrigo Ramírez del Ángel, ganadora del Premio de Literatura Nuevo León 2020. Su premisa inicial es la búsqueda de Eusebio, un hombre depresivo, para hallar a su madre, una mujer ludópata y errática de la que depende de una forma enfermiza. Sucede en Santa Ana, ciudad costera definida por los abusos de las refinerías cercanas. La primera mitad del libro me recordó a cierta tradición de historias desagradables sobre personajes desagradables, sus manías arrasando todo lazo emotivo sin un porqué, sólo dejándome esta sensación de que no podían ayudarse entre ellos. Es frustrante y real. Es hasta la segunda mitad de este corto libro cuando se empiezan a explorar más a fondo las razones de estos traumas y cuando la humanidad de sus disfuncionales protagonistas empieza a relucir. Ésta es una historia sobre los efectos a largo plazo de las acciones de crueldad más inhumanas, a la par que se permite preguntarse qué tan factible es continuar tras ellos y de serlo, ¿cómo?

Me hizo recordar a una de mis novelas favoritas: Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, con la cual creo que podría hacer una comparación interesante. Sobre héroes… es también una novela que trata el abuso, pero el tono en esta historia clásica de 1962 no podría ser más diferente. En aquella obra los personajes son caricaturescos y góticos: la sobreviviente es retratada como una mujer carismática y misteriosa y el abusador un gran villano digno de una película. Dinero para cruzar el pueblo está lejos de esta clase de dinámicas hiperbólicas que pudiesen endulzar las cosas al hacerlas más extravagantes. En esta novela los actos de abuso vienen de personas aterradoramente normales y los efectos que tienen en los inocentes son complicados y sin mucha elegancia. Es un retrato incómodo y se siente más real, como si se retratara algo relativamente normal, lo cual me pareció mucho más horripilante.

Parte del valor que hallo admirable al narrar esta clase de historia es que incita a perdonar menos defectos de los que quizá al menos yo, como lector, perdonaría en otra clase de historia. Ramírez del Ángel cae en varios clichés al mismo tiempo que hace todo lo posible por escapar de otros. Hay un personaje femenino que funciona más o menos como el clásico interés romántico del protagonista, y aunque tiene cierta profundidad y no se desarrolla tan mal, no deja de molestarme que en una historia tan cruda, a ratos, la manera de retratar la evolución del protagonista es hacer que se acueste con una mujer. Hay otros puntos también un tanto artificiales: el clásico personaje LGBT mucho más sabio que los demás, que está allí para perdonar y enseñar, algunos diálogos medio sosos y una trama detectivesca un tanto confusa y forzada. Sin embargo, es una historia en la que lo que funciona, funciona bien: los personajes importantes son memorables y hay varios momentos callados de frases destructoras que se quedaron conmigo.

Recordé también a la reciente, imperdible, Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, en parte porque ambas historias comparten ciertos temas y, curiosamente, las dos se sitúan en poblaciones petroleras. Al pensar en la novela de Melchor veo un sentimiento de realismo aún más oscuro, mientras que Ramírez del Ángel se permite varios puntos telenovelescos. Y lo más interesante, para mí, es permitirse un final agridulce, con algo de esperanza.

Me quedé un rato fumando después de leer el libro, preguntándome por qué inventamos la literatura sólo para tener que aguantar párrafos como algunas de las escenas más grotescas. No sé si la posibilidad de esperanza por los personajes exacerbó esto o me permitió sentirme un poco más en paz. Supongo que es posible que alguien leyese esta clase de historia y tomara conciencia de las horribles realidades de la violencia en nuestro país, pero, como lector, me siento algo escéptico en querer justificar todo con una improbable “toma de conciencia”. Creo que una obra de no–ficción, o tan sólo ver las noticias, sería una mejor fuente de información fidedigna. Así, me pregunto de nuevo: ¿Qué obtuve de todo esto?

Hay un punto en el que un personaje, una mujer, invita a otra al funeral de su padre, un “gran hombre”, importante para la comunidad. El personaje invitado es una de las protagonistas y es, también, sobreviviente de la violación del padre de la primera. Indignada, ella le reclama por lo que están haciendo, a lo que la hija simplemente se tapa los oídos con tal de que su visión paternal no se rompa. Cuando la protagonista se va, indignada, tuve que detenerme un momento porque me di cuenta de que estaba apretando la mandíbula: me había enojado de verdad. No estoy insinuando que sea una persona particularmente noble o empática: es un resultado de buena literatura. Y al final de la historia, cuando te dan un poco de esperanzas por el destino de aquella sobreviviente, tras muchos caminos oscuros, sentí también una felicidad real, como por alguien que conociese. No diré que fue una lectura agradable o entretenida, pero creo que hay un valor enorme y fundamental en textos que nos hacen sentir ese nivel de empatía con personajes ficticios. A fin de cuentas, para eso es la literatura. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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