Roberta y los pájaros

Los menesteres del ocio, IX

Ella esperaba un camión que la llevaba hasta la Alameda. Parecía un fantasma adolescente, con el cabello recién lavado, el uniforme azul marino, de largas y sólidas piernas. Todavía ahora tengo que pasar por su casa, cuando me dirijo a pie hasta la Alameda.

Pintura de Amy Judd.

Confecciona uniformes para su antiguo colegio. Cuarenta años después: los pájaros tienden a apropiarse de los patios, las aulas, las cornisas. Ellos, que significan la vida que vuelve cada año, son por lo mismo un símbolo de la muerte. Ahora entro y salgo del primoroso edificio art nouveau, por la mañana o por la tarde, como jamás pude hacerlo de la vida de Roberta. Convertido en cafetería y librería, contemplo desde una mesa la Alameda, llena de muchachas que pasean en compañía de sus niños, de sus perros, de sus novios. Me pregunto cómo pudo caber aquí una escuela; pero es que era pequeña, exclusiva a su manera y, repito, primorosa.

Ella y yo vivíamos, al igual que ahora, en el barrio de Mictlán; gracias a un billete de lotería su madre llegó de pronto y compró un baldío de esquina, donde edificó rápidamente una casa de muchas habitaciones, aunque su familia era pequeña. Sólo Roberta, una hermana de diez años y un niño todavía más chico, que apenas contaba, de una presencia tan ominosa como del padre ausente, del que no se hablaba nunca. El premio monetario, repartido entre unas quinientas personas desperdigadas por toda la Federación, tampoco había sido grande. Pero sí lo suficiente para construir esa vasta vivienda e instalar allí el pequeño taller de costura, que acabaría por convertirse en el  proveedor de uniformes de la academia comercial.

Me encontraba a Roberta en la madrugada, cuando me dirigía a pie a la escuela secundaria; ella esperaba un camión que la llevaba hasta la Alameda. Parecía un fantasma adolescente, con el cabello recién lavado, el uniforme azul marino, de largas y sólidas piernas. Todavía ahora —envejecimos en el mismo barrio, repito— tengo que pasar por su casa, cuando me dirijo a pie hasta la Alameda, a tomar mi café expreso, mi capuchino en el colegio de paga convertido en cafetería y librería. Tengo miedo de asomar por la ventana de cristales plomizos, polvorientos y encontrarla convertida en una imagen de su madre costurera, con la aguja en alto o en ristre, zurciendo imágenes del pasado. Acelero el paso.

Como era una mujer bella, se casó joven y sus hijas seguramente hicieron lo mismo, de manera que ahora contempla su posteridad tranquilamente, mientras arroja semillas de calabaza tostadas con sal a las palomas.

Fue en esta cafetería donde contemplé, como he dicho, hace unos cuatro o cinco años, la primera imagen de mi muerte bajo la forma de un pájaro. Una golondrina que rasgaba con el pico y la garra un pedazo de mampostería, un pedazo de cornisa de suyo negruzca, porosa, polvorienta después de un centenar de generaciones de golondrinas que habían hecho lo mismo, para improvisar un nido. Los afanes de los pájaros son tan pasajeros como los de las generaciones de los hombres. El invierno estaba desvaneciéndose: las palomas conventuales, que al parecer nunca migran, empezaban a recuperar sus lugares junto a los botes de basura, donde encontraban comida a pasto, disputándoselos a las ratas de la Alameda.

Roberta pasea entre estos árboles, sin duda, los domingos por la tarde, en compañía de dos o tres nietos. Como era una mujer bella, se casó joven y sus hijas seguramente hicieron lo mismo, de manera que ahora contempla su posteridad tranquilamente, mientras arroja semillas de calabaza tostadas con sal a las palomas. A esos pájaros entre los que no se distinguen el macho y la hembra; que semejan un conventículo de solterones, aunque practican una intensa vida sexual.

Lo que sucedió después fue confuso, como suele ocurrir con las obras del tiempo, que nubla fotografías, mezcla facciones y nombres, que escamotea lo mismo bultos que identidades. Durante los veinte años posteriores mis recuerdos de Roberta se limitan a estos cuatro recuerdos, que son como postales sueltas, sin fechas específicas ni nombres de persona al calce:

a) Yo mostrándole el libro de un poeta judío argentino, que en ese momento me pareció novedoso —a pesar de que se parecía a González Tuñón, o quizá precisamente por eso— y que después dejé de leer por completo.

b) Roberta prestando su casa para que un profesor casado se viera con una compañera suya, que a mediados del año escolar se había vuelto su amante. (Cabe aclarar que se trataba de una mujer fea y resentida, que arruinó el matrimonio y la vida personal de ese cándido profesor para el medio siglo siguiente.)

c) Yo tomándome unas cervezas en un bar de mala muerte, un viernes por la tarde, mientras escampaba la lluvia y haciendo tiempo para que comenzara, dos calles más lejos, la ceremonia de XV años de la hija de una amiga divorciada. Me extrañó encontrar ahí al novio de Roberta, pues parecía un muchacho vigoroso y sin vicios; finalmente se casaron y no sé si continúen juntos hasta la fecha.

d) Yo en una casilla de votaciones, mientras ella me entregaba las tres o cuatro boletas que habría de cruzar. Recibí con extrañeza su amplia sonrisa, aunque tardé un largo cuarto de hora en percatarme de que era ella.

Este cuadrivio de imágenes de bulto se dio en un lapso de veinte años. Han pasado otros veinte años desde la última de ellas y, aunque hemos sido vecinos durante toda una vida, desde que ambos cruzamos el umbral de la infancia, no he vuelto a mirar su rostro. Ni quisiera: prefiero quedarme con la impresión de su cuerpo, alto y delgado como un árbol en su uniforme azul marino, esperando el autobús a las seis y media de la madrugada. En mis paseos vespertinos, suelo pasar por su casa, atravesar la puerta y la ventana, de cortinas siempre entornadas, mientras el sigilo y el cuidado se imponen a la curiosidad.

Me comporto con el maniático cuidado de un Wakefield, aquel honesto ciudadano que abandonó a su esposa y se instaló a vivir a la vuelta de la esquina del hogar conyugal. Veinte años después, ambos se encontraron en la plaza de aquella pequeña ciudad norteamericana y no se reconocieron, a pesar de que estuvieron frente a frente durante algunos minutos.

No sé si se divorció o se quedó viuda; posiblemente me he encontrado a su marido muchas veces, pero desde hace muchos años me reconozco incapaz de reconocerlo. En la fachada quedan rastros del letrero y el anuncio visual de lo que fue alguna vez el taller de costura de su madre, que posiblemente ella heredó y malbarató más tarde. Estuve diez años fuera de la ciudad, con lo que perdí cualquier hilo de conexión con su historia. Pero regresé hace dos décadas, durante las cuales la he visto —o así me lo ha parecido— de espaldas, dirigiéndose a casa de algún familiar, a la tienda de abarrotes, a la escuela secundaria cercana a su casa, donde según tengo entendido se marchitó durante los lustros y décadas que le quedaron de vida.

Que aún le quedan. Me comporto con el maniático cuidado de un Wakefield, aquel honesto ciudadano que abandonó a su esposa y se instaló a vivir a la vuelta de la esquina del hogar conyugal. Veinte años después, ambos se encontraron en la plaza de aquella pequeña ciudad norteamericana y no se reconocieron, a pesar de que estuvieron frente a frente durante algunos minutos. ¿Habré visto a Roberta esta tarde? ¿Habrá atisbado ella mi figura, como cada tarde, desde la cortina de encajes, a menudo entornada, de la ventana de su alcoba, tan fácil de abrir, que da a la calle? ®

(30/julio/2021)

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Publicado en: Narrativa

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