Romelia

Contradicciones ideológicas al tomar un baño de tina

Romelia es una geóloga en sus sesenta que de pronto se ve tentada a hacer algo que no debería de hacer por sus arraigadas convicciones relativas al medio ambiente…

El botones levantó con dos dedos su gorrito rojo que parecía una caja de galletas. Agradeció con una simpática reverencia el billete de cinco dólares y cerró la puerta. Romelia respiró profundamente, arrojó su pesada bolsa sobre una silla de tapiz verde y con los brazos extendidos se tiró sobre la cama. Al menos, pensó, algo bueno tendría ese día de interminable mala suerte en el que los contratiempos hacían fila para aparecer uno tras otro.

Los pies acostumbrados a las botas de campo se le desbordaban por aquellos zapatos de tacón color mamey que usó durante los cuatro días en la convención de geólogos. Parecían dos sapos atrapados en una red de pescar. Despegó del cuero los empeines hinchados y movió aliviada los dedos gordos y chuecos enguantados en unas medias de nailon color tabaco. —¡Qué bonito hotel! —pensó.

Nevaba. Las calles enhieladas de Washington desquiciaban el tráfico desde temprano. El taxista, harto, después de hora y media de conducir entre aquella masa de autos, la dejó en la primera puerta del aeropuerto. Dentro, la mujer supo que el mostrador de la aerolínea que buscaba estaba en el otro extremo de la terminal. Con el tiempo encima quiso correr, pero sus zapatos de tacón y la pesada maleta con una ruedita tercamente divergente sólo le permitieron un torpe y apurado paso de ganso aturdido.

Cuando finalmente llegó, cincuenta minutos antes de la hora anunciada para el despegue, la empleada de la aerolínea, pésima actriz, fingió un gesto compungido.

—Lo siento, no hay lugar.

Habían sobrevendido el vuelo, pero nunca lo admitiría. La mujer de cabello ensortijado culpó al “sistema”, a la agencia de viajes, al frío. Le repitió una y otra vez claves indescifrables repletas de números y consonantes. Como un gran favor la puso en lista de espera del vuelo que saldría cuatro horas después. Romelia llamó por teléfono a Paco, su esposo, para avisarle del retraso. Jaló su maleta, una mula terca que insistía en seguir su propio camino, por interminables pasillos hasta una sala de espera. Las sillas estaban, todas, ocupadas. Bobeó por las tiendas de revistas y compró unas pastillas de menta. Esperó de pie tal vez media hora. Al fin se sentó en el suelo, cuidando que aquella falda sastre color rojo no se le fuera a romper. Extrañó su pantalón de mezclilla. Las expediciones por cerros y barrancos la mantenían ágil a sus 62 años de edad.

En el siguiente vuelo tampoco hubo lugar.

—I’m sorry —le dijo con una sonrisa estúpida la mujer que no sabía fingir.

Ya furiosa, Romelia buscó al encargado. Se repitieron las excusas. Al fin obtuvo un vale para un taxi y un pase por una noche en un hotel cercano al aeropuerto. Le prometieron un lugar en el primer vuelo de la mañana siguiente.

En el taxi notó que los pies le palpitaban como si tuviera metido en cada zapato el corazón de un caballo desbocado. El tráfico era intenso. Desde el auto llamó de nuevo a su marido y le dijo que seguramente la dejarían en un motel de carretera repleto de camioneros. Se sorprendió cuando el auto se detuvo frente a un pequeño edificio antiguo. Tras una pesada puerta de cristal con manillas doradas miró la sonrisa amable del botones, un muchachito de cara redonda salpicada de pecas que parecía el emblema de una bolsa de caramelos gringos. El cabello anaranjado contrastaba con el traje rojo que le quedaba un poco grande. Fue él quien, tras registrarse, la condujo a la habitación 404.

Todavía con las piernas levantadas y saludando a nadie con los dedos de los pies, Romelia miró frente a ella una enorme ventana que dejaba ver la nevada que discretamente se posaba sobre la ciudad.

Miró al otro lado y descubrió, al fondo de la habitación, una enorme bañera que parecía un barco. Se levantó de un brinco. Encendió una luz que iluminó la tina y acentuó su blancura sobre un sedoso y oscuro piso de madera. ¡Guau!, exclamó en voz alta. Era como los baños que aparecían en las revistas de decoración que compraba su cuñada.

La tentación, silenciosa, le corrió a las manos que se le habían ido, sin pedirle permiso, hasta la llave. Entonces recapacitó. “No, de ninguna manera”. Retiró de un golpe los dedos como si se le estuvieran quemando en un comal.

En el congreso de geólogos, apenas unas horas antes, presentó una ponencia sobre el abatimiento de los mantos acuíferos en los países pobres. Ante políticos y científicos señaló con firmeza que mientras un estadounidense gasta al día 350 litros de agua, las mujeres africanas tienen que recorrer hasta seis kilómetros para recolectar en botes oxidados, que cargan sobre la cabeza, unos cuantos litros de líquido cafesoso e insalubre.

Dio la espalda a la tina. Volvió a llamar a Paco, su esposo, esta vez para decirle que finalmente había llegado al hotel.

–Está bonito. Es lo menos que podían hacer estos tarados. Hay una tina preciosa, pero no la voy a usar.

Le relató con calma cada uno de los contratiempos y le preguntó por todos y cada uno de los “pendientes”. Sin dejar de mirar la bañera le comentó con modestia que le había ido “bien” en su ponencia, pero no le contó que muchos de los asistentes le dijeron que fue la mejor. Se despidieron con palabras de novios.

Caminó en sentido contrario a la bañera para acercarse a la ventana. Su mano sobre el cristal sintió el frío. Menos doce grados, le habían dicho. Miró la infinidad de luces que para esa hora, poco después de las cinco de la tarde, estaban ya encendidas. Llevaba quince horas despierta. Recordó de pronto los baños que Lina, su nana, le daba en la vieja tina de la casa del abuelo cuando era niña. La mujer de brazos fuertes llevaba cubetas de agua caliente que sabiamente mezclaba con el agua fría, para cubrirla con un sabroso manto transparente y oloroso a hojas de lima.

Hacía más de treinta años que no tomaba un baño de tina. Desde que se dio cuenta de las desigualdades en el consumo de agua se convirtió en una aguerrida defensora del medio ambiente. Para ponerse a salvo de cualquier tentación destruyó la bañera que había en su casa. Trató de disipar la evocación del olor a lima poniendo atención a una pareja que de prisa cruzaba la avenida, pero al verlos cubiertos de nieve recordó de nuevo el agua tibia recorriendo suavemente su cuerpo de niña. Sintió la acolchada alfombra sobre sus pies, pero no se quitó las medias. Volvió a la cama. Encendió el televisor. Los mismos canales y los mismos programas que veía en casa. Aburrida de los virus asesinos y de las noticias que aparecían en la pantalla, miró de nuevo la tina. En sus redondos bordes la luz de una lámpara de halógeno escondida en el techo, formaba discretas estrellas azules. No había tubos ni cortinas. Sólo la tina, puesta ahí bajo una luz que la iluminaba como a la actriz principal de un gran teatro.

Hacía más de treinta años que no tomaba un baño de tina. Desde que se dio cuenta de las desigualdades en el consumo de agua se convirtió en una aguerrida defensora del medio ambiente. Para ponerse a salvo de cualquier tentación destruyó la bañera que había en su casa.

Cambió el canal de la televisión. Mientras se ponía el camisón, se entretuvo en el reporte meteorológico que anunciaba mejores condiciones para el siguiente día. Sintió entonces el cansancio acumulado de meses. Las clases, los nietos, las expediciones, la lavadora de ropa, la burocracia universitaria, el jardín, los informes, la comida congelada. El cansancio también de la semana, la ponencia terminada en el avión, la explicación al agente de la aduana que no entendía por qué una venerable señora cargaba piedras en su maleta, la dirección equivocada del hotel, la fiesta de recepción, las discusiones con los colegas, el convenio con los catalanes, el despertador a las tres de la madrugada, el falso “I’m sorry” de la mujer de la aerolínea, la ruedita divergente de la maleta, las muestras de suelo de Coahuila en la bolsa de mano. Todo ese peso en los hombros. Inclinó la cabeza y la giró un par de veces. Recorrió, sin querer, todas y cada una de las acciones previas al viaje. La comida con la cuñada, el pago del teléfono, las instrucciones para los alumnos, los datos para el informe del rector, la compra de los dulces típicos para Mr. Alves y muchas más.

Se convenció entonces de que sería justo un baño de tina luego del deber cumplido cabalmente, sin concesiones, casi perfecto. Todo bien, todo a tiempo, todo en regla. Una ponencia que asombró a colegas de todo el mundo y un exitoso seminario sobre los suelos de México. Merecía el baño. Una férrea disciplina de más de treinta años en el cuidado del agua. Reductores de agua en los grifos, botellas en los tanques de los escusados, cubetas para captar el agua de la regadera, riego del jardín por la noche, baños de tres minutos con la llave cerrada entre enjabonada y enjuagada, reciclado del agua gris del primer ciclo de la lavadora, polímeros captadores de agua en las macetas…

—Bien ganado —dijo en voz alta, mientras se acercaba a la tina lentamente, saboreando cada paso. Junto a la bañera había un sencillo pedestal de bambú oscuro del que pendían dos enormes y esponjadas toallas también blancas. Al pie de la tina, unas pantuflas tan gruesas que parecían casi colchones. Se sintió orgullosa de su decisión.

Sintió bajos sus pies la madera suave y templada del piso. Luego tomó suavemente la llave dorada, pero no se atrevió a darle vuelta.

—Hay que ser congruente, Romelia, no puedes exigir a otros lo que no haces tú. Pero es sólo una vez. Eso es lo que dicen los delincuentes. No es tanta agua. La misma que tendrán que acarrear a brazo las mujeres. Sí, pero ya las ayudaste con tu discurso de hoy. Qué dirían ellas, qué dirían los colegas si me vieran. Pero no te van a ver. Y si me pasa algo, un infarto, una caída, y quedo aquí cubierta de agua. Romelia la radical, la que estuvo insistiendo al rector para cambiar todos los baños de la universidad por equipos ahorradores, murió desperdiciando agua. Estás tonta o qué. No te va a pasar nada. Saca cuentas, tú solita has ahorrado millones de litros de agua. Tienes derecho a usar un poco. Saca cuentas.

Calculó con la mente sus ahorros de agua y los comparó con los 200 litros que le cabían a la tina.

—Basta de mensadas, abre la llave —se ordenó.

Cuando se inclinó para abrirla notó una diminuta y difusa mancha negra que resaltaba en el fondo de la blanquísima ducha.

—¿Qué es eso? ­—se puso sus anteojos que transformaron aquella borrosa imagen en un filamento negro, enrollado, perfectamente definido—. ¡Guácala!, ¡qué asco! —gritó sin darse cuenta—. ¡Un pelo púbico! —pensó enojada.

Levantó la bocina para llamar a la recepción y marcó, pero colgó antes de que le contestaran. Hablaba muy bien el inglés y conocía todos los términos geológicos, pero no sabía la traducción de “pelo púbico”. Le daba pena recurrir a explicaciones de contexto para que el joven moreno de la recepción entendiera. Bajar y darle la explicación a señas le parecía todavía más impropio. Además, a esa hora ya no habría recamarera, y si la hubiera, le parecía injusto que otra mujer tuviera que hacer aquella asquerosa operación. Lo más seguro es que la camarista fuera una mujer ilegal, llena de hijos que ya tenía suficiente con lavar cada mañana los escusados de las habitaciones. Y si mandaban a un hombre, quitaría el pelo, pero estaba segura de que no limpiaría bien y en una de esas hasta le dejaba otro. Además, se sentía ridícula haciendo todo un escándalo por pequeño e insignificante pelo. Sonó el teléfono. Era el recepcionista para preguntarle si le podía ayudar en algo, que había recibido su llamada.

—No, thank you —respondió ella.

Desistió y hasta agradeció al propietario de aquel filamento haber dejado el amuleto contra la tentación.

—Qué barbaridad, Romelia. Estuviste a punto de caer. Mi asco me salvó de la incongruencia.

Regresó a la cama. Abrió la edición más reciente de Geology Journal pero no pudo concentrarse. Se reavivó la lucha interna. A estas alturas cambiar la opinión que tanto trabajo le había costado sería una derrota.

—Ahora me baño, qué caray.

Diseñó la operación de limpieza. Sacó la mitad de los pañuelos desechables de una elegante caja de madera que había sobre el tocador del baño. Se puso de rodillas junto a la tina. Miró de reojo aquel pelo y sin quererlo comenzó a imaginarse cómo había llegado hasta allí. Se le revolvió el estómago, pero un enorme esfuerzo mental puso un velo sobre aquella escena y se concentró en su plan. Con los ojos apenas abiertos calculó la distancia. Entrecerró los párpados, arrugó la nariz y lentamente bajó el brazo hasta que sintió que tocaba el piso. Juntó con cuidado los dedos, desplazó el brazo con el movimiento mecánico de las grandes grúas que se utilizan para construir edificios y lo extendió lo más que pudo. Muy despacio se incorporó y una vez que estuvo de pie corrió al baño y soltó el montón de pañuelos en el escusado. Regresó a la tina.

—¡Chintrola! —masculló cuando miró que el pelo seguía ahí. Su pequeñez y finura le permitieron escabullirse entre aquella masa de papeles. Lo intentó un par de veces más y sólo logró cambiarlo de lugar. Supo que no lo lograría a menos que redujera la cantidad de pañuelos, pero no estaba dispuesta a ello y además quedaban ya muy pocos en la caja.

Pensó en echar agua para que la causa de su sufrimiento fuera por el desagüe, pero vio en el fondo una especie de rejilla. Si aquella cosa quedaba atorada ahí sería peor.

Abrió la caja de madera y sacó de ella una más pequeña, de cartón, con los pocos pañuelos que quedaban. La rompió con las manos. Con la base formó una especie de pala y convirtió un trozo, más delgado, en una pequeña espátula. Se arrodilló de nuevo junto a la tina. Esta vez, sobre una de las acolchadas toallas porque el intento anterior le había dejado las rodillas rojas y adoloridas. Con el índice y el pulgar de la mano izquierda sostuvo el extremo de la palita y colocó la otra punta a unos milímetros del pelo que le parecía cada vez más asqueroso. Se imaginó que había pertenecido a un hombre gordo y borracho. Se lo imaginó desnudo, acostado ahí mismo donde ella se bañaría. La visión de una tenue capa de sebo sobre el agua la impulsó como un resorte que la puso de pie, volvió a la habitación y se tiró de nuevo en la cama. No se bañaría en la tina. En la televisión miró a un joven guapo que enseñaba cómo preparar un sándwich. “Ahora añadimos unos hermosos tomates”. Recorrió de nuevo los canales sin mirarlos porque seguía pensando en el baño. Miró otra vez la tina.

Entrecerró los párpados, arrugó la nariz y lentamente bajó el brazo hasta que sintió que tocaba el piso. Juntó con cuidado los dedos, desplazó el brazo con el movimiento mecánico de las grandes grúas que se utilizan para construir edificios y lo extendió lo más que pudo. Muy despacio se incorporó y una vez que estuvo de pie corrió al baño y soltó el montón de pañuelos en el escusado. Regresó a la tina.

—A ver, Romelia, tardaste años en decidirte, venciste culpas y ataduras, y ahora por un pinche pelo te echas para atrás. Siempre haces lo correcto, el deber es tu guía. Por una vez en la vida, pórtate mal. Ahora te bañas y lo disfrutas.

Decidida, fue por sus herramientas de cartón. Aquel pelo rebelde se resistía, se enconchaba, se escabullía, se escapaba por debajo del recogedor. Por fin logró aprisionarlo. Sin embargo, la presión fue demasiada y aquel filamento minúsculo se dobló como un arco y saltó repentinamente. Romelia sufrió aquel lance como el ataque de una serpiente de cascabel.

—¡Ay! —gritó mientras soltaba el cartón, pero se alegró pronto cuando vio que finalmente el pelo reposaba sobre el trozo de caja. Volvió a gritar, pero esta vez de alegría.

En cámara lenta dio un par de pasos hacia el baño. El timbre del teléfono la sobresaltó. Apuró el paso con el cartoncito en la mano cuidando que su presa no fuera a volar. El repiqueteo la ponía cada vez más nerviosa, pero no podía arriesgarse.

—Are you ok? —escuchó por el auricular. Era el recepcionista. Alguien había avisado que una mujer gritaba constantemente en la habitación 404.

—Yes, yes. I’m sorry. I was watching a terror movie —atinó a decir mientras miraba de reojo a su enemigo.

Lenta y reverente, como en una procesión, llevó el cartoncito hasta el escusado y lo inclinó hasta que aquel pelillo cayó al agua. Cuando lo vio solitario flotando sobre el agua clorada sintió orgullosa el sabor de la victoria, parecía un san Miguel aplastando a la serpiente. Bajó la palanca y su enemigo desapareció para siempre. En un momento dudó y quiso jalar de nuevo la cadena, pero su conciencia ecológica apareció firme para impedírselo.

Tiró los cartoncitos al cesto y se lavó las manos con fruición. Cuatro veces se enjabonó. Ahora sí no tenía ninguna duda de que el baño era su recompensa, pero hacía falta limpiar la tina. Abrió la llave del agua y vació completo el botecito del champú. Con una toalla restregó el piso y las paredes. Cuando la última isla de espuma desapareció por el resumidero, la imagen del dueño del pelo volvió a su mente. Miró ahora sus cachetes rojos e hinchados, cubiertos por una barba dura y sucia de tres días.

—¡Viejo cochino!

Recordó una clase de biología en preparatoria donde el maestro explicó con lujo de detalles las enfermedades venéreas e hizo una amplia exposición sobre los piojos púbicos. ¿Cuántos animalillos de esos habrían saltado del pelo y habrían sobrevivido? Se sintió ridícula.

—Eres científica. Razona. Si el champú arde en los ojos de un humano, seguro que cualquier piojo púbico quedará no sólo ciego sino muerto.

Pero aquello no era cuestión de razones, el asco no era un concepto sino una sensación que ningún argumento podía aliviar. El asco a los baños ajenos inculcado con firmeza por su abuela durante años no se borraba con argumentos.

Apresurada, se volvió a encajar la falda. Quiso calzarse los zapatos, pero le parecieron minúsculos. En chanclas, bajó resuelta a la tiendita del lobby para comprar una botellita de alcohol. El establecimiento había cerrado. Se percató del interés que habían puesto el hombre de la recepción y el botones en su gesto de decepción. El joven pelirrojo volvió a levantar con dos dedos el sombrero.

—May I help you? —preguntó cortésmente.

Ella, desconcertada, no se atrevió a responder que sí.

—No, I’m fine, thank you.

Era hora de desistir. Ciertamente aquel baño era una incongruencia. Era hora de dormir unas cuantas horas antes de volver al aeropuerto. Subió a su habitación. Se miró en el espejo, cansada, ojerosa, despeinada. Se sentó en la cama para quitarse la falda. Abrió de nuevo la revista, pero antes de terminar la primera página miró una estrella refulgente en el borde de la tina que había quedado todavía más reluciente después de la esmerada limpieza.

—Ah, no. Si ya le invertí tanto esfuerzo y sufrimiento, ahora me meto. Faltaba más.

Bajó de nuevo a la recepción. Miró a los dos hombres que, más extrañados, la volvieron a saludar. Caminó directamente al bar y pidió un whisky doble para llevar, sin agua. Subió a su recámara. Le dio un pequeñísimo sorbo, hizo caras y tosió un poco. Vació el resto sobre la toalla de manos y con ella repasó cada milímetro de aquella tina.

—Ahora sí, los piojos morirán, felices, pero morirán —pensó divertida. La sonrisa se le diluyó en un instante—: La verdad es que fue muy poco whisky para tanta tina.

Bajó de nuevo al bar y compró una botella completa. Mientras esperaba el elevador que se había detenido en el piso tres volvió la mirada a la recepción esperando que los empleados estuvieran distraídos. Pero ahí estaban ellos, atentos. El moreno le sonrió con complicidad y el chico pelirrojo le dirigió de nuevo su peculiar saludo alzando su sombrerito rojo.

—Prefiero que piensen que soy una borracha a que se den cuenta de mis traumas higiénicos —pensó mientras devolvía una sonrisa que le costaba trabajo.

Puso el tapón de la tina, vació media botella de whisky y dejó correr un poco de agua caliente. Pasó de nuevo la toalla por las paredes y el piso. El vapor llenó la habitación de un suave y agradable olor a roble que le evocó al bosque y le provocó una tos muy ligera. Si Cleopatra se bañaba en leche de burra, por qué ella no habría de hacerlo en agua con un toque de escocés. La sonrisa se le quitó cuando miró la toalla teñida de un ligero amarillo.

—¿Y si se mancha?

Corrió a lavarla con el jaboncito color blanco. Mientras la exprimía le creció la preocupación.

—¿Y si el whisky mancha la tina?

Se apresuró a quitar el tapón. Esta vez el alcohol se le metió de golpe a la nariz. Tosió y arrugó la cara. Volvió a sonreír.

—Si esto me pasa a mí, seguro que ningún virus, bacteria o piojo púbico sobrevivió.

Quitó el tapón y respiró con tranquilidad cuando miró desaparecer el último rastro de color ocre en el remolino del resumidero.

Puso de nuevo el tapón. Corrió emocionada a traer el Geology Journal. Dejó la revista a un lado de la tina y se quedó hipnotizada observando cómo el nivel del agua subía lentamente. Ajustó la temperatura. Quería el agua muy caliente. El sonido del chorro le pareció una sinfonía. Era cada vez más profundo. Cerró la llave. Se incorporó. Estaba a punto de meter el pie derecho, pero se detuvo. Esta vez ya no por arrepentimiento, sino para servirse “un chorrito” de whisky en un vaso de cristal que había junto a la botellita de agua. Le dio un pequeño sorbo. Le gustó.

—Ahora sí, ¡al agua patos!

Escuchó la voz de su nana que así le decía cuando la sumergía en el agua tibia. La tina llena de agua humeante era aún más hermosa.

Se metió muy lentamente. En parte porque el agua estaba casi hirviendo y también porque quería disfrutar cada gota. Sintió el abrazo del agua caliente en cada milímetro de su piel hasta que quedó sumergida por completo. Exhaló profundamente, cerró los ojos y esbozó una sonrisa de triunfo. Metió la cabeza. Luego sacó del agua los pies hinchados y los movió satisfecha.

Con el brazo mojado levantó el vaso y le dio un nuevo trago al whisky, que ahora le gustó más. Entre sorbo y sorbo se leyó de un tirón los primeros dos artículos de la revista. Perdió la noción del tiempo.

—Es hora de salir —se dijo.

Era ya de madrugada. En poco tiempo tendría que levantarse.

—Otro ratito —reconsideró de inmediato. Se escuchó a sí misma con la voz dulzona con la que le suplicaba a la nana Lina no sacarla del agua. En tres ocasiones repuso el agua caliente—. Si ya estoy aquí tengo que aprovechar porque nunca lo volveré a hacer —pensaba cada vez que abría la llave.

Despertó a la mañana siguiente cuando la recamarera tocó la puerta de la habitación para preguntar si podía pasar a hacer el aseo. Romelia despertó sobresaltada. Eran las 11:30. Hacía dos horas que había despegado su avión.

No supo cuánto tiempo pasó, pero fue mucho. La revista completa y el cuarto de la botella de whisky que había quedado. Finalmente se envolvió en la acolchada toalla, se secó ligeramente el cabello y se acostó. Durmió profunda y plácidamente, como desde hacía tiempo no lo conseguía.

Despertó a la mañana siguiente cuando la recamarera tocó la puerta de la habitación para preguntar si podía pasar a hacer el aseo. Romelia despertó sobresaltada. Eran las 11:30. Hacía dos horas que había despegado su avión. Se asustó. Modorra, le pidió a la camarista que volviera después. Miró de nuevo la tina. Se sintió feliz y soltó una carcajada. Llamó a su marido para decirle que de nuevo había perdido el vuelo, que no la esperara hasta el día siguiente.

Se dio una rápida ducha ahorradora de agua. Bajó a la recepción, contrató la habitación para una noche más y desayunó tranquilamente. Luego se comunicó a la aerolínea y consiguió un boleto para el día siguiente al medio día. Salió a pasear por las calles heladas. Cuando regresó, titiritando de frío, el botones la saludó con su simpático gesto.

Exultante, la mujer le pidió que le subiera una clam chowder bien caliente y una botella pequeña de whisky. Cuando el botones levantó con dos dedos su gorrito rojo que parecía una caja de galletas para agradecerle la propina, Romelia colgó en la puerta el letrero de no molestar. El chorro de agua en la tina era cada vez más profundo. ®

Este cuento se publicó originalmente en el libro La tina episcopal de don Lucas Cadavieco y otros cuentos de la ducha, publicado por la editorial tapatía La Zonámbula en 2015.
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Publicado en: Arquitectura y diseño, Narrativa

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