Trilogía del cuerpo

Pandora, El monstruo pentápodo y Cara de liebre, de Liliana Blum

Tres novelas de una escritora que hablan de erotismo y del cuerpo femenino, de la deformidad, el abuso y la violencia con una pluma afilada y una mirada sagaz.

Liliana Blum. Cortesía de la autora.

A Liliana Blum siempre le han inquietado la maldad y el lado oscuro del ser humano. Y esos temas, esas obsesiones literarias, se reflejan de forma latente, palpable, en su trilogía involuntaria sobre el cuerpo femenino, la deformidad y la violencia, conformada por las novelas Pandora (Tusquets, 2015), El monstruo pentápodo (Tusquets, 2016) y Cara de liebre (Seix Barral, 2020). En esas obras también explora las secuelas del abuso infantil, las cuales, en ocasiones, pasan inadvertidas. No obstante, para Blum infancia no es destino.

“Estoy interesada en la maldad. Y no comparto las teorías del tipo: ‘Esa persona es abusiva porque la violentaron desde niño’. Son reduccionistas”, dice en entrevista. Y añade: “Si bien ciertos ambientes te pueden orillar a la criminalidad, también creo que existen seres humanos que nacen, crecen y se desarrollan con una especie de maldad innata. Eso me intriga mucho”.

La primera entrega de su trilogía explora los límites de una parafilia. Pandora es una oficinista treintañera, con sobrepeso, que sigue viviendo en casa de sus padres. Su vida, su entorno y su físico sufren un cambio de 180 grados cuando aparece Gerardo en su vida: un ginecólogo respetado, de clase alta, que siente una atracción extrema por la voluptuosidad de la carne. Él se obsesiona con Pandora. Y, juntos, poco a poco, se sumergen en un gozo sin límites. Con tintes, sin duda, de novela erótica, Pandora supuso la consagración literaria para su autora.

“Si bien ciertos ambientes te pueden orillar a la criminalidad, también creo que existen seres humanos que nacen, crecen y se desarrollan con una especie de maldad innata. Eso me intriga mucho”.

El monstruo pentápodo, interludio de este tríptico violento, es una novela protagonizada por Raymundo Betancourt, un hombre con una doble vida: de día es un ingeniero exitoso, socio de Grupo RB Constructores, que acaba de hacer una generosa donación para levantar una cancha de basquetbol en un parque abandonado; de noche, un pedófilo que secuestra niñas y las mantiene encerradas en su sótano. Betancourt, un trasunto —más oscuro y más vil— de Humbert Humbert, el protagonista de Lolita de Vladimir Nabokov, no sólo es un homicida despiadado, sino un manipulador profesional: Aimeé, una mujer de baja estatura cede a sus encantos y nos cuenta su testimonio —como una víctima más de Betancourt— en primera persona. Como narradora, Blum es descarnada y brutal. El monstruo… es, sin duda, la novela más desgarradora de la trilogía. Con una mirada afilada y una pluma sagaz Blum retrata sin concesiones el comportamiento perturbador de un pedófilo, sin juzgar a su personaje, pero tampoco justificándolo.

Y, por último, Cara de liebre es una especie de reverso de El monstruo pentápodo: Irlanda es una mujer con una cicatriz en la cara, producto de las cirugías a las que fue sometida de niña debido a su labio leporino. De ahí se ganó su apodo: “Cara de liebre”. Irlanda es una mujer de cuerpo exhuberante y aire desinhibido, que oculta su defecto en las penumbras.

Una noche sale de “cacería” a La Cebolla de Cristal, un bar en donde toca un grupo de rock llamado “Nick y los Brainfreeze”. Ahí conoce a Nick, el vocalista de la banda, un hombre obeso, de ojoz azules, de aire engreído, quien, sin advertirlo, se convertirá en su próxima víctima. Si bien Irlanda ha asesinado antes, no es una psicópara como Betancourt, sino una mujer solitaria en busca de compañía.

La radiografía sobre la maldad que presenta Blum en estas novelas establece, sin activismos ni complacencias, alejada de lo políticamente correcto, un diálogo con algunas de las reflexiones actuales sobre el cuerpo femenino como objeto de violencia, la sororidad entre las mujeres y las masculinidades tóxicas.

Al respecto, Liliana dice: “Creo que la literatura no debe de convertirse en un panfleto. Ninguna de mis tres novelas tratan de demostrar nada. Suceden, más bien. Mi propósito a la hora de sentarme a escribir es contar una historia y hacerlo de forma honesta. Con honesta me refiero a ser fiel a mis obsesiones, a mis miedos y a mi forma de ver el mundo. Nunca he escrito con una agenda oculta o para complacer el gusto del mercado”.

Platicamos con Liliana Blum sobre la génesis de Pandora, El monstruo pentápodo y Cara de liebre, su proceso creativo y el trasfondo temático de este tríptico.

—¿Concebiste las tres novelas como una trilogía o es una consecuencia natural de tus intereses u obsesiones literarias?

“Creo que la literatura no debe de convertirse en un panfleto. Ninguna de mis tres novelas tratan de demostrar nada. Suceden, más bien. Mi propósito a la hora de sentarme a escribir es contar una historia y hacerlo de forma honesta”.

—Cuando escribí Pandora solamente quería escribir mi primera novela, pues me tomó muchos años hacerlo. Con El monstruo pentápodo me di cuenta de que estaba trabajando sobre las mismas obsesiones: la violencia y el cuerpo imperfecto. Y también sobre esa otra pregunta recurrente: ¿por qué las mujeres toleramos ciertas cosas? Mi teoría es que eso se debe al miedo a la soledad, a la creencia errónea de que necesitamos un hombre a nuestro lado. En Cara de liebre me arriesgo con otras búsquedas, aunque sigo explorando el mismo territorio. De ahí que, deliberadamente, en Cara de liebre hay un crossover a mis anteriores novelas. Si bien es un guiño a mis lectores, también es una forma de practicar mi libertad creativa. No escribo por consigna de alguien más o porque creo que se va a vender.

—¿Por qué te tomó mucho tiempo escribir Pandora?

—Antes de Pandora había escrito siete libros de cuento y, por supuesto, nadie me conocía. Entonces tenía la idea de escribir una novela. Soy muy dura conmigo misma. Y era tan exigente que no avanzaba. Terminé el primer borrador, pero no me pareció un buen resultado y lo tiré al basurero de mi computadora. Me deprimí, pero volví a la carga, desde cero, y la escribí de nuevo. Cuando terminé ese segundo borrador se lo mostré a Verónica Flores, entonces editora en Tusquets, quien me editó. Entre la escritura de la primera versión y la publicación de la novela pasaron ocho largos años.

—¿Qué inspiró Cara de liebre?

—Es difícil responderte porque sólo después de escribir mis libros encuentro las relaciones causales. Pero lo intentaré… Siempre me han fascinado la vida de los asesinos seriales. Y están los más famosos, como Ted Bundy o John Wayne Gacy, pero a mí me llamó la atención uno de los menos mediáticos: Dennis Nilsen. Fue un hombre que mató a sus parejas homosexuales y, a diferencia de otros homicidas, que asesinan por placer o porque les gustaba infligir dolor, él mataba porque estaba solo. Su historia me parecía conmovedora. Debido al alza de los feminicidios, traigo atorado un encabronamiento durísimo. En este país a las mujeres nos matan y desaparecen por cualquier motivo. Cada vez que mi hija sale a la calle pienso en la posibilidad de que no regrese a la casa y eso me hace rabiar. Eso también me llevó a preguntarme: ¿qué sentirían los hombres si, de pronto, ellos también fuesen las víctimas? Es curioso: algunos de los hombres que me han entrevistado en estas semanas se muestran a la defensiva frente a la novela. Me preguntan: ¿Por qué Irlanda se está vengando de los hombres? ¿A poco sólo porque le hicieron bullying? Y ésa es una lectura con la que discrepo, pues Irlanda no se está vengando de nadie, sino que se vuelve asesina porque no quiere que la abandonen. Y su primera muerte es fruto de la desesperación. Me puse un reto: orillar a mis lectores a simpatizar con Irlanda, quien comete actos terribles con el propósito de que entiendan, al menos, de dónde viene. Siento que lo logré con las lectoras.

—En ese sentido, en tus novelas hay una curiosa sororidad entre mujeres: no se agreden cuando les toca confrontarse (Pandora) o se convierten, sin advertirlo, en justicieras de otras mujeres (Cara de liebre). En contraste, los hombres no tienen voz en tus novelas; es decir, sus historias se cuentan en tercera persona. Y ése es un rasgo interesante y simbólico, me parece…

—Es cierto que las mujeres podemos ser terribles y brutales, sobre todo cuando estamos peleadas. Y lo terrible es que la mayoría de los problemas entre mujeres son causados por hombres, lo cual es una gran ironía. Pero también creo que, fuera de esas feas excepciones, sí hay una gran sororidad entre nosotras. Y eso lo atestiguo entre las lectoras: hay elementos que sólo las mujeres somos capaces de entender porque las hemos experimentado. A los once años me tocó ver a hombres masturbarse en público. Y eso te sigue acompañando a lo largo de la vida: caminar en la calle y sentir que un hombre te persigue te hiela los huesos. Eso es algo que los hombres nunca van a a experimentar. A mí me han cuestionado sobre por qué siempre mis personajes son mujeres, y sé que algunos de mis colegan han dicho de mí: “La Blum escribe para señoras”. Eso es un reflejo de que el machismo también permea al gremio literario. A un autor nunca lo van a cuestionar por sus personajes masculinos ni se les acusará de tener una agenda machista. Pero a nosotras sí se nos cuestiona más. Si lo escribe una mujer, y lo leen las mujeres, entonces es literatura de señoras. Hay quien cree que hay temas prohibidos para las mujeres. Y de ninguna manera es así. También es cierto que los hombres no tienen voz en mis novelas, pero eso se debe a algo más simple: siento que la voz de un hombre no me sale convincente. De ahí que los hombres hablen poco y su vida aparezca narrada en tercera persona. Es una forma de suplir mis carencias narrativas.

—¿Cómo es tu proceso de escritura? Antes de escribir, ¿haces una escaleta?

Es cierto que las mujeres podemos ser terribles y brutales, sobre todo cuando estamos peleadas. Y lo terrible es que la mayoría de los problemas entre mujeres son causados por hombres, lo cual es una gran ironía. Pero también creo que, fuera de esas feas excepciones, sí hay una gran sororidad entre nosotras.

—Yo soy más rudimentaria. Escribí Pandora con poca planeación, pero luego, en las siguientes novelas, perfeccioné eso. Lo que hago es que, en una libreta, me digo: “A ver, Liliana, cuéntate a ti la historia de principio a fin”. Tengo que conocer, de punta a punta, la historia completa. Luego me pongo a pensar en los personajes principales. Y les hago una ficha. “¿Qué es todo lo que sé del personaje?”, me pregunto. La verdad es que a los personajes los doto de cualidades mías, como los libros que leen, sus aficiones y sus comidas favoritas. También hago una escaleta sobre lo que va a pasar en cada capítulo. Eso me ayuda mucho a empezar a escribir con una dirección. Mis novelas se inician en primera persona, para que sea más íntima la conexión con el lector. Lo que me gusta leer lo trato de aplicar a la hora de escribir.

—En tu trilogía abordas el homicidio, la pedofilia y la necrofilia. Y escribes sobre esos tópicos con brutalidad. ¿Eso te provoca algún desgaste emocional?

—No, al contrario. Es algoterapéutico. Si bien no son, evidentemente, historias autobiográficas, ciertos temas sí son personales. Por ejemplo, el abuso sexual infantil. A mí me costó mucho trabajo procesarlo. Y un día me dije: “Si me ocurrió a mí, es mi patrimonio íntimo y puedo hacer con él lo que quiera”. Y por eso escribo de las cosas que más me han dañado, que más me asustan. Para mí es liberador. Traigo mis demonios y se los comparto al lector. Cuando termino una novela me siento mejor porque me entiendo un poco más. Escribir, para mí, es profundamente catártico. En términos editoriales El monstruo pentápodo, que habla de pedofilia, le abrió la puerta a Cara de liebre, que tiene algunas escenas necrófilas. En algún momento creí que El monstruo… no se publicaría, pero corrió con mucha suerte y con la complicidad de un gran editor y escritor, Martín Solares.

—El sexo, a través de las filias y las perversiones, está muy presente en las tres novelas. Por ejemplo, Irlanda tiene un apego a los cadáveres porque se siente sola…

—Ella quiere lo que queremos muchas mujeres: alguien que te ame y te haga compañía. Ella lo consigue de una forma retorcida. Y quizá si se hubiera encontrado, a lo largo de su vida, con mejores hombres, a lo mejor no habría terminado así. Fue orillada a esa parafilia. Me interesa explorar las exigencias de la sociedad hacia las mujeres: juventud, delgadez y belleza. Y a veces eso imposible porque el paso del tiempo es implacable. Las mujeres que se alejan de los estándares de belleza son los personajes que me interesan más.

Respecto al sexo, uno no decide su preferencia sexual, sino que es algo que es, que se siente, que se vive. No creo tampoco en esas otras teorías reduccionistas del tipo: “Si una mujer fue violada por otra mujer de niña, se vuelve lesbiana”. Es absurdo. Es cegarse hacia las preferencias sexuales. Uno las siente, las vive en libertad.

En el caso de El monstruo… eso es más complejo, pues el protagonista es un pedófilo. Sabe que está mal lo que siente, sabe que es un crimen, entonces sólo tiene dos caminos: uno, reprimirse toda su vida, lo que lo haría profundamente infeliz, pero no le arruinaría la existencia a ningún menor; dos, ejercer su sexualidad, arruinándole la vida a los niños, consciente de que va a obtener sexo mediante la coacción y el abuso, y jamás el consentimiento. Me interesa esa complejidad, esos personajes al límite del abismo. ®

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Publicado en: Libros y autores

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