FIL: de la sequía a la inundación

¿Y dónde están las legiones de lectores?

Según el estudio sobre la calidad de vida que recientemente realizó la organización civil Jalisco Cómo Vamos se consigna que los jaliscienses siguen siendo poco afectos a la lectura. Tan poco afectos que sólo 24% de ellos leería un libro completo al año, lo que en materia de afición a la lectura coloca al estado por debajo de la media nacional.

Alguien dijo una vez que en la Feria Internacional del Libro, cuya vigésima sexta edición comienza este fin de semana, “sucede todo y nada a la vez”. No poco de verdad hay en esta paradoja.

Y es que el encuentro editorial considerado el más importante del orbe hispanoamericano —y que en esta ocasión ha quedado marcado anticipadamente por la entrega, a hurtadillas, del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances al ya famoso ladrón intelectual Alfredo Bryce Echenique— se presentan tantas cosas que, fatalmente, se restan la atención unas a otras. Con un agravante más: rara vez las cosas de valía prevalecen sobre las de mediana o baja calidad.

Es tanta la saturación de actividades de la FIL que la mayoría de las personas que la visitan se quedan aturdidas ante el circo de mil pistas en que, por estos días, se convierte Expo Guadalajara, así como otros foros de la ciudad y hasta los halls de hoteles, particularmente los establecidos en los alrededores del mencionado centro de exposiciones.

Y tal aturdimiento no sólo se debe a las hectáreas de libros que ocupan la mayor parte de Expo Guadalajara o a la explosión demográfica que por momentos desborda algunas de las instalaciones del lugar. Esa sensación de atolondramiento también es por los cientos y cientos —en algunos casos miles— de actividades que el obeso programa de la FIL concentra en apenas nueve días.

Esas actividades van desde conferencias de todo tipo hasta muestras gastronómicas, pasando por congresos, coloquios, foros, encuentros, homenajes de todo tipo, presentaciones simultáneas de novedades editoriales, sesiones de firma de libros, talleres para niños, actuación de cuenta-cuentos, conciertos de música popular, exposiciones de artes plásticas, escenificaciones teatrales y dancísticas, ciclos de cine y un casi interminable etcétera.

Cualquier persona con dos dedos de frente se ha preguntado ya y se sigue preguntado ahora mismo: ¿qué caso tiene saturar con tantas actividades —tan diversas y desiguales— la FIL cuando la mayoría de ellas se podría dosificar, de manera racional y mesurada, a lo largo del año? Y además con el suficiente desahogo tanto para los participantes como para el público tapatío interesado en ese tipo de actividades, público al que se le hace pasar de la sequía de la mayor parte del año a la inundación a los días de la FIL.

Y es que en la FIL nadie, comenzando por sus organizadores, se ha preocupado mayormente por tratar de separar el grano de la paja. Y aun cuando hay libros espléndidos, muchos otros sólo parecen haber sido impresos para aumentar el cerro de lo prescindible.

Con un agravante: en ese circo de tantas pistas —en que, a quererlo o no, se convierte la FIL— lo mismo se puede ver la participación de un escritor sin comillas, hablando sensatamente de un asunto de su competencia, que a equis figura o figurín de la farándula en el plan de “revelación” literaria o de gurú que da directrices existenciales a sus fans.

Y es que en la FIL nadie, comenzando por sus organizadores, se ha preocupado mayormente por tratar de separar el grano de la paja. Y aun cuando hay libros espléndidos, muchos otros sólo parecen haber sido impresos para aumentar el cerro de lo prescindible.

Dejando de lado el sobado cliché que idealiza al libro —y acríticamente lo quiere convertir, sin excepción, en objeto de sabiduría— sigue siendo verdad otro lugar común: el que habla de la resistencia extrema del papel, superior incluso a la del acero, al ser capaz de aguantar hasta las necedades y ñoñeces que se ponen por escrito.

Y una buena parte de los libros que anualmente se ven en la FIL son de esta especie.

La FIL es también una feria de mitos. Uno de ellos es el que presenta a ese frenético encuentro editorial como una fuente generadora de lectores, de lo que finalmente no hay ninguna prueba tangible o medible, y los que existen son en sentido contrario. Así, por ejemplo, según el estudio sobre la calidad de vida de los habitantes de nuestro estado, que recientemente realizó la organización civil Jalisco Cómo Vamos, se consigna que los jaliscienses siguen siendo poco afectos a la lectura. Tan poco afectos que sólo 24 por ciento de ellos leería un libro completo al año, lo que en materia de afición a la lectura coloca a Jalisco por debajo de la media nacional.

Ante ello, cabe la siguiente pregunta: ¿en dónde están las legiones de lectores que, según los directivos de la Feria Internacional del Libro, esta cita editorial estaría produciendo un año sí y otro también?

Por supuesto que no faltan motivos para ir y para volver a FIL, aun cuando no coincidan necesariamente con los cálculos y las expectativas de la tripulación de esta feria; entre otras cosas porque el programa cultural del país o la comunidad que se presenta como “invitado de honor” casi siempre ha dejado mucho que desear.

A la FIL unas personas van por curiosidad y otras por la chorcha; aunque evidentemente también hay quienes lo hacen buscando novedades editoriales o algún título en especial, o movidos por un interés genuino en determinada actividad.

Y hay incluso quien va por morbo. Así, por ejemplo, habrá que ver la repercusión que pueda tener el caso Bryce Echenique en el desarrollo de la feria de este año y la forma en que los mandarines de la FIL le vayan a terminar haciendo la lidia a este burel peruano.

Al final cada quien habla de la feria como le van en la FIL, si es que de veras le va. ®

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Publicado en: FIL, Noviembre 2012

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