Serenata a una diosa cruel

El amor, el deseo, el placer y el dolor

Un verdadero artista no puede darse el lujo de repetirse, de ahí que sea fundamental dirigir la creatividad erótica, al momento del encuentro amoroso, a través de rutas poco frecuentadas, imaginar variaciones sobre un mismo tema; al fin y al cabo, para estremecer un pezón lo mismo funciona el tibio roce de la lengua que la diáfana superficie del hielo.

© Santiago Caruso

A este hombre bien podría dársele el título de santo patrono de los azotados, los fetichistas y sumisos, los esclavos del placer o los adoradores del látigo. Fue tan grande y notable su afición al ideal de la mujer tiránica y dominante que Richard von Krafft-Ebing nombró, en su célebre Psychopathia Sexualis (1886), una práctica carnal con su nombre. En este compendio de sutilezas libidinosas y manjares de alcoba se bautiza la que antes era considerada desviación y ahora, con mayor indulgencia, sólo una más de las especialidades en el menú sexual: el masoquismo.

Leopold von Sacher-Masoch nació en Lemberg, Galitzia, en 1836, bajo el resguardo del todavía distinguido Imperio austrohúngaro, dentro de una pudiente familia aristocrática. Fue un escritor que en vida paladeó el regusto azucarado del reconocimiento y la admiración por parte de sus contemporáneos; sin embargo, también en vida, observó con displicencia que su nombre le abriría la puerta hacia la inmortalidad mediante una atadura —pocas veces ha sido tan preciso el término— a la práctica erótica que minuciosamente describió en su obra.

Para este autor de textos de corte nacionalista, pintorescos, para nada cercanos a lo que se podría calificar de obra maestra, la vida íntima estaba inextricablemente ligada al trabajo creador. Los intereses de Leopold, pues, se inclinaban hacia aquellos secretos, además de lúbricos, ejercicios que expuso en La venus de las pieles.

La novela, en mucho realmente una autobiografía, se publicó en 1870 y era parte del ciclo literario El legado de Caín, diseñado por él mismo para abordar artísticamente algunos temas que le parecían capitales.

La anécdota consignada en La venus de las pieles es simple. Severin von Kusiemski le cuenta al narrador su aventura amorosa con Wanda von Dunajew, una amazona de inefable belleza que le rompió el corazón, motivo por el cual se encuentra desolado, triste pero con la certeza de haber tomado la decisión correcta al apartar de su vida ese dulce y mortal veneno de sinuosas carnes. Hasta ese punto todo parecería indicar que estamos leyendo sólo una más de esas cursis historias al peor estilo decimonónico, y en parte así es, pero llega el punto en el que relampaguea inusitada la afirmación de que “la mujer que no hace del hombre su súbdito, su esclavo, ¿qué digo?, su juguete, y que no le traiciona riendo, es una loca”.

Entonces todo parece distinto, la árida planicie narrativa se comienza a poblar de figuras extravagantes, frases de contundente sumisión y escenas de estrambótica comicidad involuntaria. Dice Gilles Deleuze, en luminosas páginas, que lo que se oculta bajo la mascarada masoquista no es un simple deseo de sufrir castigos; no se trata de padecer humillaciones, o no sólo es eso, sino también de transmutar el dolor en franca carcajada.

Sin embargo, en el pendular desplazamiento entre ternura y arrebato, Leopold Von Sacher-Masoch también describe, acaso de manera exacerbada pero justificada al fin, cómo las matemáticas del sexo encuentran ecuaciones nuevas cuando el factor de goce es directamente proporcional a los golpes recibidos, pero sobre todo, en el momento en que se invierten los axiomas considerados obvios.

Sacher-Masoch crea un escenario en el cual el azotado es el triunfal protagonista, director implacable y astuto, que utiliza a su querida Wanda para jugar una tragicomedia que sólo a él entusiasma. Los azotes no son un reflejo de una personalidad trastornada, antes bien son muestra de que el placer se habla en diferentes lenguajes y expresa no pocas sutilezas. De alguna manera, torcida y perversa —como debe ser—, el juego de Sacher-Masoch recuerda el humor extraño, anómalo pero profundamente inquietante de Kafka, la fascinación por describir el angustiante absurdo de una experiencia de escarnio en la que no importa la acción pecaminosa realizada, de hecho ni siquiera es necesario conocerla, sino el castigo al que el narrador se ha hecho acreedor con la consiguiente y minuciosa relatoría que trae aparejada.

Por otra parte, el universo iconográfico que todos reconocemos como el del masoquista debe a Leopold cada uno de sus adminículos, pues apenas si han variado los must para interpretar la macabra danza del látigo y la crispación: la piel como vestuario obligatorio en toda dominatriz que se respete, los amarres bien apretados para azotar al bellaco irrespetuoso, la incansable fusta que impondrá órdenes mientras enrojece nalgas y la actitud servil del esclavo que se entregará a la fría y cruel dueña de su destino.

Baste recordar lo escrito por el vocalista deThe Velvet Underground en su canción “Venus in Furs” para saber que la disposición de los elementos de punición sigue fiel al legado de aquel Caín austriaco aficionado a los azotes en el culo.

Cuando Lou Reed canta

Shiny, shiny, shiny boots of leather
Whiplash girlchild in the dark
Clubs and bells, your servant, don’t forsake him
Strike, dear mistress, and cure his heart
Downy sins of streetlight fancies
Chase the costumes she shall wear
Ermine furs adorn the imperious
Severin, Severin awaits you there

exalta la piel de armiño, el cuero de la fusta, las botas brillantes y la severidad para con cualquier aspirante a Severin como elementos inherentes e indispensables al teatro masoquista, a la gran farsa con tintes hegelianos que se lleva a cabo entre la sumisión del Esclavo y el despotismo de la implacable Ama.

Sin embargo, en el pendular desplazamiento entre ternura y arrebato, Leopold Von Sacher-Masoch también describe, acaso de manera exacerbada pero justificada al fin, cómo las matemáticas del sexo encuentran ecuaciones nuevas cuando el factor de goce es directamente proporcional a los golpes recibidos, pero sobre todo, en el momento en que se invierten los axiomas considerados obvios.

Severin o Leopold, para el caso son lo mismo, transmuta los valores usualmente asociados a la idea del amor, y en lugar de un suave desplazamiento entre algodones de empalagosa ternura, revoca el ideal a fuerza de golpes, violencia y una forma distinta de sensualidad quizá más perturbadora, por insólita a la vez que desobediente del dictamen canónigo.

Un verdadero artista, escribe Sacher-Masoch, no puede darse el lujo de repetirse, de ahí que sea fundamental dirigir la creatividad erótica, al momento del encuentro amoroso, a través de rutas poco frecuentadas, imaginar variaciones sobre un mismo tema; al fin y al cabo, para estremecer un pezón lo mismo funciona el tibio roce de la lengua que la diáfana superficie del hielo.

Al leer La venus de las pieles contemplamos el nacimiento de la femme fatale tan recurrente en el cine, la música y la literatura. Si extraemos del recuerdo la mirada desafiante de Marlene Dietrich con un cigarro colgando de sus labios, las sinuosas curvas de Dita von Teese dentro de una copa de champagne, algunas poses de Betty Page o los arrebatadores ojos de María Félix, no podemos dejar de suscribir las palabras de Julio Jaramillo cuando canta, envuelto en la castigadora voluntad de una fémina, “Ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”. La práctica de la sumisión al ideal femenino es, pues, un arte mayor que a veces sólo en la serenata etílica se vislumbra en su absoluta relevancia.

Leopold von Sacher-Masoch realizó con singular pericia, aunque muy probablemente sin buscarlo por tales senderos, el objetivo que animara su trabajo con las letras. No es por la elegancia de su estilo ni por el dominio técnico que La venus de las pieles ha merecido sobreponerse a las veleidades de la fama literaria, aunque el universo que despliega, en su extraña originalidad, es motivo suficiente para recomendar su lectura. Después de todo, si en el diálogo callado y egoísta que se emprende cuando nos desplazamos sobre los folios de un libro, o la epidermis de un cuerpo, accedemos a una dimensión novedosa o extravagante que enriquece el cúmulo de perspectivas almacenadas en nuestro imaginario; así, poco debe importar si el libro no sea una joya petulantemente elogiada por las plumas más ilustres de la historia sino apenas un célebre recetario de castigos e infidelidades más cercano a la curiosidad que a lo refulgente.

No obstante, el principal reconocimiento al que hay que plegarse al hablar de Sacher-Masoch, y que la ciencia de la carne avala, es que cuando a la belleza se suma la crueldad, a la poesía la infamia y a la delicadeza el maltrato, muchas veces es posible terminar convencidos, junto con Leopold, de que “la vida vale sólo por el placer” y, por ello mismo, merece la pena, aguantarlo todo. ®

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Publicado en: Destacados, El amor, el odio y otros sentimientos, Febrero 2012

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