Una novela cubana lejos de la distopía

Los Hijos de la Diosa Huracán, de Daína Chaviano

Esta novela es un ejercicio antropológico, un ensayo sobre la nacionalidad cubana y sus mitos, y un juego de anticipación que abre un abanico de corredores entre la colonia española y un sorprendente proceso de democratización moderno.

Daína Chaviano.

Daína Chaviano posee ese halo de misterio personal que muchos escritores quisieran —y a veces simulan— tener, con esa hipnótica belleza de mujer madura, harto fotogénica, nada apartada, sin embargo, de su eterno espíritu adolescente. Fue ese mismo duende interior el que, de manera muy temprana, allá en la isla, la incitó a trazar fabulaciones que pronto se volvieron cuentos o novelas de prematura lucidez, al tiempo en que incursionaba como actriz en experimentos cinematográficos. Con ese mismo impulso primigenio sigue escribiendo en su apartamento de Miami, repartiendo narraciones impregnadas de una universalidad que, de manera paradójica, persiste en mantener su ancla en las playas cubanas.

Confieso que fui uno de aquellos púberes ochenteros deslumbrados con la profunda espiritualidad de su literatura de ficción científica. Desde Los mundos que amo (1980) hasta su última novela publicada en intramuros, El abrevadero de los dinosaurios (1990), me mantuve dentro de ese batallón de lectores que devoraban sus páginas con una fruición que se movía entre el recreo y la fe ciega, aquella suerte de confianza romántica en que mundos alienígenas eran ciertos, palpables, próximos en su advenimiento.

Pero Daína no es de esas personas que se vuelven escépticas con el paso de los años, de esas que miramos nuestros embrujos juveniles con afectada condescendencia. No hace mucho, en una plática en red social —una muy próxima a la sorpresa de enterarme de que no fui, ni remotamente, el único chamaco que replicó en la azotea de su casa la señal (en clave morse) con la que uno de sus personajes contactaba a los extraterrestres—, la congratulé por su fe inquebrantable en aquellas realidades alternativas de OVNIS y avanzadas civilizaciones, espectadoras pasivas de nuestro desastre global. Su respuesta fue tan lapidaria como encantadora: “Digamos que, más que fe, tengo cierta información adicional”.

Pues al parecer mucha más información adicional trae su reciente novela, Los hijos de la diosa Huracán, escrita a lo largo de diez años, un esmerado epítome de leyenda nacional y perspectivas futuras relativas a ese rincón del planeta —nuestro rincón de reglas propias que insiste en no parecerse a ningún otro rincón— con personajes de siglos diferentes correteando en los mismos predios de la historia y la ficción.

Apuesto a que cualquier cubano con mentalidad demócrata experimentó la misma sensación liberadora —luego inquietante— de vivir, al menos a través de la ficción, esas primeras descripciones de una Cuba sin dictadura, una Cuba en la que Isla de Pinos ya casi vuelve a llamarse Isla de Pinos…

Los hijos de la diosa Huracán es un libro que no se contenta con exponer su anécdota, desarrollar personajes y hacerlos confluir en un conflicto acicalado con destreza retórica. También es un ejercicio antropológico, un ensayo sobre la nacionalidad cubana y sus mitos, además de un juego de anticipación que se salta la época presente para abrir un abanico de corredores alternativos entre la colonia española y un sorprendente proceso de democratización moderno que, sin ofrecer fechas exactas ni colocarnos en un porvenir con inteligencia artificial, ropas plateadas y tablets transparentes por todas partes, sí se ubica en un contexto lo suficientemente distanciado como para que en esa Cuba existan ya partidos, elecciones libres, conflictos políticos similares a los de cualquier nación civilizada y esperanzas puestas en un futuro de libertad y prosperidad.

Apuesto a que cualquier cubano con mentalidad demócrata experimentó la misma sensación liberadora —luego inquietante— de vivir, al menos a través de la ficción, esas primeras descripciones de una Cuba sin dictadura, una Cuba en la que Isla de Pinos ya casi vuelve a llamarse Isla de Pinos y (¿por qué no?) Marianao volvería a ser como en aquel tema de Ramón Cabrera que cantaba Benny Moré, “del Guajay hasta el Almendares”; todo eso apenas como colores en una paleta de nuevas y palpables opciones para un país oscurecido ya demasiado tiempo por poderes opresivos.

De esta manera se absorbe una historia, eminentemente cubana, narrada por Daína Chaviano. Así, rebotando entre siglos, entre personajes que devuelven elementos del pasado y proyectan alternativas futuras.

Llegado a este punto quise saber más de sus motivaciones personales, tantear un poco más sus estímulos e intenciones entre líneas, provocarle algunas reflexiones a partir de la novela y más allá de ésta.

Y esto fue lo que me dijo.

La plática en sí

—Aunque has citado en el libro un abultado compendio de fuentes consultadas, al leer tu novela se hace muy evidente la exhaustiva investigación en la que te sumergiste por más de una década. El reencuentro y revisión de la historia de nuestros indígenas, de aquel presunto exterminio total que nos mal contaron en la escuela, es también el más obvio encanto de la historia, pero yo quisiera comenzar con el otro extremo, el de la especulación con el futuro de la isla. Vivir, mediante la ficción al menos, la posibilidad de un giro hacia la democracia en Cuba, para el lector cubano podría resultar entre desconcertante y placentero. Desde tu posición de demiurgo literario ¿fue tan difícil estructurar un esquema de porvenir para la isla como lo fue el de rearmar el pasado?

—No, tratar de reconstruir el pasado en esta novela ha sido mucho más difícil que imaginar el futuro. El pasado es inamovible. No podemos variarlo. Y aunque la ficción tiene sus libertades obvias, uno debe respetar ciertas fronteras cuando se trata de una novela histórica.

”En cambio, estructurar un futuro más o menos cercano es un ejercicio de imaginación. Partiendo del presente que conocemos, siempre es posible visualizar diversas líneas temporales que podrían crearse si confluyeran ciertos factores.

”El futuro que planteo en la novela es uno de los tantos probables, quizás de los más optimistas. Por supuesto, hubiera podido imaginar algunos peores, pero mi premisa fue siempre alejarme de la distopía. Bastantes escenarios deprimentes hemos vivido y aún estamos viviendo. Necesitamos modelos para amar, como diría Cortázar. Si no creamos esos modelos, si no los visualizamos, jamás podremos colocarlos como meta y nunca lograremos siquiera soñar con alcanzarlos.

El futuro que planteo en la novela es uno de los tantos probables, quizás de los más optimistas. Por supuesto, hubiera podido imaginar algunos peores, pero mi premisa fue siempre alejarme de la distopía. Bastantes escenarios deprimentes hemos vivido y aún estamos viviendo.

La preponderancia del protagonismo femenino, una constante en tu obra, aquí tiene un desdoblamiento especial, como un puente de herencias genéticas vivas entre épocas distantes. Mi duda es si tal constante responde a alguna postura personal hacia reivindicaciones feministas, al primigenio reflejo de ti misma —escritora mujer, inevitablemente—, o bien, dada la profundidad mística de tus fabulaciones, eres una suerte de druida de las letras replicando el origen femenino del universo.

—Nunca he pensado en mí como una escritora feminista, aunque mis obras y mis personajes hayan sido analizados desde esa perspectiva. Mis intereses han girado siempre en torno a temas relacionados con la libertad: libertad de expresión, de ideas, de imaginación, de realización personal… Si esos puntos de vista coinciden con el feminismo, es porque ambos enfoques reclaman lo mismo: la abolición de trabas y tabúes que lastran la realización de cualquier ser humano.

”Mis textos nacen de lo que siento y de lo que exijo del entorno. No me detengo a pensar si existen limitaciones para mí. Y quizás en eso podría radicar su clasificación como feminista. La literatura está para saltarse las barreras que otros han colocado. Pero cuando tropiezo con alguna no pierdo mi tiempo en pelear o en quejarme. Prefiero escribir. Ése es mi feminismo. Y como diría el chamán de Castaneda, mi sitio de poder.

—Volviendo al redescubrimiento del pasado histórico, no puedo evitar ver a tu novela, además de lo que es, como una fabulación en tono clásico de aventuras, también en parte un ensayo, una revisión (académica, si nos saltamos algunas licencias de la ficción) de dogmas muy aferrados al imaginario popular, y me pregunto si a partir de Los hijos de la diosa Huracán será posible replantear a mayor escala este dilema con la memoria nacional, tanto en lo concerniente a la supervivencia de nuestro legado indígena como a la imagen inmaculada de los próceres.

—Una de mis intenciones con esta novela fue abrir un debate sobre temas que se han anquilosado dentro de la cultura cubana, por ejemplo, la percepción que tenemos sobre José Martí. ¿Es exagerada o deberíamos hacer ciertos reajustes? ¿No sería mejor otorgarle una dimensión más humana? ¿No se equivocó en algunos análisis? Esos son algunos planteamientos presentes como subtextos del argumento principal.

”Otro tema polémico es el examen crítico de las relaciones entre los caudillos de la independencia. Hay muchas historias que nos han llegado adulteradas a los niños y jóvenes a través de la escuela, y que más tarde los medios masivos se encargan de exagerar, por no decir de tergiversar. Y como casi nadie busca luego en las fuentes originales, todos terminan creyendo lo que no fue. Descubrí muchas de estas falsas nociones cuando leí a fondo cartas y diarios de esos caudillos. Fueron descubrimientos personales que ahora están en la novela.

”También me interesa provocar un debate sobre la necesidad de restaurar la geografía política. Creo que recuperar los nombres tradicionales de calles y pueblos, y devolver la configuración física original a nuestras seis provincias, es importante para rescatar la historia que nos han amputado. ¿Cómo puede justificarse que una región de la antigua provincia de Oriente, donde se encuentran ciudades de un valor histórico secular, como Bayamo o Manzanillo, haya sido renombrada Granma? La respuesta es sólo una: la manipulación política. Se ha minimizado el legado de una villa fundacional como Bayamo, que incluso se inmoló durante las guerras de independencia, para darle mayor jerarquía al barco donde viajaron los que gobiernan la isla desde hace sesenta años.

”La nación cubana se formó gracias a la historia de muchos lugares que hoy han sido mutilados o reestructurados, obedeciendo a intereses gubernamentales recientes. Reponerlos —en un futuro más o menos cercano— significará restituir esos fragmentos olvidados de la historia para restablecer nuestra más auténtica cubanía. Ése es otro planteamiento de la novela.

”Ahora bien, la base del argumento se centra en la supervivencia del legado indígena, en denunciar la falsedad del mito que afirma que todos los indios cubanos fueron exterminados por los españoles.

”La pérdida de esa presencia fue la primera de las grandes mutilaciones históricas, iniciada por la Corona española y magnificada hasta nuestros días por diversos intereses. Borrarlos como pueblo, como cultura, e incluso como parte de nuestro ADN —un hecho recientemente desmentido gracias a las pruebas genéticas, donde muchos cubanos empezamos a descubrir que llevamos porciones del ADN taíno—, ha sido parte de una escalada para hacernos olvidar lo que somos.

”El escritor Milán Kundera ha resumido esta táctica en una frase que usé como exergo de El hombre, la hembra y el hambre: “Para liquidar a las naciones lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza a olvidar lentamente lo que es y lo que ha sido”.

De la misma manera intuyo que, a una escala más global, te has unido a esa sana tendencia de desacralizar el mito de la conquista, del villano europeo y el buen salvaje, con todo y ciertas ideas populistas de reclamar disculpas a la Corona española —a una dinastía diferente, por demás, a la que llegó al Nuevo Mundo— por acá por México.

Nada me parece más absurdo que reclamar disculpas a quienes nunca te hicieron daño. Puestos a reclamar, los descendientes de los mexicas o aztecas también deberían pedir disculpas a los descendientes de chichimecas y de otros pueblos a los que diezmaron. Y los actuales descendientes de los romanos deberían disculparse con los descendientes de galos, iberos, celtas y sajones. Por no hablar de los actuales mongoles, que deberían pedir perdón a casi toda Asia y parte de Europa por las guerras de exterminio que Kublai Kan realizó por sus tierras. Así es que el actual gobierno de Mongolia debería enviar mensajes de mea culpa a India, China, Nepal, Rusia, Afganistán, Irán, las dos Coreas… En fin, todo eso es una idea ridícula.

Nada me parece más absurdo que reclamar disculpas a quienes nunca te hicieron daño. Puestos a reclamar, los descendientes de los mexicas o aztecas también deberían pedir disculpas a los descendientes de chichimecas y de otros pueblos a los que diezmaron.

”La historia siempre ha sido un océano de conquistas y de guerras. Todos han peleado contra todos. Y ninguno de los imperios —antiguos o modernos— fueron creados por pueblos pacíficos o magnánimos. Todos masacraron pueblos enteros y ocuparon sus territorios para saquear riquezas y conseguir esclavos. Luego llegaron otros e hicieron lo mismo con ellos.

”Toda esa idea de la culpa por el pecado de nuestros padres, heredada de la religión católica, ha sido demasiado bien asimilada e interiorizada por algunos.

”Pero volviendo a la novela, en todas partes ha habido gente noble y gente malvada. Hubo indígenas generosos y otros que traicionaron a los suyos. Y entre los conquistadores existieron los criminales y los defensores de los indígenas. Estamos hechos de luces y de sombras. Ésa es la diversidad humana que he querido plasmar en la novela.

No veo muchos novelistas cubanos contemporáneos, independientemente de su residencia o no en la isla, que asuman con tanta libertad, sin autocensuras, la representación de la realidad política actual, así con todas sus letras… ¿Coincidirá la publicación en Cuba de esta novela con el futuro que imaginas para nuestra patria?

—Esta novela sólo podrá publicarse en Cuba cuando hayan desaparecido —o estén en vías de desaparecer— las posiciones oficiales que se cuestiona en sus páginas. Es por esa razón que ninguna de mis novelas escritas en el exilio se ha publicado en la isla.

”De cualquier manera, soy una observadora de todo lo que acontece en el mundo. Hace casi tres décadas que vivo fuera de mi patria. Tengo lectores en decenas de países. Eso quiere decir que no escribo para los cubanos —ni siquiera lo hice viviendo en la isla—, sino para todo el que ama la literatura y se apasiona con los misterios. Ese lector desconocido y universal es el que sigue acercándose a las historias que construyo.

Epilogando

El éxito editorial de Los hijos de la diosa Huracán parece un buen testimonio de que ese lector desconocido y universal es, en efecto, una entidad intangible, múltiple, pero que, no obstante, como los personajes de la novela, también echaron raíces profundas en la realidad histórica de un país lleno de acontecimientos prodigiosos. Aunque tengamos nombre, nacionalidad —a veces más de una—, foto de perfil y número de pasaporte, se siente bien adentrarse en un mundo alternativo en el que somos entelequia, testigos etéreos de una isla caribeña que puede ser el universo, así como el universo en pleno también se vuelve una flotante isla caribeña azotada por enigmas y ciclones. ®

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Publicado en: Libros y autores

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