Los albores del porno español

Alfonso XIII, pornógrafo

Quién iba a imaginarse que el mismísmo rey de España Alfonso XIII sería, en los años veinte, el pionero impulsor de la industria cinematográfica española… Aquí, la historia contada por la célebre erotómana.

La reina frígida y el rey pornógrafo

Alfonso XIII, monarca español entre los años 1886 y 1931, abuelo del actual rey de España, accedió al trono desde el momento de su nacimiento y se crió como un niño mimado, con todos los privilegios y al que su mamá, la regenta Cristina, consintió hasta el embobamiento. Fue, como buen Borbón, un mujeriego empedernido que metía el rabo donde podía. Dada su posición de alcurnia, a pesar de ser feúcho, con cara de poco listo, disfrutó de mucha variedad donde meter. Gozó de multitud de amantes y mantenidas y además fue Alfonso un afamado putero, con gran reputación en los lupanares y muy aficionado al erotismo en general.

Con diecinueve años, le apeteció una princesa como Dios manda, rubia de ojos azules, y viajó a la corte inglesa con el propósito de buscar moza. Conoció a muchas y varias le despreciaron —España era un país atrasado, menospreciado en la pérfida Albión—, pero la sosita Victoria Eugenia le siguió el juego. Era una princesa inglesa de tercera categoría. En la corte británica llevan muy a rajatabla lo de las categorías pero consiguió encandilar al enamoradizo Alfonso. Éste no dudó en ir a por ella y traérsela. A Victoria Eugenia España no le gustó nada de nada, ni su gastronomía ni sus costumbres ni las odiosas corridas de toros ni fornicar. Esto último se entiende dada la gran represión con la que fue educada en la Inglaterra custodiada por su moralista abuela, la reina Victoria. Lástima que su esposo, que se las daba de experto en artes amatorias, no supiera despertar en su mujer el gusto por el fornicio. Al principio la tomó con ganas, pero poco duraron esos bríos de recién casados; pronto la montaba con una desidia espantosa, con fines exclusivamente reproductivos, y se dedicaba a campanear por ahí que era como hacerlo con una muerta. Debido a esa indiscreción de Alfonso fue apodada como “la reina frígida”. Victoria Eugenia, además de traer gran aburrimiento al lecho marital del trono español, trajo una desgracia hereditaria en su sangre, la hemofilia, y eso no es tema de risa porque hubo de aportar muchos sufrimientos a esta mujer que concebía hijos enfermos y a la que su marido, y por supuesto su suegra, culpabilizaban. Y esto ya le dio una estupenda disculpa a Alfonso para pernear por ahí sin escrúpulos y llegó a tener un par de familias paralelas y, al menos, cinco hijos fuera del matrimonio.

A Victoria Eugenia España no le gustó nada de nada, ni su gastronomía ni sus costumbres ni las odiosas corridas de toros ni fornicar.

Victoria Eugenia nunca aprendió español, ni a follar, y nunca le cogió cariño al país que la llevó a presumir de corona en las cortes de toda Europa y que le aportó privilegios dudosos tales como disponer de un séquito de damas de compañía que la vestían, desnudaban y le quitaban el cigarro de entre sus dedos cuando se quedaba dormida con él. A su favor diré que fue una víctima enjaulada en una cárcel de oro —trato habitual para con las princesas— y que el pueblo español tampoco la quiso ni una pizca y no aceptó a esa mujer fría, siempre tan enjoyada. Porque lo que a Victoria Eugenia le encantaba de veras eran las joyas, ¡uy, cómo le gustaban!, olvidaba todas las penas con una buena esmeralda, zafiro o diamante.

La historia de estos reyes es muy interesante porque consiguieron por méritos propios que los españoles les echaran del trono, y ¡de qué manera! ¡con qué elegancia! Sin cortar cabezas como los franceses, sin masacrar a tiros a toda la familia, como los rusos. Con mano firme, eso sí, se vieron amenazados hasta tal punto que tuvieron que salir por patas prácticamente con lo puesto. La reina, ¡oh desgracia!, no pudo recoger la ingente cantidad de joyas que guardaba clasificadas y numeradas en vitrinas ex profeso.

Unos meses más tarde, estando los reyes exiliados, hospedados en un hotel parisino, se presentó un señor español republicano, dijo que venía a traerle sus joyas a la reina, que venían perfectamente organizadas en estuches. ¡No faltaba ni una!

—Los republicanos no somos unos ladrones, señora.

Ella, impresionada con el gesto, quiso agradecer obsequiando al emisario con unas pulseritas de perlas, con alguna chuchería en forma de broche, pero el anónimo caballero republicano lo rechazó, cogió su petate y se volvió a España para trabajar por sus ideales. ¡Ah, qué tipo!

Pero yo venía a hablaros de la afición erotómana de Alfonso XIII que posiblemente fue un rey mediocre tirando a malísimo, y una persona con muchas carencias. Pero como erotómano hemos de agradecerle que financió las primeras películas pornográficas rodadas en España, idea que importó del extranjero. Al parecer incluso él personalmente ofrecía argumentos para guiones y se involucró muy activamente en este proyecto.

Las películas, de las cuales se conservan El confesor, El ministro y Consultorio de señoras son una delicia de buena calidad que han sido restauradas recientemente. En blanco y negro y mudas, fueron encargadas por el amigo del rey, el conde de Romanones, a los hermanos Ricardo y Ramón Baños, dueños de la productora barcelonesa Royal Films para uso privado o cacerías. ¡Cuánto he disfrutado al verlas! ¡Cuánto agradezco esa música relajante! ¡Esa inocencia en los rostros! Pensad que los actores y actrices no habían visto una porno en su vida y actuaban según sus criterios, sin todos los estereotipos preconcebidos que nos invadieron posteriormente. ¡Qué buena la ausencia de la iluminación extrema en los labios vaginales! Sorprende la diferencia de los cánones estéticos —las mujeres son en su mayoría orondas, con sus madejas bien tupidas en la entrepierna. Son historias que nos permiten ver en acción a nuestros bisabuelos y saber de sus fantasías, por otro lado no tan diferentes: criadas seducidas, señoras que pierden la decencia a la par que sus corpiños, jovencitas que se entregan al deleite sensual entre ellas o en compañía de algún gentil hombre que les hace las delicias de mil amores, de mirones que se esconden, verga en mano tras el ojo de la cerradura Un lujo que nos permite ser voyeurs a nosotros mismos de la vida íntima de nuestros antepasados.®

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Publicado en: Destacados, Erotismo y pornografía, Febrero 2011

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