El país de nunca jamás

Etérea e inasible democracia

Haber “echado al PRI de Los Pinos” nunca significó desplazar, junto con el partido de gobierno, también a la ideología, el cariz y los usos y costumbres sedimentados en el sentido común de los políticos autóctonos, e incluso entre la población.

Es de gran importancia disfrazar las propias inclinaciones y desempeñar bien el papel del hipócrita.
—Maquiavelo

Peña Nieto © Orona 2012.

Peña Nieto © Orona 2012.

El 2012 llegó, transitó y se marchó. A contrapelo de profecías, películas catastrofistas y toda clase de alucinados, el planeta sobrevivió al enésimo fin del mundo, anunciado con fecha puntual. El país también sumó un año más conservando a duras penas la vida, no ante cataclismos apocalípticos pero sí enfrentado —y a ratos sometido— ante fenómenos que nacen de los intersticios de la sociedad que hemos construido, tolerado o padecido.

2012 fue un año de fin de sexenio e inicio del siguiente. Tiempo, entonces, de desaparición final —incluso de la memoria colectiva, que suele ser breve y huidiza— de las maravillas prometidas cuando el que se va apenas pretendía llegar, y a la vez de estreno del nuevo ciclo sexenal en su primera fase, etapa siempre taumatúrgica, de nuevas hazañas, bondades y milagros colocados en el horizonte. Como la olla llena de oro al final del arcoíris.

Año de campañas electorales presidenciales, cuyas novedades anunciaron lo que presumiblemente será la norma en el futuro. La tradicional contienda a ras de suelo, herencia sólida de la luenga y longeva escuela priista, ésa que se desarrolla en las plazas públicas entre acarreos, porras previamente ensayadas, mantas, pancartas y aplausos cronometrados, no termina de esfumarse y quizá nunca lo haga. De hecho, con Peña Nieto esa práctica de obsecuencia programada y organizada, de culto al Señor Presidente, parece revitalizarse. Pero cada vez más, como en ese 2012, las estrategias mediáticas no sólo son más recurridas sino que adquieren un peso mayor.

Con Peña Nieto esa práctica de obsecuencia programada y organizada, de culto al Señor Presidente, parece revitalizarse. Pero cada vez más, como en ese 2012, las estrategias mediáticas no sólo son más recurridas sino que adquieren un peso mayor.

A partir de ahora valdrá más una encuesta favorable que un mitin multitudinario. Que sea hecha a la medida o no poco importa: su muy discutible carácter científico es más que suficiente. En el extremo puede incluso construirse entre los electores, a golpe de amplias ventajas en puntos porcentuales, la impresión de que el ganador está ya decidido, con las obvias repercusiones en los resultados comiciales efectivos.

Roberto Monreal y Andrés Manuel López Obrador © Milenio Diario.

Roberto Monreal y Andrés Manuel López Obrador © Milenio Diario.

La izquierda, ese ente proteico que en este país es inevitable adornar con comillas, pudo quejarse post festum de inequidades, tendenciosidad, inducciones y, en general, de la ausencia del voto libre. Virtudes no democráticas todas que pudieron percibir antes y durante las campañas. La queja posterior, entonces, carece de sentido lógico y de coherencia práctica. Pero es que abstenerse de participar en el rito electoral no forma parte ni siquiera de las posibilidades más recónditas en el credo de esa “izquierda”. Mucho menos la renuncia a los cargos obtenidos en una contienda motejada con todos los vicios aludidos. De lo perdido lo que aparezca, tragar la derrota y gozar de lo que se haya logrado parece ser el lema. O bien la opción de irse con los bártulos a otra parte para formar un nuevo partido, que probablemente más temprano que tarde reproducirá aquello de lo cual se toma distancia formal.

La izquierda, ese ente proteico que en este país es inevitable adornar con comillas, pudo quejarse post festum de inequidades, tendenciosidad, inducciones y, en general, de la ausencia del voto libre. Virtudes no democráticas todas que pudieron percibir antes y durante las campañas.

La derecha —algunas de cuyas expresiones también son entrecomillables— ha visto concluido su turno al bat. No tres sino sólo dos strikes bastaron para mandarla de nuevo al dogout. Aquella hazaña del 2000, magnificada por alguna izquierda y por los demócratas sin adjetivos, empezó a diluirse desde el primer día del mandato de aquel presidente cuyas metidas de pata y tropelías han quedado inscritas en la historia anecdótica mexicana.

Haber “echado al PRI de Los Pinos” nunca significó desplazar, junto con el partido de gobierno, también a la ideología, el cariz y los usos y costumbres sedimentados en el sentido común de los políticos autóctonos, e incluso entre la población.

El 2012 nos legó figuras y escenarios inéditos, como la ya indicada predominancia creciente de la apuesta demoscópica en tanto que recurso electoral. O el hecho surrealista implícito en que, ahora, las campañas presidenciales empiecen antes de la asunción de aquel al que dentro de seis años pretenden sustituir. O un narcotráfico dominante, ubicuo y retador, que cuenta con un inagotable ejército criminal de reserva por obra y gracia, precisamente, de las sostenidas omisiones y acciones estatales en materia social.

Todo lo demás permanece inmodificado, señaladamente los personajes y las prácticas que han dado origen a la abigarrada y folklórica imaginería nacional. Líderes sindicales eternos y con fortunas y ritmos de vida propios más de potentados que de dirigentes laborales (pues así como las golondrinas solitarias no hacen verano, tampoco una heroína de la clase trabajadora encarcelada significa el imperio de la justicia ni el establecimiento de la democracia sindical). Partidos políticos concebidos, engendrados y actuantes como negocios familiares. Izquierdas, centros y derechas intercambiables, ósmosis frecuente a través de las sutiles membranas partidarias, con el interés personal como motor y sin que la ética signifique obstáculo alguno.

Lo trágico, por encima de la apariencia cómica, es que esta imaginería dista mucho de ser sólo anecdótica. Si la clase política puede prosperar y constituirse en fuente inacabable de espectáculos para la nota periodística, es sólo porque ella pervive y se mueve por encima de y sin contacto con una población que, por el contrario, año con año ve los números de la pobreza incrementarse incluso en las estadísticas oficiales.

Maquiavelo, ese referente ineludible para todo político que también presuma de ser leído y escribido, alguna vez dijo: “No entiendo nada de los tejidos de lana o seda, de las pérdidas y ganancias; sólo sé algo acerca del Estado”. Mucho se asombraría de que al paso de los siglos las cosas sean justamente al revés, que los políticos como paradigma contemporáneo sólo sepan de pérdidas y ganancias.

Mientras las cosas sigan así y la parafernalia de la simulación no se modifique, en 2012 como en 2096 la democracia seguirá siendo como el Logos cristiano: etérea e inasible. ®

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