Una canción sobre lo que sea

Entrevista con José Luis Isoard Arrubarena y Camila Acosta

El director y la actriz principal hablan acerca de una industria cinematográfica llena de exigencias y violencias normalizadas, de su manera de trabajar con recursos limitados y de cómo este dramedy dialoga con un contexto en el que los resentimientos y revanchismos sociales se han exacerbado.

Camila Acosta en una escena de Una canción sobre lo que sea.

Elena, una actriz cansada de prestar su voz a audiolibros de superación personal, compone una canción de letra íntima convencida de que grabarla en un buen estudio puede ser el impulso que necesita su carrera. El obstáculo, como casi siempre, es el dinero. La salida parece simple: contactar a Carla, una amiga de la secundaria que hoy es una empresaria exitosa. El encuentro, sin embargo, cancela cualquier nostalgia posible y deja al descubierto diferencias de clase, de expectativas y de lugar en el mundo. Se trata de Una canción sobre lo que sea, segundo largometraje de José Luis Isoard Arrubarena.

A propósito del reciente estreno de la película, compartimos la entrevista con el director y con la actriz Camila Acosta, quienes hablaron acerca de una industria cinematográfica llena de exigencias y violencias normalizadas, de su manera de trabajar con recursos limitados y de cómo este dramedy dialoga con un contexto en el que los resentimientos y revanchismos sociales se han exacerbado.

—José Luis, uno de los temas que atraviesan Una canción sobre lo que sea es la dificultad para reconectar con personas del pasado. Es algo que ya habías tratado en cortometrajes como Nadar en el agua (2021) o Amistad (2023): cómo, con el tiempo, nos separamos, cambiamos de gustos, conocemos a otra gente y luego intentar retomar esos vínculos se vuelve incómodo, casi forzado. En la película, Carla dice algo muy claro: que después de tantos años lo único que queda en común entre ellas son las anécdotas. ¿De dónde surge tu interés por abordar esto?
—José Luis Isoard Arrubarena: Creo que tiene que ver con que es algo universal. Todos hemos pasado por algo así. En la película ese reencuentro está lleno de fricción y parece que no termina de funcionar, pero justo ahí está lo importante: en aceptar que no todas las relaciones están hechas para durar, o para ser retomadas como si nada hubiera pasado. A veces lo único que queda es el recuerdo de lo que fuimos, y aprender a convivir con eso también es parte de madurar.

Escena de Una canción sobre lo que sea.

—También hay algo que se repite en tu trabajo: una mirada crítica hacia la industria cultural. En El cortometraje (2022) hablabas de la precariedad laboral, de los avatares que enfrentan los actores para ejercer su oficio y del encasillamiento al que se ven sometidos. En Una canción sobre lo que sea esta preocupación reaparece, pero ampliada: la competencia constante, la exigencia de ser visible todo el tiempo y la presión por alcanzar un proyecto exitoso. ¿Por qué has considerado necesario hablar al respecto?
José Luis Isoard Arrubarena: Responde al mismo entorno en el que me muevo. Estoy rodeado de actores y actrices, y escucho repetidamente todo lo que viven. Es una profesión en la cual la humanidad se expone de una forma mucho más brutal que en otros trabajos. Más que señalar a la industria, lo que busco es retratar el clima que se genera alrededor de hacer arte hoy: esas pequeñas violencias normalizadas, las comparaciones permanentes, las expectativas que se terminan imponiendo. Son tensiones que marcan a esta generación y que terminan filtrándose, inevitablemente, en las historias que contamos.

—Camila, tu personaje verbaliza todo esto de manera muy directa en la escena final, durante la reunión en su departamento. ¿Cómo viviste ese momento?
Camila Acosta: Es la escena en la que más me identifico con el personaje. Me parece muy valiente que ella diga en voz alta lo que no le gusta de la industria en la que trabaja. Como actores, frecuentemente sentimos que tenemos que caer bien, no incomodar, y eso puede volverse muy cansado. Hace poco, en la misma semana, tres personas distintas me dijeron que no confiaban en los actores, y me pareció fuertísimo.

Eso también explica por qué muchas veces no nos permitimos decir ciertas cosas, por ejemplo en redes sociales: el miedo a que nos cueste un papel para un nuevo proyecto o a que nos etiqueten como “personas complicadas”. Por eso, aunque fue difícil de grabar, me parece una escena muy poderosa.

Me parece muy valiente que ella diga en voz alta lo que no le gusta de la industria en la que trabaja. Como actores, frecuentemente sentimos que tenemos que caer bien, no incomodar, y eso puede volverse muy cansado. Hace poco, en la misma semana, tres personas distintas me dijeron que no confiaban en los actores, y me pareció fuertísimo.

—A diferencia de Elena, tú sí conseguiste grabar una canción (“When I Die”) que hoy está en plataformas. ¿Cómo fue el proceso de composición y grabación?, ¿el tema nació pensando en la película o era una idea que ya venías trabajando?
Camila Acosta: Hace algunos años yo cantaba gospel en un ensamble. Como José Luis, a la fecha, trabaja mucho con el estudio de grabación Pedro y el Lobo, un día, Santiago Parra, productor del estudio, se acercó conmigo para hacerme una propuesta. En ese momento un cantante que se llama Lázaro Cristóbal Comala —de quien, de hecho, se escucha una canción en la película— estaba grabando un nuevo disco y necesitaba unos coros que sonaran a gospel. No podían pagarme por hacerlos, pero podían grabarme una canción a cambio y acepté.

Entonces, entre Santiago y yo hicimos los arreglos, ensayé con ayuda de la directora del ensamble, grabé los coros y ese favor quedó pendiente. Tiempo después, cuando José Luis me contó la premisa de la película, me propuso que yo hiciera la canción y que ésta fuera en inglés. No sé si esté bien o mal, pero tiendo a escribir en inglés: escucho mucha música en ese idioma y me resulta natural componer así. Al principio tenía una idea que me gustaba, pero que me estaba costando terminarla. Hasta que un día junté varios fragmentos sueltos y todo terminó de cuajar. Se la enseñé a José Luis y me dijo que le parecía perfecta. Cuando terminamos de grabar la película pensé: “Éste es el momento de cobrar ese favor”. No tuve que ir a pedirle quince mil pesos a alguien como le sucede a Elena, pero detrás de la canción hubo tiempo y trabajo, y ese trueque me pareció muy bonito. Me hace muy feliz y me gusta mucho el resultado.

Escena de Una canción sobre lo que sea.

—En Gandalf (2017) ya presentabas a un personaje llamado Elena: alguien torpe para socializar, atrapada en un limbo laboral y que postergaba indefinidamente la conclusión de un cómic de su autoría. En Una canción sobre lo que sea el problema del dinero se mezcla con el miedo al fracaso y al juicio: hay una reticencia por parte de Elena en mostrar su canción a los demás. A partir de ahí, ¿cómo construyeron al personaje y todo ese universo de inseguridades, recelos y prejuicios que la acompañan?
José Luis Isoard Arrubarena: Yo veo en Elena muchas cosas personales. Creo que todos tenemos un lado optimista y otro absolutamente pesimista. Ese miedo del que hablas es muy real. Por ejemplo, ahora que vamos a estrenar la película en cine sé que la van a ver muchas personas que no son nuestros amigos, ni nuestros seres queridos, ni quienes la hicimos, y eso, en lo personal, me provoca mucha ansiedad. Esa sensación dialoga mucho con lo que atraviesa Elena: la inseguridad frente a la mirada externa y a no saber cómo va a ser recibido lo que compartes. Pero al final hicimos la película, y ahí hay algo significativo. Tal vez Elena pudo haber grabado su canción con su celular y subirla a YouTube; probablemente no habría tenido mucho impacto, pero el gesto en sí —sacar algo de uno mismo y ponerlo en el mundo— también es un proceso necesario.

Camila Acosta: Yo creo que Elena está enojada. Siento que está en un punto en el que de plano no se atreve a hacer las cosas. Y quizás aquí me esté saliendo un poco del personaje para hablar desde donde yo lo veo hoy, pero el miedo específico a hacer las cosas sin dinero es algo justificado. En la música, por ejemplo, si se dan cuenta de que hiciste una canción o un disco con una aplicación como GarageBand mucha gente te pelusea durísimo. Es horrible y muy molesto, y sí te lleva a pensar: “Ok, sí necesito quince mil pesos, porque, si no, esta gente nunca me va a respetar”. Creo que en el cine pasa algo muy parecido. Yo llegué al cine desde la actuación y desde juntarme con amigos cineastas, no desde una escuela, y me doy cuenta de que muchas personas que sí estudiaron cine se quedan con cortometrajes enlatados porque no les alcanza para el corrector de color de sus sueños. Les resulta impensable sacar su trabajo a la luz si no es bajo esos términos, y eso me parece muy triste. Siento que las industrias te llevan a creer que solo así se puede trabajar.

En los castings muchas veces Camila no entra en la categoría de “mujer blanca” porque no es rubia, mientras que socialmente sí puede ser vista de ese modo. Es un juego interno, casi metatextual, que en la película cruza la experiencia real de Camila con el personaje de Elena y que nos permitía hablar del privilegio como algo relativo y lleno de matices.

—Otro tema de la película es la desigualdad social y el resentimiento que puede generar. En un contexto como el mexicano, donde las tensiones de clase y raza se han agudizado, el conflicto adquiere mayor dimensión. En el caso de Elena, el privilegio de Carla parece funcionar como un espejo desde el cual se leen sus propias frustraciones.
José Luis Isoard Arrubarena: Con el personaje de Elena hay algo interesante: ella también tiene ciertos privilegios, y eso está presente en la película. Aunque se flagela todo el tiempo, no deja de ser alguien que tuvo oportunidades. Ahí hay una tensión que me parecía importante explorar, porque muchas veces la discusión sobre la desigualdad se plantea como si fuera un asunto completamente binario, y en realidad es mucho más compleja. En ese sentido, hay un chiste muy local entre Camila y yo: nos preguntamos si Elena —y, por extensión, Camila— cuenta o no como una “mujer blanca”. Por ejemplo, en los castings muchas veces Camila no entra en la categoría de “mujer blanca” porque no es rubia, mientras que socialmente sí puede ser vista de ese modo. Es un juego interno, casi metatextual, que en la película cruza la experiencia real de Camila con el personaje de Elena y que nos permitía hablar del privilegio como algo relativo y lleno de matices.

La rabia frente a la desigualdad es muy importante en el plano social, porque es lo que provoca debates, protestas y cambios. Es una grosería que haya gente que acumule cantidades obscenas de dinero para después comprar mapas antiguos por capricho —como el personaje de Carla— mientras otros no tienen para vivir con lo básico. Pero en este caso hay algo más complejo, porque Elena y Carla vienen del mismo lugar: fueron a la misma escuela. Entonces surge la pregunta: ¿qué habría pasado si Elena hubiera estudiado finanzas o administración de empresas?, ¿dónde estaría parada hoy?, ¿es su responsabilidad haberse dedicado al arte? Elena está enojada y tiene razones para estarlo, pero ese enojo también la confronta consigo misma y con las elecciones que ha hecho. No me interesa dictar conclusiones ni decirle al espectador qué pensar; prefiero poner las situaciones sobre la mesa y que cada quien genere su propia opinión.

Escena de Una canción sobre lo que sea.

Tal vez al mundo ya le sobran opiniones, pero creo que, a veces, eso es justamente lo que el arte puede hacer: abrir preguntas y dejar que el espectador las habite.
Camila Acosta: Creo que siempre existe esa sensación de que el pasto es más verde en la casa de enfrente. En el caso de Elena, además, hay indicios de que la brecha con Carla viene de antes. En la conversación que tienen durante su reencuentro Elena menciona que cuando todas sus compañeras de secundaria se fueron de viaje a París ella no fue, y ese detalle dice mucho. Más allá del dinero en sí, lo que aparece ahí es la comparación con alguien cercano, con alguien que proviene del mismo lugar. No es una desigualdad abstracta, sino una que se vuelve personal y difícil de procesar. Creo que ese resentimiento no tiene que ver con Carla como persona, sino con lo que representa para Elena en ese momento de su vida.

Escena de Una canción sobre lo que sea.

Además de trabajar juntos como actriz y director, ambos participaron en la producción de la película. No es la primera vez que colaboran de esta manera. ¿Cómo fue ese proceso en Una canción sobre lo que sea?
Camila Acosta: La verdad es que todo fue muy orgánico. Cuando trabajas con un presupuesto tan reducido pasan dos cosas al mismo tiempo: parece que todo es más difícil, pero también más fácil, porque las tareas son muy claras y directas. Es menos Excel y más llamadas, favores y acuerdos de palabra. Al principio fue preguntarnos cosas muy concretas, como quiénes iban a ser los actores o qué locaciones podíamos usar. Uno de los mayores orgullos que tengo de esa producción fue haber conseguido un teatro tan grande como El Milagro. Hice scouting de foros y les escribí a amigos que sabía que estaban vinculados al teatro para preguntarles si conocían a alguien que nos pudiera prestar un espacio para filmar unas escenas de la película. Ahí estuve viendo quién me pelaba hasta que mi amigo, el dramaturgo Misael Garrido, me ayudó a conseguir el contacto de El Milagro. Por parte del lugar hubo una apertura increíble y todo se dio con mucha amabilidad.

Por otro lado, todas las escenas del departamento de Elena se grabaron en la casa donde yo vivía. Fue muy extraño ver tanta gente entrando y saliendo todo el tiempo, pero también fue algo especial que la creación de una película pudiera suceder ahí. En general, la producción fue eso: coordinar llamados, lecturas de guion, tiempos y horarios, sobre todo porque con recursos limitados dependes mucho de la disponibilidad de los actores y del crew. Aun así, todo el mundo se comprometió muchísimo y, en conjunto, el proceso fluyó muy bien.

Sobre lo que sea…

José Luis Isoard Arrubarena: La producción tuvo varios retos y muchos se resolvieron a partir de intercambios. Por ejemplo, para poder filmar en El Milagro Camila y yo hicimos las fotos de prensa de una obra de teatro, y así fue pasando con las diferentes locaciones. La única locación que sí tuvimos que pagar fue el departamento de Carla. Rentamos un Airbnb en Polanco por cinco mil pesos; eso fue lo más caro de la película. Ahí tuvimos una sola noche para filmar veinte páginas del guion. Éramos poquísimas personas: el fotógrafo, Miguel Galo; el sonidista, Rafael Martínez Sánchez; Lucía Tinajero, la actriz que interpreta a Carla, y Camila y yo. Metimos las luces en maletas como si fuéramos turistas, llegamos, desempacamos y armamos todo para que pareciera de día, aunque en realidad filmamos de noche. No paramos durante horas. En algún momento tuve que ir al súper a comprar las verduras que iban a usar los personajes para cocinar una pasta, así que les dije: “Confío en ustedes, hagan la escena sin mí”. Me fui caminando, regresé y ya habían terminado.

Cuando trabajas con un equipo tan pequeño obviamente hay muchas limitaciones: en la fotografía, en el diseño de producción, en el vestuario, en las cosas que tienes en tu storyboard, pero hay que sacrificar. Sin embargo, también se gana mucho en cercanía y en complicidad. Saber que puedes ausentarte un rato y que aun así la escena va a funcionar porque todos están completamente involucrados cambia la manera de trabajar. Esa noche filmamos esas veinte páginas del guion; como a las cuatro de la madrugada nos dormimos un rato y en la mañana, antes de hacer el checkout, todavía hicimos una escena más. Ese mismo día cruzamos la ciudad, de Polanco a Coapa, para filmar la escena de la alberca. Hubo momentos agotadores, pero ese encerrón en el departamento fue particularmente intenso. No sólo por la producción, sino porque toda la secuencia del reencuentro, después de varios años, entre Elena y Carla es larga, íntima y también emocionalmente incómoda, y había que sostener esa tensión durante mucho tiempo. Creo que justamente la confianza entre todos permitió que esa secuencia pudiera construirse. ®

Compartir:

Publicado en: Cine

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.