Son dragones

Diez planetas, de Yuri Herrera

Algunos habitantes de Diez planetas: Zorg, un Pierre Menard sideral que reescribe el Quijote desde otro rincón (u otro plano) del Universo; carrozas jaladas por tardígrados enormes; Bártelbi, un burócrata espectral que administra los restos extra–terrenales de un mundo muerto; un cosmonauta que esconde un secreto terrible en la forma de su nariz.

para patricio hirshell salazar,
tardígrado sobrealimentado

“Sirena”, de la serie Paper Seas–Sea Charts, de Philippa Bentley (philippabentley.com)

I.
Diez planetas es el título del último libro de Yuri Herrera, publicado a finales de 2019 por Editorial Periférica. Consta de veinte cuentos, cuya longitud va de las dos a las dieciséis páginas. El libro contiene 115 páginas de texto; cada uno de sus cuentos (cuentitos) tiene una longitud promedio de menos de seis páginas. Los cuentos narran historias de viajes interplanetarios, de devastación ecológica, de ciudades donde nadie se toca. Ciencia ficción, cosas imposibles (o por lo menos improbables), pues. Digo cuentos pero podría decir fábulas, estampas, ensueños. Especulaciones.

II.
Algunos habitantes de Diez planetas: Zorg, un Pierre Menard sideral que reescribe el Quijote desde otro rincón (u otro plano) del Universo; carrozas jaladas por tardígrados enormes; Bártelbi, un burócrata espectral que administra los restos extra–terrenales de un mundo muerto; un cosmonauta que esconde un secreto terrible en la forma de su nariz.

III.

Ya me explicaron que “realismo especulativo” no es nada más otra etiqueta para vender ciencia ficción sin que le dé penita a editoriales y autorxs de prestigio.
@albertochimal – 12:35 PM – Nov. 17, 2020.

Entiendo la sospecha de Chimal ante ese término tan pretencioso y rimbombante. Pero creo que vale la pena pensarlo si no se usa para “dignificar” la ciencia ficción y la fantasía acercándola a un género de antigua prosapia y rancia estirpe, sino para señalar las limitaciones imaginativas del realismo “clásico”.

Desde el discurso filosófico Quentin Meillassoux propone un realismo especulativo que renuncia a la aspiración dogmática de encontrar lo absolutamente necesario del Ser y, en cambio, afirma “la necesidad de la contingencia”: la idea de que todo en el mundo (en cualquier mundo), incluyendo las leyes naturales, es meramente posible, no necesario, y que podría fácilmente haber sido distinto, no haber sido, e incluso dejar de ser. Este argumento, aparentemente árido y abstracto, tiene dos consecuencias vertiginosas: primero, que los humanos no tenemos un papel central en el universo, ni el de generarlo a través de nuestro pensamiento ni el de estar destinados a desentrañar su sentido último; segundo, que no hay nada especial acerca de este mundo y sus estructuras más básicas, ninguna necesidad de que la vida sea orgánica, la gravedad rija los cuerpos y la luz viaje de la forma en que lo hace.

“Plano” (que apenas alcanza la definición clásica de “cuento”) narra en dos páginas una expedición marítima hacia los confines de una Tierra plana. La expedición llega al borde del mundo, y uno de los barcos que la conforman cae al abismo.

Bajo este paradigma, llamar realismo especulativo (o ficción especulativa) a ese territorio de la imaginación que se suele llamar “ciencia ficción” no tiene por qué ser un intento por legitimar un género que la crítica “seria” (más bien: miope) ha tenido por pueril; podría ser una forma de descentrar el realismo “clásico”, a través de la afirmación de que textos como Diez planetas o La mano izquierda de la oscuridad son tan realistas como Madame Bovary, pues describen mundos igual de posibles y contingentes. Las diferencias están en la región de la realidad donde opera su proceso de ficcionalización, en las preguntas que pueden formular, y las crisis a las que pueden responder. Un realismo que trabaje sobre las transformaciones en la subjetividad humana bajo distintos regímenes políticos y económicos puede responder a una crisis social; tal vez para responder a una catástrofe ambiental (o a una pandemia) se necesite otro realismo (o mejor: un realismo otro).

IV.
Cuando compartí estas especulaciones (nada originales, por cierto) con Patricio Hirshell Salazar, filósofo y amigo, me respondió: “Yo te dije que la ciencia ficción [consistía en] indagaciones ontológicas”. No estoy completamente de acuerdo. Comparto con él la idea de que la ciencia ficción es un terreno privilegiado para ciertas preguntas (más bien, le debo esa idea); sin embargo, Diez planetas muestra el potencial y la enorme multiplicidad temática de ese género.

El segundo de los cuentos titulados “Los objetos” (pues Herrera incluye dos con ese nombre en la antología) ciertamente sugiere un cuestionamiento a la idea antropocéntrica de que la complejidad y la subjetividad son estados “superiores” de la materia, el destino teleológico al que se dirigen la evolución o la Historia. Por otro lado, un texto como “Plano” parecería pecar de simplicidad o excesiva llanura si se le juzgara sólo en esos términos. “Plano” (que apenas alcanza la definición clásica de “cuento”) narra en dos páginas una expedición marítima hacia los confines de una Tierra plana. La expedición llega al borde del mundo, y uno de los barcos que la conforman cae al abismo. El texto cierra con el grito aterrado de uno de los marineros de la nave que se precipita: “¡Dragones, son dragones!” Tal vez haya una indagación ontológica ahí, no lo sé. Pero no creo que sea necesaria la lectura alegórica de ésta ni el resto de las narraciones que conforman el libro. Para mí, el texto se logra en la emoción que suscita lo maravilloso de esa imagen: el barranco allende los mares, el horror de la caída, los dragones cósmicos que habitan el éter. La lección de C. S. Lewis, de Cornelia Funke, tal vez, incluso, del Amadís: a veces, las maravillas, los dragones, son más que suficiente. ®

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