Una única, eterna madrugada

La novela luminosa, de Jorge Mario Varlotta Levrero

Un día va a misa y se niega a rezarle a la Virgen María, porque no cree en ella y la idea le choca, entonces siente lo que cree que es una gotera del techo, hasta que se da cuenta de que le fluían lágrimas sin parar.

Mario Levrero. Casa Editorial HUM.

La novela luminosa, de Jorge Mario Varlotta Levrero (1940–2004) comienza con el “Diario de la beca” que recibió de la Fundación Guggenheim para escribirla. El diario abarca un periodo, mes a mes, desde agosto del año 2000 hasta el mes de agosto del año 2001. El autor escribe casi todos los días y plasma las fechas y horas, que en la mayoría de las veces son en la madrugada. Escribe en ese horario porque padece de insomnio y se despierta muy tarde. Con frecuencia escribe: “Hoy, o sea ayer, porque para mí todavía no se acaba el día…”.

La disciplina de escritura a la que se somete Levrero me resulta admirable e inspiradora, dan ganas de escribir un diario. El “Diario de la beca” consiste en una serie de digresiones, si bien algunas banales, a las que Levrero termina dándoles profundidad mediante técnica y su particular manera de pensar. Considero que el autor tiene una facilidad para mostrar sentimientos y usar un lenguaje íntimo con el que nos muestra el flujo de su conciencia, sus emociones, temores, culpas, manías, e incluso malos sentimientos.

Sin embargo, hay algunas líneas argumentales en el diario: la preparación que requiere el autor para iniciar la escritura de la novela luminosa. Sus problemas de salud: intestinales, la presión alta, el consumo de antidepresivos y sus efectos secundarios. También escribe sobre libros que lee en esas fechas: novelas de Rosa Chacel y algunas otras policiacas que consume de manera recurrente.

Levrero tiene un vicio y distracción: la computadora. Modifica programas de Windows con sus conocimientos para dejarlos a su conveniencia. Descarga software, lo crackea para no pagar. La computadora para él es un escape y postergación de la realidad, un ejercicio–adicción intelectual satisfactorio que le consume muchas horas de sueño y trabajo. Por eso a veces escribe a mano.

Hay otras líneas argumentales, como la descripción lúcida de sus sueños y la interpretación que hace de ellos. La relación con su pareja actual, “Chl” —o chica lista— con su exmujer y actual doctora, y otras mujeres a las que frecuenta. Tiene una agenda bien estructurada de visitas para amigos y amigas con los que charla y pasea a pie por librerías y cafés de Montevideo.

Las palomas también aparecen de manera recurrente en el diario. El autor observa desde su ventana a un par de ellas en la azotea vecina. Asume que las palomas son pareja, hembra y macho. Un día el macho muere de una pedrada. El cadáver permanece en el techo durante días en los que la viuda lo visita y retorna con frecuencia, a veces sola, a veces con otras palomas, las que Levrero asume que son los hijos y el nuevo macho.

Levrero muestra su vena humorística a lo largo del diario y la novela. Hay varios momentos en el diario y la novela en que el autor se dirige al lector, como ocurre en un pasaje del Quijote. Incluso escribe lo que respondería el lector:

¡Alto ahí! ¿Quiere usted hacernos creer que va a hablarnos de experiencias luminosas, místicas, espirituales, y sólo nos ha hablado de mujeres, de destrucción, de alcohol, de prostitutas? ¡Sólo está faltando la droga! A ver, esbirros, llévense a este miserable, entiérrenlo en la mazmorra más infecta.

El título La novela luminosa —que, según Levrero, pudo ser “Una, única eterna madrugada”— cumple bien con su promesa: toca el tema del Bliss al narrar una serie de experiencias sobrenaturales que vivió, algunas con gozo, el autor: un encuentro amoroso en sueños con una mujer que, sin preguntarle, le dice después que ella soñó con ese encuentro la misma noche. Una comezón de origen desconocido que siente en la espalda resulta provenir de una mordedura marcada por dientes; luego recibe una carta en la que una mujer le escribe que soñó que lo mordía en la espalda. Un día va a misa y se niega a rezarle a la Virgen María, porque no cree en ella y la idea le choca, entonces siente lo que cree que es una gotera del techo, hasta que se da cuenta de que le fluían lágrimas sin parar. Vio en su interior caras de mujeres amadas y todas parecían reprocharle: “¿Por qué no me quieres? Y supe que esa esencia femenina que me hablaba era Ella… María”.

Para mí, éstas son algunas frases y escenas memorables de la novela:

Un encuentro espiritual, con otra mujer innominable… Una noche ella se entregaba a mí por complacerme, pero a disgusto… Me di cuenta por mí mismo… y reprimí el impulso y me tendí de espaldas a su lado y le tomé la mano. Ella suspiró con un inmenso alivio y apoyó la cabeza en mi pecho. Entonces sucedió aquello… que algo comenzó a salir de nosotros, algo psíquico, quiero decir, aunque no sepa lo que quiere decir “psíquico”, y ese algo, por estar fuera, no dejaba de estar dentro al mismo tiempo… —podría decir también que sentí una expansión de mi yo, como si yo ocupara mucho más espacio (¡y más tiempo!), aunque mi cuerpo seguía ocupando el mismo espacio y así lo sentía dentro de mi sector de la cama—. Algo se movía fuera de nosotros y en nosotros, y ese algo no era exactamente yo ni exactamente ella, sino que éramos ella y yo, aunque no del todo, puesto que una parte de mi necesitó hablar con una parte de ella para preguntarle ¿Vos sentís lo mismo? Y la parte de ella respondió, con absoluta tranquilidad y seguridad, que sí… Podría ser más gráfico diciendo que esa noche tuvimos un hijo, no de la carne sino de la renuncia de la carne… Y nos dormimos percibiendo ese algo que a la vez nos percibía a nosotros.

Otra frase memorable: “Nada más engañoso que la idea de falsa oposición entre espíritu y materia, que tan hondamente nos han impreso”.

En una ocasión Levrero no tenía dinero para comprar papel en el que escribir. Una chica se enteró, luego se robó unas hojas de su oficina y se las regaló al autor para que escribiera. “Estas hojas… me hicieron sentir que mi literatura era más importante que yo mismo, lo cual, independientemente del valor objetivo de mi literatura, es cierto; porque, buena, regular o mala, me trasciende”. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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