Reconocer el privilegio

Y recuperar el tiempo perdido

¿Por qué la identidad? ¿Para pertenecer? ¿Por los hábitos de consumo ideológico? El nuevo columnista de Replicante se fundamenta en las teorías de Adorno para hallar su propia respuesta.

© Erwin Blumenfeld

La necesidad de identificación es un rasgo consustancial del ser humano, un ejercicio terapéutico de reafirmación del yo. El proceso se da en el marco de una disyuntiva básica: soy o no soy. Pertenezco o no pertenezco, en términos matemáticos. Donde ambas posturas sirven como solución viable al problema de la identidad. Es decir, el acto de identificación es llevado a cabo tanto para asimilarse como para desasimilarse. La ilusión de alteridad deviene necesidad para diferenciarse de los demás. Medir la distancia que me separa del otro es de facto una aproximación, imposible de explicar sin el reconocimiento implícito de que ahí hay alguien más, el territorio extranjero a la vez objeto y sujeto de mi deseo. Existen diferentes factores tanto psíquicos como sociales que afectan cuantitativamente la necesidad de (des)asimilación. La cultura pop y la contracultura surgen, respectivamente, en el marco de dos tendencias: 1) los que buscan a un grupo mayoritario y representativo como eje de identificación; 2) los que buscan a una minoría que marche en contrasentido del canon dominante.

En su libro fundamental Dialéctica negativa el filósofo alemán Theodor Adorno plantea que el proceso de identificación se da en el marco de una relación dialéctica entre razón y realidad, y no en aquél de una puramente racional, como planteara Hegel en su modelo idealista. Desde luego, esta argumentación sirve a Adorno como eje de su crítica tanto a la sociedad de masas como a la irrupción de las industrias culturales en la realidad contemporánea. Adorno estaba empapado de materialismo marxista y su genio le alcanzaba para vislumbrar la hecatombe resultante de una industrialización masiva de la cultura.

Una relación confrontada y no afín entre razón y realidad implica que la identificación del sujeto con su entorno y los grupos sociales a los que éste desea o se obstina en pertenecer no pasa necesariamente por la aduana de la razón. Por el contrario, es la realidad la que constantemente desafía esa capacidad de ponderación y discernimiento del individuo. Una buena estrategia de masas, digamos, en el campo de la publicidad, apuesta por un consumo rápido y eufórico, donde si bien no podríamos hablar de una irracionalidad determinista, sí es posible verificar niveles elevados de compulsión.

La identidad está, pues, delimitada primordialmente por los hábitos de consumo. El consumo no es privativamente material, también puede ser ideológico, y ambos suelen ser complementarios. Las prácticas religiosas, la afiliación política a un partido y el nacionalismo, por citar algunos, forman parte de un conjunto de consumos ideológicos.

La identidad está delimitada primordialmente por los hábitos de consumo. El consumo no es privativamente material, también puede ser ideológico, y ambos suelen ser complementarios. Las prácticas religiosas, la afiliación política a un partido y el nacionalismo, por citar algunos, forman parte de un conjunto de consumos ideológicos.

Estamos ante una inversión con respecto a la concepción tradicional de dominación, donde la ideología debía permanecer parcialmente oculta para que el agente dominante pudiera ejercer el poder. Actualmente, la ideología amparada en el consumo parece haber tomado la sencilla vía de la obviedad, de lo explícito. Y una generación engendrada y criada en un mundo consumista no opone ninguna resistencia racional a este fenómeno. No hay por qué. El consumo nos viene, prácticamente, como característica biológica. Pobres, ricos, negros, blancos, judíos, nazis, homosexuales, heterosexuales, noruegos, cubanos, todos nacemos con el nuevo gen capitalista incorporado.

En el plano de la publicidad, la subliminalidad como recurso de campaña es un recurso pasado de moda, y en muchos casos, ilegal. La apuesta hoy día es por el impacto, explícito y certero. La energía publicitaria está centrada en el vértigo emocional que, en la medida en que logra evadir de manera más creativa el análisis racional más probabilidades tiene de ser exitoso, es decir, de ser consumido. El engorro de tener que engañar al subconsciente mediante mensajes ocultos o estrategias de ilusionismo semiótico ahora se resuelve con un knock out de realidad.

La humanidad nunca fue más transparente y más simple. No hay catalizadores morales, así somos, y ni un ejército de tres mil jesucristos comandados por un par de jehovás y una tercia de alás podrá revertirlo. Le dimos alcance a esa inversión de los valores pregonada por Nietzsche. Nos hemos librado al fin del fardo de la culpabilidad capital que suponían la envidia, la ira, la gula, la lujuria, la pereza, la avaricia, la soberbia. Todas asumidas ya como el pan nuestro de cada día. Aceptarlo es darnos a nosotros mismos la opción de elegir y de arañar esa condición fugaz que hemos nombrado como felicidad. Finalmente, sabemos que la felicidad está en nuestra propia naturaleza, en los actos que la empedernida moral judeocristiana se ha obstinado en negar y reprimir durante siglos con resultados desastrosos. Y, sin embargo, la felicidad se traduce en aniquilamiento. No estamos pagando ninguna culpa, sino recuperando el tiempo perdido. Pronto nos vamos a extinguir. Caminamos por el cauce verdadero de una decadencia labrada racionalmente y con destreza, ahí donde la ética y la moral se desvanecen. La historia nos ha dotado de ese privilegio. ®

Archivado en Diábolo, Junio 2011

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