Te hace falta un Blow

Mi amigo el gringo gay que no podía ligar

Logan quería ir al Blow Bar, nos lo recomendó un amigo por el show sorpresa de medianoche. Para ese punto ya lo había llevado a un montón de museos, también había conocido las grandes superficialidades de la ciudad. De todas formas, moría por ir a un antro gay–chilango.

La boca abierta del Blow Bar. Foto de Instagram.

Era gringo, de Misisipi, pero no tenía acento de ahí. Me pareció rarísimo, nunca había conocido a un sureño que no hablara como vaquero. Le pregunté por qué sonaba normal: “Cariño, es porque soy gay”, me respondió. Años después le recordé eso que me dijo el día en que nos conocimos en un bar de la avenida Álvaro Obregón, cuando me fue a visitar a la Ciudad de México.

Yo iba en el segundo coctel, ya me quería ir cuando la mesera le entregó a Logan su sexta cerveza. Se la terminó en dos tragos, puso la botella en la mesa, me miró sin decir nada por unos segundos, no tenía que hablar, lo conocía bien, sabía lo que pasaba por su mente. “Me voy pronto, tenemos que ir a bailar, puto”, me dijo en español con un acento gringo que se hacía más evidente con el alcohol.

Logan quería ir al Blow Bar, nos lo recomendó un amigo por el show sorpresa de medianoche. Para ese punto ya lo había llevado a un montón de museos, incluidos el Munal y el de Antropología. Conmigo también había conocido las grandes superficialidades de la ciudad: a los hipsters de Coyoacán; los gringos de la Roma; a los señores de las cantinas y los venezolanos del Centro Histórico; incluso vio a unos judíos en Polanco (Polanski). De todas formas, moría por ir a un antro gay–chilango. “Vamos. Va estar chido, nos la vamos a pasar bien”, respondí más para mí que para él.

Yoel nos alcanzó poco antes de llegar a la calle Niza, él también estaba de visita en la Ciudad de México. “Wey, quería irme a bailar salsa con unas morras del hostal, pero se fueron sin decirme a dónde iban”, me explicó a unos metros del cadenero. Entramos. Eran tres pisos, cada uno tenía un tema distinto. El de la planta baja tenía un techo lleno de luces que parecían azulejos que brillaban en tonos fosforescentes, paredes rosas. El logo del lugar estaba arriba del marco de la puerta que llevaba al primer piso, era un letrero que decía Blow, sólo que en lugar de una O tenía una boca abierta.

El gringo entró primero, antes de poder seguirlo Yoel me sostuvo del brazo, me pidió que fingiera ser su novio. Era homofóbico, su aversión no llegaba al odio, pero sí al disgusto. Tenía amigos gays que amaba, pero rechazaba todo lo afeminado, las banderas de arcoíris y no le gustaba ver besarse a los hombres. Siempre pensé que era así porque cada vez que íbamos a un bar gay al menos tres tipos lo besaban sin preguntarle, a varios los vi hacerlo a la fuerza. Quién sabe. Acepté, ya tenía algo con qué entretenerme.

Eran tres pisos, cada uno tenía un tema distinto. El de la planta baja tenía un techo lleno de luces que parecían azulejos que brillaban en tonos fosforescentes, paredes rosas. El logo del lugar estaba arriba del marco de la puerta que llevaba al primer piso, era un letrero que decía Blow, sólo que en lugar de una O tenía una boca abierta.

Eran las diez de la noche, aún no había mucha gente, me daba pena bailar. Pudimos ver las paredes de ladrillo con detalles plateados y una berenjena gigante frente a la pista de baile. En ese nivel sólo ponían reggaetón. Era momento del contacto visual, la gente que llegaba se recargaba en las paredes donde había espacio y escaneaba el lugar, por si alguna mirada respondía. Logan miraba a un chico moreno, flaquito de cabello corto que le volteó la cara después de unos segundos. A mí me observaba un tipo blanco de cabello castaño claro que llevaba un bigote rodeado de una barba de tres días, parecía tan turista como mi amigo. Yoel veía al frente.

Quería fumar, subimos a la terraza, antes de llegar pasamos por la pista de baile del segundo piso, en el que sonaba puro pop retro. Encendimos los cigarros en el balcón donde se podía apreciar casi toda la calle Niza. Al otro lado de la acera había otro antro con iluminación de arcoíris, tocaban “Las de la intuición” a todo volumen, me sacó una sonrisa. Los tres estábamos apoyados en el barandal, éramos los únicos ahí. Me agradó la idea de que Logan pudiera conocer a alguien ahí, en lugar de una aplicación. Le di la bienvenida a la Zona Rosa, me volteó a ver y me preguntó qué era eso. “Donde se juntan los jotos”, respondió Yoel. Lo que dijo no era mentira, pero no era así de simple.

El pintor José Luis Cuevas le puso el nombre de Zona Rosa, nadie está seguro de por qué; el escritor Vicente Leñero intentó explicarlo con su frase: “(La Zona Rosa) es demasiado tímida para ser roja y demasiado atrevida para ser blanca”.

En los cuarenta era un vecindario lleno de casonas estilo europeo donde vivían las familias adineradas del Porfiriato. Puro Art Nouveau y Art Decó. Con el paso de los años muchos artistas comenzaron a reunirse en los cafés y bares del área. Como el público bohemio de la ciudad los siguió, se corrió el rumor de que era un lugar amigable para las divergencias de todos los colores, razas, orientaciones y sabores. El pintor José Luis Cuevas le puso el nombre de Zona Rosa, nadie está seguro de por qué; el escritor Vicente Leñero intentó explicarlo con su frase: “(La Zona Rosa) es demasiado tímida para ser roja y demasiado atrevida para ser blanca”.

Dejamos de ser los únicos cuando entró Phil, un gringo que se presentó con nosotros, insistió en hablarnos en un español terrible, no fumó. Tenía sesenta años recién cumplidos, una chamarra y pantalones de mezclilla; el corte de cabello tan cuadrado como su mandíbula; un bigote grueso como su cuello; manos toscas, fuertes, como de mecánico. No se parecía a ninguno de los chicos que vi en la parte de abajo. Hizo algunas bromas sobre cómo le gustaba pasearse desnudo por su casa en la colonia Roma, creo, no le entendí todo lo que hablaba. En los minutos que conversó con nosotros miraba a alguien en específico.

Cuando ya nadie sabía qué más decir se terminó lo que quedaba en su vaso, puso sus manos en la cintura de Yoel y le susurró algo al oído. “Boyfriend, novio, novio. ¡Tengo novio!”, aseguró mi amigo a toda velocidad. El señor miró a Logan, después a mí, me preguntó si él era mi chico, respondí que sí. “Oh disculpa. Tu chico es lindo–bonito–chiquito, el más lindo de todos”, me dijo con su pronunciación espantosa antes de irse.

Un grupo de chicas de no más de treinta años estaba en medio de la pista, gritaban mucho, varias de ellas traían camisas blancas de botón y botas de piel, tenían pinta de recién haber salido de la oficina. Llamaban la atención entre tantos hombres, no sé hasta qué punto las juzgaban, pero lo hacían…

Yoel era flaco, tenía cara de niñito moreno con una nariz pequeña y puntiaguda, labios delgados; el único vello facial que tenía eran sus cejas y sus pestañas rizadas. Un twink al que sólo le faltaba ser gay. “Vamos a bailar, mi amor”, le ordené antes de darle una nalgada que le hizo poca gracia. Bajamos las escaleras, al piso del perreo, ya había gente bailando.

Me arrepentí de no beber más antes de llegar, sentía tiesa mi cadera. Me preocupaba verme ridículo. Un grupo de chicas de no más de treinta años estaba en medio de la pista, gritaban mucho, varias de ellas traían camisas blancas de botón y botas de piel, tenían pinta de recién haber salido de la oficina. Llamaban la atención entre tantos hombres, no sé hasta qué punto las juzgaban, pero lo hacían, yo también. 

Un tipo empezó a bailar en medio de ellas, unos pasos los daba de cuclillas, luego se acostaba para dar unas vueltas por el piso antes de levantarse para otra secuencia. No dejaba de hacer movimientos exagerados con los brazos, excepto cuando marcaba las poses. Un vogue exquisito. Lo que más me sorprendió de él fue que iba vestido con un conjunto deportivo Adidas, sólo que no parecía atleta. Cada vez que subía las manos se asomaba su panza peluda entre el resorte del pantalón y la parte de abajo de su chamarra; su nariz era redonda junto con el resto de sus facciones; llevaba largo el cabello de los costados del cráneo, en la parte superior de la cabeza tenía algunos pelos dispersos, casi estaba calvo. Parecía una versión joven y gay de Woody Allen. No sé qué me habría parecido verlo así a plena luz del día, pero ahí lucía fantástico.

Amazing Katty, dragqueen en el Bar Blow. Foto Instagram.

Quienes fuimos su público sonreímos y gritamos. Algo cambió, empecé a moverme sin tanta preocupación, hice círculos con la cadera, apoyé las manos en mis rodillas, me pasé los dedos por el torso, el cuello y el pelo. Si hubiera bailado así en otro antro, con los pasos que suelo hacer cuando estoy solo, alguien se habría burlado o me hubiera dicho maricón, ahí no. No hacía falta ser gay para gozar de una libertad que no existía en otros espacios.

El yankee era de un pueblito en Misisipi donde ser gay fuera del clóset era algo peligroso, durante muchos años lo normal para él fue tener sexo a escondidas con gente que conocía por aplicaciones o con hombres casados y con hijos. Nos daba gusto cuando salíamos los tres y desaparecía con un muchachito.

Logan se separó de nosotros, se acercó a un chico que miraba la pista desde su mesa. Yoel y yo nos volteamos a ver, complacidos. El yankee era de un pueblito en Misisipi donde ser gay fuera del clóset era algo peligroso, durante muchos años lo normal para él fue tener sexo a escondidas con gente que conocía por aplicaciones o con hombres casados y con hijos. Nos daba gusto cuando salíamos los tres y desaparecía con un muchachito.

Regresó unos segundos después de haberse ido. Le pregunté qué había pasado. “Me acerqué, le dije que me parecía lindo y luego me preguntó por Yoel”, me respondió antes de ir a la barra por bebidas. Le dije a mi novio falso que no me iba a ir sin que el gringo encontrara a un chico con quién irse a casa… o al cuarto oscuro de la planta baja.

Volvió con tragos de maracuyá, él y yo nos los tomamos, Yoel no. “Cabrón, yo la neta quiero estar en mis cinco sentidos”, dijo antes de darme su vaso. Bajé un poco el cuello V de mi camiseta rosa y dimos la primera vuelta, más bien, la primera putivuelta. Nos acercamos a tres grupos que bailaban, dos en la pista, otro junto a ella, lo rechazaron todos. Intentó abordar a cinco tipos, todos entrecerraron los ojos, apretaron los labios e hicieron un gesto negativo con la cabeza, como si ése fuera el gesto protocolario para decir “no me gustas”.

Casi era medianoche, ya podía ver a algunos borrachos, sugerí ir a fumar de nuevo, la gente siempre está más mareada ahí. No lo dejé sacar su encendedor, planeaba pedirle uno a algún morenito que me gustara para mi amigo. Encontré uno, antes de poderle decir cualquier cosa me rodeó con el brazo y encendió mi cigarro, los tres muchachos alrededor de Yoel no podían creer que ya hubiera terminado la universidad con esa cara de niño. Logan sostenía un marlboro mentolado sin prender, se fue a comprar otra bebida.

Les dije que mi amigo estaba de visita, hablaba español perfecto y tenía un Airbnb en la Roma. No hubo ni un voluntario. “Te le hiciste muy guapo al yankee”, le dije al que me había encendido el cigarro. Negó con la cabeza. “¿Qué tiene de malo mi amigo?”, cuestioné. “No es horrible, pero míralo, no es el estándar de belleza de aquí”, me respondió. Lo vi, antes de llegar a la barra pasó por una mesa, intercambió unas palabras con unos hombres que le dieron a beber un trago del pico de la botella, luego intentó besar a uno de ellos sin éxito.

Conocí a mi amigo unos años antes en Uruguay. Yo estaba perdido, no me había enamorado como me prometieron; él, desde ese entonces, no sabía estar solo. Robó mi corazón y yo una parte del suyo. Algunas de nuestras actividades favoritas eran beber a diario, consumir drogas, fumar todo el día…

Hasta cierto punto entendí lo que me dijo el morenito del encendedor. Conocí a mi amigo unos años antes en Uruguay. Yo estaba perdido, no me había enamorado como me prometieron; él, desde ese entonces, no sabía estar solo. Robó mi corazón y yo una parte del suyo. Algunas de nuestras actividades favoritas eran beber a diario, consumir drogas, fumar todo el día, comer mal y pasar noches enteras sin dormir. No he visto más amaneceres con otra persona. Luego volví a México, al orden, a la rutina, a una vida un poco más aburrida, Logan no. Con el tiempo dejó de ser el rubiecito esquelético con el que me terminaba botellas de vino en el Río de la Plata, su cabello se cayó, su peso subió, su cutis se convirtió en el de alguien mucho mayor. Como si hubiera envejecido en años–perro.

Lo que no me cuadraba era que había hombres más gordos, grotescos y borrachos que se ligaban a quien quisieran. Volvió justo a tiempo para ver cómo uno de los chicos del grupo tomó a Yoel por las mejillas para robarle un besote. “¡Estos maricones ni siquiera son gays!”, gritó el gringo indignado. Todos se rieron antes de volver a entrar y de que nosotros fuéramos a ver el show de medianoche.

La pista ya estaba vacía cuando bajamos, esperaba una función de sexo en vivo o algo por esas líneas, pero el espectáculo sólo eran dos hombres musculosos cubiertos en aceite que bailaban en tanga. La atmósfera no era la de un table dance donde un grupo de señores de mediana edad tienen una erección en conjunto mientras una chica da vueltas en un tubo, la verdad es que todo era menos lascivo de lo que imaginé. Los gritos agudos, carcajadas y comentarios eran casi tan altos como el volumen de la música.

Saqué cincuenta pesos de mi cartera, estiré el brazo unos segundos, después se me acercó uno de ellos. Se hincó frente a mí, me tomó por las muñecas, puso sus palmas en el dorso de mis manos, las llevó desde su pecho hasta debajo de su ombligo, abrió su calzón para que le colocara el billete ahí.

Me pregunté si el tipo de la tanga negra con llamas usaba algo para parecer más grande. “¡Obvio ha de traer unas calcetas ahí metidas, no mames!”, gritó alguien detrás de mí como si me hubieran leído la mente. La gente empezó a poner dinero en el resorte alrededor de la cadera de los muchachos. Era mi oportunidad para salir de dudas. Saqué cincuenta pesos de mi cartera, estiré el brazo unos segundos, después se me acercó uno de ellos. Se hincó frente a mí, me tomó por las muñecas, puso sus palmas en el dorso de mis manos, las llevó desde su pecho hasta debajo de su ombligo, abrió su calzón para que le colocara el billete ahí. Vi su pubis rasurado y un poco más para confirmar que sí usaba relleno.

Me limpié el aceite y el sudor que me quedó en las manos antes de animar a Logan a hacer el mismo donativo. “A lo mejor así se paga el doctorado”, le dije. Sacó doscientos pesos, los agitó, el bailarín se detuvo cerca de él, lo miró de arriba a abajo, tomó el billete, sacudió su paquete (que sí tenía relleno) frente a él tres segundos cuando mucho antes de darle las gracias e irse. “¡Motherfucker! Que lo meta en su culo”, gruñó.

Ahora yo fui por bebidas. Cuando iba de vuelta vi cómo platicaban con unos fulanos. Sentí ternura al ver a Logan, asentía más con la cabeza, su mirada cambiaba, apretaba los párpados e intentaba mostrarse muy interesado en lo que decían. Su risa se hacía más aguda. Podía ir a un cuarto oscuro con un extraño sin dudarlo, pero parecía un adolescente nervioso cuando tenía que hablar con un muchacho guapo.

Me reencontré con ellos, le di su bebida al gringo, se la tomó en segundos, luego fue por otra. Hizo lo mismo varias veces hasta que su mirada se tornó vidriosa, la de un ebrio ausente, comenzó a gritar que iba a matarse si nadie lo tocaba. Yoel y yo nos volteamos a ver, me susurró que ya quería irse a su hostal. “Wey, ya agarró la fiesta, ya no puedo seguir el ritmo maldito de este cabrón”, añadió. El problema de Logan no era la adicción, era que siempre quería más. Más copas, porros, porciones, cigarros, chicos; más de todo sin que hubiera límite.

Le pedí a mi novio falso que nos acompañara al piso de arriba a fumar y a dar una última putivuelta. Dio un suspiro largo, puso su mano en mi hombro y accedió. Rumbo a las escaleras vi un letrero de luces de neón que decía “Te hace falta un Blow”, en donde la O también era una boca abierta. Subimos al nivel del pop retro.

Bailamos las viejitas de Shakira y Miguel Bosé. “La calle de las sirenas”, “A quién le importa” y los mejores hits de Belanova. Por poco olvidé que al inicio de la noche yo era el que tenía menos ganas de salir de fiesta. Mis amigos me hicieron un gesto de fumar. Camino a la terraza un chico llamó mi atención, tenía los ojos rasgados, un copete negro sin un pelo fuera de lugar, el cutis más blanco y perfecto que había visto en los últimos años, la luz roja del lugar le sentaba mejor que nadie, parecía estrella pop coreana. Cuando pasé junto a él me acarició el pecho y me dijo: “Ups, perdona”.

Logan echó a correr después de darle unas fumadas a su cigarro, al día siguiente me dijo que fue a vomitar. Yoel y yo nos quedamos solos, comenzaba a despedirse de mí cuando una de las puertas de la terraza se abrió de golpe, de ella salieron dos amigos que se tambaleaban, parecían estar más ebrios que el yankee. Un muchacho alto, moreno delgado de cabello revuelto que iba del brazo con una chica rubia con los labios partidos, unas ojeras enormes y la piel blancuzca, el tono de alguien que tiene días sin dormir.

“¿Quién carajo aquí es heterosexual?” Señalé a mi amigo, como si nos hubieran preguntado por el culpable de un crimen. La rubia caminó decidida, se detuvo a dos pasos de él, se presentó como Caridad, luego lo besó. Yoel abrió sus ojos hasta no poder más…

Supe que eran caribeños cuando los escuché hablar, más bien con el grito que dio el del pelo revuelto: “¿Quién carajo aquí es heterosexual?” Señalé a mi amigo, como si nos hubieran preguntado por el culpable de un crimen. La rubia caminó decidida, se detuvo a dos pasos de él, se presentó como Caridad, luego lo besó. Yoel abrió sus ojos hasta no poder más, los cerró un segundo después, sus manos cayeron en la cintura de la isleña.

Cuando se despegaron la invitó a irse de vuelta con él a su hostal. Se negó, dijo que no estaba “tan peda”, aunque a mí me parecía que sí, porque me lamió la mejilla antes de volver a entrar. Yoel me abrazó y se fue. Logan los había visto enredados cuando volvía del baño. “¡Los putos heteros pueden conseguir a alguien aquí y yo no! Me voy a lanzar a Chimilco (intentó decir Xochimilco)”.

Sólo quedamos él y yo en la terraza que estaba casi vacía, comenzó a quejarse de todo con franqueza etílica. Ya no le importaba el volumen de su voz, pronunciar bien las cosas, hilar ideas ni quién lo escuchara. Gritaba que nadie lo deseaba si no lo conocían por Grindr, que odiaba haber engordado; admitió que no sabía cómo hablarle a los chicos. Le dije que ya no tomara tanto, me dio la razón, luego entró por otra bebida.

Le pedí un cigarro a un tipo que estaba apoyado en el barandal a unos metros de mí. “¿De dónde sacaste a ese güey?”, me preguntó al sacar su cajetilla. Le expliqué que mi amigo de años estaba borracho y desmoralizado. “Dile que tiene que ligar como si fuera un hombre casado, a nadie le gustan los desesperados”, aconsejó mientras me compraba una copa.

Platicamos unos minutos más, sentí la mano de Logan en mi hombro cuando me faltaba un cuarto de mi cuba. “Tenemos que irnos ya, voy desmayarme. ¡Muerto–inconsciente!”, sentenció, yo me terminé el vaso. Le tuve que prometer al conductor de Uber que nadie vomitaría su coche. En el camino se quedó dormido en mi hombro.

Subimos los tres pisos del edificio sin elevador hasta llegar a su departamento, no podía hablar bien, pero se quejó en cada escalón. Lo tiré en su cama, le quité los zapatos contra su voluntad y me tomé una foto con él antes de irme. Vi la imagen en mi teléfono días después, la de otra noche que no acabó como queríamos, pero sí terminó con nosotros juntos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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