Soñar con los desaparecidos

La ausencia es un oasis para los que buscan

Sobrevivir a la ausencia y a un destino arrebatado. Sumergirse en el inframundo del crimen organizado en México. Así es la vida de madres y padres que abandonaron su vida para buscarlos.

La incesante búsqueda de los desaparecidos. Fotografía de El Siglo Coahuila.

Un día el tiempo se detiene para una familia. Es una herida abierta. Los minutos avanzan como punzadas de dolor. Y aun así, transcurren años. Personas ahora son solamente nombres, perdidos en un laberinto hecho de estadísticas e investigaciones sin iniciar. Los llaman desaparecidos. Expedientes en las bodegas de cualquier fiscalía. Números. Abstracciones de historias. Para los demás avanza con normalidad. La única compañía para ellos son los integrantes del colectivo de búsqueda.

María Elena Salazar, madre de Hugo Marcelino González Salazar sin paradero desde el 20 de julio de 2009 en Torreón, Coahuila, en el norte mexicano, acomoda las manos sobre los muslos como si abrazara a un niño pequeño.

La luz de la cocina continúa encendida como aquella noche sin acabar. Habla mientras afuera se escuchan niños perseguidos por un perro en el alargado callejón en el oriente de la ciudad. “Yo no puedo hablar de Hugo ni en pasado ni en presente ni en futuro. Porque no puedo hablar del pasado como si él ya no estuviera; en el presente no está y el futuro no sé cuál es”, dice mientras esa luz parda pronuncia con sombra sus gestos.

A su rostro no lo ha doblegado el dolor, necesita lucidez para luchar. Exigir al gobierno. Para buscar y que Hugo sea buscado. Para acompañar a los miembros de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (Fundec).

Se conocen los familiares de personas sin ubicación en la ausencia y se encuentran en la búsqueda: las reuniones del colectivo. Se comparte el dolor y la dicha ser familiares de los que no están, acepta. Así mantener la cordura para sostener la batalla. Una sonrisa delata un poco la imagen en la cabeza de María Elena Salazar por las reuniones con los demás padres y madres de ausentes: un oasis de tiempo.

Recuerda ese sagrado lugar. El espacio para hallar, y no en las inmensas distancias de México donde los colectivos caminan: como desiertos, calles; visitan morgues, cárceles, palacios de gobierno. “Hablamos de ellos en todos los momentos: en pasado, en presente y en futuro”.

Se comparte el dolor y la dicha ser familiares de los que no están, acepta. Así mantener la cordura para sostener la batalla. Una sonrisa delata un poco la imagen en la cabeza de María Elena Salazar por las reuniones con los demás padres y madres de ausentes: un oasis de tiempo.

El tiempo es clandestino desde la ausencia de cada desaparecido; el presente es para sobrevivir a la indolencia gubernamental y andar; el futuro es esperanza.

Una imagen suple la carne. Es frecuente en las manifestaciones del colectivo portar mantas y fotografías de ellas, de ellos. Y al terminar se guardan como un escapulario o crucifijo. Son sagradas las ampliaciones de la solicitud de búsqueda, son la piel de cada uno de los que se rastrea.
En silencio, la súplica por abrazarlo, por tocarlos una sola vez. Es el único anhelo de la señora Salazar mientras con leves movimientos de las manos asemeja esa caricia por dar.

La cocina continúa ingrávida. Sin movimiento. Sin esos pequeños sonidos de los trastos al golpear la madera de la alacena. Las llaves de la chapa, el número de la telefonía celular son los mismos. Es una decisión sostenida desde aquella noche de 2009. Salazar no descansa, espera a Hugo. El instinto de madre le aconseja aguardar incluso al fin de los tiempos.

El futuro será la acumulación de los pensamientos sobre su hijo. María Elena Salazar no cerrará el ciclo vital hasta encontrarlo o saber de él. Teme perder la memoria por todas las ocasiones que el nombre Hugo resuena en su cabeza a lo largo de los años. Refiere un corazón confundido por ponderar sobre lo bueno y lo malo del paradero del hijo buscado.

“No quiero que mi mente se extravíe de tanto haber pensado qué le pasó a Hugo. En no entender qué es una desaparición o por qué. ¿Quién lo permitió? ¿Dios, el gobierno?”

No comprendió la ausencia de su hijo hasta conocer los tantos casos sucedidos en Torreón a finales de la década pasada. Luego, el trabajo de campo: Patrocinio fue el primer ejido en Coahuila con restos de personas desaparecidas encontrados por colectivos. La vocera de Fundec acudió en dos ocasiones a buscar diminutos fragmentos de hueso en pequeños huecos en la tierra destinada como agostadero para chivas o sembrar algodón.

Supo que el lazo madre–hijo no era suficiente para hallar a su ausente. Pero eran los primeros años de búsqueda tras años de batallas armadas en las calles de La Laguna y el aprendizaje forense era limitado. Sin herramientas especializadas se lastimaría más la identidad genética de los huecesillos.

“No podía desaparecer de nuevo a Hugo. Las autoridades deben hacer su trabajo. No puedo apostar a mi instinto maternal”. Hugo una noche ya no regresó a casa. Desde entonces su madre lo sueña y es una lucha ya de más de una década. Aunque causa dolor el despertar y regresar a la línea de tiempo corriente. Volver a la memoria cotidiana de la demanda y las triquiñuelas del gobierno.

Recuerda que al levantar la denuncia en 2009 uno de los requisitos fue entregar fotografías, 32, para diseminarlas en las procuradurías o fiscalías en México. Meses después, al solicitar avances de su caso, un abogado abrió el cajón de escritorio del primer agente del Ministerio Público para sacar el expediente y ahí estaban: nunca encontraron destino.

Dos álbumes gruesos de fotos sobre el cojín del sillón. Toma uno y el pasado se vuelve presente. Sonríe cuando el reportero arguye el parecido y la sonrisa, repetida en una y otra fotografías. El cambio de vida es radical: de las vacaciones, las fiestas. A las hojas en blanco. Mientras la luz sigue prendida, esperando que Hugo la apague.

Nosotros los otros

Leticia Hidalgo Rea da un discurso en la plaza de Monterrey, Nuevo León, por la caravana liderada por el poeta Javier Sicilia. Ahí comienza su vida pública como la de Roy Rivera, desaparecido en su casa por supuestos policías el 11 de enero de 2011 en San Nicolás de los Garza.

Se reunieron por primera vez los miles de progenies de ausentes. Hidalgo en el estrado habla, pero también se escucha. Ocupó el papel de activista, pero a la vez de víctima. “Yo me veía como otra persona que estaba hablando. Salí como de mí y yo ya no era yo”. Fue momento del shock, asimilaba con el cuerpo la realidad de la ausencia forzada en Nuevo León.

Alguien por detrás suyo comenzó la conversación al oído:

—¿En qué colectivo estás?

—En ninguno. Es la primera vez que salgo a hablar —respondió, aunque no conoció a quién pertenecía la voz. En el tumulto no alcanzó a posar sus ojos en el individuo.

—Es importante que lleves este proceso acompañada.

En ese momento nació la urgencia de ser conocidos: madre e hijo, para romper con el estigma creado por el gobierno sobre los ausentes; el argumento es lanzar el dardo de la duda sobre si mantenían nexos con traficantes y asesinos.

Así fundó Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León. FundeNL es inteligencia colectiva, incluso emocional. El dolor de los miembros al final mudó en candidez. El shock del instante en la distancia y el vacío por el momento del sucuestro, se comenzó a cultivar de sentimientos entre cada familia, entre cada madre o padre, hijos o hijas.

“Siempre he querido que todo mundo sienta esto, de alguna manera, para cambiar ese horror y que sintieran el amor. Era cambiar un hecho atroz, que nadie quiere sufrir. Y que no desearía que sufriera nadie, pero cambiarlo por el amor que es lo que luego en colectivo fuimos entendiendo: no podíamos dispersar odio”.

Siempre he querido que todo mundo sienta esto, de alguna manera, para cambiar ese horror y que sintieran el amor. Era cambiar un hecho atroz, que nadie quiere sufrir.

Leticia Hidalgo mira a Jennifer en el fondo del salón, una mujer sin ningún ausente, sin un desaparecido, pero anda los mismos pasos de los buscadores. Conoce las técnicas de investigación en terreno: cómo detectar desde el aire sitios donde se ocultaron restos de personas por medio de la tecnología. Guardan silencio cómplice, sobran las palabras. Hidalgo cierra los ojos y pasa por el rímel el dedo y una hebra de negrura se desprende la pestaña: “Se apropiaron del amor que queremos compartir”.

La ausencia de Roy es arte, bordados, espacios públicos recuperados, monumentos que antaño fueron fuentes. Es la presencia de la ausencia. “Aman a Roy como si lo hubieran conocido”, confiesa su madre.

Lo que esconde el tiempo

Tiempo y distancia anegados en un páramo desértico. A un lado del camino de terracería hay paredes derruidas. La distancia sofoca cualquier sonido. El silencio es una marea trasparente y a lo lejos una fina tela gris. Se percibe un dolor puro retenido por años. Callados gritos se escuchan con la piel.

Es un claro en medio del desierto de Coahuila, a menos de media hora de Torreón, en el municipio de Viesca. Son ruinas de concreto y ladrillos enormes, también de vidas. Zapatos, ropa de mujer: un suéter azul con blanco a rayas. El pantalón de un hombre. No más. Bisutería de los asesinados cuando fueron sustraídos.

No hay manchas de sangre visibles, aunque las paredes fueron paredones. El viento y la poca lluvia se las han llevado. Se usaron tantos calibres de balas, por eso los muros abocardados son un cielo estrellado, una supernova hecha de pólvora y plomo. Los fragmentos esparcidos volaron por las balas. Fusilamientos a menos de dos metros de distancia. Pedazos de block y trozos de madera desperdigados como en su tiempo fueron cuerpos. La quietud es insana.

Quedan los listones amarillos usados por las fiscalías para detener el paso de los mirones, aunque no hay ninguno a kilómetros a la redonda. Todos, ninguneados por el viento: el mudo testigo. También el sol, un mudo verdugo: la radiación carcome el ADN y no es posible identificarlo de las piezas de calcio.

Pequeños boquetes en la tierra que fueron tumbas. Un campo minado por diminutas piezas de hueso son ese páramo. Hubo un sistema para desaparecer personas por toda La Laguna.

Durante las primeras búsquedas por los colectivos en las inmediaciones de Torreón hallaron infinidad de toneles de metal usados para deshacer cuerpos. Hileras de zapatos a un costado, todavía formados.

Tras años a la intemperie seguían como fueron colocados. No quedaba duda de que eran familias enteras las desaparecidas. Calzado de niños, mujeres y hombres. El último vestigio de una familia a la intemperie.

Ropa de marca atorada en los ramales. Las espinas no le permiten escapar. Los restos de los asesinados se vertieron en pequeños hoyos de unos 30 centímetros y fueron tapados por años.

Por el camino de terracería desde una carretera rural a Estación Claudio se observan las huellas de las liebres y un perdido trino se escucha entre los pinabetes donde se resguardaron del sol los asesinos.

Al recorrer mentalmente la travesía desde Torreón es imposible no ser detectado por un cerco policial. Y más por la efervescencia de las batallas en las calles por desterrar los bandos contrarios de delincuentes. Los sitios de exterminio durante el día se alcanzaban a ver desde kilómetros por las columnas de humo.

Ropa de marca atorada en los ramales. Las espinas no le permiten escapar. Los restos de los asesinados se vertieron en pequeños hoyos de unos 30 centímetros y fueron tapados por años.

Estación Claudio, un sitio de terrible violencia para quienes buscan a ciudadanos desparecidos.

Julio Sánchez, padre de Thania Sánchez Aranda, desaparecida el 21 de enero de 2012 en el municipio de Francisco I. Madero, Coahuila, recuerda con el dolor enganchado en la voz: “Es buscar vida en la muerte”.

Murmullos, primero se escucharon murmullos. María de la Luz López Castruita fue pionera en la búsqueda en Coahuila. Caminó territorio conquistado por el vacío luego de que amainó la violencia en La Laguna. Siguió el rastro de los chiveros, de los pastores. Encontró Patrocinio y Estación Claudia junto con Silvia Ortiz.

A López Castruita la llamaron los muertos. Entre las gobernadoras se perdían las voces al paso de los miembros de los colectivos. Pero a una se refirió concretó y prometió encontrar a sus familiares, a su madre.

Pionera en laberintos de aire

Infinidad de veces María de la Luz López Castruita, en viajes a Saltillo para buscar a su hija Clarabel Lamas López, desaparecida desde 2008, transitó por la misma carretera. Miró sin ver en ese horizonte desértico el sitio donde el cuerpo de una mujer esperó hasta tres años para ser encontrada, pero el viento, los animales y el agua de un débil arroyo desvanecieron su cadáver. Pudo ser Clarabel o la hija de otras madres buscadoras en los colectivos.

Los ejidos en La Laguna fueron campos de exterminio para delincuentes, y en esas ruinas de aire López Castruita caminó por las pistas de los chiveros. Santa Lidia, en el ejido Patrocinio, fue la primera estación para inspeccionar.

El pastor dejó un momento el rebaño para señalar un punto en el horizonte; perros merodeaban los pequeños pozos, diminutas fosas para los rescoldos de los cuerpos. Uno llevaba a otro. No había más de un metro entre cada hoyo.

Lucy imaginaba hasta cien tambos de metal usados para desintegrar, como le contaron los pastores. Por la colocación de zapatos de tallas distintas en una hilera sospechó que familias enteras sufrieron el mismo suplicio. Los zapatos más grandes comenzaban la franja hasta los de los hijos.

Cada hueso importa: fue una persona con nombre y apellido. Lucy emprendió la misión de navegar el desierto para entregar los restos a sus familiares. También en brigadas se internan en cárceles y ahí han encontrado desaparecidos.

Luego de cinco años de interpuesta la denuncia por la desaparición de Clarabel le mostró un agente el expediente mordido por ratones. Sin avances. Ahí comenzó la lucha.

Sigue el rastro de las muestras de ADN en México y Estados Unidos. Se ilusiona por momentos. Aunque la incertidumbre es mayor a veces. Clarabel es la mujer nunca encontrada a un lado de la carreta; algún cadáver calcinado en Patrocinio si es víctima de trata.

Lucy imaginaba hasta cien tambos de metal usados para desintegrar, como le contaron los pastores. Por la colocación de zapatos de tallas distintas en una hilera sospechó que familias enteras sufrieron el mismo suplicio.

Hoy acompaña a familiares de ausentes recientes. Es la piedra angular de un colectivo de búsqueda. Cada lunes acompaña a mujeres y hombres a interponer denuncias y comenzar con el proceso. Sobrevivir a la asuencia. Buscar en vida y postmortem.

En el hogar aún siente a Clarabel. Pero al voltear no está. Acaricia una de las fotografías en los estantes. “¿Dónde estás? Dame luz. Dame una señal dónde buscarte”.

Luego de doce años Clarabel aparece en sueños. Un día cualquiera regresa a casa. Al principio su madre no la reconoce, sólo por un momento.

Viajan a San Pedro de las Colonias, a unos kilómetros de Torreón, y al cruzar las vías del ferrocarril cae Clarabel y pierde un zapato. Y mientras encuentra Lucy el calzado escucha cantos. La hija le pide acercarse para dar gracias a Dios por el encuentro. La frase se repite y se repite: Pon aceite en mi lámpara, Señor…

La misión de la ausencia

Fueron ocho meses después del sueño de su madre cuando Yosimar García se perdía: un grupo de hombres armados lo sacó de su hogar en Culiacán, Sinaloa el 26 de enero de 2017. No se conoce su paradero.

Yosimar, policía municipal, es el guía de María Isabel Cruz, fundadora de Sabuesos Guerreras. La madre escucha en el sopor a su hijo y así encontraron 5,217 restos óseos en una fosa clandestina.

Entre huizache, palo blanco, ayale y guamúchil avanzan las mujeres del colectivo. A veces encuentra a la guardia pretoriana de los capos en el camino. María Isabel intenta convencerlos de permitirles el paso para rastrear cuerpos. Pero los matones las hincan a todas. Preguntan qué hacen ahí. Atina a decir que si los desaparecen también los buscarán sus madres, y será el colectivo, con ellas. Los sicarios callan y lloran. El tráfico de drogas es una industria que enguye a todos. Lo saben bien.

A mediados de febrero de 2020 los delincuentes abandonaron un cuerpo en medio de la campiña cercana a Culiacán. Se grabaron con los rostros desnudos y circuló el video por WhatsApp.

Sabuesos Guerreras buscaba en la zona. María Isabel pensó en su muerte: al abrir la puerta del auto, las boquillas de las armas se asomaron.

Tras una breve plática sobre la búsqueda los hombres las dejaron solas. Las madres se defienden con una pala y la varilla para enterrar en el suelo y ubicar cuerpos.

El miedo no es por los delincuentes, sabe de su vulnerabilidad a pesar del armamento: son frágiles como cualquiera. Teme al gobierno. Son varios los intentos de secuestro. Sobornos por demás. Sabotaje a la camioneta de búsqueda: intentaron averiar los frenos. Nada la hará cambiar por los trescientos y tantos casos de desaparición: cada uno es una herida.

Cuando arriban cuestiona a los familiares de ciudadanos desaparecidos para visualizar un mapa mental e hilar la búsqueda, las alcanzadas y las venideras. Son entrevistas largas, cualquier dato es importante.

Tras las desaparición de Yosimar fueron tres meses de dolor paralizante, y de sólo esperar en el porche a su hijo golpeado o una bolsa negra, como estilan los delincuentes para ocultar la identidad de la víctima.

Un día Yosimar le habló, percibió ya en los límites de la cordura: él le pidió investigar. Tomó la fotografía de su hijo y el llanto afloró. No comprendía el llamado. Prometió no lamentarse más y buscarlo.

En el sitio donde se lo llevaron comenzó el trazo de por dónde se lo pudieron llevar. “Pensar como un delincuente”. Cada nuevo caso es una logística distinta. En Sinaloa desaparecen tres jóvenes al día. Los patrones son similares.

El lenguaje del gobierno es una trampa. Durante años María Isabel lucha para evitar la mentira oficialista: la presunción de muerte. Al inicio gritaba a funcionarios para buscar a su hijo. Se encadenó a la valla de una fiscalía. Grita por todas las madres del colectivo.

El lenguaje del gobierno es una trampa. Durante años María Isabel lucha para evitar la mentira oficialista: la presunción de muerte. Al inicio gritaba a funcionarios para buscar a su hijo. Se encadenó a la valla de una fiscalía. Grita por todas las madres del colectivo. Ahora lo hace a través de amparos con la finalidad de hacer cumplir el trabajo de investigar el destino de Yosimar.

Mitiga el dolor buscando. Si no es su hijo es el de alguien más Un día, en medio del trabajo de campo cayó y el llanto emanó entre ramales de guamúchil. Las otras madres del colectivo la levantaron y le pidieron dejar de hacerlo. No ha sucedido desde entonces frente a nadie.

El cielo

En su pecho parpadean cinco estrellitas por el movimiento de la piel. Un pequeño firmamento del lado izquierdo. Señala a papá, mamá, a su hija y a su nieta.

Y también a Julio Alberto Villagrana, ausente desde el 21 de marzo de 2011 en Torreón. Luz Refugio Flores detiene el dedo índice en la quinta. Sonríe un poco, con pesadumbre. Su hijo está bien, asegura, mientras el tirante de la blusa regresa a su sitio.

Toma una fotografía y el pulgar justo a la izquierda del policía municipal junto a sus compañeros tras un periodo de capacitación.

De la bolsa de papel para impresiones de tres por dos pulgadas saca una más: un niño monta una cuatrimoto de plástico. La madre clava los ojos en la imagen y por la punzada de dolor voltea a ver a su hija al fondo de la sala.

De traje blanco Julio Alberto celebró la primera comunión. No pasa inadvertido el parecido de madre e hijo.

Durango y Coahuila padecen los mismos males y virtudes por el río Nazas, frontera imaginaria entre dos gobiernos, bandas de criminales distintas y una misma ruta y mercado de drogas.

Villagrana es policía municipal de Torreón y la encomienda fue el sellamiento del Nazas para evitar intercambios armados en la ciudad. Sonó el teléfono y del otro lado de la línea José Pizaña, supuesto gendarme: “Su hijo está arrestado. Búsquelo”. Un pinchazo de temor invadió el cuerpo de la mujer. El instinto la alertó.

Viajó a las instalaciones de la policía de Torreón para hablar con el director. No entró, en la comandancia no le permitieron pasar. “No está”, le advirtieron los agentes.

De ahí al campo militar. Sin rastro. Luego a la Fiscalía y a la entonces Procuraduría General de la República. De vuelta a casa, Refugio Flores reportó a la familia la desaparición. Adelaido Flores, recién nombrado director policial, confirmó a su hermano ya por la noche la detención, y en 72 horas sabrían del muchacho.

Cumplido el plazo buscó al hombre. El comandante se desentendió del caso de inmediato. En el estacionamiento, el auto sin señales de la salida de Julio de las instalaciones. No estaba el uniforme habitual.

Pasaron tres días e interpuso un amparo en el juzgado de distrito; aunque tarde, la comandancia inspeccionó: no lo hallaron.

Los pensamientos se agolpan sobre el destino del gendarme: si sufre, si lo torturan. No hay cabeza para pensar. Hospitales y morgues fueron visitados. Estuvo en Durango porque el 11 de abril de 2011 halló la Policía Federal fosas en la ciudad. En la cárcel de máxima seguridad en Almoloya de Juárez, Estado de México, no hubo noticias. No fue detenido.

Acabó la primera etapa de la búsqueda, tres meses. Restos en el desierto junto al Grupo VIDA. y también en las caravanas. “Quiero saber si está o no está”. Es el motivo de la lucha frente al gobierno indolente.

Mientras vaga por el desierto buscando diminutos huesos calcinados para arrancarles la identidad. Muelas.  Mandíbulas. “Este pedacito puede ser tu hijo”, se desahoga mientras el dolor abocarda su voz.

Nada explica el dolor sentido, confiesa. Tras años de búsqueda la fe la aconseja seguir. Si no es en esta vida será en la siguiente, pero el hilo de plata de madre la hará encontrarlo. Julio la visita en sueños. Es poco el tiempo y pocas las palabras. Regresará como una promesa.

Mientras vaga por el desierto buscando diminutos huesos calcinados para arrancarles la identidad. Muelas.  Mandíbulas. “Este pedacito puede ser tu hijo”, se desahoga mientras el dolor abocarda su voz.

Donde se pierde la mirada hay restos en el desierto en Coahuila. La distancia es un shock en Patrocinio. Hallar y con milimetría rescatar el calcio; pero al levantar la mirada y perderse en el cálculo en cada sector por inspeccionar.

“Nunca vamos a terminar. Nunca. Nos vamos a morir y no sabremos qué pasó con nuestros familiares”.

En la sala se escucha la luz de la más pequeña de las estrellas de su pecho. Luz Refugio mira de reojo el cuadro de su hijo.

El estruendo del silencio

Todos los días despierta en la casa donde se lo llevaron. Todas las noches apaga la luz en la misma habitación. En su cuerpo anidó el sonido de dos golpes en las paredes. El crujir del cemento y el ladrillo cuando entró por la fuerza un comando de hombres encapuchados con insignias de la Policía Federal.

Faltaba poco para las dos de la mañana. La suela de goma de las botas como una manada se escuchó aproximarse a la habitación de Ixchel Mireles y Héctor Armando Tapia Osollo. Era el 19 el junio de 2010. El único argumento fue la urgencia por información: “Venimos por ti”.

Fue breve el forcejeo y en la sien la boca de un arma larga, y el calzado en la cabeza acabó con la resistencia. El ingeniero gerente de las empresas DURSA y Desarrollo Urbanos RIME cae contra el suelo en el descanso de la escalera. “Ya tenemos el paquete”.

La última imagen fue el golpe en la cabeza para meterlo al auto Cambry blanco que se pierde en el claroscuro del alumbrado público de Torreón.

Miró el desastre. La distancia con su marido crecía hasta convertirse en vacío. Prendió una vela en la zona de la escalera donde no alcanza la luz. Una guía en el periodo oscuro para Tapia Osollo. Continúa en el mismo lugar. Incienso cada viernes para acompañarlo en el camino.

Buscó durante cuatro meses sin rastro del ingeniero. Las víctimas eran abandonadas en baldíos o en canales de riesgo. En el Servicio Médico Forense y en la Cruz Roja tampoco lo encontró.

Abandonó dos años la vivienda. De vuelta, en un encuentro con Fernando Olivas, el entonces delegado de la Procuraduría General de la República lanzó un enigmático mensaje: “Su esposo dio la vida por ustedes. Regrésese a su casa”.

Nacieron las dudas, por qué sabía una decisión tomada por el hombre desaparecido. Incluso darlo por muerto.

Mireles escribió un libro para detallar todo movimiento de dinero y de propiedades en la ausencia de Héctor. Rendiría cuentas de cada peso gastado.

Lanzó botellas al mar en cada caravana con la lona y el rostro impreso junto a los datos de búsqueda. Los años ahogaron la posibilidad de verlo con vida, pero seguirá hasta dar con el paradero. Hasta entonces despertará en medio de esa noche de 2010.

Las fronteras de Dios

Con el índice señala la fotografía de Jesús Daniel Flores en el marco del espejo. Son varias y en algunas usa un corte de cabello a rapa y en otras crecido. Es el mismo tiempo de cuando lo desaparecieron en Torreón, en mayo de 2010.

La mano de don Óscar con algunos dedos engarruñados sigue por la madera y aplana el papel fotográfico. Aparece de nuevo su hijo. El padre habla de él en presente. Por sus creencias, piensa que lo hallará al terminar esta vida con la misma edad, igual que en los retratos en la habitación: como cuando se lo llevaron.

Duerme junto a la manta con los datos de búsqueda y el rostro moreno de su hijo menor. No pierde la esperanza de encontrarlo en vida. Pero también es realista. A veces le habla del día a día. Sonríe. No es por desvarío. Así se da ánimo. “Como uno platica con dios, aunque no me hable, le cuento algunas cositas —a Daniel—”.

Camina por el cuarto, lento, por las pertenencias de Chuy: un gimnasio y un aparato para ventilar la habitación al fondo de la casa. Sobre la cama escucha el caer de una lona. Con pericia desanuda los dos cordones. Con una rodilla sobre la colcha desdobla la manta y aparece de nuevo su hijo. La misma fotografía del marco en el espejo. En el pasado la pancarta refería el estado ausente del muchacho. Luego cambió don Óscar el mensaje: “Me desaparecieron”.

Los muertos no piensan, no oyen. Los años pasaron y el destino de Jesús Daniel es incierto para el hombre. No niega la posibilidad de su muerte. Por eso sabe de la edad para el encuentro cuando fallezca. Presiente que lo encontrará de veintidós años. Es la misma sensación al recibir la noticia, el instinto es la alerta.

Vivió don Óscar en Atlanta, Estados Unidos. Dos empleos. Un tiempo estuvieron juntos allá. Daniel regresó a México. Una motocicleta Yamaha 600 blanca lo transportaba por Torreón. La compró con sus ahorros del trabajo al otro lado de la frontera. Una noche viajaba con su novia y lo persiguieron hasta unas cuantas cuadras de su casa. La muchacha cayó y al regresar por ella no se supo nada más de él.

Una llamada sonó en Atlanta. Un pinchazo se incrustó en la carne, ese presentimiento aún lo sigue. Don Óscar tomó el primer avión a Monterrey y luego un autobús a Torreón. Sólo encontró rumores de lo sucedido, la verdad de la calle.  Elementos para comenzar una investigación, hasta hoy sin avances.

Jesús Daniel llevaba la cabeza a rape. Durante la época más fuerte de la violencia en La Laguna, la cabeza rapada era un código para reconocerse entre bandas criminales. Lo confundieron, como a tantos otros.

Siempre es un instante

Siempre es una palabra perenne. El instinto, una premonición. Rosa Albina Zapata Contreras lo sabe. Toma una figura de san Antonio de Padua entre las manos. Con la foto de la credencial para votar de su hijo hizo un pequeño altar en su casa.

Cada noche se escucha en el pequeño pasillo: “El señor te bendiga. Te guarde. El señor haga resplandecer su rostro sobre ti. Tenga misericordia de ti. El señor alce sobre ti su rostro y ponga en ti su paz. Amén”.

Desde siempre el rostro de Carlos Gerardo García Zapata, sin localizar desde el 31 de octubre de 2008, en Torreón, lo  ilumina el cirio encendido por su madre.

Días antes de perderlo caminaba las trece cuadras hasta la vivienda de Carlitos, para pedirle no salir. Mientras los nietos pedían “calaverita” por las anchas calles del centro de la ciudad, a la carpintería llegó David, un amigo de la infancia, también ausente. Salieron ambos al bar.

A las 5 de la madrugada Rosa Albina recibió un telefonema. Gerardo no llegó por la noche. Comenzó la búsqueda en cárceles y hospitales. Entre los cerros calvos de la Comarca Lagunera se escabulló el sol. No hubo noticias durante todo el sábado. La denuncia se interpuso transcurridas las 72 horas. Pero no hubo avances.

En el cotejo de las versiones de la calle, un mesero del bar Malvilla, en la calle 13, recordó la visita de David y Gerardo. Pero también en el Barón Rojo.

Rosa Albina comienza la investigación cada vez que cambian a los agentes del Ministerio Público. A Dios le pide vida para conocer el paradero de Gerardo. Las pioneras en la búsqueda murieron. Espera no ser una más.

El personal de la fiscalía se limitó a decir: “En algo andaban”. Argumento evasivo que se dice a todos los familiares. También la amenaza: “Tiene más hijos y se los van a llevar”. Tardó dos años en regresar a la búsqueda.

En un tríptico en la iglesia de San Judas leyó sobre casos de desaparecidos. Comenzaron los viajes a Saltillo, capital de Coahuila, y con Blanca Martínez inició la exigencia de leyes. Cual Sísifo, Rosa Albina comienza la investigación cada vez que cambian a los agentes del Ministerio Público. A Dios le pide vida para conocer el paradero de Gerardo. Las pioneras en la búsqueda murieron. Espera no ser una más.

Carlitos arriba en sueños, poco. Siempre en lugares altos. La madre desea comunicarse en el sopor. No importa olvidarlo al despertar.

Cartografía del inframundo

Buscar a contratiempo. Viajar por el desierto hasta el inframundo de los campos de exterminio. Julio Sánchez Pasillas espera encontrar a su hija Thania, sin paradero desde el 21 de enero de 2012.

Se fuga de la realidad de Torreón. Al irse, anhela regresar y que su hija vuelva. Despertar del mal sueño de la desaparición. Como padre se quiebran sus emociones al pensar en todas las posibilidades del destino de la chica: la trata, el menudeo de drogas o el destino funesto de los lugares de matanza. También recuerda los momentos felices. Una cadena de pensamientos prolonga las temporadas de depresión. Ataques de llanto sin final.

Esa noche de enero, hace diez años, la joven y su novio dieron un aventón a una compañera al terminar una graduación. En Francisco I. Madero se pinchó un neumático y comenzaron a hacer llamadas de ayuda. Había un sitio de venta al menudeo de sustancias tóxicas cerca, y no se supo más de la pareja.

El padre no encontró eco en las autoridades. A pesar de los expedientes abiertos, las averiguaciones no avanzaron. Tomó entonces la decisión de encontrar pistas en la calle. Por versiones recolectadas durante los días posteriores a la desaparición dio con una casa de seguridad. Fingió una enfermedad y pidió un vaso de agua para entrar. No se le permitieron. “Te desubicas”, reconoce el riesgo corrido al intentar ingresar a un búnker del crimen organizado.

En los campos de exterminio buscó los hoyuelos donde derramaron los restos de seres humanos. En el ejido Patrocinio dividieron las zonas en sectores de un metro cuadrado.

En centros de regulación sanitaria y zonas de tolerancia transitó para hallar a Thania. O seguía los indicios de personas durante algún tiempo en la prostitución. Con Grupo VIDA terminó la fase solitaria de la investigación.

En los campos de exterminio buscó los hoyuelos donde derramaron los restos de seres humanos. En el ejido Patrocinio dividieron las zonas en sectores de un metro cuadrado. Con los ojos en la distancia, Julio hizo el cálculo mental y lo contrastó con su edad. “No alcanza la vida para buscar”.

Estación Claudio es otra parada del víacrucis de la búsqueda. Julio, a pesar de andar por las veredas formadas por las raíces de las gobernadoras, tiene la esperanza de dar con el paradero en vida.

El destino señala otro lugar. Fundó caravanas ya en la tercera etapa del proceso. Fue su apuesta. Ahora anda por el país tras el rastro de Thania. Organizaron viajes a Michoacán, Guerrero o Veracruz. También en las morgues se posan sus ojos. También.

México es la cartografía de lo incierto para el familiar de un desaparecido.

Las rutas del sueño

En el marco de la puerta su hijo se planta para platicar: Tomás López Ávalos le responde desde la cama. La bruma del sueño se disipa y vuelven a ser once años desde la ausencia de José Manuel.

Don Tomás es taxista en Torreón y su hijo igual. Desde la llamada, el 29 de abril de 2010, a su nuera Rosy por la mañana cuando supo de la ausencia, comenzó la búsqueda por los caminos en los ejidos de La Laguna. Fueron meses. Se venían los años más cruentos por el control de las calles, la venta al menudeo y las rutas para el tráfico de drogas.

A José Manuel lo desaparecieron en su taxi. Lo vieron por última vez en el periférico de la ciudad. Pero no fue el único, conforme preguntaba don Tomás, eran varios los testimonios de choferes sin paradero. Tampoco se sabía quién estuvo detrás. Los contrataron y no se supo más.

Por eso encontrar el auto era urgente para dar con el paradero. Así fue.

El padre perdió el interés por el trabajo. Desde entonces la vigilia se interrumpe por pensar qué le sucedió a su hijo. Durante uno de los viajes a la zona rural recibió una llamada de Manuel: “Papá, me secuestraron, me traen aquí”. Aunque sin más datos. La llamada fue a escondidas de sus captores para no arriesgar a su familia. El miedo mayor fue al no recibir más telefonemas. Luego unos parientes confesaron haberlo visto en camionetas por la Comarca Lagunera, llevado a la fuerza.

“Papá, me secuestraron, me traen aquí”. Aunque sin más datos. La llamada fue a escondidas de sus captores para no arriesgar a su familia. El miedo mayor fue al no recibir más telefonemas.

Sobre el mismo periférico donde se truncó el destino del joven padre de tres niños, el edificio de la Fiscalía de Coahuila lucía sombrío por las advertencias del personal al redactar las denuncias por ausencia. Por la puerta trasera salió para evitar su asesinato. Por solicitar que se comience un expediente por robo, supo, los demandantes fueron baleados una semana antes. En la hoy Ciudad de México pidió al gobierno investigar.

El paradero de José Manuel es incierto. Con el paso de los años la terapia mitigó parte del dolor. La incertidumbre es la misma para don Tomás y sus tres nietos. Ahora acuden a la cátedra, y el saber de otros niños con padres desaparecidos se convirtió en la solidaridad necesaria para aquietar un poco la carencia de paternidad.

Al chofer le preocupa que si él muere quién seguirá la búsqueda de su hijo. Los nietos ahora se concentran en la escuela y después en su propia familia. No deja de ser un asunto rondando su cabeza con frecuencia. El sueño se le va mientras espera verlo parado a un lado de la puerta.

Encontrar también en los genes

Claudio Gallardo mira en Hugo, su hijo pequeño, a su padre desaparecido en 2013 en Durango. Asegura ver su alma. Los gestos se empalman en el recuerdo de su progenitor. El dibujo de la sonrisa en las bombachas mejillas. El borde sombreado en iris. Las cejas curveadas con gentileza.

Fueron cinco años de ausencia, de 2013 a 2018, con el nacimiento de su primogénito. Se estremece Claudio con esa conducta similar a la de su padre. El lenguaje íntimo estudiado solo en el hogar, aunque el niño no lo haya aprendido.

Durante el día, el comportamiento del infante se lo recuerda: Hugo corta flores para Brenda, su madre. Igual su abuelo, un abogado dedicado en su mayoría a casos mercantiles y civiles: todas las mañanas llamaba a casa para notificar su estado y ubicación, si dilataría en diligencias por las audiencias.

La última imagen de Hugo Gallardo es el borde de una pantalla del circuito cerrado de la ciudad. Dirigía sus pasos al auto sobre la calle de acceso a la Fiscalía General del Estado de Durango. En un punto ciego no se supo más.

Las llamadas se desviaban al buzón. Rosa María Reyes alertó a sus vástagos sobre la falta de respuesta. El pinchazo, el sentimiento sobre un hecho fuera de control la invadió. Dos de los tres hermanos consultaron sobre el último contacto con el abogado. Acudió el menor, también defensor legal. Y solicitó se tomaran huellas del vehículo.

Para la familia era un secuestro, pero los agentes no le dieron la importancia por el no cumplimiento de las 72 horas de la privación de la libertad o la solicitud de dinero por la víctima. Nunca hablaron los responsables. Por fin se presentó la denuncia.

La Fiscalía accedió a mostrar los videos y analizaron la grabación. Hugo Gallardo sale por la calle de acceso hasta perderse en el ángulo final de la toma.

Ante lo incierto del paradero de su padre, Claudio Gallardo piensa que sería mejor la muerte a la indigencia. Un asesinato rápido con el menor sufrimiento posible. No imagina a su padre sobreviviendo en las calles.

Tras la ausencia, Rosa María soñó ver la televisión y al bajar del segundo piso reconoció a su esposo ataviado como un menesteroso: la barba y el cabello crecido. Sólo era la mirada del abogado a la mujer, impasible. Ella cuestionó una y otra vez pero no hubo respuesta. Como sus llamadas se fueron al buzón.

Páramo árido el olvido

No lo reconoce del todo, pero es una persona conocida en la búsqueda, en un colectivo. No atina a cuál. Regresa en un sueño con su hijo y lo abraza: Mario Alberto Morales es policía municipal en Torreón, sin paradero desde el 2 de julio de 2010. El gendarme muestra felicidad por el encuentro. Pero ahí termina todo.

Pidió fuerza a dios. Sus pasos serían los mismos para encontrarlo y abrazar a su hijo, como recuerda el sueño. Durante el viaje para hallarlo se topa con personas y de la nada le hablan que se encuentra su hijo con vida.

Rosario Cano vive en Chihuahua, Chihuahua y viaja con frecuencia a la Comarca Lagunera desde el día de aquella llamada telefónica. Se derrumbó un momento con la noticia. En ese instante supo de la batalla por librar contra el monstruo del desgano gubernamental por investigar y las corruptelas y comparsas con el crimen organizado. También por los señalamientos a los desaparecidos.

Pidió fuerza a dios. Sus pasos serían los mismos para encontrarlo y abrazar a su hijo, como recuerda el sueño. Durante el viaje para hallarlo se topa con personas y de la nada le hablan que se encuentra su hijo con vida.

Fueron tres hombres armados a la casa de Mario Alberto. Una fugaz maniobra y no hubo indicios para seguir la pista.

Rosario Cano habla el idioma de la ausencia. Palabras conocidas sólo por los familiares de los sin destino. Hermanas de dolor las madres en Coahuila el colectivo Fundec y en Chihuahua Justicia para nuestras hijas. Esas mujeres avanzan en las marchas tomadas del brazo para mantenerse en pie.

En México existe un anonimato que ahonda las desapariciones: los casos emblemáticos. Cano habla sobre el foco recibido en medios y por los ciudadanos, pero olvidan otros, las tragedias provincianas perdidas en muchedumbres inexistentes. Los desaparecidos cargan con el estigma de nexos con las bandas de criminales. La solidaridad es para los reconocidos por los medios de comunicación, reclama.

Los señalamientos de quienes conocían el caso del policía enfermaron a su marido, murió de tristeza. Ahora en la búsqueda la acompañan los colectivos, son un hogar los brazos de otras madres.

Desierto en las líneas de las manos

Serpenteaba entre mezquites Martín Batres. Junto a Chuy anduvo por Patrocinio. Las herraduras por el trote de un caballo se sintieron vibrar por el suelo. El hombre a caballo apenas escuchó los gritos. Se acercó y con tono agresivo les cuestionó por qué caminaban en el ejido. Se presentaron.

El vaquero, al saber de la búsqueda de restos humanos, habló sobre la rutina de un perro que durante las mañanas rascaba en el piso y sacaba huesos de un hoyito.

Encontraron una parte de los tesoros buscados. A pesar de ver la palma, las líneas de sus manos y los trozos de calcio abocardado por el sol, no puede saber si son de su hijo Cruz Batres Ramírez, sin paradero desde el 10 de noviembre de 2012 en Torreón. La respuesta del gobierno es pobre para dar con la identidad de los restos porosos.

Una de las trabas para investigar, preguntar y dar con el paradero de los desaparecidos es el estigma sobre su vida. Martín Batres abre el cajón donde guardaba el comprobante de un préstamo a su hijo de una tienda departamental. Eran 14 mil pesos. Poco a poco compró una pequeña sala, cobertores, para independizarse. Se preparaba para abandonar el hogar. Una semana después no se supo más de él mientras caminaba al trabajo. Durante esos días tampoco se conoció el paradero de dos jóvenes más.

Los investigadores argumentaron los malos pasos de Cruz. Nunca presentaron una sola prueba. Batres sabía de la frecuencia de los exámenes antidoping que se hacen en la empresa donde trabajaba. No hubo indicios de nexos con el crimen organizado.

En la barda perimetral de la casa hay una manta y Cruz Martín al centro con su hijo en brazos y una oración del otro. La fecha de nacimiento a la izquierda: 23 de agosto de 2013 junto a Jesucristo. Sus padres lo miran como una abstracción de la ausencia.

Metafísica del dolor

La camioneta se detiene en un semáforo. El tránsito en Guadalajara parece siempre ocultar algo: las tinieblas del mediodía en el estado con más desapariciones. Isabel Velarde arranca. Grita por su hijo Germán Cabrera, desaparecido en marzo 2018. El llanto le duele. La catarsis en lugar de aliviar agrava el dolor.

A las 4 de la tarde no supieron más del muchacho. Desde ahí comenzó la búsqueda. En la Fiscalía no lo encontraron a pesar de la sospecha que agentes se lo habían llevado. A las 8 de la noche el personal en turno no tuvo ningún reporte.

La señora Velarde, pasadas dos horas, naufragó en ese sentimiento de la ausencia permanente. Ya no lo vería más. Los músculos sucumbieron a la falta de fuerza y se derrumbó. El instinto de madre la levantó para seguir.

Regresó al lugar donde se lo llevaron y caminó. La sensación de saberse perdida se expandió por su cuerpo: el no tener rumbo.

De puerta en puerta solicitó ayuda para seguir el proceso legal. Las ocupaciones de los empleados de los agentes del Ministerio Público y de Derechos Humanos no les permitieron atender a la mujer.

Las madres de desaparecidos se reconocen en cualquier lugar con una mirada. Al hablar son un espejo, reconocen juntas los errores de la búsqueda. Se consultan. Las emociones son iguales, los procesos distintos.

En ese pantano de la omisión Velarde miró a otras personas, al menos veinte personas más para interponer denuncias por la desaparición de su hijo. Algunos luego de seis meses, tras haber sido amenazados. Pero sin expediente no entran al Servicio Médico Forense a inspeccionar. Sus pasos también se han escuchado en la silenciosa morgue sin el deseo de hallar a Germán. “A la vez no puede dejar de buscar”.

Del cielo a la tierra nada está oculto. Lo encontrará, piensa.

Las madres de desaparecidos se reconocen en cualquier lugar con una mirada. Al hablar son un espejo, reconocen juntas los errores de la búsqueda. Se consultan. Las emociones son iguales, los procesos distintos. Deshilvanan la madeja de sensaciones, y amarran esos hilos para sentirse unidas por el aislamiento de la familia y de las personas que hacen preguntas hirientes de rutina.

Mapas en el sopor

Rebeca Cortinas camina hacia su madre Feliciana Rueda. El camión de la mudanza espera afuera de una casa. Antes de entrar por la puerta la madre piensa en preguntar por la procedencia de sus pasos. Pero en el fondo no sabía si se iría de Matamoros, Coahuila, y se instalaría.

Fue un sueño.

Días antes, Francisco Rodríguez, reportero del diario Vanguardia, entrevistó a la madre de Rebeca. Durante el viaje a la vivienda Feliciana miró un montón de tierra en un poblado cercano a Torreón. Pidió a la Fiscalía investigar ese lugar. Sin respuesta. El instinto la llama al pasar por el sitio.

Un día Christian, la hija mayor de Rebeca, le contó a su abuela que vio a su madre mientras dormía en un cuarto compartido con su pequeña hermana. La misma pregunta a la dipsómana: ¿Dónde estabas? La respuesta fue franca: “Pregúntale al señor de la vuelta, al de la camioneta negra”.

Rebeca Cortinas Rueda lleva desaparecida desde 2018, la sospecha cae en un exmilitar en retiro. Saúl Cortina Rueda, su hermano once.

Cristian sintió el momento de la ausencia forzada. Alertó a Feliciana por la falta de llamadas de Rebeca durante la farra habitual. Desde ese momento no se supo más. El exmilitar se agazapa en amparos. Durante meses la violencia era habitual en la relación. Presume Feliciana que poco a poco el exsoldado mermó la autoestima de la víctima hasta la ausencia total. Desvaneció a su hija sin dejar rastro.

La Fiscalía en Coahuila parece buscar lo mismo con la investigación. Las últimas llamadas desde el teléfono de Rebeca se hicieron en San Luis Potosí. La coartada perfecta para desprenderse del caso en Coahuila. Feliciana fue victimizada al interponer la denuncia por desaparición de su hijo. Al regresar por la de su hija sucedió lo mismo.

A pesar del dolor se sobrepone para entrar al edificio y preguntar por los avances de la investigación. Se carea con los agentes del Ministerio Público. Tenso el ambiente por la plática. Los encara por momentos. La burocracia indolente.

La fecha para recordar a Saúl es el 9 de septiembre, no el 22, el día de su cumpleaños. Los fines de semana la visitan sus nietos para hablar de su padre. Matías es el más deseoso de saber de su vida. Durante las pláticas de la abuela con los nietos es normal platicar de la presencia de Saúl. Es una costumbre del hogar soñar al padre, al hijo sentado a la mesa. Como cualquier día. Como cualquier sueño. ®

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