Un turista del siglo XIX

Guía para viajeros inocentes, de Mark Twain

Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain (1835–1910), escribió en 1867 una extensa crónica —de casi 600 páginas— sobre una excursión por Europa, África y Asia. Un viaje que duraría un año sobre el buque Quaker City y que no tendría otro fin que conocer las maravillas al otro lado del mundo.

Mark Twain.

En 1835 zarpó el que es considerado el primer crucero. Llegó a Escocia, Islandia y las Islas Feroe, aunque la documentación no nos permite saber muy bien en qué puerto inició su travesía. Lo interesante es que a partir de aquí comenzó una revolución en el sector turístico o de viajes de placer, y a la que muy pocos podían acceder.

En ese año comenzaron su desarrollo compañías navieras —la Peninsular Steam Navigation Company, la primera— que ofrecían viajes trasatlánticos para las clases acomodadas de las principales ciudades de Europa y Estados Unidos. Existieron buques famosos dedicados a este fin, como el RMS Queen Mary, o el malogrado Titanic, cuyo trágico desenlace todos conocemos.

Las crónicas sobre viajes en barcos siempre me han parecido fascinantes, a pesar de que nunca he emprendido un viaje largo en ninguno de ellos. Me vienen a la mente los nombres de Joseph Conrad, Álvaro Mutis, Pío Baroja, Herman Melville, David Foster Wallace, Arturo Pérez Reverte, Homero, quienes escribieron fascinantes historias marítimas. Por alguna oscura razón un chico del desierto disfruta como ninguna otra cosa las historias donde el mar tiene una enorme presencia.

Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain (1835–1910), escribió en 1867 una extensa crónica —de casi 600 páginas— sobre una excursión por Europa, África y Asia. Un viaje que duraría un año sobre el buque Quaker City y que no tendría otro fin que conocer las maravillas al otro lado del mundo. “Iba a ser un picnic de proporciones gigantescas”.

Guía para viajeros inocentes (Ediciones del Viento, 2009) es quizá una de las obras menos conocidas de Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer, pero tal vez una de las más interesantes, porque permite mirar lo que mira y extrañarse de lo que se extraña un joven periodista norteamericano que hace más de siglo y medio emprendió una travesía por mar hasta llegar a tierras y costumbres extranjeras.

La aventura comienza en Nueva York y desde ahí hasta tocar los más diversos puertos del otro lado del Atlántico. La emoción de entregarse a lo desconocido acompaña el texto durante todo el recorrido, pero también las comparaciones sobre lo que es el mundo moderno y civilizado con lo que el propio autor considera que no lo es.

Hay pasajes que resultan divertidos, pero debo admitir que hay otros que, si los medimos con la sensibilidad de los tiempos actuales, no faltaría quien los tildara de racistas, clasistas y machistas, o que caen en el insulto innecesario, sobre todo porque no se trata de una obra de ficción. Las descripciones que Twain plasmó en este libro fueron hechas sobre gente y lugares reales que él mismo vio durante el trayecto.

El autor deja salir con facilidad sus aversiones: “Abdul Aziz, sultán de Turquía, señor de imperio Otomano. Nacido para ocupar el trono; débil, estúpido, ignorante, casi como el más mediocre de sus esclavos”.

Hace descripciones tremendas, que son casi palpables. Una de mis favoritas es sobre París y la vida nocturna de esta ciudad, caracterizada por Twain y por muchos otros autores como un lugar de desenfreno. Aquí se notan los colores, se notan las luces, se huele el humo del tabaco y se escucha el tintineo de los vasos.

“La música comenzó a sonar y entonces… me tapé la cara con las manos de pura vergüenza. Pero miré a través de los dedos. Estaba bailando el famoso can–can […] La idea consiste en bailar de forma tan descontrolada, ruidosa y furiosa como sea posible, enseñar cuanto más se pueda, en el caso de la mujer; y levantar las piernas lo más alto posible, esto aplica para ambos sexos”.

Estaba bailando el famoso can–can. La idea consiste en bailar de forma tan descontrolada, ruidosa y furiosa como sea posible, enseñar cuanto más se pueda, en el caso de la mujer; y levantar las piernas lo más alto posible, esto aplica para ambos sexos.

En Netflix hay una serie, Turistas en la mira, que trata sobre las principales estafas de las que pueden ser víctimas los turistas en determinado país. Hubo momentos en que me pareció que Twain intentaba lo mismo, de ahí, supongo, el título de este libro. Por ejemplo, se mofa de las iglesias católicas que dicen poseer objetos sagrados que ninguna otra tiene, pero el mismo objeto sagrado se repite en uno y otro templo no sólo de la ciudad, sino fuera del país.

“Entre las reliquias más preciadas se hallaba una piedra del Santo Sepulcro, parte de la corona de espinas (en Notre Dame tienen una entera), un fragmento de túnica púrpura que usó el Salvador, un clavo de la cruz, y un cuadro de la Virgen y el Niño pintado por la verdadera mano de San Lucas” (162).

En 1997 David Foster Wallace se montó en un crucero por el Caribe y escribió una maravillosa crónica en la que narra la insatisfacción que le dejó la industria turística. La tituló Hay algo insoportablemente triste a bordo de un crucero de lujo. Me pregunto qué pensaría Mark Twain a más de un siglo sobre cómo los cruceros de hoy en día han banalizado la experiencia de la excursión. Qué pensaría de ciudades como Venecia o Barcelona, cuya población cede cada vez más su espacio al turismo y prácticamente se están quedando vacías. Quizá la travesía emprendida por Twain en el siglo XIX sería hoy una cosa supuestamente divertida que no volvería a hacer. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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