Todos los tiempos que perdimos

Tres libros de Nona Fernández

El desierto, los desaparecidos, todos los tiempos que perdimos, el cosmos y la frágil democracia chilena son algunos de los puntos que la mirada de Nona Fernández une para formar una imagen esquemática del presente y los pasados que lo atraviesan.

Voyager

El desierto de Atacama, en el norte de Chile, es lo más cercano a un entorno alienígena que hay en la Tierra. Enorme y yermo, es un excelente repositorio de información sobre la historia del planeta. Además, coinciden en él las condiciones ideales para observar el espacio: altura, cielos claros y ausencia de contaminación lumínica (léase: humanos). Ahí no importa si uno mira la tierra o el firmamento, de alguna manera se está asomando al pasado profundo del cosmos. El pasado vive en este paisaje. Como estar parado sobre un espejo donde dos voraces abismos de tiempo se miran con simétrico desdén.

Nona Fernández. Foto © revista Ojo en Tinta.

Frente la arcaica frialdad de este desierto ¿qué puede importar que en 1973 un grupo de humanos haya sido asesinado y enterrado en sus arenas por otro grupo de humanos? ¿Qué significa, cómo puede significar algo, la desaparición forzada y ejecución extrajudicial de veintiséis personas a manos de la Caravana de la Muerte, por órdenes directas de Augusto Pinochet?

Estas preguntas, retóricas, claro, como son las preguntas más duras de la literatura, son las que animan Voyager (Literatura Random House, 2020), el libro más reciente de Nona Fernández (Chile, 1971). Ahí están otra vez el plebiscito, las desapariciones, las balaceras, los bandos militares, la infancia mordida por la dictadura que había explorado en sus otros libros. Sin embargo, aunque la piedra basal de la estructura afectiva del libro son los desaparecidos de Atacama y la constelación que Amnistía Internacional quiere formar para homenajearlos, Fernández juega con la perspectiva para renovar las técnicas que había desarrollado hasta ahora para hablar del tema central de su escritura: la memoria de la dictadura y sus víctimas.

Chilean Electric

Hay otro libro de Nona Fernández que podría servir como espejo de Voyager. Chilean Electric (2015) parte de un luminoso agujero en la historia familiar de Fernández. Su abuela materna recuerda y relata con primor una ceremonia que ocurrió veinticinco años antes de que ella, la abuela, naciera. Esa memoria, fundamental en la educación sentimental de Fernández, es falsa. Lo que sigue es una íntima meditación sobre la relación entre el olvido (ese pozo inescrutable) y el relato (la tarima endeble con que intentamos cubrirlo).

Los abismos de la desaparición forzada y ese otro abismo que es el pasado distante del universo se encuentran en el desierto de Atacama, y el logro de Fernández es lograr que choquen y se contaminen entre sí, a pesar de las inmensas diferencias de escala.

Voyager comienza con un signo muy distinto. La madre de Fernández envejece. El desgaste de su cuerpo se manifiesta en desmayos repentinos. Sin aviso, se desploma. Al despertar ha olvidado el episodio y debe confiar en lo que le cuentan los transeúntes para reconstruir su memoria agujereada. La madre de Fernández está cansada y aburrida de vivir así. De vivir, a secas. El relato sigue siendo un sucedáneo para el olvido, pero ya no hay una relación productiva entre ellos, sino cansancio y desesperación. En algún punto entre Chilean Electric y Voyager recordar pasó de ser una práctica artística y renovadora a ser trabajo puro y duro, molesto y desgastante.

La dimensión desconocida

Lo que pasó, claro, fue el tiempo. Pasó el tiempo y Fernández escribió La dimensión desconocida (2016), un libro sobre el poder redentor de la imaginación ante la atrocidad, un libro fascinante y ambicioso que muchas veces bordea la cursilería y la falsedad. Estiró un recurso retórico hasta sus límites y los encontró. Más allá estaban “Hombre preso que mira a su hijo”, “Los muertos” y otros hits del chantajismo izquierdista latinoamericano. Así que Fernández, con una enorme integridad artística, se volteó y escribió Voyager, un libro que, en vez de profundizar en esa dirección, versa sobre lo pinche y cansado que es el oficio de recordar. Un libro con una sensibilidad poderosísima y una enorme empatía por las víctimas de la violencia, pero que tiene el valor de retroceder ante los límites de su propia técnica e ideología, los límites del relato y la imaginación ante el olvido.

La otra innovación de Voyager respecto a los otros libros de Nona Fernández es la aparición del tiempo profundo como problema estético. Los abismos de la desaparición forzada y ese otro abismo que es el pasado distante del universo se encuentran en el desierto de Atacama, y el logro de Fernández es lograr que choquen y se contaminen entre sí, a pesar de las inmensas diferencias de escala. El proceso no es sencillo y requiere la aparición de Cosmos, Giordano Bruno y la epopeya de las sondas Voyager, esos insectos metálicos lanzados a la caza de la memoria estelar.

Al final Voyager es un libro sobre una constelación, y tal vez ésa sea la mejor imagen para describirlo. Las estrellas que conforman una constelación muchas veces están a millones de años luz las unas de las otras y no tienen relación alguna entre sí, además de nuestra mirada tenaz que insiste en leer en ellas animales y destinos. La madre de Fernández, el desierto, los desaparecidos, todos los tiempos que perdimos, el zodiaco, Jaime Guzmán, Mario Argüelles, Carl Sagan y la frágil democracia chilena son algunos de los disímiles puntos que la mirada de Nona Fernández une para formar una imagen esquemática del presente y los pasados que lo atraviesan. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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