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Stefan Zweig hoy

En un día tranquilo en Berlín el autor, mexicano, pasea por una de sus calles. La paz se ve interrumpida por una marcha de cientos de neonazis que gritan consignas de odio. Una escena que, dice, parecía pertenecer a otra época…

Stefan Zweig (1881–1942) fotografiado en 1931 por Trude Fleischmann. Wikimedia Commons.
Toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo éste ha vivido de verdad.
—Stefan Zweig

Hace un año visité Berlín por primera vez. Pasé ahí apenas dos días, en medio de un recorrido por Alemania. Estaba en un intercambio académico y quería aprovechar mis meses en Europa para ver, aunque fuera de manera apresurada, algunos de los lugares en los que transcurrieron tantas de las historias que me habían contado.

En esa primera visita recorrí la Puerta de Brandenburgo, la Alexanderplatz, el Reichstag, la East Side Gallery. No llegué a conocer la famosa vida nocturna de la ciudad, pero el paisaje urbano, con sus edificios posmodernos junto a fachadas neoclásicas reconstruidas tras la guerra, me dejó con la impresión de que Berlín es una ciudad de capas superpuestas en el tiempo. No me pareció tan majestuosa o memorable como otras ciudades alemanas, pero en el último día ocurrió algo que marcó el resto de mi estancia en Europa.

Después de caminar por Prenzlauer Berg, cuando empezaba a oscurecer, lo que había sido un día tranquilo se vio interrumpido por cientos de neonazis que marchaban por la ciudad. Estaban ahí, a unos metros de mí, gritando consignas mientras la policía los escoltaba hacia los trenes en la estación de Berlin Ostbahnhof. No hablo alemán, pero no necesitaba entender el idioma para reconocer el odio. Por unos minutos el tiempo se superpuso para mí también, como si viviera una escena que no pertenecía del todo al presente. Fue entonces cuando recordé las memorias de Stefan Zweig. En El mundo de ayer, un libro que llevé conmigo al cruzar el Atlántico, Zweig describe la Europa de su juventud como un mundo que se creía estable, casi inmune al colapso. Un mundo donde el progreso no era una aspiración, sino una certeza compartida. Bastaron unos cuantos años para que esa seguridad se desmoronara por completo. Con la Primera Guerra Mundial una civilización que se creía por encima de la barbarie terminó por precipitarse hacia ella. Hoy, más que memoria, su testimonio es una advertencia.

En El mundo de ayer, un libro que llevé conmigo al cruzar el Atlántico, Zweig describe la Europa de su juventud como un mundo que se creía estable, casi inmune al colapso. Un mundo donde el progreso no era una aspiración, sino una certeza compartida. Bastaron unos cuantos años para que esa seguridad se desmoronara por completo.

Cada vez que una persona nace, el mundo entero nace junto a ella. Los árboles, los ríos y el sol —descubiertos miles de veces por miles de ojos en miles de lugares— se presentan ante una nueva mirada como lo hicieron en el principio de los tiempos. A su manera, cada quien crea su propio mundo. Y, sin embargo, es innegable que todos somos hijos del tiempo que nos precedió. Reinventamos lo que vemos al mismo tiempo que habitamos un lenguaje, una cultura y una nacionalidad que ninguno eligió. Esa tensión entre la invención y la herencia está en el centro tanto de la experiencia individual como de la Historia. Si por cada nacimiento la especie humana regresara a su punto de partida, cada individuo tendría que descubrir por sí mismo el fuego, la rueda o la forma de la tierra. Habría millones de idiomas incomunicables, millones de mundos incompletos, condenados a desaparecer con cada muerte.

Tal vez por eso cada generación se empeña en inculcar a la siguiente sus costumbres, sus tradiciones, algunos de sus errores y, con especial celo, aquello que considera sus aciertos. De esa acumulación surge una de las ideas más decisivas de la modernidad: el progreso. Durante el siglo XVIII, el de la Ilustración, se consolidó la convicción de que el aprendizaje heredado permitiría a las generaciones futuras evitar los tropiezos de las anteriores y acercar a la humanidad a una imagen más lograda de sí misma. Esa fe sobrevivió a guerras, crisis y epidemias, y terminó por arraigarse en la imaginación europea como una verdad casi indiscutible. Zweig fue, en muchos sentidos, hijo de esa confianza. Su mundo —el de la Viena de fin de siglo, el espacio cultural del Imperio austrohúngaro, la circulación constante de libros, lenguas e ideas entre capitales europeas— estaba atravesado por la certeza de que la cultura había dejado atrás los impulsos más destructivos de la historia del continente. En sus memorias, Zweig apenas se detiene en su éxito editorial o en la amplitud de su producción literaria. Más que retratarse a sí mismo, Zweig retrata la atmósfera de una época que se perdió, de una Europa y un mundo que se esfumaron.

En aquella época Viena era algo más que la capital del Imperio austrohúngaro. Era, en muchos sentidos, el corazón palpitante de Europa. Pese a los vaivenes políticos, en la ciudad imperaba una sensación de estabilidad que parecía casi eterna, encarnada en la figura del emperador Francisco José I.

En El mundo de ayer Stefan Zweig recuerda cómo, desde su infancia, el emperador aparecía como un símbolo omnipresente de continuidad: su retrato colgaba en las oficinas públicas, en las estaciones de tren y en los cafés, observando a sus súbditos con una mirada paternalista, pero benevolente. Mientras el emperador permaneciera en el Palacio de Schönbrunn poco importaban las discusiones en el Parlamento. Más importantes era los estrenos en la Ópera Estatal y las discusiones interminables en los cafés. Zweig describe aquella ciudad como una “metrópoli supranacional de dos mil años de antigüedad”, un espacio en el que convivían lenguas, tradiciones y pueblos distintos bajo una misma estructura política. La monarquía Habsburgo, y, sobre todo, el emperador, funcionaba como el símbolo que cohesionaba este complejo mosaico europeo. Esta efervescencia cultural no se limitaba a la capital del Imperio austrohúngaro: formaba parte de una conversación europea más amplia en la que participaban libros, ideas y personas de todo el continente.

Durante mucho tiempo, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, las personas crecimos bajo la influencia de ese mismo credo humanista. No importaba que hubiéramos crecido lejos de la Viena de finales del siglo XIX.

Es a ese periodo de su vida al que Zweig llamó “el mundo de la seguridad”. Por supuesto, parte de este progreso implicaba una ruptura con el pasado, pero sólo en la medida en la que las tinieblas quedaban atrás y las luces avanzaban.

En ese tiempo Viena era un laboratorio donde las vanguardias artísticas y científicas —con nombres como Freud, Klimt y Schönberg— transformaban el horizonte europeo. Durante mucho tiempo, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, las personas crecimos bajo la influencia de ese mismo credo humanista. No importaba que hubiéramos crecido lejos de la Viena de finales del siglo XIX. Como niños, en la escuela se nos enseñó que el espíritu humano se engrandecía con el paso del tiempo, que las desigualdades retrocedían y un mundo más justo se perfilaba en el horizonte como una promesa. El Renacimiento, la Revolución Francesa y todos aquellos momentos estelares de los que el propio Zweig escribió, ¿no eran pruebas definitivas de que la humanidad avanzaba, con tropiezos, pero sin pausa, en su marcha? Todavía quedaba mucho por hacer, pero no parecía haber duda de que estábamos en el camino correcto, el camino que tarde o temprano acabaría con todas las injusticias. Eso era, al menos, lo que los libros enseñaban a la generación a la que pertenezco.

Ese mundo ya no existe. Los libros de texto omitieron advertirnos que ese orden podía desvanecerse con la misma rapidez con la que había sido construido; que las instituciones, las certezas y los edificios heredados de las generaciones pasadas siempre estuvieron expuestos a fuerzas capaces de derribarlos. Los filosófos de las luces confiaron en que cada generación transmitiría a la siguiente sus aprendizajes, pero olvidaron que también heredaba sus prejuicios, sus miedos y sus odios. Se nos educó para habitar un mundo con bases sólidas, pero nunca se nos dijo que esos cimientos podían resquebrajarse en cualquier momento. Por más monumentos, conmemoraciones o libros de texto que existan el olvido suele aventajar a la memoria en la carrera del tiempo. Contra lo que prometía el relato del progreso, hoy pareciera que son la cooperación, la diplomacia y el entendimiento los que han quedado atrás. Zweig también tuvo que presenciar cómo aquella Viena esplendorosa y segura en la que creció se derrumbaba con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Como muchos europeos de su generación, Zweig creyó durante los años de reconstrucción que la catástrofe había sido una excepción, un desvío en una trayectoria que, en lo esencial, seguía orientada hacia el progreso.

En 1914 el “mundo de la seguridad” descrito en las primeras páginas de El mundo de ayer se hizo añicos. Con la guerra surgieron la desconfianza, las fronteras y los visados, hasta entonces casi innecesarios. Hasta los escritores y artistas a los que el austríaco consideraba sus hermanos espirituales se dejaron arrastrar por la fiebre nacionalista. Tras pasar los últimos años de la guerra en Suiza, Zweig regresó a un país desconocido: el Imperio austrohúngaro había desparecido y en su lugar sólo quedaba una Austria minimizada. El emperador había muerto durante la guerra, y con él parecía extinguirse también la estabilidad que había sostenido toda una época. El dinero perdía su valor en cuestión de horas, la burguesía vendía sus propiedades para conseguir comida y los obreros que regresaban del frente no tenían empleo. Ante la desaparición de la Viena de su juventud, Zweig se instaló en Salzburgo, donde pudo dedicarse por completo a la escritura. La guerra había interrumpido su confianza en el progreso, pero todavía no la había destruido. En medio del derrumbe material, alcanzó un éxito editorial extraordinario durante el periodo de entreguerras que lo convirtió en uno de los autores más leídos y traducidos de su tiempo. Como muchos europeos de su generación, Zweig creyó durante los años de reconstrucción que la catástrofe había sido una excepción, un desvío en una trayectoria que, en lo esencial, seguía orientada hacia el progreso.

Esa certeza empezó a resquebrajarse poco a poco. En sus viajes por Europa durante los años veinte y treinta el escritor vio con inquietud el surgimiento de lo que llamó “las grandes ideologías de masas”: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania y el bolchevismo en Rusia. Sin embargo, la amenaza que más le preocupaba era el nacionalismo, por su capacidad de romper los lazos culturales que habían sostenido la conversación europea durante décadas. En una visita a Roma, tras el ascenso de Mussolini, vio desfilar por primera vez a las camisas negras con su característica disciplina militar. Poco después observaría escenas similares en Berlín. La energía que antes alimentaba la vida cultural ahora se canalizaba hacia el odio y el revanchismo. En 1934, luego de que la policía cateara su casa, decidió abandonar Austria para siempre. Comenzó entonces su largo exilio por Inglaterra, Estados Unidos y, finalmente, Brasil. Tras el ascenso de Hitler sus libros fueron prohibidos y quemados en el mundo germánico.

Las memorias de Zweig son un recordatorio perturbador de que los nacionalismos exacerbados, los extremismos y la ley del más fuerte que ahora observamos han sido, una y otra vez, la ruina de países enteros y de generaciones completas.

Como entonces, también hoy vivimos epidemias que dejan millones de muertos, crisis económicas que alimentan los radicalismos, movimientos extremistas que piden sangre. Ante tantas coincidencias reaparece una vieja pregunta: ¿la Historia se repite? Ya Hegel sugería que los grandes acontecimientos parecen producirse dos veces, idea que más tarde Marx reformularía con ironía: primero como tragedia, luego como farsa. Ambas intuiciones coinciden en que el tiempo no se duplica, pero tampoco es completamente nuevo. Aunque las condiciones nunca sean las mismas, insistimos en mirar hacia atrás y buscamos en la Historia respuestas para los acertijos del presente. A veces esa mirada retrospectiva consuela; otras, inquieta. Las memorias de Zweig son un recordatorio perturbador de que los nacionalismos exacerbados, los extremismos y la ley del más fuerte que ahora observamos han sido, una y otra vez, la ruina de países enteros y de generaciones completas.

Al reflexionar sobre la Historia, El mundo de ayer demuestra que incluso las épocas que se creen más seguras pueden desaparecer con una rapidez inesperada. Meses después de concluir sus memorias, despojado una vez más de su mundo, de su lengua y de su horizonte, Zweig terminó por perder la confianza en el futuro. En 1942, ante los avances del nazismo en Europa, él y su esposa, Lotte Altmann, decidieron poner fin a sus vidas en Petrópolis, la ciudad imperial de Brasil. Había visto dos veces desaparecer el mundo en el que había creído. Con amargura, comprendió que ni la cultura ni el progreso ni el humanismo bastaban para contener las pulsos destructivos de la Historia. Lejos quedaba la Viena brillante de su juventud. El mundo de ayer nos recuerda que los mundos —incluso aquellos que se creen más sólidos— pueden desaparecer, y que el progreso, lejos de ser una garantía, es apenas una posibilidad frágil, siempre expuesta a las fuerzas que pretende dejar atrás. La humanidad avanza, sin duda, pero no lo hace en línea recta ni en una sola dirección. Avanza como quien camina en la niebla, con la vaga certeza de moverse hacia adelante y la inquietante sospecha de estar regresando sobre sus pasos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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