Manual del infinito

Sobre Truco (Un palimpsesto), de Alfredo García Valdez

García Valdez ensaya una novela de resonancias bíblicas —tomando el adjetivo como lo polifónico, lo mítico, lo polisémico y los desmesurados alcances que pretende esbozar en sus amplias genealogías.

Una misión en Guerrero, al norte de Coahuila. Fotografía de urbanomafia, compartida mediante Creative Commons.

Para empezar y encuadrar esta lectura, situémonos en lo siguiente: nadie en Coahuila ejerce una prosa como lo hace Alfredo García Valdez.

El poeta, ensayista, ex colaborador de la mejor época de la revista Vuelta y periodista saltillense nos ofrece un proyecto novelístico que no por nada tardó más de quince años para fraguarse en forma de libro, aunque ya se hubiera publicado por entregas —parcialmente— en el suplemento cultural Semanariodel periódico Vanguardia (entre octubre de 1999 y el verano del 2003).

Así, esta novela se trata de una empresa sumamente ambiciosa, incluso para los mediáticos estándares de la narrativa contemporánea de todo el Noreste. Porque a la manera de Sada, de Gardea, incluso del mismísimo Fernando del Paso, García Valdez ensaya una novela de resonancias bíblicas —tomando el adjetivo como lo polifónico, lo mítico, lo polisémico y los desmesurados alcances que pretende esbozar en sus amplias genealogías.

Es también por ello que la novela del autor de Manual de viento y esgrima no es un libro para todos. Truco (Un palimpsesto), editada en dos tomos, más allá de la extensión de sus casi 700 páginas, es una novela sumamente compleja, poliédrica, con una prosa de una densidad hipnótica.

Protagonistas

Erigida como un mosaico coral, y a pesar de sus decenas de personajes centrales y el centenar de incidentales, en Truco el protagonista no es la entidad humana, sino más que una ciudad —su geografía, su fundación o su origen— estamos ante la narración de un espacio y un tiempo que hace su juego de espejos con la historiografía y el mito.

Alfredo Garcia Valdez, foto © Arturo Vallejo.

A la manera de Edward Gibbon en su Auge y caída del Imperio Romano, pero también del Satyricon de Petronio, García Valdez desenreda ante nosotros el origen y la historia de Estefanía, trasunto novelesco de la capital coahuilense, con una mirada no exenta de desmitificación y un humor atroz: sobre Estefanía de Montemayor, Madre Fundadora de la ciudad que lleva su nombre, puta con dos esposos —Eva y Lilith, mujer solar y nocturna— el nativo de Cedros, Zacatecas, dispara: “Dios sabía, y ella también, que su hipotética castidad en medio de estos páramos habría resultado un genocidio”.

A lo largo de 24 estrambóticos y parsimoniosos capítulos que dialogan, contradicen y amplían la historiografía oficial, pero también se sumergen en la más rabiosa actualidad (La Cátedra del sueño, La Patrulla del Hades, la Constelación de Virginia, Grandes anales de un día, El régimen del ataúd) como una suerte de prestidigitador virtuoso —seguro de su saber— el narrador va desplegando su arsenal retórico, sus cambios de velocidad y de voces, encuadres narrativos y registros. Por ejemplo, la voz mítica:

Porque el sol es el capitán vitalicio y omnipresente del pueblo: no se ha quitado el dorado yelmo que usa desde el siglo XVI, cuando auxilió a aquel puñado de castellanos y judíos que llegaron desde Veracruz y Tenochtitlan, pasando por la airosa Pachuca, el Real de Quatorze y Mazapil a colonizar estas tierras guiados por doña Estefanía de Montemayor y sus dos esposos.
[…]
Este sol posnuclear antediluviano fue la única deidad que adoraron los embozados tobosos, los comulgantes coahuiltecas, los irritables irritilas y demás tribus apaches y serpientes voladoras que acaparaban estos desiertos.

O el humor, que a través de la licencia poética esboza demoledora crítica:

Este Olegario Sarsanedas, digo entonces, dedicaba una hora de su espectáculo general a atravesar ante el asombrado público el pecho y los costados del atónito durmiente, como quien perforaba un costal de ceniza, un cajón de ausentes, un guardarropa de sombras.
[…]
Estefanía (era) una villa inclinada a un tiempo sobre la huesa y la pompa carnal, el maquillaje y la gusanera, la ilusión y la podredumbre, los espejos sobredorados y las bacinicas de putas; cuestiones por lo demás simbolizadas hasta la melancolía y el asco en el catafalco de mármol guardado debajo del altar mayor de Catedral.

Los espejos y los vampiros

Al mismo tiempo, Truco, más allá de su amplísimo despliegue de poder evocativo, hace del lenguaje un juguete. A la manera de Lezama, de Carpentier, de Huidobro, García Valdez lo despliega:

Esa campana de cristal en que el comandante vivía desde hacía muchos años y donde los oídos estallaban, donde se respiraba al alto vacío y la sangre se tensaba como si fuese otro músculo. Blanca Nieve era la esposa, la madre y la concubina de Roca, su tótem y su penate, su piedra de locura y su muela del juicio, su cilicio y su cama de clavos, su coco, su foco y su manivela, su bastón y su calambre, su devocionario y su animadversario, su cometa y su estado de coma, su panal y su pandemónium y su pánico.

Esta cualidad sonora de la prosa se empata de manera curiosa con algunas de las escenas más violentas y grotescas, resultando en una forma de humor desaforado, catártico:

El piquete del Hades pateaba ya al Maese Urdemalas, mientras tanto, con sus botines industriales, de punta de acero, obsequiados por el cabildo de Ciudad Incesto. Lo pateaban sin odio, sin piedad, sin cansarse. A dúo, de manera metódica y maquinal. Clavaban las puntillas en el esternón, en los riñones, en el hueco del cuello, en las costillas, en el hueso ilíaco, tanto en el yunque como en el martillo, en el fémur, flauta quebrada, en las cervicales, en el páncreas, en la manzana de Adán, en la tibia y el peroné, en los carpos y metacarpos, zumbando el filo de las orejas, pero eso sí, procurando no tocarle el rostro, para que los ángeles lo reconocieran…

Lo contradictorio, lo revelador, es que justamente por sus múltiples virtudes Truco nunca será una lectura popular a la manera de las emergentes novelitas sobre el narco o autoficción que de manera equívoca —en un mercado gustoso de la simplonería— han configurado una falsa noción de la literatura creada en el norte de México. De una forma más que rulfiana, onettiana, incluso garciamarquiana, los habitantes de Estefanía son seudo fantasmas atravesando un penar trazado de antemano en la escabrosa línea de sus genealogías:

El pueblo entero estaba eclipsado, desde mediodía, bajo la melancolía del Viernes Santo; sin embargo, no había entre todas sus calles un lugar más triste que aquel cuarto de baño, con el foco fundido, la puerta de lámina carcomida por el óxido de un lado, y azotada del otro por una llovizna de lágrimas virginales, los mosaicos sucios y resbaladizos. En el espejo empañado flotaba el rostro del profeta, el ceño duro y los ojos vacíos, como la cabeza decapitada de Juan el Bautista.

Además, Truco es también una especie de monumento y homenaje a la memoria del dramaturgo coahuilense Jesús Valdés, que travestido en el personaje Nemo Valdens es una especie de panóptico de carne y hueso, testigo parsimonioso de ese silencioso derrumbe, de ese censo de agonías. Flaneur y solipsista; voyeurista atisbando las vidas ajenas desde ámbitos y penumbras de bares como purgatorios: Bar Salem, Bar Puerto Arturo, el Groucho Bar, el Bar Salsipuedes, el Armas y Letras.

El ser y el tiempo

Más que una ciudad, un lugar o un mundo, Estefanía es un universo, erigido con minuciosidad de orfebre y demiurgo. Una galaxia de extrañeza y de poesía:

Entre el Bar Groucho y el café Maquiavelo, la niebla borra mis pasos; entre el pasado y el porvenir, reunidas en la memoria como en una agua concéntrica, el tiempo disuelve mis huellas.
[…]
En una callejuela del barrio del Águila de Oro hay una niña que aprende a manejar una bicicleta. Se bambolea sobre el asiento. Los radios de la llanta son una imagen del tiempo: miré a esta niña cuando yo mismo tenía nueve años, como ella en este momento.

Truco es una novela de ánimo crepuscular, pero también una meditación y a la vez una barroca refutación de las cualidades demoledoras o elásticas de este transcurrir:

La estancia de la Casona Rosada donde empezó a despachar, en la mortandad de sus veintitrés años, estaba llena de espejos, labrados en los monacales talleres de Camporredondo, reflejos que se repetían en sus habitaciones privadas y las escaleras, pasadizos y puertas que a ellas conducían. Inclusive, había mandado que le fabricasen en Tejas un reloj de carátula de espejo, entre cuyas manecillas del tiempo y su propio rostro de muerto fresco se reflejaban y se correspondían meticulosamente.

En su sentido más mundano, con su descarnada carga de homofobia y de misoginia, en tiempos de hegemonías de la ortodoxia y la tibia medianía, Truco es una novela valiente en su incorrección política: “La Romana sufría de una manera brutal, obscena, exhibicionista. Parecía encontrarse en una suerte de etapa primitiva de acumulación del dolor; era un nuevo rico de las lágrimas”.

El hermetismo, la demolición

Curiosamente, al mismo tiempo, detrás de la claridad de su prosa, entre las líneas de su desmesura, Truco es una novela hermética: una especie de libro rompecabezas o modelo para armar que entrega sus claves a quienes se entregan con fervor al encanto de su malicia. Casi cada personaje la ciudad que glosa —Saltillo, Coahuila— podría encontrar su doble en este mundo desmesurado, en este espejo cóncavo y a la vez convexo: Nemo Valdens, la actriz Basilio, el Profeta Esteban de Urdemalas, El Vate Domínguez, las hermanas Llerena, el Comandante Roca, El Cabo Mo, El Fauno, Mandrágora La Fragua, el cronista Tomás Fontes, el historiador Urbano Urbina, el profesor Agamenón Manzanares, la Romana…

El único personaje que aparece con su nombre de pila —una obra suya es todo el epicentro de un equívoco y un estrambótico culto— es el pintor Armando Meza.

El tomo II.

A la manera de Del tiempo y del río, aquella desmesurada novela del narrador estadounidense Thomas Wolfe —cuya vida a su vez retratara la novela Genius, de John Logan—, el Manhattan Transfer, de Dos Passos, Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters o En busca del tiempo perdido, de Proust, Truco es un censo de magistral exuberancia lírica, una enciclopedia de la fugacidad:

Entré a un pequeño laberinto de recámaras derrumbadas, cocinas de techo caído, salas de estar cubiertas de telarañas, melancólicos cuartos de baño, cuartos de visita llenos de ecos, zaguanes amputados, puertas cegadas, desvanes bien conservados no obstante su desorden y miseria. Tropezaba a cada momento con desolados objetos, utensilios de cocina, restos de muebles, resortes oxidados, patas de mesa, cajones de cómodas, bacinicas desportilladas, esqueletos de camas, hornillas de estufa, desorbitados cajones de radios, cuchillos recomidos por la herrumbre, peines de plástico, periódicos prensados por la humedad, carcomidas páginas de revistas pornográficas, baños para lavar niños, lavaderos de piedra, sogas enrolladas a medio podrir, acetatos de 75 revoluciones por minuto, tarros de crema, cajas de galletas Mac’Ma, zapatones en buen estado pero invariablemente impares, urinales rotos con forma de pelvis de niña, mosaicos con dibujos de animales, botellas vacías de Gambrinus, santos de cartón, muelles de sofás reventados, llaves que no abrían más ninguna puerta.

Coda

Lo malo. Lo anómalo: es extraño que mientras se tiran carretadas de libritos olvidables desde las instancias oficiales, una de las más ambiciosas novelas escritas desde Coahuila, para ver la luz, de forma accidentada y fragmentaria —luego de más de quince años— tuviera que repartirse en dos tomos, dos ediciones y dos auspicios diferentes: el primero, de Ediciones sin Nombre con patrocinio del Municipio de Ramos Arizpe y la UAdeC, y el segundo, una edición extraordinaria del Gobierno del Estado de Coahuila hecha a toda prisa, con un pésimo trabajo de diseño, con una ilustración y sistema tipográfico en su paratexto extrañamente ajeno al concepto central del libro, de una apariencia cuasi infantil.

Diseñadores, editores, ojo: si van a ilustrar una portada al menos lean el libro. O si lo leyeron y no lo entendieron pidan ayuda y orientación. ®

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Publicado en: Libros y autores

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